martes, 16 de septiembre de 2014

La sangre de los crucificados y Muerte dulce




Buenas noches, buenas tardes o buenos días, que no sé cuando están leyendo esto, tengan vuestras mercedes:
Quiero presentarme. Mi nombre es Fernando de Zúñiga y Ayala y nací el día 10 de agosto, San Lorenzo, del año del Señor de 1634 en Madrid. Fui hijo ilegítimo de Don Francisco de Zúñiga, VII Conde de Miranda, y de Inés Ayala, partera de la corte de Felipe IV.
Mi padre tuvo a bien el reconocerme en su lecho de muerte y estuve a punto de estudiar leyes en la ciudad de Sevilla, pero la peste que asoló sus calles en 1649, cuando contaba quince años, y que fue la causante del fallecimiento de más de sesenta mil almas, reduciendo su población a la mitad, me hizo cambiar de planes y me trasladé a Salamanca, ciudad donde terminé instalándome, para estudiar medicina.
En la ciudad bañada por el Tormes conocí a mi mejor amigo, Don Pedro Urtiaga, que me presentó a Don Pablo Alonso el cual me transmitió conocimientos de toda índole desde el empleo de plantas medicinales al estudio de la magia, las artes de nigromantes, adivinos, arúspices, brujos, genetliacos... que fueron aprovechados por mi persona con gran satisfacción en veladas nocturnas pasadas con él, hasta que mi mentor fue asesinado en la Nochebuena de 1668.
Pero también Pedro Urtiaga me ayudó a enamorar a la mujer de mi vida, Pilar Maldonado, a la cual envió a rondar una noche una tuna a la Plaza de San Martín de Salamanca, donde ella vivía y que yo con mi cortedad nunca me habría atrevido a hacer.
Pilar y yo nos casamos en 1659, llenando mi corazón de felicidad. La amé tanto. La sigo amando tanto en mi soledad. Pilar era la belleza encarnada en mujer. Su pelo rubio y sus ojos verdes encendían mi pasión. Me dio dos hijas maravillosas, Cristina y Leonor. Pero tanta felicidad se truncó precisamente ese fatídico día del 13 de junio de 1662 en el que Pilar falleció al alumbrar a mi segunda hija que es el vivo retrato de su madre en su belleza y a mi en mis dudas y luchas interiores que no me abandonan desde entonces y que han condicionado mi carácter y han aumentado mi interés por las ciencias ocultas, estando en boca de la gente el que he hecho un pacto con Satanás por mi gusto por la medicina mágica.
Antes de tan luctuoso suceso que tan triste y taciturna ha convertido mi vida, y gracias al trabajo de partera real de mi madre Inés Ayala, asistí al nacimiento de nuestro Rey Carlos II, el 6 de noviembre de 1661, y mis servicios y sinceridad hacia su delicada salud, fueron del agrado  de la reina madre, Doña Mariana de Austria, que me ofreció que vigilara al enfermo niño y me concedió el Vizcondado de Castañar en 1669, su amistad y, sospecho, algo más que oculta su corazón sobre mi persona.
Al ser nombrado vizconde de Castañar, empecé a prestar esporádicos servicios para el Inquisidor General, Don Diego Sarmiento de Valladares, aunque en 1680 viajo a Madrid y presencio el auto de fe que se celebra en su Plaza Mayor, y los horrores que ven mis ojos afectan grandemente a mi conciencia y dejo de trabajar para el Santo Oficio y vuelvo a ejercer mi profesión de médico en Salamanca.
Debido al trabajo de mi madre en la Corte, Pilar, mi adorada Pilar, y yo viajábamos con frecuencia a Madrid. Una tarde , después de visitar la Pieza Ochavada y el Salón de los Espejos del Alcazar Real, fuimos paseando hacia la Galería del Cierzo para conocer a Don Diego de Velázquez, el pintor de Su Majestad, que trabajaba intensamente en esos cuadros que le dieron, con el paso de los años, la oportunidad de ocupar un sitio preferente entre los inmortales que habitan en el Parnaso de las artes. Como cualquiera que hubiese conocido a Pilar, Don Diego se quedó prendado de sus ojos verdes. Y nos pintó a los dos. Mi retrato, aunque haya discrepancias sobre el hombre que allí aparece y se insinúe sobre que puede ser un autorretrato del genial maestro, es el que podéis ver a continuación.


El de Pilar. o bien está perdido o, con seguridad,  fue destruido  por el fuego en el pavoroso incendio que en la Nochebuena de 1734 se declaró en el viejo Palacio de los Austrias, dejándolo reducido a escombros, y donde desaparecieron tantas obras de arte pasto de las llamas. Pero sí he decir a vuestras mercedes que tenía un gran parecido a éste que Don Diego pintó unos años antes que el mío, el cual fue fechado en 1659, unos meses después de nuestras bodas.


Recuerdo perfectamente esa tarde que conocí a Don Diego de Velázquez. El estaba feliz y de gran humor pues el Papa Alejandro VII acababa de concederle la dispensa de nobleza y el Rey le había prometido el título de hidalguía por lo que en fechas venideras sería ordenado Caballero de la Orden de Santiago y podría lucir con orgullo en sus ropajes la grandiosa cruz roja. Yo también era feliz entonces, aunque por otros motivos bien diferentes. Luego vendrían la muerte de Pilar, las golillas y ropajes negros, las lentes de mis anteojos, las canas de mis cabellos y mis doloridas rodillas,
A la muerte de mi adorada Pilar, me entregué en alma y cuerpo a mis hijas, Cristina y Leonor, hasta que veinte años después ingresaron en el convento de Santa Clara de Salamanca como monjas clarisas. Yo he quedado con la sola compañía de mi ama de llaves, Isabel, que me cuida en exceso y a menudo me cocina una fabulosa olla podrida, plato del que disfruto en demasía. Es verdad de que desde la luctuosa marcha de mi esposa no he podido volver a enamorarme de mujer alguna pues ella ocupa cada minuto de mis pensamientos, aunque me parece observar en los cuidados que me profesa mi leal Isabel algo más que esa lealtad.
Y en llegando a estas líneas, si habéis conseguido llegar hasta aquí, se estarán preguntando vuestras mercedes el motivo a que viene tan larga presentación en las que les estoy contando mis cuitas.
El culpable de todo ello es un caballero de raíces castellanas, nacido en tierras vascas y que habita en esa Sevilla de luz y color, que fruto de su grandiosa imaginación y mejor pluma, tuvo a bien narrar mis aventuras sucedidas en 1682 y 1683, trescientos veintitantos años después de acaecidos y cuyo nombre es Don Félix González Modroño. Él narra a mi más completa satisfacción, pareja a la de los coetáneos lectores suyos que las han disfrutado, esos oscuros años del siglo XVII que el buen Dios me hizo vivir en esa España, otrora imperial, que se desangraba y que caminaba hacia el final de una era.
En la primera, de título La sangre de los crucificados, recibo una llamada del Obispo de Zamora, Monseñor de Balmaseda, que, debido a mi afición a investigar sucesos extraños que mis conocimientos médicos, unidos a mi sentido común aderezado con intuición me permiten desvelar (déjenme vuestras mercedes que alimente mi humilde vanidad pero estos acontecimientos me han creado justa fama y soy reconocido como el mejor sabueso de la época en que me ha tocado vivir), me encarga averiguar la procedencia de unas tallas de Cristos crucificados hallados en extrañas circunstancias, y que parecen estar relacionados con trágicos asesinatos de personas que son los vivos retratos de los rostros moribundos de esos Cristos. Con la inestimable ayuda de Pelayo, al que quiero como a un hijo pues sospecho que ha caído rendidamente enamorado de mi hija Leonor nada más conocerla, recorreremos un periplo que nos llevará por mi Salamanca universitaria, la Zamora repleta de templos románicos, la insalubre Corte madrileña y esa Sevilla antes opulenta y ahora agonizante por la pujanza de su vecina Cádiz, para poder descubrir una trama de terribles asesinatos en la que nos mezclamos con reyes, religiosos y artistas barrocos para descubrir la leyenda del Santísimo Cristo de la Expiración, más conocido por el nombre de El Cachorro, que procesiona desde esos últimos años de la dinastía de los Austrias todas las madrugadas del Jueves Santo por las calles de Triana y de la ciudad hispalense.
Un años después, en mi aventura titulada Muerte dulce, recibo una notificación escrita desde la localidad de Balmaseda en Vizcaya donde se me comunica que mi gran amigo Pedro Urtiaga, pendenciero, jugador de naipes y amante del buen vino, ha sido envenenado y ha muerto, no sin antes suplicarme que le vengue. Y de nuevo Pelayo y yo nos ponemos en los caminos  de las tierras vascas y de las castellanas de Valladolid para descubrir que la muerte de mi antiguo compañero de correrías universitarias no solo tiene que ver por esa pasión al vino, sino también por una partida de naipes de un juego recién nacido y al que le llaman mus, al cual se aficionó al igual que se va a aficionar Pelayo (de casta le viene al galgo) y del que, me van a permitir la licencia vuestras mercedes, también es un maestro mi biógrafo oficial Don Félix González Modroño, lo que no es mucho decir pues de todos es sabido que no existe en la tierra jugador de mus que no se crea el mejor en las lides de este apasionante juego de cartas. Nos veremos ante leyendas ancestrales, mujeres y hombres atrapados por el amor y falsas apariencias sin tregua, hasta que pueda descubrir con la inestimable ayuda de Don Félix Lezcano, bodeguero de las tierras vallisoletanas, los acontecimientos acaecidos, con mi característica intuición y sentido común, que algunos llaman suerte, que hacen que mis dudas, necesarias para poder conocer me permitan existir desde la pérdida de mi querida Pilar Maldonado.
Tengo que ir acabando ya. Pero no puedo hacerlo no sin antes agradecer a Félix G. Modroño el que se haya tomado, cuatro siglos después, la molestia de haber investigado mi vida con el rigor que le caracteriza, ya que de todos es conocido que tarda dos años en publicar un libro, empleando dos terceras partes de ese tiempo en documentarse y la tercera en plasmarlo en el papel con esa prosa elegante, cuidada y envolvente que tanto gusta a sus lectores por su perfección y hermosura, y que hacen que los libros, yo que soy médico lo afirmo, sean la medicina del alma.
Y termino ya, haciendo una petición y pidiendo una disculpa a Don Félix G. Modroño. Le pido que tenga a bien que, después de haber escrito la maravillosa novela de La ciudad de los ojos grises y la esperada y de inmediata publicación El secreto del Arenal, retome mis andanzas con su prodigiosa imaginación para cerrar tantas incógnitas que deja abiertas en las vidas de mis más queridos seres. Con humildad le ruego que tenga a bien disculparme por haber empleado en esta extensa misiva de presentación a vuestras mercedes palabras y frases que he tomado prestadas de sus novelas y apuntes que, como gran aficionado a la labor de investigación y a la escritura como lo es él también, me he permitido utilizar en ella. ¿Qué mejor manera para escribir que aprovechar de las enseñanzas de los maestros? Estoy convencido que sabrá perdonarme.
Sean intuitivos y tengan sentido común. Lean La sangre de los crucificados y Muerte dulce ya que han tenido la gran suerte de vivir en la misma época de Don Félix G. Modroño, y si alguna vez se encuentran con él por los caminos y tienen la ocasión de poder charlar con él acompañados por un buen vino castellano, disfruten de su maravillosa e imaginativa conversación que sabe plasmar de forma maestra en sus obras.
¡Qué Dios guarde a vuestras mercedes!


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