martes, 14 de octubre de 2014

El hombre de la máscara de espejos




Finalicé hace unos días la tercera entrega de Nieves Abarca y Vicente Garrido, El hombre de la máscara de espejos, y he necesitado, antes de precipitarme a escribir la reseña, pensar y madurar sobre la historia.
Ha sido éste un final de verano en el que me he sumergido en el mundo oscuro y gótico que han creado para el goce de sus lectores estos autores en las tres novelas publicadas hasta ahora con dos de los personajes más fascinantes y logrados de los últimos tiempos, como son Valentina Negro y Javier Sanjuán, acompañados de una troupe de secundarios que no se les quedan en ningún momento a la zaga y que terminan por resultar imprescindibles en las historias que en ellas se narran.
Han pasado unos meses desde el final de Martyrium y la inspectora Valentina Negro se enfrenta al caso de un pedófilo en La Coruña al que consigue arrestar, aunque el método utilizado no sea de lo más ortodoxo posible, lo que la aboca a una denuncia por parte del abogado del criminal que es motivo de que se le abra una investigación en Asuntos Internos. Pero su jefe, mientras dura esa investigación, la envía  a que se entreviste con un psicólogo por el trauma recibido en el final de la segunda novela en la que estuvo a punto de morir y le encarga la investigación de un antiguo caso que se haya en vía muerta para que lo reactive y encuentre a una mujer desaparecida. Y la inspectora Negro lo reactiva de tal manera que descubre una oscura y vil trama de realización y venta de película snuff con la inestimable ayuda y colaboración del criminólogo Javier Sanjuán.
En El hombre de la máscara de espejos, Nieves Abarca y Vicente Garrido cambian el registro. Los crímenes ya no recrean pinturas, esculturas u obras literarias. Ahora el protagonismo de las perfomances criminales lo tiene el cine mudo expresionista alemán, perfectamente ambientadas con diversos objetos de coleccionista que están siendo robados. Tampoco está ya El Artista aunque su larga sombra sobrevuela todo el relato.
Pero lo que no cambia el registro es en el ritmo frenético, crímenes horripilantes, escenas terroríficas, acción sin freno, arte por doquier, sexo llevado al límite, escenarios espectaculares, violencia macabra y desasosegante, en un ambiente de novela gótica y negra, muy negra, en la en tiempos actuales que nos recuerdan a esos personajes del mencionado cine expresionista alemán como son Mabuse, Caligari o Nosferatu que parecen volver a reencarnarse en las páginas de este fascinante libro mientras pasean por ellas.
Pero lo que si se nota es que en esta novela, los personajes han evolucionado. Ahora yo los siento mucho más humanos. Su dibujo se hace mucho más preciso y ganan en maestría al descubrirnos unos sentimientos que nos acercan a ellos mucho más. Hasta Valentina Negro se nos aparece ante nuestros ojos cuando en esa escena en la que pierde su larga melena oscura se nos descubre como el vivo retrato de la actriz protagonista de La caja de Pandora, Louise Brooks.


No voy a caer en si El hombre de la máscara de espejos es el mejor de los tres libros o no. Yo lo encuentro mucho más maduro, cercano y que ha ganado en realismo que los dos anteriores, pero tanto Crímenes exquisitos como Martyrium son de lectura imprescindible para poder observar la evolución de estos increíbles personajes, recomendando que sean leídos por su orden para no perderse ni un solo momento de un guión muy trabajado y perfectamente escrito. Porque son tres novelas muy grandes, y no me estoy refiriendo solamente a su número de páginas. Es increíble la labor de documentación de Nieves Abarca y de Vicente Garrido. Confieso que he disfrutado grandemente con esos escenarios por ellos elegidos que me han forzado a navegar una y otra vez por Internet para visualizar los lugares, obras de arte y resto de objetos que aparecen en las tres novelas, recorriendo La Coruña, Jávea, Ponferrada, Londres, Roma, Madrid, Edimburgo o Betanzos con nuevos ojos.
Otro ejercicio que nos demuestra que estamos ante un ejercicio de muy buena literatura es la utilización de una serie de subtramas perfectas e igualmente apasionantes, que hacen pensar al lector por donde van a poder salir los autores, aunque, por supuesto, consiguen encajar de forma precisa cual maquinaria de reloj suiza.
Dice la publicidad de El hombre de la máscara de espejos en su campaña de marketing: "Sabes que no deberías leerla, sabes que no debería gustarte". Como frase publicitaria es redonda y ya te incita a hacerlo, pero en realidad, amigo lector, sabes que es necesario que la leas porque quedarás enganchado y fascinado con este mundo tenebroso con el que nos regalan Nieves Abarca y Vicente Garrido que, por lo que leí hace unos días, afortunadamente,  se han puesto manos a la obra en la creación de la cuarta novela. Y es que Valentina Negro y Javier Sanjuán son peligrosamente adictivos y los que nos encontramos ya tan enganchados a sus avatares no podemos ya vivir sin ellos.
Como bien nos dicen Nieves Abarca y Vicente Garrido, "por lo general los depredadores viven entre nosotros sin levantar sospechas, mientras experimentan sus fantasías y sus perversiones con las víctimas seleccionadas". Todos podemos ser candidatos de esa selección. Inquietante.



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