martes, 16 de septiembre de 2014

La sangre de los crucificados y Muerte dulce




Buenas noches, buenas tardes o buenos días, que no sé cuando están leyendo esto, tengan vuestras mercedes:

Quiero presentarme. Mi nombre es Fernando de Zúñiga y Ayala y nací el día 10 de agosto, San Lorenzo, del año del Señor de 1634 en Madrid. Fui hijo ilegítimo de Don Francisco de Zúñiga, VII Conde de Miranda, y de Inés Ayala, partera de la corte de Felipe IV.

Mi padre tuvo a bien el reconocerme en su lecho de muerte y estuve a punto de estudiar leyes en la ciudad de Sevilla, pero la peste que asoló sus calles en 1649, cuando contaba quince años, y que fue la causante del fallecimiento de más de sesenta mil almas, reduciendo su población a la mitad, me hizo cambiar de planes y me trasladé a Salamanca, ciudad donde terminé instalándome, para estudiar medicina.

En la ciudad bañada por el Tormes conocí a mi mejor amigo, Don Pedro Urtiaga, que me presentó a Don Pablo Alonso el cual me transmitió conocimientos de toda índole desde el empleo de plantas medicinales al estudio de la magia, las artes de nigromantes, adivinos, arúspices, brujos, genetliacos... que fueron aprovechados por mi persona con gran satisfacción en veladas nocturnas pasadas con él, hasta que mi mentor fue asesinado en la Nochebuena de 1668.

Pero también Pedro Urtiaga me ayudó a enamorar a la mujer de mi vida, Pilar Maldonado, a la cual envió a rondar una noche una tuna a la Plaza de San Martín de Salamanca, donde ella vivía y que yo con mi cortedad nunca me habría atrevido a hacer.

Pilar y yo nos casamos en 1659, llenando mi corazón de felicidad. La amé tanto. La sigo amando tanto en mi soledad. Pilar era la belleza encarnada en mujer. Su pelo rubio y sus ojos verdes encendían mi pasión. Me dio dos hijas maravillosas, Cristina y Leonor. Pero tanta felicidad se truncó precisamente ese fatídico día del 13 de junio de 1662 en el que Pilar falleció al alumbrar a mi segunda hija que es el vivo retrato de su madre en su belleza y a mi en mis dudas y luchas interiores que no me abandonan desde entonces y que han condicionado mi carácter y han aumentado mi interés por las ciencias ocultas, estando en boca de la gente el que he hecho un pacto con Satanás por mi gusto por la medicina mágica.

Antes de tan luctuoso suceso que tan triste y taciturna ha convertido mi vida, y gracias al trabajo de partera real de mi madre Inés Ayala, asistí al nacimiento de nuestro Rey Carlos II, el 6 de noviembre de 1661, y mis servicios y sinceridad hacia su delicada salud, fueron del agrado  de la reina madre, Doña Mariana de Austria, que me ofreció que vigilara al enfermo niño y me concedió el Vizcondado de Castañar en 1669, su amistad y, sospecho, algo más que oculta su corazón sobre mi persona.

Al ser nombrado vizconde de Castañar, empecé a prestar esporádicos servicios para el Inquisidor General, Don Diego Sarmiento de Valladares, aunque en 1680 viajo a Madrid y presencio el auto de fe que se celebra en su Plaza Mayor, y los horrores que ven mis ojos afectan grandemente a mi conciencia y dejo de trabajar para el Santo Oficio y vuelvo a ejercer mi profesión de médico en Salamanca.

Debido al trabajo de mi madre en la Corte, Pilar, mi adorada Pilar, y yo viajábamos con frecuencia a Madrid. Una tarde , después de visitar la Pieza Ochavada y el Salón de los Espejos del Alcazar Real, fuimos paseando hacia la Galería del Cierzo para conocer a Don Diego de Velázquez, el pintor de Su Majestad, que trabajaba intensamente en esos cuadros que le dieron, con el paso de los años, la oportunidad de ocupar un sitio preferente entre los inmortales que habitan en el Parnaso de las artes. Como cualquiera que hubiese conocido a Pilar, Don Diego se quedó prendado de sus ojos verdes. Y nos pintó a los dos. Mi retrato, aunque haya discrepancias sobre el hombre que allí aparece y se insinúe sobre que puede ser un autorretrato del genial maestro, es el que podéis ver a continuación.


El de Pilar. o bien está perdido o, con seguridad,  fue destruido  por el fuego en el pavoroso incendio que en la Nochebuena de 1734 se declaró en el viejo Palacio de los Austrias, dejándolo reducido a escombros, y donde desaparecieron tantas obras de arte pasto de las llamas. Pero sí he decir a vuestras mercedes que tenía un gran parecido a éste que Don Diego pintó unos años antes que el mío, el cual fue fechado en 1659, unos meses después de nuestras bodas.


Recuerdo perfectamente esa tarde que conocí a Don Diego de Velázquez. El estaba feliz y de gran humor pues el Papa Alejandro VII acababa de concederle la dispensa de nobleza y el Rey le había prometido el título de hidalguía por lo que en fechas venideras sería ordenado Caballero de la Orden de Santiago y podría lucir con orgullo en sus ropajes la grandiosa cruz roja. Yo también era feliz entonces, aunque por otros motivos bien diferentes. Luego vendrían la muerte de Pilar, las golillas y ropajes negros, las lentes de mis anteojos, las canas de mis cabellos y mis doloridas rodillas.

A la muerte de mi adorada Pilar, me entregué en alma y cuerpo a mis hijas, Cristina y Leonor, hasta que veinte años después ingresaron en el convento de Santa Clara de Salamanca como monjas clarisas. Yo he quedado con la sola compañía de mi ama de llaves, Isabel, que me cuida en exceso y a menudo me cocina una fabulosa olla podrida, plato del que disfruto en demasía. Es verdad de que desde la luctuosa marcha de mi esposa no he podido volver a enamorarme de mujer alguna pues ella ocupa cada minuto de mis pensamientos, aunque me parece observar en los cuidados que me profesa mi leal Isabel algo más que esa lealtad.

Y en llegando a estas líneas, si habéis conseguido llegar hasta aquí, se estarán preguntando vuestras mercedes el motivo a que viene tan larga presentación en las que les estoy contando mis cuitas.

El culpable de todo ello es un caballero de raíces castellanas, nacido en tierras vascas y que habita en esa Sevilla de luz y color, que fruto de su grandiosa imaginación y mejor pluma, tuvo a bien narrar mis aventuras sucedidas en 1682 y 1683, trescientos veintitantos años después de acaecidos y cuyo nombre es Don Félix González Modroño. Él narra a mi más completa satisfacción, pareja a la de los coetáneos lectores suyos que las han disfrutado, esos oscuros años del siglo XVII que el buen Dios me hizo vivir en esa España, otrora imperial, que se desangraba y que caminaba hacia el final de una era.

En la primera, de título La sangre de los crucificados, recibo una llamada del Obispo de Zamora, Monseñor de Balmaseda, que, debido a mi afición a investigar sucesos extraños que mis conocimientos médicos, unidos a mi sentido común aderezado con intuición me permiten desvelar (déjenme vuestras mercedes que alimente mi humilde vanidad pero estos acontecimientos me han creado justa fama y soy reconocido como el mejor sabueso de la época en que me ha tocado vivir), me encarga averiguar la procedencia de unas tallas de Cristos crucificados hallados en extrañas circunstancias, y que parecen estar relacionados con trágicos asesinatos de personas que son los vivos retratos de los rostros moribundos de esos Cristos. Con la inestimable ayuda de Pelayo, al que quiero como a un hijo pues sospecho que ha caído rendidamente enamorado de mi hija Leonor nada más conocerla, recorreremos un periplo que nos llevará por mi Salamanca universitaria, la Zamora repleta de templos románicos, la insalubre Corte madrileña y esa Sevilla antes opulenta y ahora agonizante por la pujanza de su vecina Cádiz, para poder descubrir una trama de terribles asesinatos en la que nos mezclamos con reyes, religiosos y artistas barrocos para descubrir la leyenda del Santísimo Cristo de la Expiración, más conocido por el nombre de El Cachorro, que procesiona desde esos últimos años de la dinastía de los Austrias todas las madrugadas del Jueves Santo por las calles de Triana y de la ciudad hispalense.

Un años después, en mi aventura titulada Muerte dulce, recibo una notificación escrita desde la localidad de Balmaseda en Vizcaya donde se me comunica que mi gran amigo Pedro Urtiaga, pendenciero, jugador de naipes y amante del buen vino, ha sido envenenado y ha muerto, no sin antes suplicarme que le vengue. Y de nuevo Pelayo y yo nos ponemos en los caminos  de las tierras vascas y de las castellanas de Valladolid para descubrir que la muerte de mi antiguo compañero de correrías universitarias no solo tiene que ver por esa pasión al vino, sino también por una partida de naipes de un juego recién nacido y al que le llaman mus, al cual se aficionó al igual que se va a aficionar Pelayo (de casta le viene al galgo) y del que, me van a permitir la licencia vuestras mercedes, también es un maestro mi biógrafo oficial Don Félix González Modroño, lo que no es mucho decir pues de todos es sabido que no existe en la tierra jugador de mus que no se crea el mejor en las lides de este apasionante juego de cartas. Nos veremos ante leyendas ancestrales, mujeres y hombres atrapados por el amor y falsas apariencias sin tregua, hasta que pueda descubrir con la inestimable ayuda de Don Félix Lezcano, bodeguero de las tierras vallisoletanas, los acontecimientos acaecidos, con mi característica intuición y sentido común, que algunos llaman suerte, que hacen que mis dudas, necesarias para poder conocer me permitan existir desde la pérdida de mi querida Pilar Maldonado.

Tengo que ir acabando ya. Pero no puedo hacerlo no sin antes agradecer a Félix G. Modroño el que se haya tomado, cuatro siglos después, la molestia de haber investigado mi vida con el rigor que le caracteriza, ya que de todos es conocido que tarda dos años en publicar un libro, empleando dos terceras partes de ese tiempo en documentarse y la tercera en plasmarlo en el papel con esa prosa elegante, cuidada y envolvente que tanto gusta a sus lectores por su perfección y hermosura, y que hacen que los libros, yo que soy médico lo afirmo, sean la medicina del alma.

Y termino ya, haciendo una petición y pidiendo una disculpa a Don Félix G. Modroño. Le pido que tenga a bien que, después de haber escrito la maravillosa novela de La ciudad de los ojos grises y la esperada y de inmediata publicación El secreto del Arenal, retome mis andanzas con su prodigiosa imaginación para cerrar tantas incógnitas que deja abiertas en las vidas de mis más queridos seres. Con humildad le ruego que tenga a bien disculparme por haber empleado en esta extensa misiva de presentación a vuestras mercedes palabras y frases que he tomado prestadas de sus novelas y apuntes que, como gran aficionado a la labor de investigación y a la escritura como lo es él también, me he permitido utilizar en ella. ¿Qué mejor manera para escribir que aprovechar de las enseñanzas de los maestros? Estoy convencido que sabrá perdonarme.

Sean intuitivos y tengan sentido común. Lean La sangre de los crucificados y Muerte dulce ya que han tenido la gran suerte de vivir en la misma época de Don Félix G. Modroño, y si alguna vez se encuentran con él por los caminos y tienen la ocasión de poder charlar con él acompañados por un buen vino castellano, disfruten de su maravillosa e imaginativa conversación que sabe plasmar de forma maestra en sus obras.

¡Qué Dios guarde a vuestras mercedes!

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

lunes, 15 de septiembre de 2014

Crímenes exquisitos




En el escenario de la novela negra o policíaca española, aparece una nueva pareja, Valentina Negro y Javier Sanjuán, protagonistas de Crímenes exquisitos de Vicente Garrido y Nieves Abarca.


Para empezar, tengo que confesar que tenía pendiente este libro desde hacía bastante tiempo, pero siempre me echaba atrás ante su grosor de ochocientas páginas de letra pequeña y apretada. Craso error el mío.
Otro aspecto que lo fuera atrasando en comenzar su lectura era el estar escrito por dos personas. Segundo craso error el mío.

El caso es que este verano por fin me decidí. Y fue abrir el libro y empezar a leer su prólogo para tener la sensación esa tan agradable de que no puedes dejar de leer y de que te has enganchado a la historia totalmente, gracias al ritmo tan ágil que utilizan los autores.

Dos jóvenes aparecen muertas en dos ciudades diferentes: Lidia Naveira en La Coruña y Patricia Janz en Londres, Los escenarios donde aparecen sus cuerpos recuerdan pasajes artísticos. El cuadro de Ofelia de Millais en la ciudad gallega, y la muerte de Lucy en Drácula de Bram Stoker en la capital inglesa. Y ahí da comienzo la vorágine que te deja sin aliento y que te hace devorar las páginas sin descanso, descubriendo un mundo oscuro de maldad, sexo, sadomasoquismo y corrupción, absolutamente original en el mundo literario español que te deja el cuerpo en un total desasosiego.



En Crímenes exquisitos vamos a conocer, como ya he dicho, a la inspectora de la Policía Nacional de La Coruña Valentina Negro y al criminólogo valenciano Javier Sanjuán. Ella es joven, atractiva y muy trabajadora, aunque en su vida personal los demonios la acechan. Él es famoso y muy conocido. Ambos forman una pareja explosiva capaz de desentrañar los misterios y enigmas que corren por las páginas por las que desfilan asesinos en serie, redes de trata de blancas y prostitución, expolios fruto de la corrupción, sexo en batería, drogas, organizaciones secretas, periodistas sin escrúpulos, buenos hasta cierto punto, malos malísimos... que se suceden sin descanso en los ochenta y dos capítulos, prólogo y epílogo de la novela, dentro de una espiral enloquecida que no da tregua al lector que va descubriendo asombrado los continuos giros y sorpresas que le va deparando la historia. la cual se va deslizando de forma macabra y absolutamente genial hacia un final espeluznante.


He tenido mucha curiosidad por saber qué parte de la novela está escrita por Nieves Abarca y cuál por Vicente Garrido y me ha sido imposible. Doble mérito, ya que la línea argumental es totalmente homogénea, no pareciendo estar escrita por dos personas, máxime cuando trabajan separadas por tantos kilómetros de distancia la una de el otro.

Libro absolutamente recomendable que no dejará a nadie indiferente. Me relamo de gusto ante la segunda aventura de Valentina Negro y Javier Sanjuán, Martyrium, que ya se haya en mi poder, y esperando la publicación de la siguiente, El hombre de la máscara de espejos, que nos tienen prometido para dentro de muy poco.

Querido lector, no cometas el error que yo cometí. No te de miedo el grosor del volumen. Corre a leer Crímenes exquisitos y disfruta. Ahora pienso que por qué no tenía muchas más páginas.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

miércoles, 13 de agosto de 2014

El Sur - Adelaida García Morales


La misión de la literatura es la de narrar historias y hacernos partícipes de un sentimiento. El Sur es un relato de Adelaida García Morales en donde se nos muestra la gran fragilidad de sus protagonistas lleno de reflexiones introspectivas para entender sucesos y comportamientos externos.


En El Sur se narra el paso de la infancia a la adolescencia de una niña durante la posguerra, marcada por una ausencia física, pero presencia de sombra, añorada, cuyo peso se hace sentir doble a causa de su misma realidad fantasmagórica, en un ambiente mágico y misterioso.

El relato gira en torno a la figura que Adriana tiene de su padre y sus intentos por comprender los misterios que le rodean en una sucesión de recuerdos que la niña irá evocando desde su presente actual, a partir del suicidio del padre y su interés por comprender por qué lo hizo y cuál era el sufrimiento tan grande que escondía.

Adriana nos cuenta su infancia y adolescencia junto a su padre que había abandonado su ciudad natal, Sevilla, por algo muy grave, escondiéndose en un lugar sombrío y lejano. La muerte del padre será el motivo que mueva a Adriana a encontrarse por fin con Sevilla y darle a la historia el desenlace con la resolución del conflicto, con lo que Adriana podrá empezar una vida sin los fantasmas del pasado, al encontrar en el sur las respuestas a todo lo que siempre la ha atormentado, pudiendo por fin conocer este lugar mágico y soñado.

Narrado en primera persona por Adriana, se dirige a su padre contándole como vivió ella la historia a modo de reflexión, consiguiendo con ello un punto de vista poco objetivo pero de absoluta verosimilitud donde experimentamos la sensación de estar leyendo una carta que la hija le dirige al padre ya fallecido.

Todos los personajes son muy importantes en el relato pues de su singularidad depende el magnetismo y evolución de la historia. Los principales son Adriana y su padre, Rafael; y los secundarios son la madre, la tía Delia, Josefa, Gloria Valle, Miguel y Emilia.

Adriana está identificada con su padre y tiene el objeto de descubrir el mundo mágico,  representado por el péndulo, de éste para poder alcanzar su felicidad. Para ello tiene la ayuda de su tía Delia, que representa el sur, y en contra todo lo que la rodea y que se opone a sus fines.  Rafael, el padre, intenta huir de su tormentoso pasado a través de Adriana para conseguir también su propia felicidad, ayudándole el ambiente que le rodea obstaculizado por las sombras del pasado. La madre, para conseguir su felicidad necesita llevar una vida normal ante la incomprensión de su familia, apoyándose en su amiga Josefa frente a su hija y a su marido. Es una madre poco amorosa y nada comprensiva, tanto con la niña como con su esposo.

Todos desean escapar de ese lugar oscuro y sombrío donde viven y que el padre ha escogido para su huida. Un lugar que irá degradándose junto a los personajes a medida que pasa el tiempo y los protagonistas se van sumiendo en la más absoluta soledad. Aparecerá cada vez más abandonado y desolado, incrementándose la imagen triste y oscura. Pero al ir a Sevilla, esa ciudad del sur, donde está la felicidad que es negada a todos, Adriana correrá a encontrarse con el pasado de su padre, para poder empezar una nueva vida en un desenlace también lleno de magia y misterio. Dos mundos encontrados. El norte, donde apenas el sol sale y la lluvia y la nieve son constantes, frente al sur, Sevilla, otra tierra, una ciudad de leyenda, el escenario de un sueño fantástico donde el sol parece brillar con una luz diferente.

El relato tiene una historia no lineal que empieza en el presente de Adriana, retrocede al pasado a contar la muerte paterna, retrocede aún más atrás en el tiempo para aclarar los detalles de la infancia y juventud, hasta llegar hasta el momento actual de nuevo, haciendo una reflexión sobre este presente dejando la veda abierta sobre su futuro.

Un tiempo o espacio temporal que se hace notar a través de la mella que hace sobre los personajes a medida que la historia avanza y que los va sumiendo en una tristeza y hostilidad intrínseca a todo lo que les rodea, y que según va avanzando, nos muestra el simbolismo de la casa donde habitan que se va haciendo cada vez más abandonada y deteriorada, pero que al final da a Adriana una oportunidad. Una oportunidad debido a su juventud. Adriana podrá comenzar de nuevo, dejando atrás todas las sombras que le atormentaron en su pasado.

Fascinante el arte del buen contar y asombrosa la capacidad para detener el tiempo. Sin duda alguna, la dimensión poética e imaginativa que ante nosotros se nos muestra, nunca podrá dejarnos indiferentes.



Adelaida García Morales crea y construye un mundo y una atmósfera a través de unos medios expresivos trabajados con lenta y madura sabiduría, frente a una posible tendencia actual hacia lo inmediato, a lo fácil como valor absoluto, contándonos la historia de esta muchacha que vive envuelta en la maravilla del aura mágica de su padre en una historia aparentemente sencilla y transparente. Pero el mérito de la autora no es que la historia lo sea, sino que haya conseguido de forma tan perfecta hacérnosla ver así en una clara relación con la visión romántica del siglo XIX, donde lo inefable, lo inaprensible, lo que está más allá de la experiencia racional cobra absoluto protagonismo.


El Sur nos describe conductas del padre que resultan contradictorias, ambiguas, por motivos desconocidos y que se convierten en causa del sufrimiento, en un ambiente cargado e impregnado por la fe y una práctica religiosa de la que solo se excluye él, lo que le condena para la familia y los conocidos. Esa religiosidad que Josefa imbuye en la niña adiestrándola en la búsqueda del pecado, causando el final de la inocencia. Poco a poco la calidad de la imagen del padre se enfría y aparece un lado amargo e implacable que ensombrece su figura y lo hace humano, rompiendo con la visión idealizada que tiene de él la niña, y en donde en este proceso de evaluación se une la maduración de Adriana y el deterioro del padre que hay que calificar de autodestructivo.

El mundo que encontramos en El Sur presenta una oposición semejante  entre el mundo de la infancia y el mundo de los adultos. En este último siempre hay elementos represivos que más allá de lo razonable imponen un modelo autoritario, que limita la libertad y afecta negativamente a los más débiles.

Las vidas de los pocos personajes de El Sur se nos muestran en su precisa individualidad. El tiempo histórico cuenta, esa España tremenda, triste, apagada, de los años 50 del siglo pasado, con los recuerdos de la guerra civil amortiguados, pero no adormecidos que, no obstante, no quitan el verdadero protagonismo de los personajes  que son seres humanos que terminan apoderándose de todos nosotros no porque entren y salgan, digan frases ingeniosas, se esfuercen en caracterizarse, en ser alguien a fuerzas de palabras y de actitudes, sino porque forman parte de un continuo narrativo sostenido por un aliento poético que no falla.

Adelaida García Morales es una gran narradora. Su pequeño relato, El Sur, una absoluta obra maestra.






©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

viernes, 8 de agosto de 2014

Azul Vermeer - Mar Mella


El año pasado, casi por casualidad, cayó en mis manos un libro cuya lectura me entusiasmó. Pero este blog de Macondo no había nacido aún y yo le debía una reseña a esta novela que fue una de las mejores que había leído en ese curso. Una reseña que se me antoja que me va a ser difícil de escribir porque siempre será imposible describir tanta belleza.

He vuelto a releer Azul Vermeer de Mar Mella y he vuelto a disfrutar. ¡Qué digo!, he disfrutado mucho más que la primera vez. Azul Vermeer es arte no solo por su argumento. Azul Vermeer es una sinfonía de colores que nos transporta a un mundo en el que pintar un cuadro tenía que ser mucho más complicado que ahora.

Johannes Vermeer pintó en sus veintidós años de carrera artística quizá no más de cincuenta obras, de las cuales nos han llegado a nuestros días solamente treinta y siete, no dejando dibujos o pinturas preliminares detrás. A finales del siglo XVII y principios del XVIII, los documentos y subastas de la época decían que había más obras del pintor de Delft y hoy en día parece corroborarse que hay de seis a diez cuadros que o bien permanecen ocultos o bien no han sobrevivido.

Este es el motivo para que Mar Mella nos introduzca en la historia de la novela con la aparición de un supuesto cuadro perdido y no catalogado del pintor holandés. Un cuadro en el que se representa un "rostro de mujer iluminado por la luz de una ventana próxima. Tez pálida, cristalina, con una sombra que intuye sonrosada reflejándose en sus mejillas; ojos a los que no puede adivinar el color y que, sin embargo, están dotados de un hermoso brillo, boca contraída ligeramente en una mueca de tensión. Habitación de baldosas negras y blancas; una cortina que no logra velar la claridad de una ventana invisible; una de las manos reposando sobre la chimenea y la otra, cerrada sobre un pañuelo al que, aún así, se le adivina un delicado tejido de encaje."

Quien nos describe con estas palabras el cuadro, una magistral mezcla de varias obras de Vermeer fruto de la imaginación espléndida de Mar Mella, es Marta Miralles. Marta es restauradora de arte a la que se le encarga trabajar en un cuadro perteneciente a la madre de una familia propietaria de una casa de subastas en las que hizo prácticas al finalizar su carrera. Es una chica joven, aparentemente torpe, insignificante y sin gracia, muy tímida y cerrada en sí misma, distante con todos, con ojos yermos e inexpresivos que muestran indiferencia, una vida social prácticamente nula, callada. Pero Marta cuando se pone delante de un cuadro con su trabajo se transforma totalmente porque esa es su pasión que le obliga a dar lo mejor de sí misma y superar todas las dificultades por muy grandes que estas sean. Marta tiene el don de introducirse en el cuadro e interactuar con los personajes. Es una mujer que aunque en apariencia pase desapercibida, resulta interesante a todos aquellos que se cruzan en su vida.

La novela nos va narrando los motivos de la forma de actuar de Marta que ha tenido una infancia muy infeliz y que por un desengaño y una tragedia familiar, decide poner tierra por medio y abandonar Madrid. Acepta una beca que por sus brillantes estudios le ha sido concedida para que vaya a Amsterdam para prepararse en el taller de un gran experto en pintura flamenca y, en especial, de Vermeer, Ruud Smits, que la apoyará como a una hija y le traspasará y enseñará todos los secretos de la profesión.

La trama nos irá paso a paso, con saltos en el tiempo, desvelando toda la historia de Marta y de Ruud, viajando desde la Guerra Civil española, en la que un adolescente Ruud acude alistándose en las Brigadas Internacionales, hasta nuestro días.

Y Mar Mella compone con una meticulosidad propia del genial maestro holandés de Delft un puzzle lleno de piezas y escenas de forma absolutamente increíble , donde, al acabar el libro, aparecen encajadas mostrándose ante nuestros atónitos ojos como una imagen bellísima y llena de vida.

Azul Vermeer es un combinado de muchas cosas: es arte, es una historia original, es una sinfonía de colores, es pasión por la pintura, es casi un tratado de psicología, es humanidad con sentimientos en estado puro, es un aprendizaje de como mirar un cuadro, es orgullo por un oficio, es historia, y es el remanso de paz y ese regusto que te deja dentro según vas avanzando en su lectura, con la convicción de que te encuentras ante algo verdaderamente grande.

Confesaba al principio que me iba a ser muy difícil escribir esta reseña, y eso me está pasando porque no quiero desvelar nada para que todos cuando leáis el libro os empapéis, igual que yo ya he hecho dos veces, de la historia que camina de forma muy fluida hacia el final más impactante y sorprendente que he leído en mucho tiempo. Pero claro, lo más difícil es encontrar las palabras adecuadas que describan lo que tanto me ha llenado y que estén a la altura de lo que Mar Mella nos relata. Y es que Mar Mella escribe bien, apasionadamente bien. Describe las escenas con una delicadeza exquisita y crea unos personajes magníficos. Marta Miralles, absoluta protagonista de la narración, se convierte en una de las grandes heroínas de nuestra literatura. Tememos con ella, sonreímos con ella, lloramos con ella, nos aferramos a las solapas del abrigo con ella, enmudecemos con ella, amamos con ella, vemos todo a través de los ojos de ella. Vemos a través de sus ojos ese cuadro de Lectora en azul, descubrimos con sus ojos las manos de Ruud y sabemos que "son largas y estrechas, con cada hueso marcado en una piel fina y cruzada de arrugas", y vemos nítidamente  su liturgia para quitarse  la larga bufanda y como la dobla en un pequeño y perfecto paquete que guarda en el bolsillo de su abrigo. Ese Ruud, también genial, que como casi todos los hombres que tratan con Marta, siente por ella un gran amor pero calla y guarda también su secreto. Ese Ruud que enseña a Marta todo su saber porque descubre en sus ojos lo que la muchacha vale.

"La composición está muy cuidada, aunque a la vez es tan austera y casual que no resulta forzada. Ella está ensimismada leyendo la carta, tan distante... y luego está esa luz, casi mágica, que entra desde la ventana que no se llega a ver. No se, pero hay una atmósfera que hace difícil apartar la mirada."


Marta es omnipresente en casi todo el libro y en las pocas escenas en que no aparece los personajes hablan de ella. Marta es un personaje de tal calibre que empequeñece a todos los también magníficos actores de la novela, aparte de Ruud: Javier, Miguel y Emilia Medraño, Paddy Donaldson, Cecilia, el padre y la madre de Marta, Augusto Carmona, Lola, Mencía y el resto de sus hermanas, el boticario, ...


Mar Mella nos regala con Azul Vermeer un libro bellísimo. Un libro que no podrás dejar de leer cuando lo empieces y que, cuando lo termines, absolutamente sorprendido, querrás volver a releerlo para apreciar todos los matices que se esconden en sus páginas y que se te hayan pasado por alto debido a esa lectura apasionada que provoca y volver a ver esa luz y ese azul de Vermeer y el resto de gama de colores a través de los ojos de Marta Miralles, y nos haga contener el aliento producto de la magia de tener delante de nosotros una obra de arte original que es lo que provocó a nuestra protagonista a decidirse a dedicar su vida a preservar ese hechizo.


Pdta.: Mar, mi querida Mar, espero que esta humilde reseña te haya gustado. Te la debía y la he escrito con todo el cariño que siento hacia ti y con la esperanza de poder conocerte algún día personalmente ya que no me conformo simplemente con las redes sociales. 


Pero eso si, te voy a a pedir encarecidamente que termines pronto esa segunda novela ambientada en la mágica isla en la que habitas y que nos vuelve a hablar de arte. Mientras llega ese momento ansiado nos tendremos que conformar con este maravilloso Azul Vermeer, lo que ya es muchísimo para los que amamos la buena literatura.

Muchas gracias Mar por hacerme pasar, a mi y a tantos que he recomendado la lectura de tu libro, esas horas inolvidables. Puro arte.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

jueves, 7 de agosto de 2014

Una tarde oscura - Juan Pedro Martín Escolar-Noriega




Una tarde oscura



Relato clasificado en segunda posición en la votación popular de
los Premios Utopía: Sueños, deseos, ilusiones y esperanzas.

¿Cuánto tiempo hace qué no te veo? ¿Qué pasó en ese último instante en qué te vi y que ninguno de los dos sospechó que iba a ser el último día en qué nos veríamos?

Era una tarde bochornosa de mediados del mes de junio y el horizonte estaba lleno de nubes negras que amenazaban con descargar mares de lluvia y una sinfonía trágica de truenos y relámpagos. Cuando me acercaba divisé tu figura leyendo sobre la mesa, donde reposaba una cerveza casi terminada, un libro. Quizá fuera ese libro que te había prestado hacía tres días y que tú tantas veces me habías pedido que te dejara. Ese libro que, al principio de conocernos, compré mientras paseábamos una tarde muy parecida a la de hoy. Ese libro que leí con tanta emoción, casi la misma con la que te hablaba sobre la historia que en él se narraba.

¿Qué pasó por mi mente cuando me acercaba a tu encuentro? ¿Por qué ese desasosiego y desesperanza repentinas? Me detuve en la acera de enfrente a la cristalera donde se reflejaba tu figura envuelta en una tenue oscuridad que difuminaba tu perfil y te observé detenidamente leyendo sin apartar los ojos del papel. Tu expresión me pareció que era un claro ejemplo de la emoción y alegría que me había embargado a mi años antes sumergido en su lectura.

De repente deduje que no debía interrumpir ese instante. Me di la vuelta y caminé de nuevo hacia el coche que pocos minutos antes había aparcado en una calle llena de tiendas y cafeterías. Monté en él y desaparecí de tu vida.

Ahora, cuando ya la ciudad se empieza a vislumbrar en el horizonte difuminada por el sol que cae a plomo en la inmensa estepa, después de tanto tiempo desde que me fui de ella, al volante del mismo coche que me ayudo a salir de allí, pienso con esperanza e ilusión poder volver a recuperar y tener de nuevo entre mis manos ese libro que te dejé, y quizás podamos entusiasmarnos hablando sobre él y tener ese encuentro que por mi culpa no pudo producirse esa calurosa y oscura tarde de hace ya tanto tiempo.




©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

miércoles, 23 de julio de 2014

La ciudad de los ojos grises · Félix G. Modroño




Tengo que confesar, que como apasionado por la literatura contemporánea, cuales son las características que hacen que una novela se convierta en imprescindible para mi: Tiene que estar bien escrita y perfectamente estructurada, tiene que tener unos personajes bien dibujados que te hagan tener la sensación que los tienes a tu lado e interactúan contigo, tiene que contar una historia bonita (ojo, lo feo y abyecto también puede ser bonito), tiene que hacerte viajar con la imaginación por el tiempo y por los lugares donde sucede su acción, y, por último, tiene que ser producto de una labor de documentación previa por el autor rigurosa, exhaustiva y veraz que te haga aumentar tus conocimientos para conseguir como una bola de nieve contactar con otros libros e historias.



Que duda cabe que La ciudad de los ojos grises de Félix G. Modroño cumple con todas y cada una de estas premisas y que ahora que acabo de cerrar el libro después de leer su epílogo, la considere una perfecta muestra de todo lo que le pido a una novela.



La ciudad de los ojos grises es una magnífico libro, maravillosamente escrito y estructurado, narrado en tercera persona a excepción de su final que lo hace en primera, que cuenta la historia de Alfredo Gastiasoro e Izarbe Campbell desde abril de 1882 a las navidades y final de año de 1914, con su epílogo en el París de junio de 1940 cuando los alemanes entran en la ciudad. En ella vamos a asistir con emoción  a una historia muy bella que nos cuenta la vida de Alfredo, un arquitecto y profesor, que se enamora perdidamente de Izarbe en un Bilbao de finales del siglo XIX. Por un desengaño amoroso Alfredo abandona Bilbao para irse a vivir a París donde leyendo el periódico muchos años después descubre que Izarbe ha aparecido muerta en la ría y decide regresar a la ciudad que le vio nacer. Una vez allí, se enfrenta a un Bilbao en ebullición por la revolución industrial  que ya no volverá a ser como él la recuerda y que crece y crece a ritmo constante e imparable. Bilbao pasó a partir de 1885, en menos de cuarenta años, de dieciocho mil habitantes que habían sido prácticamente los mismos desde su fundación a finales del siglo XIII por López de Haro a superar las cien mil almas. Alfredo va a descubrir con profundo malestar que ya casi nadie le conoce a no ser su mejor amigo de infancia y juventud, Fernando, que es Comisario de la Policía Municipal y que investiga la muerte de Izarbe sospechando que ésta no es accidental y que ha sido asesinada.



La ciudad de los ojos grises de la mano de Alfredo, en una perfecta recreación de la época nos enseña esa ciudad de Bilbao, gris e invernal, en una ambientación magnífica, producto de una exhaustiva y exquisita labor de documentación por parte de Félix G. Modroño en donde además de los protagonistas ficticios toda una pléyade de otros históricos como Miguel de Unamuno, Pablo Picasso, Facundo Perezagua, Indalecio Prieto, María de Maeztu, Marie Curie, Mata Hari, Mistinguett, Maurice Chevalier, Modigliani, Julián Gayarre, y muchos más que harían una lista interminable, viven y pasean por un Bilbao y un París mágicos en esos años de la Belle Epoque a punto de desaparecer por la Gran Guerra.





Novela que mezcla sabiamente diversos géneros como el histórico, romántico, costumbrista, social, de misterio y de novela negra. Pero otro gran acierto de Félix G. Modroño es que la parte de misterio y suspense queda en un segundo plano, importante también que duda cabe, para adentrarse más en los hechos  históricos y sociales, y en la preciosa historia de amor que nos cuenta, con unos personajes magníficos encabezados por Alfredo e Izarbe que nos van introduciendo en la narración con continuos saltos en el tiempo hasta desvelarnos la trama bajo la atenta mirada del tercer personaje protagonista indiscutible de la obra: Bilbao. Y es así  como de la mano de estos personajes geniales viajamos con nuestra imaginación a esos lugares en ebullición tan alejados de nuestros días en los que la vida cambiaba, surgían los movimientos sociales, se fundaba el partido socialista y las mujeres empezaban a reivindicar sus derechos a través de un feminismo aún en pañales, haciéndonos fervientemente viajar a ellos para descubrir todos los rincones de la ciudad vasca y de París que aparecen sin descanso. Bilbao ya tiene su novela.


Ha sido tanta la emoción que me ha producido la historia que narra el libro que me ha obligado a releer diferentes novelas y biografías y buscar sitios y situaciones por internet con la esperanza de poder viajar pronto a ellos y sentir el latido de Alfredo e Izarbe en cada una de sus piedras. Deseo fervientemente pasear por la Gran Vía de Recalde, volver a ver el Puente de Portugalete, disfrutar de la ría y de Las Arenas, adentrarme por el casco viejo de el bocho, visitar los cafés y comer en sus restaurantes y, como no, volver a ver los Jardines de Luxemburgo, Monmartre, Le Sacre Coeur y el barrio de Saint Germain des Prés de París.



Félix G. Modroño me ha sorprendido en esta primera novela que he leído de él. Escribe endiabladamente bien y cuida al máximo la trama que no nos da ni un segundo de tregua. La ciudad de los ojos grises es una bellísima novela de lectura imprescindible. La ciudad de los ojos grises es Bilbao. Es su cielo gris, el mismo color de los ojos de Izarbe que tienen un brillo tan intenso que borran las sombras que las velas dibujaban en su cara, esa cara que Alfredo descubrió fascinado cuando ella alzaba la vista hacia lo alto de la iglesia de San Nicolás para observa a un ángel que cantaba el Aria de Chiesa, Pietá Signore, de Alessandro Stradella y que se perdió junto a una carta en lo más hondo del estanque de la Fuente Medicis de los Jardines de Luxemburgo de París.




©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

jueves, 17 de julio de 2014

El gran frío - Rosa Ribas

Para Mercedes, gran bloggera y mejor amiga, por tener la grandísima suerte de no haber conocido esa época de gran frío por su juventud y de vivir en el gran calor.



El mes de febrero de 1956 fue un mes gélido en toda España que según los que lo vivieron y lo recuerdan describen su cara helada que dejaba la barbilla acartonada, cielo azul con mucho sol, charcos helados y la ropa tendida totalmente congelada y rígida que se movía con el viento como si se tratara de tablones de madera con la forma de camisas o pantalones. Se produjo por la entrada de una ola polar fría continental con origen en Siberia que recorrió toda Europa y que en España se inició el día 2 y terminó el 23, afectando a toda la península que tuvo temperaturas desde los -5º a los -20º.

Y es en este escenario donde nos ponen Rosa Ribas y Sabine Hofmann en su última novela, El gran frío, donde nos volvemos a encontrar con Ana Martí. Ana trabaja ahora en el semanario El Caso y es enviada por su jefe a un recóndito y aislado pueblo del Maestrazgo turolense para escribir un reportaje sobre una niña a la que le han aparecido los estigmas de la Pasión aunque pronto se dará cuenta de que allí ocurren muchas más cosas extrañas.
El Caso fue un semanario español especializado en noticias de sucesos que relataba los crímenes y los episodios trágicos más desagradables y truculentos de la posguerra. Su aparición se produjo en 1952 y permaneció como líder de ventas, llegando a alcanzar una tirada de hasta 400.000 ejemplares, hasta su cierre en 1997. A través de sus páginas los españoles conocieron al Jarabo y al Lute, además de una serie de timos y pícaros diversos.
Pero en esa época tan oscura existía la censura por la que se tenía que tener permiso para poder editar, el director de cada medio era designado por el Ministerio del Interior, los periodistas eran meros objetos en manos del poder a los que se comprobaban todos sus antecedentes y forma de vida y pensamiento antes de poder ejercer, se vigilaban todas las actividades de la prensa y se prohibía todo lo que fuese escandaloso, porque en España nunca pasaba nada gracias al Caudillo y a su glorioso Movimiento Nacional que había conseguido salvar a la Patria de las hordas comunistas y ateas y en la que estaba prohibido hasta decir la palabra rojo, teniendo que adjetivarse un objeto de dicho color como encarnado.

"Pero como vivimos en un país donde imperan la paz y el orden, nos han impuesto una restricción de las noticias sobre asesinatos nacionales: solamente uno por edición".



Mención aparte merece donde las autoras escenifican la historia. Ese pueblo perdido en la comarca de el Maestrazgo de Teruel, llena de pequeñas localidades con casas de piedra y silenciosos rincones, impresionantes paisajes abruptos que cobijaron a los maquis, aislada del resto hasta tener  la sensación de que nos encontramos en el fin del mundo y que todos los inviernos sufre la terrible meteorología que obliga a sus habitantes a quedar normalmente aislados por la nieve.

Rosa Ribas y Sabine Hofmann consiguen una perfecta ambientación en un escenario que, a medida que avanza la narración,  se va haciendo claustrofóbico y hostil para la protagonista. Según se va leyendo se descubre a esos habitantes del pueblo, taciturnos y cerrados, que vagan por las calles dando una imagen parecida a muertos vivientes (me resisto a poner el término de zombies) y que parecen amenazar  y poner a Ana Martí en situaciones muy peligrosas debido al escepticismo de la periodista frente a los fenómenos irracionales que allí se producen.


Perfecta recreación de una época, donde si la vida era ya durísima en el ámbito urbano nos permite sin ser muy sagaces imaginar a que extremos llegaría a ser en el ámbito rural, con privaciones, represión, miedos agravados y esa omnipresencia de la Iglesia que sabía muy bien como manejar a esas pobres gentes con la cantinela de que se vivía en un valle de lágrimas e instaba en un ambiente enrarecido y supersticioso de pleno fanatismo religioso a ponerse, por ejemplo, cilicios para conseguir favores y respuestas de Dios. Una época de privaciones y carencias, donde faltaba de todo y donde tomarse una simple taza de café aguado endulzado con azúcar era un lujo permitido solamente a algunos privilegiados.

"Eso nos enseñan, que el sufrimiento es un regalo por el que se tiene que estar agradecido. Cuanto más se sufra mejor persona se será".

Y encima de todo, el Régimen fascista que velaba por todos pero que no hacía absolutamente nada por nadie salvo ahogarle. Ese Régimen en el que solo unos cuantos se enriquecían con el dolor y el sufrimiento de la gran mayoría. Ese Régimen en que "al contrario que la ampulosa retórica oficial que usaba, cargada de palabras rimbombantes como imperio, cruzada y grandeza, las aspiraciones de la gente en el país eran pequeñas, mezquinas, hijas de la mera necesidad de supervivencia".


Y finalmente, los personajes.  Frente a nosotros aparecen, junto a nuestra joven periodista de 28 años, toda una pléyade de seres que componen un friso espectacular de esos tiempos tenebrosos y que están perfectamente retratados por las autoras. Don Benito, el cura, que prohíbe hasta cantar y que no tiene ningún reparo para conseguir sus avariciosos fines. Don Ignacio, el alcalde, un pelele cuyos hilos mueve a su antojo el dueño del pueblo. Don Julián, el cacique, que reina en Las Torres cual señor feudal con el típico paternalismo pero con mano férrea y medieval. Don Miguel, el maestro, hombre culto pero cobarde y atado por el cacique que esconde un secreto humillante para la pacata sociedad pueblerina que le tacha de rojo. Isabelita, la santita. Eugenia, la lista y Mauricio, el tonto. Aurelia, la dueña de la fonda donde se hospeda Ana, huraña y amargada por un suceso acaecido años atrás. La madre de Isabelita, beata recalcitrante que no duda en nada, ni para hacer sufrir. Y los habitantes del pueblo, hostiles y ceñudos que deambulan como un coro de tragedia griega dentro de un ambiente retrógrado, asfixiante, oscuro, fantasmagórico y gélido.

Grandísima novela El gran frío que se lee con absoluto deleite para ir descubriendo ese pasado triste de nuestra historia. Una historia negra, muy negra, cubierta por ese manto blanco de nieve heladora que nos hace tiritar de frío, mucho frío, en una España espectral de pesadilla y dolor.