miércoles, 29 de octubre de 2014

Los crímenes del abecedario


Diana Dávila, la jovencísima policía en prácticas de La noche de los peones ha jurado el cargo y ya es policía nacional, destinada en Madrid a patrullar las calles. Su madre, Xía, quisiera tenerla cerca, destinada en Barcelona, pero con la policía autonómica, las plazas para la Policía Nacional en la capital catalana se han acabado. Tampoco salió ninguna plaza en Huesca o Zaragoza, por lo que tiene que aceptar el destino en Madrid. Pero allí no se encuentra a gusto. No le agrada estar todo el día conduciendo por la ciudad en jornadas agotadoras ya que ella es muy ambiciosa y ese puesto es poco enriquecedor para sus anhelos. Ella sueña con entrar en la Brigada de la Policía Judicial.


Al poco tiempo, se le presenta la oportunidad de acudir a una entrevista de selección para optar a un puesto en la Brigada de Delitos Tecnológicos en el Cuartel General de Canillas, y elige presentarse a la misma utilizando las "armas" que ya conocemos por la anterior novela, mientras recuerda a Andrés Hernández, el veterano policía que consiguió que se fiara de los hombres "añosos" por ser buena persona. Andrés le explicó todo sobre la Policía Nacional en el periodo de prácticas que pasó junto a él en la comisaría de Huesca y se dio cuenta que no todos los hombres son iguales. Lo echa de menos pero no ha vuelto a ponerse en contacto con él desde que se despidieron meses atrás.

De esta forma da comienzo la nueva novela de Esteban Navarro, Los crímenes del abecedario, en donde un asesino lleva matando a parejas de chicas, cuyos nombre comienzan con la misma letra, con idéntica manera de actuar y, al parecer, siguiendo un patrón basado de la obra Justine del Marqués de Sade. La Policía se encuentra totalmente desorientada hasta que entran en juego la inspectora Arancha Aranzana, el inspector jefe Vázquez y la propia Diana Dávila, pues el asesino utiliza las redes sociales para ponerse en contacto con sus futuras víctimas y ellos están en la Brigada de Delitos Tecnológicos.

Esteban Navarro, con Los crímenes del abecedario, ha escrito una novela completamente diferente a La noche de los peones. Si, como ya escribí en la reseña de la primera, la acción de ésta transcurre con un ritmo a cámara lenta donde los minutos pasan lentamente durante una noche de guardia, en un espacio cerrado y claustrofóbico, con dos únicos personajes principales que tienen pensamientos introspectivos, y sin crímenes ni asesinos, en Los crímenes del abecedario todo cambia radicalmente. Acción desenfrenada, muchos personajes y ciudades diferentes, viajes a contrarreloj, ritmo endiablado, un asesino implacable y horrendo y diálogos por doquier.

¿Cuál es mejor de la dos novelas? Imposible decidirlo porque ambas son estupendas y no se entendería la segunda en su totalidad sin haber disfrutado de la primera con anterioridad.

Esteban Navarro vuelve a demostrarnos que, como policía, sabe perfectamente de lo que habla y de que se cuece dentro del cuerpo policial, y nos explica con minuciosidad todos los entresijos de una investigación criminal, no eludiendo guiños jugosos a la posible rivalidad que pueda existir entre la Policía Nacional, la Guardia Civil y los Mossos d'Esquadra, en una lectura que no da un momento de respiro.

Capítulo aparte, hay que mencionar otro gran acierto como son los personajes. Diana Dávila aparece ante nuestros ojos tal cual es y no como el simple boceto de La noche de los peones, donde el mayor peso se lo llevaba Andrés Hernández, que en Los crímenes del abecedario aparece poco pero que resulta primordial en su argumento al no ser perdonado por sus jefes por ciertas declaraciones suyas efectuadas ante un juez en la novela precedente. Y la muy grata sorpresa que me han deparado los nuevos, Arancha Aranzana y, en especial, el inspector jefe Vázquez que, pese a un comienzo algo titubeante,  va ganando peso y credibilidad con el paso de las páginas, convirtiéndose en un personaje magistral.

Los crímenes del abecedario es una buena novela, con un muy buen final muy bien resuelto y conseguido, aunque yo, por poner algún pero, echo en falta que Andrés y Diana no se encuentren, pero no espero equivocarme cuando tengo la suposición de que Esteban Navarro nos deleitará dentro de unos meses con una nueva aventura, donde quizá estos policías vuelvan a estar de nuevo juntos para ver si de una vez por todas, pese a que la policía haya cambiado tanto sus usos en los últimos treinta y cinco años, se consiga eliminar ese aparente tufillo a podrido que aún parece darse en su cúpula. Con policías como Andrés y Vázquez, y con las nuevas generaciones representadas por Diana y Arancha la esperanza desde luego cabe.


©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

martes, 28 de octubre de 2014

El balcón en invierno


En septiembre de 2013, Luis Landero empieza a escribir una novela y al principio se siente satisfecho y hasta entusiasmado con lo que va escribiendo. Todo parece que con el tiempo se convertirá en otro de sus geniales relatos imaginativos, de estilo tan característico como particular suyo por las páginas que nos regala sobre él. Pero de repente, se pone triste y se siente profundamente abatido porque no le gusta lo escrito ni lo que puede continuar. Lo relee por segunda vez y sigue con la misma sensación y vuelve de nuevo a sentir una profunda tristeza y abatimiento como la primera vez. Lleva escribiendo desde la adolescencia y siente las primeras sombras del crepúsculo. Se siente saturado de ficción. De pronto se asoma al balcón y, como cuando Proust moja su magdalena en el té, aparece en su cabeza una historia, la historia que comienza en septiembre de 1964 cuando tenía dieciséis años y se asoma una noche al balcón con su madre meses después del fallecimiento de su padre. Y así Luis Landero nos regala una obra maestra de la literatura donde nos cuenta su infancia y adolescencia. Nos regala la emoción de poder leer y disfrutar de El balcón en invierno.


Luis Landero nació en 1948 en un pueblo de la provincia de Badajoz, Alburquerque,  en el seno de una familia campesina extremeña que emigró a Madrid en 1960, para residir en el barrio de Prosperidad, un barrio en donde entonces acababa la ciudad lleno de casas pequeñas y pueblerinas, y donde se podía ver en la distancia con la vista clavada en el horizonte merenderos con emparrados y el juego de la rana en la puerta, descampados, montones de basura y de ripio, terraplenes, campos de fútbol de tierra, cuevas donde vivían familias de gitanos y rebaños de ovejas, que primero poco a poco y luego casi de golpe, como cosa de magia, empezaron a poblarse de bloques de viviendas, de barrios bonitos, con calles amplias y parques para niños, y rascacielos y avenidas. Un barrio que por aquel entonces "olía a gaseosa, a cerveza y a vino de granel, a boquerones en vinagre, a gente abrigada y acatarrada, a carbonerías y vaquerías, a zaguanes y a orines de gato, a pobres hervores de cocina, a caramelos medicinales, a ambientador barato de cine, a colillas muy chupeteadas y apuradas y a tabaco rubio americano, a los cables eléctricos recalentados de los tranvías y a gasolina mal quemada." Un barrio tan diferente al barrio de Salamanca, en donde trabajó en unas mantequerías de lujo la primera vez que le sacó su padre del colegio y que los manjares que allí se vendían, cuando lo contaba en casa, ni su madre ni su hermana mayor podían imaginarse y no le creían diciéndole que mira que es mentiroso, por lo que empieza a realizar pequeños hurtos para que le crean. Un barrio en donde viví yo los tres primeros años de mi infancia antes de ir a vivir a la casa de mis abuelos en 1960 en Cuatro Caminos, otro barrio en donde acababa Madrid.

Luis Landero nos cuenta su historia y su vida en Extremadura y en Madrid. Nos cuenta la vida de su familia, descendiente de unos chatarreros ambulantes judíos que se aposentaron en el pueblo en el siglo XV, y que como Melquiades, el genial gitano de Cien años de soledad, debieron asombrar a Alburquerque y a sus gentes como él asombró a Macondo y a la familia Buendía.



Y vemos a ese niño que con el paso de los años se convertiría en escritor, cuando el lo que quería era ser aventurero o pistolero del oeste. Ese escritor que de niño no conoció libros. Tan solo uno de su padre que había en la casa del pueblo, y otro el del maestro que le enseñó a leer.


Y conocemos a la gente menesterosa y campesina atada de por vida a la tierra, gente que pensaba que no había nada más allá de ella y que no viajaba nunca, en unos tiempos sombríos, tiempos brutos, de infamia y de ignorancia, pero tiempos irrepetibles y mágicos para quien no tuvieron otros que vivir. Unos tiempos en el que el mundo campesino de entonces era a menudo bruto y zafio, y era mucho el trabajo, mucha la miseria, mucha la servidumbre, pero que también tenía los refinamientos propios de una cultura milenaria. Unos tiempos de superstición donde la gente quería prosperar pero tenía miedo a cualquier cambio.

Y conocemos esa charlas interminables de esas gentes campesinas que. después del duro trabajo en el campo, a la luz de las hogueras, porfían interminablemente sobre sus cosas, y a su abuela Frasca, que "había sido pastora desde la niñez hasta el matrimonio y que era totalmente analfabeta pero dominaba como nadie el arte de contar, y eso se notaba enseguida en el tono, en la línea melódica de la voz, en las pausas, en el movimiento acompasado de las manos, en como unía entre sí las frases, que parecía que una atraía como un imán a la siguiente, y lo mismo los episodios, donde uno hacía de larva, otro de crisálida, otro de mariposa, y en el ritmo del relato, ahora lento, ahora rápido, ahora viene una descripción, ahora se crea un suspense que pone en tensión toda la historia, ahora nos ponemos cómicos y ahora trágicos, ahora fingimos que no nos acordamos de un lance crucial del relato, ahora interrumpimos la narración para intercalar una poesía o una canción que viene muy al caso y de la que en ningún modo se puede prescindir, ..."

Y sentimos con emoción contenida, unas veces con una sonrisa que se dibuja en nuestros labios, y otras esa misma emoción que sentía Luis Landero al dar la vuelta a la curva que anunciaba la aparición de la finca de Valdeborrachos cuando iban los veranos o el guiño que le hace el castillo que vigila desde el otero el pueblo cada vez que vuelve a él con su madre ya anciana. Y nos emocionamos cuando describe la naturaleza del campo en todo su esplendor, una belleza que los campesinos, igual que les ocurre a los niños, no se dan cuenta de ella porque no ven un paisaje, solo ven un sembrado, una dehesa, un erial bueno para cabras, un cerro o un barbecho, porque no se han parado a contemplar la naturaleza, sino que viven revueltos, confundidos con ella.

Y sabemos de ese muchacho inconstante que quiere ser guitarrista, pero que un día se compra en la calle de Preciados El criterio de Balmes, que no llegará a leer nunca, y a los veintiún años descubre que lo que de verdad quiere ser es escritor y que empieza a estudiar en serio y a enamorarse de la literatura y de los personajes como Julien Sorel, el gran Gatsby o Don Quijote, para terminar escribiendo esas historias sobre pequeños hombrecillos grises con nimios o grandes afanes, con sus problemas y sueños, que tanto me maravillan cuando he leído cada una de sus novelas.

Pero El balcón en invierno no es una historia de ficción como ellas. El balcón en invierno está plagado de personajes reales con sus pequeños o grandes afanes, con sus problemas y sueños, con esa prosa landeriana llena de trucos retóricos, frases bien hechas, expectativas bien urdidas, adjetivos precisos, párrafos exquisitamente cerrados, palabra preciosas como jeito, muía, serrijón, bálago, tinado, recoveros o marchantes, y de música verbal que acaba siendo cantos de sirena. Una historia mágica llena de personajes mágicos pero reales, como el padre y la madre, la hermana mayor, el primo Paco, la tía Cipriana y el propio Luis Landero.

El balcón en invierno es la narración emocionante y emocionada de una familia de campesinos extremeños y una adolescencia en un barrio del extrarradio de Madrid. Es el relato sincero, humorístico, sentido, siempre bellísimo, de por qué oscuros designios del azar un chico de una familia donde apenas había un libro logra encontrarse con la literatura y ser escritor, después de sus visicitudes laborales en talleres, comercios y oficinas, mientras estudiaba en academias nocturnas, empeñado en ser un hombre de provecho, tal y como le prometió a su padre, pero dispuesto a tirarlo por la borda y vivir como un artista de la guitarra. Un relato de una familia emigrante en busca de una vida mejor que en vez de traer una triste maleta de cartón atada con cuerdas lleva consigo a Madrid todo su mundo rural. Un relato lleno de una caudal de historias y anécdotas que puedo llegar a hacer mías porque son parte de mi historia, de nuestra historia más reciente que "parece que todo ocurrió hace mucho tiempo y en un país lejano, como se dice o decía al empezar los cuentos, y, en efecto, las cosas han cambiado tanto desde mi infancia que a veces tengo la sensación de haber vivido, muchos, muchos años, casi un siglo de historia, o quién sabe si más."

Como Luis Landero, cuando escucha a su madre, yo cuando leo la prosa de este genial "mentiroso", pienso que es así la vida, que así ha sido siempre, y está bien que sea así. En cada instante, en cada frase, en cada suspiro, en cada pequeño acontecer, lo trivial y lo mentiroso van a partes iguales.

El balcón en invierno es un grano de alegría en el mar del olvido de lo que ocurrió y no llegamos a conocer. Un grano de alegría bellísimo. Pura magia.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

domingo, 26 de octubre de 2014

El cielo de Madrid


Todos los que hemos tenido que salir de Madrid para tener que ir a vivir a otra ciudad, recordamos su cielo. Ese cielo que vieron Velázquez, Pérez Galdós y Valle-Inclán. Ese cielo donde la naturaleza parece imitar el arte. Ese cielo que guarda los sueños de la gente. Ese cielo que tuvimos justo encima de nuestra cabeza cuando vivíamos allí.


Carlos, el protagonista de El cielo de Madrid de Julio Llamazares, abandona su Asturias natal para venir a Madrid a finales de los años setenta porque quiere ser pintor. Allí convive en una vida bohemia con un variopinto grupo de amigos que intentan abrirse camino en sus respectivas vocaciones, mientras viven de noche en los míticos bares de la movida madrileña buscando su camino para asentarse en la nómina artística de aquellos años.

En la novela vemos la evolución de Carlos desde esos principios de casas compartidas, sexo y vida nocturna desenfrenada cuando comienza a pintar.Pero cuando cumple los treinta años, se siente que abandona la juventud y que no ha alcanzado nada. De repente, el éxito aparece y se hace famoso. Su vida cambia radicalmente aunque no le satisface en absoluto, pese a que su sueño de alcanzar el cielo de Madrid se haya hecho realidad. Le agobia la fama y decide irse a vivir a un pueblo de la sierra madrileña para llenarse de soledad y pintar lo que de verdad le gusta lejos del mundanal ruido. Pero esa soledad también logra vencerlo y vuelve a Madrid para llegar al desenlace del libro donde descubrimos a quien está contando su largo monólogo, cuando su mundo ha cambiado  al darse cuenta que era imposible poder juntar los sueños y la realidad. Es entonces cuando empieza a pintar el cielo. Cielos coloristas, cielos de atardecer que parecen adueñarse de la tierra en las tardes del verano madrileño. Un cielo de azules, rosas y violetas que al anochecer, mientras se van encendiendo las farolas, se cubre de tachones, los rosas se vuelven rojos poco a poco y los azules se tornan malvas antes de fundirse en negro.

Carlos se da cuenta de que su vida ha sido de esta manera contemplando este espectáculo incomparable, tan efímero y eterno al mismo tiempo. Ha vivido entre la luz y la oscuridad, entre la libertad y la necesidad de amar, entre la soledad y la búsqueda del éxito, entre el cielo y el infierno.



El cielo de Madrid es una novela intimista donde Julio Llamazares nos hace pensar y nos transmite sentimientos en donde se observa la clara vocación del autor por la literatura.


Julio Llamazares con su bella prosa nos pinta ese cielo de Madrid que tantos han venido a conquistar desde sus pueblos de origen en busca del éxito y la conquista de un sueño. La novela trata  de lo que tratan todas las vidas: de la búsqueda de la felicidad y como la vida nos va cambiando y nuestros sueños de juventud se evaporan.

Y Julio Llamazares nos pinta Madrid, mi amado y añorado Madrid, esa ciudad inventada por el capricho de un Rey pero que no es ciudad. Esa ciudad que no está al lado del mar y tiene un río de mentira que avanza de espalda a ella y una catedral que no es catedral. Esa ciudad que adopta sus símbolos de fuera: el chotis de Alemania, el organillo napolitano, el mantón de Manila filipino y el bombín de los chulapos inglés, y que ni tiene osos ni madroños. Esa ciudad llena de tan pocos madrileños en donde nadie pregunta de dónde eres ni cuántos años llevas viviendo en ella. Esa ciudad donde confluye todo lo bueno y todo lo malo. Esa ciudad repleta de gente que no ha nacido en ella y que ha ido allí a buscarse la vida para precisamente eso, vivirla.

Una novela que narra la búsqueda del éxito. Un éxito que una vez alcanzado, como le sucede a Carlos, puede ser que no sea lo que anhelábamos. o como decía Óscar Wilde:"Solo hay dos tragedias en la vida: una es conseguir que se te cumplan tus deseos, y la otra es que no se te cumplan".



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

jueves, 23 de octubre de 2014

La noche de los peones


Volveremos a Macondo se sigue llenando de autores españoles más o menos recientes en el panorama literario de nuestro país que se dedican al fascinante género de la novela negra. Como ya he dicho varias veces por aquí, este género goza de muy buena salud, y ahora me ha llegado el turno de leer La noche de los peones de Esteban Navarro.


Había oído y leído mucho y bien de Esteban Navarro pero nunca me había acercado a ninguna de sus obras.

Este escritor que ya ha publicado varios libros en su casi recién estrenada carrera, ha tocado, además del género policíaco/negro, el de ciencia ficción y el de fantasía, optando al Premio Nadal de 2013 con esta La noche de los peones, con la que consiguió ser finalista.

Andrés Hernández es un veterano policía nacional destinado en la comisaría de Huesca que está realizando el turno de noche el día en que cumple cuarenta y cinco años junto a una joven policía en prácticas de ventiún años, Diana Dávila. Al principio del servicio recibe la noticia de que un amigo suyo de la infancia, Miguel Ángel Urquijo, ha fallecido en el hospital de la ciudad y que estuvo preguntando por él insistentemente desde que se produjo su ingreso tres días atrás, sin que nadie le hiciera ningún caso. ¿Qué quería Miguel Ángel después de veinte años sin verse? ¿Por qué viene a Huesca desde la zona del Maresme catalán un delincuente drogadicto?

La acción transcurre en esa sola noche con un ritmo a cámara lenta donde los minutos transcurren con total parsimonia en esa comisaría de una ciudad de provincias en extremo tranquila en una madrugada de un día entre semana a las puertas del invierno.

Y aquí viene una cierta polémica. En la novela no ocurre nada o muy poco. Pero todo lo que se narra es muy intenso y no precisamente el rellenar los partes de hospedería en los hoteles de ese día, el servicio de la patrulla que tiene que acudir a una pelea sin importancia entre dos personas en un bar del polígono industrial o la visita que hace Andrés al hospital para intentar obtener información sobre las causas que han llevado a Miguel Ángel a viajar a Huesca preguntando por él de forma obsesiva antes de morir sin que nadie le preste ningún caso. Su intensidad está en los pensamientos que tienen Andrés y Diana sobre lo que ha sido su vida. Así vamos a conocer una historia viva de lo que fue España en esa época en que empezaba a despertar después de tantos años de dictadura. Esos años de niñez y de juventud de Andrés y de Miguel Ángel en los que derivaron en que uno ingresara en la policía nacional mientras que el otro fuera absorvido en una espiral de delincuencia y drogas. Una España que se sacudía sus miedos pero que aún en sus instituciones campaban los franquistas a sus anchas y delincuentes como el Vaquilla o el Torete eran encumbrados a la categoría de héroes y de gente condenada a vivir en un submundo.



Diana también nos cuenta con sus pensamientos la historia de lo que han sido sus años anteriores a ingresar en la policía de los que no se siente personalmente orgullosa precisamente. Hija de madre soltera que no la ha revelado nunca la identidad de su padre del que solo sabe de él que  murió en el extranjero y que su cuerpo allí se quedó según le contó su joven madre a la que no quiere nunca parecerse.


Diana y Andrés, después de unos recelos mutuos preliminares, llegan a congeniar en sus conversaciones monótonas y repetitivas a lo largo de la noche que no parece acabar nunca y en sus continuos viajes a la máquina de café, en una trama que me ha sorprendido pues según avanzaba en su lectura me parecía estar leyendo, en vez de una novela, una obra de teatro donde sus personajes, peones en la noche, hacen sus réplicas y contrarréplicas, realizan sus entradas y sus mutis y pasean en un escenario claustrofóbico como es la sala del 091.

¿Estamos ante una novela negra o ante una novela histórica? Yo creo que nos encontramos ante las dos cosas. La noche de los peones es una gran novela negra, escrita desde dentro a fuera y no al revés que es lo normal, no porque aparezcan policías y delincuentes sino porque nos relata las situaciones en donde están sumergidos unos personajes atormentados que guardan sus miserias y secretos para sí. Unos personajes al principio borrosos y que van apareciendo ante nosotros con claros trazos que tienen que avanzar sin descanso porque son peones y si se detienen serán cazados. Y es una novela histórica porque nos cuenta hechos recientes que ocurrieron hace años y que he vuelto a recordar pues fueron protagonistas de mi juventud. Un libro que mezcla sabiamente ambos géneros y que, pese a su inacción, se desliza en los tres últimos capítulos en un desenlace original donde una vieja fotografía polaroid y un desastrado teléfono móvil son las claves.

Una novela muy interesante que, sin ninguna duda, me hará seguir leyendo la obra de Esteban Navarro que entra para mi en el club de los grandes autores nacionales de este género y que han tenido la valentía de lanzarse a escribir para que los demás conozcamos mejor el mundo que nos ha tocado vivir. Desde luego, Esteban Navarro tiene muchas cosas diferentes que contar.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

viernes, 17 de octubre de 2014

As de corazones


¿Puede el destino, ese fatum de los antiguos, dominar y dirigir nuestra vidas? Parece ser que Antonia J. Corrales tiene muy claro que es así en su última novela, As de corazones.

Bastian, el día que cumple los cuatro años de edad, y su hermana mayor, Samantha, de diez años, se quedan huérfanos al morir sus padres en un accidente de automóvil y son acogidos por sus abuelos maternos. Samantha que quiere mucho a su hermano, se vuelca en él y se convierte en una verdadera madre para el pequeño. Ya de mayor le paga a Bastian la carrera en la región de la Toscana en Italia. Un verano, siendo aún estudiante, Bastian conoce a una chica de diecisiete años que veranea en la zona con su madre y su padre adoptivo, Ayala. Y el amor surge entre ambos. Un amor tan grande que parece que nada ni nadie podrá poner fin, aunque estén condenados a encontrarse y perderse durante el resto de sus vidas. Y es que, como muy bien escribe Antonia J. Corrales, "hay tres cosas que no podemos dominar, que no podemos cambiar o alterar: nacer, morir y enamorarnos. Las tres son inmunes a nuestra conciencia, a nuestro raciocinio y a nuestra voluntad"

El amor de Ayala y Bastian está condenado y penado pero es fuerte como una tormenta que arrasa todo lo que se interponga ante ella. Un amor que puede deshacerse de repente como un huracán y renacer del mismo modo a través del tiempo una y otra vez.

Los tres protagonistas, Ayala, Bastian y Samantha nos van contando la historia de sus vidas en primera persona en una serie de capítulos cortos que llevan por título su propio nombre sin una estructura lineal ya que vamos yendo del presente al pasado y vuelta al presente. En ellos vemos y conocemos como viven cada uno de los acontecimientos de la trama desde su propio punto de vista, tejiendo una historia conmovedora y preciosa llena de pasajes que hacen encogerte el corazón con tantos sentimientos a flor de piel y emoción intensa.

Los tres se traicionan a si mismos. Bastian es un broker que suspira por ser escritor. Ayala es editora cuando su vocación es la pintura y viajar a África. Samantha es una enfermera que cuida niños en un hospital con gran cariño porque le gustan mucho que se niega a tener hijos pues fue una niña vieja que se convirtió en una madre niña.

La mayoría de los que aparecen en la novela se ocultan cosas. La madre de Ayala, que es madre soltera, le oculta a su hija la identidad de su padre biológico. Samantha oculta a Bastian la historia que provoca el desenlace del libro y que sobrevuela a lo largo de él con un halo de misterio. Bastian oculta a Ayala ciertas cosillas. Ayala oculta a Bastian su dirección. Pero todos lo hacen para no provocar daño a los que son sus seres más queridos y porque creen que la ignorancia es lo mejor para ellos. Pero ese destino, ese fatum de los antiguos, es inexorable y al final Ayala y Bastian tendrán plena conciencia de la situación.

Todo, absolutamente todo el libro es bonito Su portada llena de alegría, de luz, de colorido y de amapolas, "la flor que se parece más al amor: frágil, bella y anárquica como él". Su historia llena de escenas bellísimas, como la de la jirafa blanca que solo pueden ver los chamanes. Su magia reflejada en ese momento en que Bastian, ese muchacho de sonrisa ancha, clara y seductora, con unos ojos negros que parecen carboncillos, con pelo revuelto y despeinado, negro y liso, que le roza los hombros, lanza un beso al aire hacia Samantha y ella percibe que en ese momento todo desaparece alrededor de su hermano, el suelo se cubre de amapolas y, sobre él, cientos de lapiceros empiezan a rodar hacia los pies de ella cubriéndolos, cuando le va a despedir al aeropuerto al partir por primera vez hacia Italia a estudiar y a darse de bruces con ese destino omnipresente en toda la novela.



Pero claro, todo esto no podría ser posible sin las manos de escritora de Antonia J. Corrales. Manos que miman las frases. Manos que cuidan y acarician las palabras. Manos que escriben maravillosamente una historia que me ha llenado plenamente y que me ha llevado a sufrir, sonreír, emocionarme, llorar, amar y conmoverme junto a a estos tres personajes que se han convertido para mi ya en inolvidables.


¿A quién no le gustaría conocer su destino? Nadie puede burlarlo y llega más tarde o más pronto. A todos nos gustaría conocerlo, como a Ayala que le suplica a Melquiades, el genial gitano que pasea por las calles de mi Macondo del alma y guarda el secreto de Cien años de soledad de la familia Buendía, que le entregue los folios donde está escrito su futuro.

El destino ha sido espléndido conmigo por acercarme a Antonia J. Corrales y a su original, increíble y esplendida As de corazones. Impenitente, ávido y querido lector, enamorado como yo de la mejor literatura, lucha porque tu destino te ponga en tu camino As de corazones, no sea que no lo tenga así escrito y no te cruces con esta novela y te la pierdas. Intenta burlarlo y lee este maravilloso libro. Claro que en tu destino si está escrito el que algún día ibas a leer esta reseña llena de cariño hacia esta autora por lo que me ha hecho disfrutar, y tú también te conmoverás y apasionarás con As de corazones, con Samantha, con Bastian y con Ayala. Corre a la librería por él.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

martes, 14 de octubre de 2014

El hombre de la máscara de espejos





Finalicé hace unos días la tercera entrega de Nieves Abarca y Vicente Garrido, El hombre de la máscara de espejos, y he necesitado, antes de precipitarme a escribir la reseña, pensar y madurar sobre la historia.

Ha sido éste un final de verano en el que me he sumergido en el mundo oscuro y gótico que han creado para el goce de sus lectores estos autores en las tres novelas publicadas hasta ahora con dos de los personajes más fascinantes y logrados de los últimos tiempos, como son Valentina Negro y Javier Sanjuán, acompañados de una troupe de secundarios que no se les quedan en ningún momento a la zaga y que terminan por resultar imprescindibles en las historias que en ellas se narran.

Han pasado unos meses desde el final de Martyrium y la inspectora Valentina Negro se enfrenta al caso de un pedófilo en La Coruña al que consigue arrestar, aunque el método utilizado no sea de lo más ortodoxo posible, lo que la aboca a una denuncia por parte del abogado del criminal que es motivo de que se le abra una investigación en Asuntos Internos. Pero su jefe, mientras dura esa investigación, la envía  a que se entreviste con un psicólogo por el trauma recibido en el final de la segunda novela en la que estuvo a punto de morir y le encarga la investigación de un antiguo caso que se haya en vía muerta para que lo reactive y encuentre a una mujer desaparecida. Y la inspectora Negro lo reactiva de tal manera que descubre una oscura y vil trama de realización y venta de película snuff con la inestimable ayuda y colaboración del criminólogo Javier Sanjuán.

En El hombre de la máscara de espejos, Nieves Abarca y Vicente Garrido cambian el registro. Los crímenes ya no recrean pinturas, esculturas u obras literarias. Ahora el protagonismo de las perfomances criminales lo tiene el cine mudo expresionista alemán, perfectamente ambientadas con diversos objetos de coleccionista que están siendo robados. Tampoco está ya El Artista aunque su larga sombra sobrevuela todo el relato.

Pero lo que no cambia el registro es en el ritmo frenético, crímenes horripilantes, escenas terroríficas, acción sin freno, arte por doquier, sexo llevado al límite, escenarios espectaculares, violencia macabra y desasosegante, en un ambiente de novela gótica y negra, muy negra, en la en tiempos actuales que nos recuerdan a esos personajes del mencionado cine expresionista alemán como son Mabuse, Caligari o Nosferatu que parecen volver a reencarnarse en las páginas de este fascinante libro mientras pasean por ellas.

Pero lo que si se nota es que en esta novela, los personajes han evolucionado. Ahora yo los siento mucho más humanos. Su dibujo se hace mucho más preciso y ganan en maestría al descubrirnos unos sentimientos que nos acercan a ellos mucho más. Hasta Valentina Negro se nos aparece ante nuestros ojos cuando en esa escena en la que pierde su larga melena oscura se nos descubre como el vivo retrato de la actriz protagonista de La caja de Pandora, Louise Brooks.



No voy a caer en si El hombre de la máscara de espejos es el mejor de los tres libros o no. Yo lo encuentro mucho más maduro, cercano y que ha ganado en realismo que los dos anteriores, pero tanto Crímenes exquisitos como Martyrium son de lectura imprescindible para poder observar la evolución de estos increíbles personajes, recomendando que sean leídos por su orden para no perderse ni un solo momento de un guión muy trabajado y perfectamente escrito. Porque son tres novelas muy grandes, y no me estoy refiriendo solamente a su número de páginas. Es increíble la labor de documentación de Nieves Abarca y de Vicente Garrido. Confieso que he disfrutado grandemente con esos escenarios por ellos elegidos que me han forzado a navegar una y otra vez por Internet para visualizar los lugares, obras de arte y resto de objetos que aparecen en las tres novelas, recorriendo La Coruña, Jávea, Ponferrada, Londres, Roma, Madrid, Edimburgo o Betanzos con nuevos ojos.


Otro ejercicio que nos demuestra que estamos ante un ejercicio de muy buena literatura es la utilización de una serie de subtramas perfectas e igualmente apasionantes, que hacen pensar al lector por donde van a poder salir los autores, aunque, por supuesto, consiguen encajar de forma precisa cual maquinaria de reloj suiza.

Dice la publicidad de El hombre de la máscara de espejos en su campaña de marketing: "Sabes que no deberías leerla, sabes que no debería gustarte". Como frase publicitaria es redonda y ya te incita a hacerlo, pero en realidad, amigo lector, sabes que es necesario que la leas porque quedarás enganchado y fascinado con este mundo tenebroso con el que nos regalan Nieves Abarca y Vicente Garrido que, por lo que leí hace unos días, afortunadamente,  se han puesto manos a la obra en la creación de la cuarta novela. Y es que Valentina Negro y Javier Sanjuán son peligrosamente adictivos y los que nos encontramos ya tan enganchados a sus avatares no podemos ya vivir sin ellos.

Como bien nos dicen Nieves Abarca y Vicente Garrido, "por lo general los depredadores viven entre nosotros sin levantar sospechas, mientras experimentan sus fantasías y sus perversiones con las víctimas seleccionadas". Todos podemos ser candidatos de esa selección. Inquietante.




©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

lunes, 6 de octubre de 2014

No nos dejan ser niños




¿Vivimos en una sociedad psicópata? ¿Es una sociedad con ninguna empatía emocional, narcisista, sin metas ni valores, infeliz, manipuladora, carente de gusto por todo, arrogante y amoral? Seguramente si. Todos cada vez vivimos más centrados en nosotros y nos preocupamos cada vez menos de los demás. Imponemos nuestro punto de vista sin profundizar en los motivos que puedan tener las otras personas para hacer lo que hacen. Somos incapaces de querer. Somos arrogantes e infelices. No aceptamos las críticas. Nos creemos superiores a los demás y queremos imponer como sea nuestras ideas.


Sobre este tema nos habla Pere Cervantes  en su última novela No nos dejan ser niños que él mismo califica más de novela policíaca que de novela negra acertadamente, aunque yo incluiría además lo de psicológica por lo bien que están dibujados todos sus personajes y sus personalidades y sentimientos.

Así tenemos a María Medem que se reincorpora a su puesto de agente en la comisaría de Ciudadela en Menorca tras la baja maternal por tener a su primer hijo. María es una mujer muy agobiada al tener que compatibilizar su trabajo con el cuidado del niño recién nacido, pues no cuenta con la ayuda de su marido, Bruno, que viaja continuamente por motivos laborales a China donde tiene una segunda vida.


En el momento  de su reincorporación a la comisaría, aparecen en la isla asesinadas dos sexagenarias, y por el mero hecho de haber sido integrante en el pasado del grupo de homicidios en Barcelona le es asignada la investigación.

Al ser Menorca un lugar muy tranquilo, el que aparezca en ella un asesino en serie le pilla a la policía local muy descolocada por lo que sus integrantes cometen varios fallos. Es ese el motivo que la Central de Madrid envíe a Roberto Rial, responsable de la unidad de homicidios, que ha tenido en años pasados una relación sentimental con María.

Los crímenes con un ritual muy especial, la soledad, su trabajo en una comisaría llena de hombres insensibles y machistas y ese bebé que tiene que cuidar y amamantar angustian a María, que para colmo de males tiene que alojar en su casa a su suegra Amparo García, aunque la relación entre ambas sea insoportable. Además todo apunta a que podría ser la asesina de las ancianas. Precisamente esa suegra atrincherada en su casa es la que se va a convertir en el infierno particular de María, en una historia donde las mujeres son las verdaderas protagonistas.

La novela está dividida en tres partes y cuarenta y seis capítulos, que están narrados en primera persona por María Medem, aunque también sabemos del marido, de Roberto Rial y de la asesina a través de un narrador omnisciente, lo que hace la trama muy original y en la que se ve que el autor, como le va a pasar al lector, se siente muy cómodo en esta historia de una asesina, el día a día de una policía nacional y madre primeriza reciente que tiene que compaginar su vida profesional con su vida familiar que se complica mucho cuando su suegra, estando su marido ausente, se instala en su casa porque así lo impone ella a la fuerza.

El lector se verá envuelto en una trama que le hará cambiar continuamente de opinión por los continuos giros que da la historia y que demuestran que el autor sabe de que está hablando, y se sentirá atraído por unos personajes llenos de vida y personalidad propia perfectamente perfilados.



Una novela muy actual en la que se combinan a la perfección crímenes, psicología, sexo, amor, frustraciones, infidelidades, con un fondo de una canción de Raphael, que da título al libro, y un olor penetrante a hierbabuena, todo ello dentro del marco incomparable de una bellísima Menorca casi mágica, que viene a engrosar el panorama de la novela negra nacional, demostrando que goza de muy buena salud y que nos hace pensar al tiempo de pasar con su lectura un rato muy entretenido gracias al buen hacer de Pere Cervantes.

Recomiendo vivamente la lectura de No nos dejan ser niños para recordarnos que no todo es lo que parece.


©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

Martyrium


Omnia vincit amor et nos cedamus amor (El amor todo lo vence, cedamos nosotros al amor) hasta que todo cambia y empieza el martyrium que nos da paso al purgatorium para llegar al infernum, al aparecer en escena El Artista, el genial psicópata, creado por Vicente Garrido y Nieves Abarca, en esta segunda aventura suya titulada Martyrium.


Los caminos de Valentina Negro y Javier Sanjuán volverán a cruzarse en la Ciudad Eterna. Cuando la magistrada Rebeca de Palacios recibe un extraño correo enviado por un desconocido, todo su mundo se tambalea: su hija Marta, una joven estudiante de arte dramático, ha sido secuestrada en Roma, y Rebeca ha de declarar inocente al hombre al que dentro de poco va a juzgar, o Marta morirá. La inspectora de la Policía Nacional Valentina Negro, amiga de la infancia de la magistrada, se ve obligada a ir a la capital italiana en una misión personal para liberar a Marta. Pero en Roma no sólo hay un secuestrador. También hay un asesino apodado “El Monstruo de Roma”, que ha conmocionado la ciudad durante los helados carnavales.

Mientras Valentina está en Roma, el criminólogo Javier Sanjuán acude también a la capital italiana invitado por Alejandro Marforio, el millonario hermano de una de las supuestas víctimas de “El Monstruo” para que ayude a capturar al asesino se forma extraoficial. Sanjuán descubrirá que “El Monstruo” no esta solo en sus crímenes, y que parte de la respuesta se encuentra en el Vaticano.

Escribir una novela negra tiene, a mi parecer, que ser muy difícil y complicado para no caer en el riesgo constante de precipitarse en la astracanada, en el psicópata listísimo y malísimo que va dejando mensajes por doquier o en convertir la historia que se narra en el libro en una teleserie o en una tortura gore. En Martyrium, continuación  de la muy leída Crímenes exquisitos, nos volvemos a encontrar con los personajes que quedaron vivos. El Artista ha logrado huir y se refugia en Roma con otra identidad. Pedro Mendiluce está en la cárcel en espera de juicio. Lúa Castro ha publicado un libro que ha sido un gran éxito de ventas. Y Valentina Negro y Javier Sanjuán continúan con sus vidas en sus respectivas ciudades añorándose pero sin dar ese paso que les haga estar juntos.

La novela negra para que sea buena, tiene que basar su naturaleza esencial en los personajes y no exclusivamente en la técnica policial, y siempre combinando ambos aspectos.

A los personajes creados por Vicente Garrido y Nieves Abarca se les nota que son humanos y que reaccionan como tal, lo cual es muy difícil de conseguir en este género literario, lo que les acerca mucho a los lectores que en todo momento se sentirán identificados con problemas que les pueden afectar a ellos también.

El principio de la novela está lleno de flashes llenos de violencia y escenas de sexo llevadas al límite que pasan por los ojos del lector a ritmo vertiginoso, sin tregua, que van poniendo las líneas maestras de la historia que se narra. Una historia llena de otras historias que se van multiplicando y que hace pensar en cómo van a poder los autores resolver en un final homogéneo. Pero lo consiguen. ¡Vaya si lo consiguen! Al final todas las piezas del puzzle encajan a la perfección de forma maestra en esta novela escrita con un ritmo muy ágil de guión cinematográfico y muy bien narrada con una trama novedosa y, ala vez, tradicional en este tipo de libros.

Y es novedosa por muchos aspectos aunque a mi el que más me ha llamado la atención es que Valentina Negro y Javier Sanjuán no hacen acto de presencia hasta muy avanzada la novela y no se encuentran hasta el final de ella sin que dejen de ser en ningún momento, junto con El Artista, que en Roma la policía le llama Il Mostro, los verdaderos protagonistas como queda claro en los dos epílogos.

Recorremos junto a ellos la helada Roma de febrero de 2012 en plenos carnavales que llenan sus calles nevadas de máscaras y disfraces aparte de crímenes horrendos que ahora ya no son perfomances de pinturas u obras literarias como en Crímenes exquisitos, sino de escenas religiosas basadas en esculturas de Bernini o Maderno que muestran la obsesión del asesino por la belleza eternamente paralizada en una obra de arte.

Una gran novela, la segunda gran novela, de Vicente Garrido y Nieves Abarca que nos deja al final con deseos incontenibles de leer la tercera, El hombre de la máscara de espejos, de muy reciente publicación para poder desentrañar los misterios de este ser atormentado que es El Artista y de Valentina Negro y Javier Sanjuán que definitivamente me han enganchado. Corro a la lectura de esta tercera entrega. ¿Qué novedades nos deparará? ¿Qué sorpresas se esconderán en sus páginas? La respuesta en unos días.


©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega