martes, 22 de marzo de 2016

Desde mi esquina de la barra (Una impostura sobre "Los labios celestes" de Alejandro Pedregosa)

A Nuria Niño López, porque se lo debía






LOS LABIOS CELESTES
(Una antología de la impostura)

ALEJANDRO PEDREGOSA


PRÓLOGO

 
Había una vez un niño de siete años que quería jugar al fútbol en la Real Sociedad y compartir la gloria con Arconada, López Ufarte, Satrústegui y Zamora. Una tarde se puso tan pesado que su madre le dejó noqueado con un argumento contundente: "San Sebastián está a más de mil kilómetros. No puedo llevarte a los entrenamientos". De aquella inesperada decepción surgió el primer poema. Luego escribió novelas, cuentos y más poemas...

En los años 80 se perdió lo que sin duda hubiese sido un buen futbolista, pero se ganó, sin ninguna duda, un magnífico escritor.

Una impostura es un engaño con apariencia de verdad según la definición que viene en los diccionarios. Una impostura en una creación artística es el nombre dado a esa obra que no lo parece, un texto entreverado de numerosas y muy explicativas citas de escritores o artistas. Jorge Luis Borges haciendo referencia a Oscar Wilde escribió: "Ese pulso de si gana lo estético o lo poético, está latente en cada obra de arte. El adjetivo decorativo es el auténtico terror, de lo que huyen los artistas despavoridos. Hay una expresión que define muy bien este pánico, ‘it’s too much’. No, nunca es demasiado. La estructura, el color y la forma son la base". 
La suma de lo innecesario puede dar con lo imprescindible. No es únicamente el contenido lo que define una obra, también es un modo de ver. Con total sinceridad: uno no está demasiado acostumbrado a que sean las ideas escritas de los artistas las que pauten una posterior interpretación de lo visto.
Impostura es algo más, o mucho más, que una diseminación de palabras poéticas en un momento dado, pues si únicamente nos quedásemos con esta ofrenda visual estaríamos anulando, o no siendo conscientes de ello, otras realidades artísticas y estéticas que si bien confluyen, en mayor o menor medida en las poesías de Los labios celestes, su razón de ser obedece a otros supuestos que hacen referencia al hecho de que los protagonistas del libro en su vida escribieron un solo poema, pero se nos presentan como verdaderos maestros en donde nunca destacaron.
Hay que usar la licencia de la imaginación artística para rellenar los vacíos y dar consistencia dramática a los personajes para suponer en un ensoñación presentida que nunca, seguramente, tuvo lugar y así creernos que los hechos fueron ciertos o, al menos sospechados con rigor, humor y no pocas dosis de sensibilidad que se unen en esta obra de Alejandro Pedregosa.

Durante los meses de febrero y marzo de 2016 publiqué a diario una poesía de este precioso poemario de Alejandro Pedregosa en mi muro de Facebook, y me obligué a escribir un texto sobre cada uno de ellas. El esfuerzo ha sido muy grande y el fruto de ello queda reflejado en las siguientes páginas acompañado todo ello con las fotografías y dibujos que busqué para adornarlos, si es que esto fuera necesario. Dichas fotografías y dibujos estan buscados en internet a excepción de las que ilustran los poemas titulados Postal para ella desde algún lugar de España y Corazón oscuro que son obra de la gran fotógrafa y mejor amiga, Nuria Niño López, a la que me permito dedicar este opósculo.

Nos encontraremos a continuación con los pensamientos, las inquietudes y la vida sentimental de Charles Chaplin, Karl Marx, Elena Diakonova (Gala), Corto Maltés y un anónimo viajante de tejidos español en una increíble antología de una impostura, a la que me he querido unir con unos pequeños textos míos fruto de mi única imaginación, a excepción de los que acompañan a los tres primeros poemas de Charles Chaplin que son rigurosamente ciertos, o quizás no, para unirme al poeta en esta fiesta de la impostura y que aparecen al final de cada poema que componen el poemario. Estos textos van escritos en prosa a excepción del que realizo a la prosa poetica de Elena Diakonova en el que me atrevo a escribir una poesía a la que titulo Los nombres de Gala.

A MODO DE INTRODUCCIÓN
 

A modo de introducción, como Alejandro Pedregosa da comienzo a Los labios celestes, os dejo el extracto del poema épico islandés Klefareik de autor anónimo:

Aquel hombre llegó a la playa
con la niebla parda del segundo mes.
El mar, amo de la vida, suele agasajarnos con regalos tales
cuatro días después de una tormenta.

Lo abrigamos con pieles y sintió
la forma en que crepita el fuego amigo.
Famoso es nuestro asilo más allá de la tierra sin nieve.
¿De dónde vienes? ¿Naufragaste?, preguntaron las mujeres.
Y más grande que la noche azul fue su silencio.

Pero un día, ya nadie lo esperaba,
pues había la luna mudado muchas veces,
se alzó la primavera en la boca de aquel hombre,
"Yo vine a contar aquello
que le fue negado a los labios celestes", dijo.

Y toda nuestra patria lo escuchó,
y lo creímos.
 

PRIMERO
CHARLES CHAPLIN

ORACIÓN A LA MADRE QUE NO TUVE


Líbrame, madre, de los avaros
que supieron del amor
en una estera.
Protégeme del frío y las alturas,
de la tierra minada con abrojos de cera,
de la luz cenital
y la fácil victoria.

Alértame, mamá, si un día el poder
pasea distraído por mi calle,
que yo sabré acordar la efervescente
balada de las rocas
con su resaca tierna de golpe caprichoso:
el mar donde me hiciste.

Pero déjame, madre, tropezar
con la piedra que espera
al lado de la menta y de la albahaca,
con el guijarro en sombra de la encina,
con el ladrillo herido
de la casa que cayó junto a mi casa.

Y cúbrete los ojos si me caigo
y alárgame tu mano si la pido,
pero no más.

Y se luz
de reflejo siempre intermitente.
Pues sólo así acompaña, madre,
en mitad de la noche el útil faro.



La madre de Charles Chaplin se llamaba Hannah Chaplin. Era cantante y comediante con el nombre artístico de Lily Harley. Llevaba a su hijo normalmente al teatro por la noche en lugar de dejarle solo en habitaciones alquiladas, ya que se separó de su marido cuando Charles sólo contaba un año.
Con sólo cinco años Charles sustituyó a su madre que tuvo un problema de voz una noche y subió al escenario, siendo ésta su primera actuación.
Con siete años ingresó en un orfanato junto con su hermano Sydney pues su madre fue ingresada por una enfermedad mental de la que nunca ya se recuperó.

DE VISITA EN LA ESCUELA HANWELL


 Yo sé de los tejados,
del deambular piadoso del ladrón
por húmedas esquinas,
y conozco el sonido, el golpe, el estruendo
de una limosna
cuando toca el suelo.

Yo he visto florecer
perfumes de tahona sobre el pan
que otros no quisieron
y he saltado
por los rincones de la infancia
feliz de hambre y triste de zapatos.

Hace años me escapé
de este mismo orfanato que hoy visito
ya famoso, ya Dios, ya en risa convertido.
Y qué puedo contarles a estos niños
que sus ojos sucios no hayan visto
sino que hay un lugar
al sur de todas las proezas
donde vestida de abandono late
constante y puntual
                                la vida.






 

En la autobiografía de Charles Chaplin se puede leer lo siguiente:
"Al cabo de tres semanas nos trasladaron desde el asilo Lambeth a las escuelas Hanwell para huérfanos y niños pobres. Fue un viaje pintoresco, en el carromato de un panadero tirado por un caballo... el campo de los alrededores de Hanwell estaba hermoso aquellos días, con caminos flanqueados por castaños de Indias, trigales y huertos repletos de frutas. Desde entonces, el penetrante y aromático olor del campo después de la lluvia siempre me ha recordado a Hanwell...
Los primeros días me sentí solo y desgraciado, porque en el asilo siempre tenía la impresión de que mi madre estaba cerca, lo cual me consolaba, pero en Hanwell nos separaban varias millas".

CINE MUDO




He probado a correr como los patos
y como ellos
logré surcar el cielo.
Pero a nadie le dije la palabra sueño.

Las señoras más bellas se rindieron
a mi torpeza de flores
hermosamente marchitas.
Y me supe querido
sin que dijera a nadie la palabra amor.

Derroté a los malvados
y un mundo azul y grácil bailó sobre mis manos
cuando ordené la paz.
Pero no se ensuciaron mis labios
con la palabra fusil.

Y advertí a todo aquel que quiso verlo
del limo y la pobreza,
del otoño infinito de la máquina,
sin que me oyeran nunca pronunciar
la palabra fatal: revolución.

Inclinaos, poetas, a mi paso.
Soy el hijo del silencio.




Antes de convertirse en un icono mundial, el hombrecito de los andares patosos es un individuo con mil rostros: actor, director, guionista, productor, montador y músico, pero también un chaval británico, criado en condiciones de extrema precariedad por una madre con un grave trastorno mental y por un padre ausente desde muy pronto.
Pocos como él supieron conectar con los anhelos de un público heterogéneo y cambiante. En su cine mudo supo trazar los márgenes del humor y del drama, de la tragedia y de la comedia. Su hombrecito provoca risa y llanto en la misma película, en la misma secuencia, en la misma escena... Su cine reivindica la dignidad de la clase baja, el posicionamiento del ciudadano de a pie frente a las injusticias de un sistema que le atenaza la garganta.
Cuando en 1972 Charles Chaplin recibe un Oscar honorífico a toda su carrera, un anciano comediante sube al escenario emocionado y escucha lo que nadie logró hasta entonces cosechar ni lo ha conseguido hasta ahora en esta fiesta del cine: una ovación de doce minutos de un público entregado cuando Charles Spencer Chaplin dice conmovido eso de "Las palabras son fútiles, débiles..."
Él es el hijo del silencio.


SOBRE UN TEMA DE THOMAS MANN



 
El bello Tadzio avanza despacio
por entre las casetas de la playa
a veces gira el cuello
e investiga el recuerdo poroso
que sus pasos dejaron en la arena.

Él sabe que el amor
Lo observa desde una vidriera
y adolescente juega
a resbalar deseos por el torso,
a colgarse humedades en el pelo,
a dibujar palabras
en el azul compacto de la tarde.

El bello Tadzio avanza despacio
por el camino abierto de su edad,
no sabe que la vida deja marcas
en la voz arrugada de los hombres,
ignora que la muerte
es una vocación adormecida
que tarda poco en levantarse,
desconoce
que el mercado estridente de los lunes
tan pleno de colores y canciones
se gesta en la pobreza del domingo,
en la herida mortal del marinero.

El bello Tadzio, los pies en la orilla,
no comprende que Europa estuvo en guerra.

Qué tarde se abre El Lido a mi descanso,
yo nunca seré Tadzio.
La infancia...
La infancia me dio a luz en otro barrio.





Una playa en la bruma, la sala del cine desbordada por la música de Mahler que acompaña y admira la belleza de su protagonista adolescente y de Venecia en planos barrocos y reposados en una obra de arte de otro genio, al igual que Chaplin, como fue Visconti que hizo ese increíble homenaje a la ciudad recorrida por los canales, rodando la película con luz natural con la bellísima fotografía de Pasqualino de Santis que dibuja con genial paleta de colores, llena de contrastes y de sombras, la decadencia que el aristócrata comunista deseaba para esa mítica ciudad asolada por una silenciada epidemia de cólera y de una clase social que se resistía a morir cuando llevaba tiempo ya muerta, basándose en la obra maestra de Thomas Mann en una dualidad nietzschiana.
Aire crepuscular en refinada melancolía, calma extraña que traen los últimos rayos de sol de una tarde de verano amenazada por nubes de tormenta en el horizonte que despierta por el sonido de la sirena del vaporetto que se acerca al Lido surcando un mar ceniciento.
Tadzio aún es ignorante de la muerte que dentro de poco se levantará. En su cabeza no entra ninguna idea oscura de hambres ni de guerras. Pasea por la playa sabedor de su belleza y que es observado con amor tras las vidrieras.
La infancia, reventando en adolescencia, de Tadzio fue así. La de Charles Chaplin fue muy diferente, y así lo piensa mientras la luz de Visconti y la música de Mahler inunda la oscuridad silenciosa de la sala de cine en la que contempla la sublime Muerte en Venecia en un anochecer de principios de otoño de 1971 en su amado y brumoso Londres.






PASEO POR EL CENTRO DE LONDRES

 
Limpia la cara de postizos y mejunjes,
a medida la ropa
impecable,
y un andar sereno, firme
que no puede delatarme.

A mi lado la gente pasa
me detengo
curioso en los escaparates
y el reflejo me devuelve un hombre
vulgarmente sencillo,
tal vez dichoso, tal vez gris
como los edificios de la calle.

Esta mediocridad es mi ambición,
ni fulgurante estrella ni mendigo.
He conocido el Ritz y las aceras
y en ningún lugar
advirtió la gente que dormía un niño.




Tú, Charles Spencer Chaplin, que naciste en el campamento gitano Smethwick, cercano a Birmingham, cuando aún Alejandrina Victoria aposentaba sus reales nalgas de graciosa y pacata majestad en el pomposo trono desde el que se asomaba a su imperio británico, y que subiste por primera vez a un escenario con solo cinco años y que con trece ya trabajabas en la compañía teatral de Fred Kamo con la que recorriste el mundo y llegaste a Hollywood. Tú, maestro de la mímica. Tú, que fuiste candidato al Premio Nobel de la Paz en 1948, fuiste nombrado Caballero Comendador de la Orden del Imperio Británico y una estrella con tu nombre da lustre al Paseo de la Fama en la Meca del cine. Tú, que recibiste dos Oscar honoríficos y que llenaste el séptimo arte de humor y de crítica social. Tú, que pasaste hambre y calamidades en tu infancia y que a los diecinueve años ya tenías un contrato de un millón de dólares. Tú, con tu baja estatura que fue tu gran aliada para no entrar a combatir en la Gran Guerra que asolaba Europa. Tú, que te enteraste que Hitler tenía tu misma edad, que había copiado su ridículo bigote al genio de Charlot y que rodaste El gran dictador, cuando aún se incubaba el huevo de la serpiente, para demostrar a todos que eráis absolutamente distintos. Tú, que te codeaste con Einstein y Gandhi y que, pese a vivir desde 1914 en Estados Unidos, tuviste que exiliarte en Suiza donde falleciste un día de Navidad. Tú, que estuviste lleno de vida para acabar demente e incapaz de moverte y de hablar después de aparecer por última vez en público en un circo donde los payasos te homenajearon regalándote sus narices rojas. A ti, que profanaron tu tumba y robaron tu cuerpo de la sepultura del cementerio de Corsier-sur-Vevey y durante casi tres meses hiciste florecer un campo de maíz, te gusta pasear con la cara desmaquillada, vestido con elegancia impecable y andar sereno y firme, lejos de aquellos andares de pato saltarín que te encumbraron a la gloria por las calles de Londres sin que la gente te reconozca, como no te reconocieron ese día en que te presentaste a un concurso de imitadores de Charlot en la cálida San Francisco y te descalificaron con una nota ínfima a las primeras de cambio, anhelas y ambicionas la mediocridad, tú, que saliste del Averno para instalarte como un dios en el Olimpo nadie se percató nunca que en tu corazón siempre durmió un niño.



SEGUNDO
KARL MARX

OTOÑO JUNTO A LA TAPIA DE UNA CASA BELGA *

 
Detrás de la tapia,
por el tejado de la casa brota
el primer calor blanco del otoño,
tan limpio, tan parecido
al cielo mismo
que lo acoge
y lo devuelve en luz
contra el único árbol del jardín.

Amarillos, naranjas, cobres, lilas
y hasta verdes
se agolpan en sus ramas.

Yo nunca he sido tan pobre
como esta tarde de pie
frente a esta tapia,
ni mi voz, innecesaria,
ha sido nunca tan feliz.

*Los poemas de Marx se encontraron sin título. Van encabezados con una pequeña frase para una mejor contextualización. (N. del Ed.)




Recuerdo la tarde de 1843 con mi adorada Jenny que se convertía ya por fin en mi esposa después de que su padre hubiese fallecido y ya nadie pudiera oponerse a nuestro amor. Nos trasladamos a París del que fuimos expulsados por publicar un artículo satírico sobre el rey de Prusia y llegamos a Bruselas justo dos años después en febrero de 1845 pues también yo tenía prohibida la entrada en Alemania. Allí nos trasladamos con nuestra ya muy numerosa familia y nuestra fiel criada a la calle de Jean d'Ardennestraat, 50. Y aquí estoy en este octubre de 1847, ajeno a las consecuencias que nos llevarán a volver al exilio a finales de febrero del próximo año cuando sea detenido por primera y única vez en mi vida y tenga que volver a irme otra vez a otro país.
Desde mi llegada a Bélgica me he dedicado, junto a mi gran amigo Federico, a estudiar el contexto europeo y a analizar la situación de la gran masa de trabajadores que, a poco de estallar la revolución industrial, ven como sus vidas se modifican para siempre. Y en esta ciudad la Liga de los Comunistas nos ha encargado a Federico y a mi que escribamos un manifiesto que contenga sus principales ideas.
Todos los días voy desde esta casa del barrio de Ixelles al Café de Le Cygne en la Grand Place y admiro su majestuoso cisne, símbolo del gremio de los carniceros que allí antes se ubicaba, que se muestra en su portada. Comparto entre sus paredes, junto a Federico y otros jóvenes aspirantes a revolucionarios, en su trastienda llena de humo por los cigarros que fumamos, acalorados debates y vamos trazando las líneas del libro que soñamos que logre cambiar el rumbo de la Historia para que luego, ya en casa, Jenny me ayude a ordenar las ideas que volcamos en él.
Mi vida en Bruselas es así de sencilla y simple tras la dramática experiencia que me hizo irme expulsado de Francia y que me hace vivir aquí en una precaria pobreza. Pero esta tarde, detrás de la tapia de la casa, el calor blanco lleno de luz que enciende el árbol del jardín, llenándolo de colores, me siento feliz con mis pensamientos.
¿Puede haber algo tan bello y tan justo como lo que Federico y yo luchamos y hemos escrito en el papel? "Toda la historia de la sociedad humana, hasta la actualidad, es una historia de luchas de clases... Los comunistas no tienen por qué guardar encubiertas sus ideas e intenciones. Abiertamente declaran que sus objetivos sólo pueden alcanzarse derrocando por la violencia todo el orden social existente. Tiemblen, si quieren, las clases gobernantes, ante la perspectiva de una revolución comunista. Los proletarios, con ella, no tienen nada que perder, como no sea sus cadenas. Tienen, en cambio, un mundo entero que ganar.
¡Proletarios de todos los países, uníos!".




DESPUÉS DE LEER UN PANFLETO DE BAKUNIN

 
No es odio, Mijail, lo que mi pecho turba,
ni aspiran a ser dagas las palabras
que lanzo contra el tuyo.
Debieras entenderlo...

El odio es un finísimo elixir
que reservo al capón
cetrino de los púlpitos,
al avariento huraño de la fábrica.

Yo sueño, Mijail, un mundo sosegado como el tuyo,
una colina en cinta
repleta de verdor como la tuya,
donde puedan los hijos de las madres
jugar hasta el hartazgo.

Sin embargo he rozado una verdad
gélida y plana
cual los mármoles que alfombran
el bello cementerio de Trevêris,
y acaso sólo quepa
acotarla con flor y alumbramiento,
con guirnaldas y albadas amarillas...

Pues intuyo
que necesita el hombre
por encima de todo
imaginar lo bello.

No, no es odio, Mijail, lo que mi pecho turba:
yo tan sólo detesto lo inmutables,
aquello que pudiendo no quiere, ay, ser mariposa.

Y en esto, te digo, que tú y yo
habremos de encontrarnos algún día:
pensadores errados por tallar
en el roble más alto del jardín
dos corazones.




Ay Mijail, yo no te odio. Defendemos una misma causa con maneras diferentes para alcanzar nuestro sueño de la organización política del proletariado, aunque entre nosotros dos haya grandes tensiones. Tú, defendiendo el anarquismo colectivista; yo, partidario del socialismo científico. Queremos ambos defender a los trabajadores pero te empecina en querer que la Primera Internacional sea una simple coordinadora de movimientos social-revolucionarios autónomos y sin un órgano de dirección común cuando para mi debe tener una función centralizadora, unificadora y rectora del movimiento obrero. Yo aspiro a un Estado obrero ya que el socialismo debe ser consecuencia de un capitalismo avanzado y de una clase obrera madura y organizada que bajo la dirección de un partido alcanzará el triunfo revolucionario y tú te enrocas en la negación de toda autoridad, lo que te lleva a rechazar todo tipo de Estado, ni siquiera ese por mi anhelado que sería gobernado en nombre del proletariado.
Pero no te puedo odiar porque te admiro. Admiro tu participación en la revolución de 1848 que te supuso ser un poscrito y ser mandado al exilio en Sillería de donde lograste escapar en 1861 y venir a Londres donde te afiliaste a la Primera Internacional.
Mijail, en este año de 1872, la Segunda Revolución Industrial está en auge y el movimiento obrero ya es imparable. Nuestras diferencias empezaron cuando la Comuna de París fue masacrada por su falta de organización y de un programa.
Deseo como lo deseas tú un mundo sosegado fruto de la revolución, sin que consigamos ponernos de acuerdo en como ésta debe ser llevada a cabo.
Acabo de llegar a La Haya en este fresco y luminoso septiembre de 1872. Dentro de dos días comenzará el Congreso de la AIT y pienso y deseo que nos encontremos algún día y tallar nuestros dos corazones en el roble más alto del jardín. Pero también en el viaje que me ha traído hasta aquí he leído la carta que le enviaste a Rubicone Nabruzzi el pasado mes de julio y con profunda pena, que no odio, no sé qué va a ocurrir contigo en los próximos días.

MIENTRAS ESCRIBE EL CAPITAL

 
Aquí duermo, en Dean Street, donde el frío
alimenta mi edad y la espesura
de los libros recorre los estantes
como una hiedra seca y polvorienta.

¿Pero es mi casa este mínimo Babel
o acaso sólo sea la extensión
de un hogar ordenado y verdadero
con cálidas estufas y maderas
perfectas en su brillo:
la Biblioteca del Museo?

Que respondan a esto las mujeres,
ellas me ven partir, helada la mañana,
y regresar ahíto de tristeza por la noche.
Y me siembran su sopa con el pan
y descalzan mis botas agrietadas
y las niñas me besan
estas barbas que crecen como espigas grises.

Aquí duermo, en Dean Street,
y no acierto a saber si mi lugar
está entre mis mujeres
o mis libros. 





Aquí vivimos en dos modestas habitaciones del edificio de Dean Street que lleva el número 28 y que son lo más parecidas a un viejo cobertizo en pleno barrio del Soho. Llegamos a Londres en 1850 desde París que nos había vuelto de nuevo a acoger gracias al gobierno provisional francés cuando fui expulsado de Bélgica, aunque al poco tiempo me volvieron a invitar a que abandonase el país.
Aquí en esta calle hemos sufrido la desgracia de ver como se nos morían dos hijos y entre estas cuatro paredes vivimos, en una desesperada situación de extrema pobreza, Jenny y yo con nuestras cuatro hijas, mis adorables cinco Jennys, mis mujeres. No se que sería de nosotros sin la generosa ayuda del bueno de Federico que también vive en un apartamento del mismo edificio.
Todos los días me acerco paseando a la Biblioteca del Museo a escribir y a estudiar cuando amanece la gélida mañana y no vuelvo, lleno de cansancio, hasta la noche, aunque al menos regreso confortado gracias a las estufas que caldean las estancias repletas de libros.
Mientras camino por las aceras de esta calle voy pensando en la gran historia que atesoran sus adoquines. En 1764 un muchacho joven llamado Wolfgang Amadeus Mozart interpretó un concierto en el número 21, el Almirante Nelson estuvo en ella durante el día anterior a zarpar hacia Cádiz para la batalla de Trafalgar donde le esperaban la muerte y la gloria, o Charles Dickens que también era un habitual de la calle cuando era un joven actor y participaba como aficionado en obras en la casa que Fanny Kelly tenía en el número 73-74 donde se alzaba su teatro de los derechos. A veces cruzó unas palabras con él en la Biblioteca sobre su última obra, Tiempos difíciles, que acaba de salir de la imprenta y publicada. Me fascina el título. Reconozco que no puede ser más apropiado a la situación que estoy sufriendo.
Es noche cerrada. Ya falta poco para llegar. Llueve con intensidad y una niebla helada me congela los huesos. Cuando llegue a casa, mis mujeres me servirán una sopa de pan y me descalzarán. Las niñas me besarán. Nos iremos a dormir y cuando la nueva y helada mañana amanezca volveré de nuevo a la Biblioteca del Museo. Dudo dónde está mi lugar, pero sé que sin mis mujeres, mis cinco Jennys, y sin mis libros no podría seguir viviendo.


JENNY VA A EMPEÑAR SUS ÚLTIMAS JOYAS


Desde primera hora cae la nieve
dramática y terrible como un salmo.
Ella salió y yo no pregunté
porque sabía.

Vestía su vestido menos viejo,
su más gayo sombrero
                                     y el abrigo
que Federico trajo de algún viaje
en que colmó la casa de regalos.

La nieve y mi silencio son constantes,
mi vergüenza fugaz
pero hoy
              me avergüenzo
de no haberla detenido y de ser
quien soy.

Volverá con patatas y pan para el almuerzo,
con nubes de alegría en las mejillas
y un ánimo frondoso
en el timbre atiplado de la voz.

Al verla todo miedo rodará
como un soldado joven
que asciende a la colina de su risa.
Y seremos felices,
si la muerte no dicta lo contrario,
en los próximos días de este invierno. 




Siempre he tenido ingresos irregulares, a menudo inexistentes durante largas temporadas, y las deudas contraídas siempre han pesado sobre Jenny y sobre mi. De continuo hemos tenido grandes dificultades y máxime con seis hijos y todos nuestros enseres en la casa de empeño.
El gobierno prusiano, mientras reprime los últimos estallidos de las revueltas de 1848-1849 me vuelve a expulsar de Alemania en la que al menos pudimos tener un periodo corto de una vida feliz en Colonia. Regresamos a París por un breve lapso de tiempo donde Jenny ha tenido que empeñar hasta la última de sus joyas para poder pagar los gastos corrientes hasta que en el verano de 1849 nos mudamos definitivamente a Londres. Aquí la cosa no mejora ya que es la ciudad más cara de Europa, la capital del capital y del trabajo industrial, aunque tiene una política tolerante para con los refugiados. Pero es donde estamos viviendo las peores miserias de nuestras vidas que nunca hubiésemos sufrido antes, pese a que los camaradas nos ayuden cuanto pueden. Huyo de los acreedores y pido nuevos créditos que nunca podré devolver a quien desconoce mi situación que cada vez son menos. No puedo pagar el alquiler de las dos miserables habitaciones en que vivimos en el Soho. Pero la verdadera desgracia fue ver morir al pequeño Guido y a Franziska cuando contaban con menos de un año, y con ocho a mi queridísimo Edgar que me causó una pena inconsolable pese a que fuera mitigada con el nacimiento de nuestra última hija, Eleanor.
Jenny ha salido esta mañana a la calle que sufre una inclemente nevada. Sé a donde se dirige y me quedo en la casa avergonzado de haberla dejado partir y de ser la persona que soy. Ella es una mujer fuerte que no se ha doblegado nunca a las penurias que le he dado siempre y sé que es feliz conmigo pese a todo, aunque nunca podrá llegar a entender las mezquindades por las que tenemos que pasar sin que nadie, salvo nuestro amado Federico, nos preste ayuda.
No creo que tarde ya mucho en volver. Traerá humildes alimentos, me sonreirá y seremos felices con este nuevo sacrificio que ha vuelto a hacer y que nos permitirá vivir otro invierno al menos.
Siempre tendré confianza en el futuro.


ENGELS SE HACE CARGO DE UN HIJO DE MARX, PRODUCTO DEL ADULTERIO

 
Querido Federico,
tal vez debamos algún día
estudiar juntamente los motivos,
las razones, las causas, los procesos
de aquello más sincero que en la tierra cabe:
la amistad.

Y firmaremos el libro con tu nombre.




Gracias a Federico que generosamente siempre nos ha ayudado hemos podido ir saliendo adelante y vivir algo más cómodamente. Yo, Karl Marx, enemigo resuelto de la esclavitud, revolucionario que defiendo la causa de los trabajadores y que algún día seré nombrado padre del comunismo, por esa generosidad de mi amigo y compañero, tengo que confesaros, en los postreros días de mi desgraciada vida, que he podido tener una sirvienta que vivió con nosotros desde que tenía 21 años. Lenchen, así la llamamos aunque su verdadero nombre es Helen, ayudó en todas las tareas de la casa a Jenny, a la que esta mañana acabamos de enterrar.
Guido, mi pequeño, acababa de morir cuando Jenny se encontraba embarazada de Franziska. No sé qué pasaría por mi cabeza pero, aprovechando las cortas ausencias de mi fiel y amada compañera, mantuve por esa época horrible encuentros íntimos con Lenchen.
Cuando nació Franziska, hecho que nos sirvió en alguna medida de consuelo por la muerte de Guido, aunque poco podíamos imaginar que no pasaría ni un año para que su hermanita se fuera con él, Lenchen ya tenía un embarazo muy avanzado y hablé con Federico para que se hiciera cargo de la paternidad cuando naciera mi hijo producto de un adulterio. Freddy, otra vez la generosidad de mi muy amado amigo dándole no sólo su apellido sino hasta su propio nombre, nació en junio de 1851 y Federico con su gesto evitó el escándalo.
Ya es tarde para hablar de este hijo mío al que no sólo nunca reconocí sino que puse todo el empeño en despreciar. Pero con la cercana muerte me corroe la conciencia. Me arrepiento, tarde, de haber despreciado tanto su persona, a él que nunca tuvo culpa de nada, a él que le prohibí verme y que tampoco visitara a su padre adoptivo, a él que en vez de defenderlo como obrero, cosa que yo nunca fui, le dejé hundir en la pobreza sin que su madre pudiese hacer nada pese a sus denodados esfuerzos para que saliese para delante.
Siempre tuve deseos de tener hijos varones pero los dos que vinieron a mi murieron siendo unos niños. Freddy tendría que haberme colmado de alegría pero no tuve el valor suficiente y hablé con Federico que volvió a demostrarme su amistad incondicional. Nunca tuve el coraje de apoyar a mi hijo.
Ahora, cuando sé que me queda poco tiempo de vida, me duele el corazón de haberlo despreciado a él y a su madre que siempre ha estado a mi lado como sirvienta desde que tenía tan sólo 21 años.

MARX DEJA RENANIA TRAS SER PROHIBIDO EL PERIÓDICO QUE DIRIGE

 
Un hombre es un poco más que un exiliado
que un día abandonó
la cálida placenta de los sueños,
y desde entonces anda
en busca de la luz y de la espuma
como si supiera, qué lástima, como si supiera...

Me marcho de esta tierra
que ingenuos llaman patria
pero nada me duele.
Cargo con su lengua, sus bosques, sus panales
y dejo solo un nombre: Prusia,
¡qué ridículo!

Infinita alegría, desde hoy,
paciente en el camino,
tan sólo pertenezco a esta luz
que se ceba en la espiga y el jacinto. 




Termino estas poesías por la primera que escribí hace muchos años cuando era feliz pero tuve que comenzar mi hégira desde el rincón de Europa donde vi por primera vez el mundo, en Tréveris en la Renania prusiana, en el seno de una familia judía.
En Berlín estudié leyes y filosofía, aunque nunca abandoné mi gusto por la historia y, aparte de muchos amigos, encontré a Jenny. En ese ambiente fervoroso que había hacia Hegel, que acababa de fallecer, me vi inmerso en cenáculos donde discutíamos sus ideas de forma apasionada, siguiendo la dialéctica que el creó. Ahí nació mi inclinación republicana de izquierdas y utilizaba la filosofía y la dialéctica como instrumento crítico de la rígida sociedad prusiana en la que vivía de forma romántica e idealista sin conocer aún la lóbrega realidad de los obreros.
En 1842 me incorporé a la Gaceta de Renania que había sido fundada por las fuerzas más progresistas de Colonia, la capital industrial de Prusia, donde tomé conciencia de las realidades sociales y el crudo clasismo de las leyes prusianas que amparaban sin pudor los intereses de los empresarios.
La censura no paró de presionar hasta conseguir el cierre del periódico y en 1843, tras siete años de noviazgo, Jenny y yo nos casamos y nos sumamos a la emigración política alemana que se dirigió hacia París, donde conocí a la crema de la juventud revolucionaria europea, en especial y sobre todo a Engels, mi muy querido amigo y camarada Federico, que tanto me ayudó y no se separó nunca de mi vida.
Poco imaginaba yo entonces lo que la vida me iba a deparar en esos días. Abandonaba mi patria pero sin dolor porque ella se quedó con su nombre de Prusia y yo me llevé conmigo su lengua y su bella naturaleza. Pero eso es lo que pensaba en esos felices días de juventud. El resto de mi historia estaba por vivir y vosotros la habéis podido conocer en mis poesías que habéis leído y que he ido poniendo, adrede mezclados en el tiempo, reservándome justamente para el final el que escribí el primero cuando era feliz en Prusia y tuve que huir a París.


TERCERO
ANÓNIMO VIAJANTE DE TEJIDOS ESPAÑOL


POSTAL PARA ELLA DESDE ALGÚN LUGAR DE ESPAÑA 
a Uxue Esparza


Te habría gustado estar aquí,
sentir el abrazo verde del último invierno
y ver el salto
                    del agua
                                  sobre la piedra.

Las águilas también te habrían gustado
con su pausada altura vigilando
la vida en los contornos del arroyo
que bajaba blanco y elegante
como un burgués del siglo diecinueve.

Y más que nada te habrían gustado los lobos,
feroces o asustados
(todo cabe en su mirada),
y el primer florecer de la lavanda
y mi torpeza urbana
trepando por las rocas.

Te habría gustado,
y habrías vuelto a respirar
y por un tiempo la muerte
no sería.

Es por eso que hoy
te escribo esta postal para contarte
que ayer yo estuve aquí
donde lobos, águilas y arroyo,
y todo lo besé
con la luz encendida de tu nombre.




Llevo unos días viajando por la zona de Navarra. Hoy he visitado Tafalla, Olite y San Martín de Unx. He llegado a Ujué y al ver desde la carretera su forma circular de calles concéntricas situadas sobre un alto que arropan la espectacular silueta de su iglesia fortaleza de Santa María, he decidido parar a comer y pasar allí la noche para descansar, dándome la tarde libre. Privilegios que tenemos los viajantes.
Después de la comida me he acercado hasta la casa rural del pueblo, he cogido una habitación, he dejado el equipaje y me he asomado a la terraza. Al fondo se divisa la impresionante mole de los Pirineos. No me he podido resistir y he bajado al aparcamiento para dirigirme hacia las montañas.
Y aquí estoy ahora contemplando extasiado la naturaleza virgen de la Foz de Lumbier. Buitres leonados y águilas reales sobrevuelan en pasmosa lentitud vigilante el acantilado escarpado donde asientan sus nidos las aves, contemplando como un río de limpias y frescas aguas discurre rumoroso tallando en las rocas milenarias estrechos y caprichosos pasos umbríos coronados por los restos de un puente que los lugareños están convencidos que fue construido con la ayuda del diablo y por dos túneles que hace años atravesaron el primer tren eléctrico de España, en este paisaje agreste de estrecha garganta labrada por el río Irati, donde las noches de luna llena se escucha el doliente aullido del lobo y que cuando se respira se siente que aquí la muerte no sería.
Ante este increíble espectáculo sin igual, rodeado de rocas y vegetación de las que se elevan hacia un cielo límpido y azul los paredones rojizos de cuyas hendidas grietas cuelgan árboles y arbustos, me he sentado a disfrutar de tanta belleza y me he acordado de ti. De mi bolsillo he sacado mi libreta y me he puesto a escribir esta poesía en forma de postal que cuando la recibas te contará que estuve aquí, entre lobos, águilas y arroyo, besando todo con la luz encendida de tu nombre de ave de la paz, en esta tranquila tarde de primavera que decidí tomarme libre por tener ese privilegio del que gozamos los viajantes.

SANTIAGO DE COMPOSTELA

 
La noche era una arteria de gris piedra
y por ella iba el agua
que mojaba tus botas y ofrecía
a las más altas torres
la libertad del ruido de las gárgolas.

Si te quise no fue solo un presagio
ni una torpe pulsión de hombre sureño,
fue la roca, el agua y las almenas,
el dulce laberinto de las plazas
y el musgo original
                               de tu tristeza.

Si te amé. Si mi sombra horadó
tu cuerpo blanco
y era cierta la lluvia llamando en los cristales
fue también por amor
a las comidas pobres y rotundas,
a la luz popular de las canciones.

Amor incorregible, terco
que se quiere posar en todo aquello que late
con ritmo diferente.




Siempre que voy a Santiago de Compostela, muy a menudo, llueve y no puedo retraerme cuando paseo por sus calles de piedras mojadas mirar hacia el cielo para recordar tus preciosos ojos grises. Rúas estrechas y porticadas que parecen espejos donde se reflejan las luces proyectadas de las tenues farolas, dando al ambiente un aire espectral de peregrinos, ateridos y cansados, que desde Roncesvalles han seguido el Camino para llegar con sus mochilas multicolores en la espalda a la plaza del Obradoiro y asombrarse ante la imponente estructura de la Catedral y emocionarse con la belleza que irradia el Pórtico de la Gloria.
Calles brillantes y luminosas de piedra gris por donde discurre el agua que repiquetea en sus cuadradas losas y que cae con estrépito desde las gárgolas de sus milenarios edificios mojándome las botas.
Siempre quiero volver a ti, Santiago, ciudad compostelana, para recordar e imaginar como si estuviera otra vez escuchando entre las esquinas de tus laberínticas plazas el sonido de una gaita o el de panderetas y bandurrias de estudiantes que cuelgan los recuerdos de amores efímeros en las cintas arcoiris de sus capas.
Santiago de Compostela, eres la antítesis del luminoso sol del Sur del que vengo, todo lo que me faltaba para saber por fin cuán maravilloso es el mundo, llenándome el alma, mientras cargo con mis maletas, de todo lo que late con ritmo diferente.

CORAZÓN OSCURO
 
a Mónica Francés e Inma Maroto


Sobre el aro del pozo
y también diseminadas por el suelo estaban
las manzanas rojas.

Lo que antes fue huerto,
hoy hotel, cafetería, patio
de afilada luz y piedra negra.

Lejos, en las torres,
se anunciaba obstinada una campana.

Un niño alzó del suelo el fruto más brillante,
lo introdujo en la boca oscura, muerta,
esperó,
no hubo respuesta.

Como aquel pozo castellano, así tu corazón,
pintoresco lugar,
descanso del viajero y precipicio
para el juego inocente de los niños.




He vuelto al páramo de Castilla en esa inmensidad de secarral en donde antes se levantaba la casa de los abuelos y en las tardes del agónico agosto, de niño, cuando tanto me gustaba jugar en el huerto buscando, entre los polvorientos terrones, lagartijas. Cuando lograba atrapar una, mi mente sádica infantil me obligaba a sacar la pequeña navaja, encontrada en el fondo de un cajón del desván, que guardaba como mi tesoro más preciado en el bolsillo de mis pantalones cortos y sin saña, con un corte limpio y seco, cortaba al pobre bicho el rabo. Quedaba entonces fascinado viendo como éste seguía moviéndose con golpes de látigo hasta que quedaba inerme como dormido sobre la tierra. Como en el colegio me habían dicho que con el tiempo volvía a crecer, soltaba al pequeño animal que corría asustado a refugiarse entre las piedras. Nunca pensé que podrían sufrir pues no oía ninguna queja y me daba igual. Es más, seguramente sería posible que al día siguiente volviese a tener cola.
También recuerdo como si siguiese ahí el pozo pintado de cal rodeado de pequeños manzanos que en Semana Santa, también veníamos de la ciudad aquí de vacaciones, vestían sus retorcidas ramas de preciosas flores blancas. En verano el pozo estaba rodeado de manzanas rojas que iban cayendo al suelo con ritmo lento y constante, alfombrando el suelo con carmesí tela en espera de que la abuela o mi madre las recogiesen para asarlas o hacer compota. Aburrido me acercaba y cogía la más grande y brillante, me asomaba al negro agujero del pozo y soltaba la fruta estando atento al chop del agua cuando ésta llegaba al fondo... pero en verano nunca se oía sonido alguno, no sé si porque era muy hondo o porque estaba seco.
Ahora, tantos años han pasado, ya no existe la vieja casa de adobe, ni el huerto, ni el pozo, ni los manzanos, ni los abuelos, ni mis padres, ni mis pantalones cortos, ni mi niñez, ni lagartijas correteando nerviosas. Ahora en su lugar se erige un hotel elegante de mármoles oscuros y fuentes por donde mana incesante y cantarina el agua.
Al pasar por la autopista y divisar el cartel con ese añorado nombre en letras blancas en fondo azul de caballeros medievales me he acordado de todo y he decidido abandonarla para coger una carretera estrecha que serpentea entre viñedos sin que parezca llevar a ninguna parte.
Me encuentro justamente donde se acostaba un huerto que daba manzanas, lechugas, cebollas y pimientos y donde ahora descansan en estanterías de espejos botellas de diferentes formas y colores. Estoy sentado en un taburete, acodado sobre la barra. En ella reposa un gin tonic a punto de acabarse. En la cafetería solamente nos encontramos un camarero de impoluta chaquetilla blanca y pajarita de azul zafiro que de manera parsimoniosa seca copas de balón, vasos y tazas que acaba de sacar humeantes del lavavajillas. Falta aún para la hora de la cena. Mientras, miro por el amplio ventanal y veo el infinito campo de Castilla que se va lentamente oscureciendo, poco a poco, en este tranquilo atardecer de verano. Sin mirarle le pido al camarero que me sirva otra copa y le pregunto si se puede imaginar que hace muchos años, allí mismo donde nos encontramos, un niño de pantalón corto, en una tarde como la de hoy, cortaba rabos a las lagartijas y dejaba caer con matemática newtoniana manzanas rojas a un pozo sin que nunca recibiera respuesta. El me sonríe y sigue con su monótona labor.
En el horizonte se escucha el tañido de las campanas de la ermita despidiendo el caluroso día estival.

FRONTERA
 
a Margarita Morales


La campiña francesa quedó atrás,
con su compacta lluvia de techos a dos aguas.

Las vides poderosas:
manos deformes apuntando a un cielo
extenso y gris como una despedida.

Chocolate y croissant, primeras risas,
un bar con camioneros españoles,
turistas impacientes
y ruido de autopista.

Ciento cincuenta túneles contaste
y era alegre el reflejo de tu cara
en el cristal.
Yo sé que entonces tú te preguntabas
¿Por qué son tan veloces las casas y los árboles?
¿Por qué tan detenida
la espuma de este mar?



 
Veranos de la niñez cuando mi madre, mi abuela, mi hermana y yo íbamos hacia el lugar de costa donde papá hacía coincidir sus días de descanso para reunirnos con él hasta que por fin ya le destinaron a la ciudad y todos los agostos, muy temprano de madrugada, cuando los barrenderos regaban las calles con sus mangueras para limpiarlas y refrescarlas y los semáforos destelleaban intermitentes sus luces ámbar, salíamos en ese coche que tantos kilómetros hacía por trabajo para evitar el inclemente sol ardiente de la meseta castellana camino hacia el Cantábrico.
Estrechas carreteras llenas de baches y flanqueadas por frondosos árboles con una franja blanca pintada en el extenso tronco que reflectaba con las luces que emitía los faros delanteros del vehículo en el incipiente amanecer al paso de la sierra del Guadarrama. Interminables rectas en el océano amarillo de Castilla, de quietud y abandono secular. Pequeños villorrios que a su entrada indicaba una flecha que dirigía al viajero hacia el centro urbano cuando en su nimiedad, coronada por una iglesia de techumbre derruida, toda la superficie de él era borde que provocaba mi risa de niño de la capital acostumbrado a mayúsculas extensiones.
Parada a comer en restaurantes de gasolineras colonizados de camiones porque ya se sabe que donde paran los camioneros siempre se come bien, según la eterna cantinela de mi padre. Ensaladilla rusa y calamares, fritos o en su tinta, con la esperanza de una bola de helado de chocolate de postre como premio final.
Vuelta a la carretera sabiendo que en muy poco tiempo papá decidirá parar para pasar la noche en cualquier pueblo frustrando mi zozobra en el anhelo de llegar al mar.
Una nueva mañana y, después de desayunar leche con cacao y tostadas con mantequilla, sin mermelada que no me gusta, de nuevo en la carretera camino de la playa. Cambio radical del paisaje que, como algo milagroso, pasa del árido y luminoso dorado desnudo al exuberante verde esmeralda en las empinadas rampas del Piedrafita lleno ya de serpenteantes curvas, abandonadas las interminables rectas, donde el coche renqueante tan cargado como va de bultos en la baca del techo.
- ¿Falta mucho, mamá?
- Mucho menos ya.
Matraca que en mi impaciencia se repite cada muy pocos minutos. Aburrimiento desmesurado tras tantas horas metido en ese cubículo tan pequeño e incómodo.
- Me aburro, papi.
Clic, y de pronto el aire se llena de fiesta donde los chicos y chicas van cogidos del brazo con aire de marcha y radiantes de felicidad para dar paso a Cupido volando por el cielo azul y disparando sus flechas del amor.
Otra vez parada a comer, por supuesto en un restaurante lleno de camioneros. Más ensaladilla rusa y, ahora, un filete que si no termino no tendrá el premio de la helada bola de chocolate.
De nuevo en viaje con la promesa de que ya no queda nada para llegar.
- Túmbate un rato a dormir y cuando despiertes verás como estamos llegando.
Siesta en el coche que dura poco por mis nervios y los botes del coche que sufre en los baches.
- Papi, quiero hacer pis.
- Mamá, tengo hambre.
Sierra de los Ancares. Primer pueblo de la provincia de Lugo. Enorme bocadillo de queso que hay que comer dentro del 600 porque hay que llegar antes de la noche.
Y por fin, en el horizonte, una franja grisácea donde se reflejan los últimos rayos de sol del día. ¡Qué poco queda ya! Pasaremos el puente de La Espiñeira que atraviesa la ría del Masma y en cinco kilómetros inacabables con los nervios de punta habremos llegado. Un mes entero de diversión, mar y playa espera.
Eternos viajes en esa España gris de 1968, cuando llegar desde Madrid a la costa norte de Galicia te costaba la friolera de casi dos días.

CONJUNTO VACÍO
 
a Juan Varo Zafra


Círculo de madera
que sostiene frugal aperitivo,
centro de flores secas
y vino
ácido y bermejo
que ayuda a mantener
a flote la sonrisa.

Las cuatro soledades
examinan la carta
con la delicada tristeza
que tienen los placeres agotados.
Alguien dice: la empresa...
y se convierte en sal
                                 su compañera.

A los postres silencio,
reproche almibarado, copa y puro.
El salón se despeja
y el maitre
-espejismo fugaz de amistad-
les recoge las manos con ardor,
por eso vuelven siempre.

Las cuatro soledades: los dos matrimonios.
Círculo de madera: conjunto vacío. 



No merece la pena conocer mi nombre. A veces pienso hasta yo lo he olvidado pues nadie me llama. Llevo viajando desde hace quince años, casi una vida. Hoy estoy por el oeste, dentro de unos días recorreré el Sur, el mes que viene mis ojos verán el mar de Levante, después me dirigiré al norte para que, para después dirigirme al centro. No tengo casa propia, ¿para qué? Vivo en pensiones y viajando en mi coche. A veces, al despertar, tardo en acordarme en qué localidad he parado a pasar la noche. Nadie me espera, porque no tengo a nadie. Ni siquiera he hecho una ligera amistad con ninguno de mis clientes a los que une una relación profesional.
Cuando salgo a cenar me gusta fijarme en lo ocurre en lo que me rodea y cuando voy por las calles, camino la pensión, miro hacia arriba y me fijo en las ventanas. Me gustaría ser el diablo cojuelo que levantaba el tejado para ver que es lo que ocurre dentro de las casas. De hecho, soy como él pues aunque no vea, imagino mucho y después en la humilde y solitaria habitación escribo estos versos que me entretienen esta monótona vida.
Estoy sentado en una mesa esquinada del restaurante. Pese a ser viernes el comedor no tiene muchos clientes y hay varias mesas vacías. No hace mucho que se ha marchado el que ocupaba la que se encontraba junto a la mía. Era un hombre solo como yo que cenaba mientras leía un periódico deportivo. Le han llamado por teléfono, ha pagado la cuenta con rapidez y ha salido de forma apresurada a la calle sin darse cuenta que dejaba en el perchero una bufanda. ¿Dónde iría con el frío que hace?
Mi teléfono nunca suena por las noches ni yo llamo nunca a nadie. Sólo lo tengo para que me llamen mis clientes o yo poder hablar con ellos.
En otra mesa un grupo de jóvenes hablan de una excursión que harán mañana al cercano parque del Monfragüe mientras cenan con voracidad con voracidad juvenil y beben coca cola.
Pero en la que me fijo más es en la mesa redonda del fondo donde dos matrimonios de edad más que madura cenan en silencio. Es posible que no se tengan que decir nada porque ya se lo han dicho todo.
El grupo de jóvenes se van riendo a carcajadas y el salón se queda en silencio Un camarero va poniendo manteles y vajillas en las mesas abandonadas, y en la del fondo, la soledad de las dos parejas cada vez se hace más patente cuando toman el postre.
Yo doy un anónimo viajante de tejidos cuando muy bien se me podría además de calificar como un ser solitario. Cuando en unos dos meses vuelva a Alcalá de Henares y me reencuentre con Ana de nuevo le juraré y prometeré que está vez es para quedarme porque ya no aguanto este insufrible desamparo y melancolía que me encierra un conjunto vacío.

PARÁBOLA DEL HIJO PRÓDIGO

 
Ha llegado de noche
como el miedo y las últimas noticias,
como el clamor del neón avisando
la entrada del burdel.

Con el ritmo pausado del otoño
ha llegado esta noche.

Dice que viene a arreglar
malentendidos y antiguos errores,
palabras muertas en las escombreras
de la historia que fue,
y me enseña su mano
que extrañamente me parece nueva,
sin usura ni huellas de metralla
y realmente, no sé.

Viene sin equipaje
porque entiende el misterio de viajar,
se adueña de mi casa y pone luces
en esquinas recónditas
donde sólo el silencio dirimía
el pleito de las sombras,
y a ratos (por qué voy a negarlo)
me abruma su talante de invasor,
la soberbia infantil de sus razones,
el diseño voraz de su deseo.

Perfumado de bruma y realidad
ha llegado el amor hoy por la noche
lo miro y descarado
                               sé que miente
cuando jura y promete que está vez
viene para quedarse.



Era ya noche muy cerrada cuando ha tocado mi puerta y yo ya hacía bastante que me había acostado. Me he acercado a la ventana para ver quien era el que llamaba, y al descorrer los visillos he observado la calle solitaria y los soportales bañados por esa luz verde de neón que parece anunciar la entrada a las antiguas casas de mancebía de la villa complutense.
Él está con semblante derrumbado. En su cara se descubre la falta de un afeitado, aunque puede ser la sombra de la la tenue luz que emite los faroles colgados de las fachadas. El cuello del abrigo subido para proteger el cuello del relente de la madrugada y un cigarrillo que ilumina su nariz afilada cuando de forma cansina aspira el humo mientras espera paciente a que le abra la puerta.
- Ana, me ha dicho al verme, no aguanto más esta soledad. Te quiero. Deseo tener una vida a tu lado. Sé que me he equivocado muchas veces y falte muchas más a mi promesa de no volver a irme.
Palabras tantas veces escuchadas. Promesas que se han perdido siempre en el recuerdo tras unos días de felicidad en que pude llegar a creerme que esa vez si era cierto y que ahora recibo escéptica cuando su mano se posa en mi hombro y me suplica que le deje entrar.
Nos sentamos en el sofá del salón mientras tomamos un café. Le miro a los ojos intentando descubrir si por una vez es sincero, si por fin va a quedarse. Habla sin parar. Vuelve a recrear planes antiguos en los que yo soy la protagonista. Algo parece que ha cambiado a pasadas veces. Estoy enamorada de una sombra pero hoy mi amor ha vuelto a casa. Le miró fijamente a la cara y mis ojos se empañan de alegría y se iluminan de tristeza al mismo tiempo porque sé que está mintiendo de nuevo y que no ha vuelto para quedarse.
Él es un anónimo viajante de tejidos español. Yo soy una mujer enamorada de un fantasma que me visita alguna noche tan negra como ésta para llenarla de luz y de palabras de anhelada esperanza. Aprovecharé estas horas de felicidad que el destino vuelve a regalarme. Tiempo, mucho tiempo habrá de llorar de nuevo la pérdida. Soy una mujer vencida por la implacable tiranía del amor.

CUARTO
ELENA DIAKONOVA (GALA)


LAS ACUARELAS OCULTAS DE SALVADOR DALÍ

I
Por el ojo voraz del maniquí he visto pasear claros de luna y señoras colgadas de brazos oxidados que caminaban al trote triste de sus maridos. Pasaron luego camionetas colmadas de niños con vestidos militares y caballos sedientos de sangre y hombres gritando vivas a la muerte. Cuando el mar, alto en espuma e iluminado de algas quiso tragarlo todo, giró en la más pequeña caracola y quedaron sólo unas huellas abrazadas al fango inalterable, y el ojo del maniquí bajó ligeramente su párpado de nácar. 


II

 Sí llegara mi piel a crepitar sobre tu cuerpo, como esta noche fulgente estalla sobre el cosmos. Si mi vuelo alcanzara los contornos de la blanca locura. Si cayera en tu red como en la harina cae la leche tibia. Si fuéramos, al menos, incandescente pecado en los labios de una niña... Pero no, tu territorio es la luz y el suelo tu vocación.

Me pinchará el corazón con su arista dorada la primera estrella. Y tú te hallarás lejos, muy lejos, en el mundo. 


III

 Un animal sin vida yace en la orilla del camino. De sus resueltas fauces sólo queda el vapor del último grito como un hilo de plata. Pronto llegan las moscas con su risa demente y lo abrazan todo.

Se parece al amor esta merienda de muerte improvisada. 


IV

Quiero saber la vaguada, la sima, el precipicio, que señala el final de la cordura. Quiero verle el color, pararme en sus andenes, asomarme a medir su renombrado abismo; gritar, por ver si existe el eco en la tierra de los locos. Necesito la paz de una frontera o el familiar abrigo de una brújula. Un pequeño señuelo, una voz por ejemplo que me diga: no te has perdido del todo, regresa.
No conozco la tierra donde piso; es, sin embargo, bermeja y polvorienta como la de mi infancia. Un hombre está parado en lontananza, agita el brazo como si moviera la luna, lo reconozco, es Padre. Oh, gracias, gracias por buscarme. Estaba perdida, hace años me alejé de casa sin querer, como jugando. Qué cálido su abrazo, Padre, me recuerda al hogar encendido y a boj ardiendo. No se acerque usted nunca al bosque de ojos que hay allende nuestro valle, Padre. En realidad son personas, y mienten cuando hablan.


V

Sobre la arena, todavía humeante, se extiende un manto de verdes escorpiones. Son el vómito más joven de la tierra, que se agita, se convulsiona y vuelve a expulsar, como en un parto aquello que más quiere.
Sentada en las rocas los veo llegar con una anunciación de vida en el veneno: sólo quieren la luz de mis pezones para no quedarse ciegos. Con la torpeza hambrienta de un lechón liban el lago de sal que el mar dejó en mi ombligo. Cuando te ven llegar desaparecen y abandonan mi cuerpo abierto, ortigado, flamante para que sólo seáis el mar y tú contra la mujer herida.


VI

Creo, sinceramente, que merezco este golpe de acuarela y su ponzoña azul derramándose en mi espalda. Qué látigo mayor podría fustigarme, que dolor más arcano que sentirme ignorada.
Más déjame bailar sobre tu lomo ungido de aceites orientales, permíteme la noche como una palangana fría donde la luna cabe, y si al amanecer, sigues llorando almizcle y escorpiones guíame hasta el abismo que anuncia esa ventana, y empuja con un dedo mi cuerpo hacia la muerte. 



Los nombres de Gala


Llamo a mi esposa con todos los nombres
que mi torturada cabeza imagina,
Gala, Galuchka,
Elena Ivanovna Diakonova,
Gradiva, porque eres el material
con el que están realizados mis sueños.

Oliva, por el óvalo de tu rostro
y el color de tu piel, Oliveta.
Delirantes derivados como
Oliueta, Oriueta, Buribeta,
Buriueteta, Suliueta, Solibubuleta,
Oliburibuleta, Ciueta, Liueta.

Lionette que ruges
cuando te enojas,
como el león de la Metro.
Ardilla, Tapir, Pequeño Negus,
que te pareces a un animado
animalito selvático.

Abeja, que descubres y me traes
todas las esencias que se convierten
en la miel de mi pensamiento
dentro de la atareada colmena
                                                 de mi cerebro.

Musa que me trajiste el raro libro
de magia que debía nutrir
mi magia,
prueba irrefutable de mi tesis
cuando aún estaba en proceso
de elaboración.
Imagen paranoica que mi
subconsciente deseaba,
fotografía de una pintura desconocida
destinada a revelar
un nuevo enigma estético,
consejo que iba a salvar
del romanticismo
una de mis imágenes
                                   menos subjetivas.

También, Gala, te llamo
Noisette Poilue -avellana vellosa-
homenaje al finísimo vello
que cubre la avellana
de tus mejillas.

Campana de piel,
que lees para mi en voz alta
durante las largas sesiones
de mi pintura,
produciendo un murmullo
como de campana
                              de piel,
con el que aprendo
todas las cosas que,
sin ti,
no llegaría a saber nunca.

Esposa y musa mía,
Señora del castillo de Pubol,
que reconoces el genio artístico
y creador
allí donde existe.
Mujer misteriosa,
Helena Devulina Diakanoff,
encarne de la mujer
de mis sueños infantiles,
te reconocí por poseer
la misma espalda desnuda de las mujeres
de mis dibujos y pinturas.

Cuerpo infantil de omóplatos
y musculos lumbares con la tensión de 
los adolescentes,
la curva de tu espalda,
extremadamente femenina,
se une con gracia al torso enérgico
y altivo a las finas nalgas que,
en tu talle de avispa,
te hace todavía
                         más deseable.

Leda Atómica,
Galatea de las Esferas,
Galarina, Mujer visible,
Madona de Port Ligat,
te declaré mi amor en Es Cayals, paseando
por el recodode una cala del cabo de Creus,
y ya no pude separarme nunca de ti.
Serás siempre mi Gradiva, la que avanza,
mi Diosa de la Victoria,
                                     mi mujer.
Necesitaba ser curado y me curast
por la potencia indomable e insoldable
                                                              de tu amor.

- ¿Qué-quie-res-que-ha-ga?
te pregunto temblando.
Transformas tu rostro que se vuelve
duro y tiránico en la respuesta.
- ¡Quiero que me mates!

Gala me liberó de mi crimen
y me curó de mi locura.
- ¡Gracias! ¡Quiero amarte!
Y todos mis delirios desaparecieron,
uno tras otro,
como por encantamiento
y volví a ser dueño de
mi sonrisa,
                  de mi risa,
                                   de mis gestos.
Una salud nueva brotó como una rosa
en mi cabeza.

Gradiva, Gala, Galuchka,
me has dado el verdadero sentido de la palabra,
la estructura que faltaba en mi vida.
Yo no existiría en un saco lleno de agujeros,
blando y borroso,
siempre en busca de una muleta.
He recuperado mi esperma que se perdía
como arrojado a la nada por la masturbación.
Lo he recuperado y vivificado.

Al principio pensé que ibas a devorarme,
pero me has enseñado a comer lo real.
Contigo no hago más que dar nombre
a una verdad existencial,
porque no existiría sin mi gemela Gala,
ya que cada mitad de un barrote
está engarzado a su mitad correspondiente
con toda exactitud,
como Gala lo está
a mi...
          Oliva,
                   Oliveta,
                               Lionette. 
                                              
QUINTO
CORTO MALTÉS


SOBRE VIENTOS Y COMETAS


Detrás de las señales y los puentes,
de la fricción suave
del viento y el metal,
detrás de las maderas apostadas
que sustentan la luz y gorriones
de brevísimo vuelo.

Detrás de los burdeles portuarios,
de la hoguera que late en el asfalto,
detrás del giro cósmico de la rueda.
Detrás...

Está la mano que anhela la cometa:
inexplicable motor
que pone en marcha el mundo que imaginas.



Confieso que en mi vida he podido conocer el perfume de la aventura y el olor de la brisa del mar que mece la espesura de la jungla. Mi nombre es Corto Maltés y me tocó nacer en la capital de la isla de Malta, La Valeta, el 10 de julio de 1887, en una época de grandes transformaciones políticas, socio-económicas y culturales en la que terminaba el Romanticismo, del cual me adueñé de un idealismo individualista, y un materialismo pragmático y revolucionario como soldado de fortuna y aventurero con los que me enfrento al mundo. He vivido siempre mi existencia con una ética diferente al resto de los mortales y he tomado mis decisiones llevado siempre por mis sentimientos.
Soy un hombre delgado de miembros alargado, atlético, casi una figura del Art Nouveau, virilmente afeminado. Por mi sangre corre la herencia de mi padre, marino de Cornualles, y la de mi madre, una gitana de Sevilla, que se conocieron en Gibraltar. Mi padre murió pronto envuelto en una bruma de noticias dispares acerca del lugar y la manera de su muerte, y fui, siendo aún un niño, a Andalucía con mi madre para vivir en la judería de Córdoba donde pasé mi infancia jugando en las riberas del Guadalquivir y asistiendo a la pequeña escuela rabínica de Ezra Toledano.
Una tarde, ya en mi adolescencia, unas gitanas que paseaban por los alrededores de la Mezquita me leyeron la buenaventura y descubrí que en mi mano no se mostraba la línea de la fortuna por lo que en un arrebato agarré la navaja que mi padre me había regalado antes de partir a su última travesía y trace mi propio destino hendiendo con su afilado acero la palma de mi mano derecha. Y ese destino me deparó aventuras inimaginables, desde mi presencia en la guerra ruso-japonesa en la Manchuria, donde conocí e inicié mi amistad con el joven periodista Jack London, la yerma Patagonia, donde me encontré con Butch Cassidy y Sundance Kid, Italia, donde hallé a un tal Djougatchvili que será conocido en la Historia como Stalin, o salvado por una persona, Rasputín, a la que reencontraré en el futuro una y otra vez y que ese día, gracias a él, me libré de una muerte segura en medio del océano al encontrarme naúfrago, con el buque del que era capitan.
He navegado por las costas de Hondura, Venezuela y Brasil donde me interné en la selva del Amazonas. He estado en Venecia, donde fui testigo de la batall de Caporetto, las islas Británicas y en Stonehenge, entre hadas y cuervos charlatanes y lenguaraces, donde viví mi sueño de una mañana de invierno, Francia, donde asistí en la mañana del 21 de abril de 1918 como el Barón Rojo era abatido. He batallado con sociedades secretas chinas un tren que transportaba un enorme cargamento de oro del Zar a través de una gélida y helada Siberia en plena guerra civil entre rusos rojos y blancos. He conocido misterios insondables, mijeres enigmáticas y fascinantes, fábulas venecianas, aventuras en Turquía, Argentina, Etiopía, Suiza, donde conocí a Hermann Hesse, y la Atlántida. Ahora tengo previsto viajar a España alistado en las Brigadas Internacionales para combatir en la batalla del Ebro.
Una noche soñé que me hallaba en Venecia y desperté en Hong Kong y guardo una llave que en tiempos abría la puerta de una casa en Toledo y un juego de cartas árabes mágicas que llenan el aire de misterio.
Mi vida ha estado plagada de aventuras, magia y romanticismo. Mi existencia ha sido extraña, seductora, inimitable... porque mi mano siempre ha buscado la cometa que pone, como inexplicable motor, en marcha el mundo que cada uno imaginamos.
 
 LA PREGUNTA DEL ORÁCULO

 

¿De qué sirve cruzar un viejo puente
si no sabes el nombre
del río que provoca su trazado?
¿Para que detenerse en un castillo
si el ruido de los siglos te es ajeno,
si desechas la senda
de los alabarderos de palacio,
si confundes incauto
las piedras y el cemento?

¿Qué emoción te produce un frontispicio
si ignoras la emoción
de aquel hombre que supo imaginarlo?
¿No ves acaso que el jardín que ahora te acoge
tiene troncos de luz premeditada?

Dime entonces, caprichoso turista,
¿qué razones te llevan a filmar
las cosas que no has visto?







Cada vez que atravieso la Mezquita y su bosque de columnas, siento un sordo resentimiento al pensar en la armonía que el exceso barroco de los obispos vencedores rompió.
Hace años alguien me dijo algo así como "solo un soñador es capaz de encontrar un sueño ". Y yo soy un soñador. Un soñador cínico, pero un soñador que respondo de manera seca y cortante con palabras que salen de mis labios con sabor a cigarro, a ron del Caribe o a vino de barricas viejas en la Gran Guerra. Mis manos nerviosas han descorchado innumerables botellas y las yemas de mis dedos llevan el perfume de mil pieles femeninas, algunas con aromas de mares calmados, otras con regusto de tormentas saladas. Siempre en mi boca aparece una sonrisa, aunque la situación duela, porque si no duele, no merece la pena, y si no se puede hacer sonriendo, pienso que ni siquiera voy a preocuparme por intentarlo.
Toda la vida he viajado por todo el mundo y siempre me he parado a pensar que pasaba por la cabeza de las gentes que allí vivieron. Por todo ello, en mis noches de travesía he estudiado a Mu, a los templarios, a Thule, he leído todo lo que ha caído en mis manos sobre los mitos celtas, cogí leyendas de aquí y de allá, leí y reescribí en bardo e investigué la vida de Malory, porque soñar no es algo que se termine en la infancia y soñando más quizás podamos soñar mejor, y soñando mejor se pueden hacer realidad nuestros sueños, que es casi siempre lo que un hombre necesita. Claro que es una necesidad. Tenemos que creer en las quimeras. Tenemos que aprender a hacerlas nuestras y, si existen, disfrutarlas, y si no, creándolas.
Ya lo dice Dickens al principio de Historia de dos ciudades: "Era el mejor de los tiempos, era el peor de los tiempos...". Y también el sublime comienzo de Moby Dick: "Llamadme Ismael. Hace unos años teniendo poco o ningún dinero en el bolsillo y nada concreto que me interesara en tierra, decidí que me iría a navegar un poco por ahí, para ver la parte marítima del mundo. Es mi forma de echar fuera la melancolía y arreglar la circulación. Cada vez que me sorprendo con un gesto triste en la boca, cada vez que en mi alma se instala un nuevo noviembre húmedo y lluvioso, cada vez que me descubro parándome sin querer en las tiendas de ataúdes y, sobre todo, cada vez que la hipocondria me asalta de tal modo que hace falta un firme principio moral para impedirme salir a la calle con toda deliberación para arrancar de un golpe el sombrero de los transeúntes, se que ha llegado la hora de embarcarme cuanto antes. Es mi sustituto de la pistola y la bala".
Soy Corto Maltés. He paseado por las geografías más exóticas y peligrosas. No soy ni justiciero ni moralista, sino tan sólo un aventurero y testigo indiferente a menos que a mi vista se ofrezcan los ojos de un niño, una mujer angustiada o un hombre acorralado.
He visto de todo y de todo, y lo que no veo por haber sucedido en el pasado me lo imagino. Quiero saber lo que allí ocurrió. Saber que pasaba por la mente del arquitecto de la Mezquita de Córdoba cuando soñaba ese bosque de columnas armónicas y el motivo que hizo al cristiano triunfador para romper la cadencia y el ritmo con ese despliegue de barroquismo al convertirla en iglesia. Sólo así puedo comprender en lo que ahora contemplo la emoción del hombre que supo imaginarlo.


 LA RUBIA DE LA VALETTA

 
A los dieciséis años
el amor es un ábaco
de cuentas barnizadas y brillantes
que desconoce aún
el fruto de su cálculo.

Por entonces, ignorante moví
la primera de las piezas:
rubia de bote
                     y azote
de unos padres en todo moderados,
era alevosa, bella y discordante
como la juventud que cada día
la llevaba desnuda
a bañarse en el mar.

Me enseñó cinco palabras
para cinco momentos esenciales,

nada pidió a cambio, pero yo,
generoso y altivo le di
la lágrima primera.




Hace muchos años me enamoré de una bella muchacha que padecía misoneísmo y todo quedó en nada porque tenía aversión a las novedades. Manteníamos un desalentador juego. Hablábamos muy poco. Nos mirábamos mucho..., no nos tocábamos nada como si tuviésemos un miedo morboso y obsesivo de contaminarnos.Tiempo después, la bella muchacha, Pandora Groovesnore se llamaba, superó sus fobias, se casó con otro y ahí concluyó la historia. Pero nunca podré olvidarla por muchas mujeres que haya conocido en mi vida. Esa muchacha que me recordaba un tango de Arola que una noche escuché en el cabaret de la Parda Flora en Buenos Aires y que nunca reconocí en ninguna de las mujeres que allí se encontraban porque me gustaría encontrarla siempre en cualquier lugar. Me quedo con su mirada cuando en el momento de la despedida me quite el collar de flores que llevaba en el cuello y se lo coloqué alrededor del suyo y alzando con un dedo su mentón de mis labios salio: adiós, Pandora.
Después vinieron muchas. Me perdí en la mirada milenaria de de Boca de Oro, la misteriosa mujer de la playa de Itapoa, y en su contagiosa alegría y dotes adivinatorias que derruyeron mi innata impasibilidad. He tenido amores imposibles como fue el que sentí por Shangai Lil pero su lucha política no le permitió ver los sentimientos que tenía hacia ella. Me atrajo la duquesa Marina Seminova, pero enseguida me di cuenta que podía clavarte un cuchillo en la espalda o derribar el avión en el que viajas y pedirte luego perdón de una manera que no permite réplica posible. Han intentado asesinarme muchas, Soledad Lokaarth, Venexiana Stevenson, ..., pero estoy seguro que su mano tembló un poco en el último momento a la hora de enviarme al otro mundo. He tenido gran ternura por Esmeralda y pocas mujeres pueden decir tanto. He velado tres días a Louise Brookszowyc en la habitación de una vieja casa de Venecia cuando la encontré herida y la recogí, y le conté todos mis secretos y vacié para ella mi alma. Y cuando llevaba mi barco hacia Rodas o Heraklion siempre he hecho escala en la casa de Kasandra.
Los años me han enseñado que el amor romántico es una gran mentira y que los mayores misterios están dentro de uno mismo, pero en verdad os digo y aquí confieso que la mujer que me arrebató el corazón para después destrozármelo fue ella, esa rubia de La Valeta, alevosa, bella y discordante. Nunca saldrá de mi ensoñadora memoriasu cuerpo desnudo bañándoseen el mar al atardecer. Siempre le agradeceré esas cinco palabras que me ayudaron en cinco momentos esenciales de mi vida que me enseñó en mi adolescencia. Ella seguro que ha olvidado lo que yo le di a cambio y nunca he vuelto a regalar: mi primera y última lágrima.





CANCIÓN DE OTOÑO (HELVÉTICAS)
 
a Raúl Pedregosa


Tres hojas muertas
bajan
por el río en su estiaje.

Dos son de roble
y una
marrón, inalcanzable.

El puente parado
sobre
la procesión del agua.

-Ahí van las tres primeras,
dice,
otoño en marcha. 



Yo que tanto he viajado por procelosos y peligrosos mares del Caribe, me encuentro ahora en este tranquilo pueblo de Suiza entre montañas. He llegado hasta aquí para hacer un nuevo viaje, un viaje hacia mi mismo.
Me interesa conocer toda la mitología de estos cantones y paso mis tardes leyendo con deleite la Interpretación de los sueños del Doctor Freud y las obras del escritor alemán Hermann Hesse que vive aquí y al que mañana conoceré en persona.
También paseo por el campo aunque ahora en el hombro no lleve mi eterno petate caminando por uno de tantos puertos, con las gaviotas recortadas en el cielo, y pienso que a mis treinta y seis años, con el paso del tiempo, me empiezo a aburrir del trato con la gente y comienzo a interesarme cada vez más con lo que se podrían nombrar como temas esotéricos. Mis ideales juveniles, a medio camino entre un individualismo feroz, que aún me perdura, el anarquismo y el comunismo, van dejando paso a interrogantes sobre la condición humana y su transcendencia. Desde que muy joven conocí a Boca de Oro, la bruja de la macumba, me empecé a interesar en los sueños, el tarot o los presentimientos como moneda de cambio frecuente, lo cual me ha traído como recompensa el no permanecer por mucho tiempo unido a nadie.
Al conocer al Profesor Steiner, aquel al que ayudé a redimirse por su alcoholismo, me aportó conocimientos científicos a lo que hasta entonces era una simple y mera afición sobre el continente de Mu. Luego mis viajes por África y Sudamérica me hicieron conocer las magias que en esas tierras se realizaban con elementos mediúmnicos y chamánicos a los que fui añadiendo otros tipos de tradiciones mágicas y esotéricas, sobre todo las anglosajonas de origen céltico-artúrico que me llevaron a un carácter melancólico y poético y con el que descubrí que las luchas entre las naciones están avaladas por sus espíritus protectores.
Más tarde vinieron la triadas chinas, las linternas rojas y todo tipo de confabulaciones en la Rusia blanca y los sueños, lo poético y lo histórico se adueñaron de mi pensamiento.
Aquí, en Suiza, he empezado a sentir extraños presentimientos sobre mi muerte de la que voy a poder sobrevivir bebiendo de la fuente de la eterna juventud. Todo puede parecer muy extaño, pero mi pensamiento siempre ha sido positivo y nunca he caído en la manía posesiva, siendo siempre un tono de optimismo que es lo que en mi adolescencia me llevó, al descubrir que en la palma de mi mano no existía la línea de la fortuna, lo remedié con decisión y rapidez, haciendo uso de una navaja porque cada hombre es el dueño de su propio destino.
Y aquí estoy en Suiza donde he venido para acompañar al Doctor Steiner para que pueda participar en una reunión sionista. Las lecturas que antes dije unidas a la de Parsifal me han hecho ser protagonista de la obra artúrica. Seguramente también ha debido ayudar ese brebaje, llamado de Para celos, que bebí esta tarde para tener este sueño donde he hablado con un espantapájaros, me he librado de la muerte, me he enfrentado a Klingsor, el caballero maldito, y le he prometido llevarle la rosa alquímica, he bailado una danza macabra con esqueletos, me he encontrado con hadas, cuervos y un gorila, que decía llamarse King Kong, al que confundí con un ogro y que desea volver a Nueva York. La rosa alquímica la conseguí tras pasar por un foso caminando por el filo de una espada gigantesca y poder beber agua de un cáliz que se hallaba al otro lado. Entonces me ha juzgado Rasputín por beber del Santo Grial, he conseguido la vida eterna y la muerte me ha regalado un anillo para poder reducir mi vida con el sueño de otras personas y, antes de conseguir despertar de este mágico y extraño sueño, he visto tres hojas muertas bajando por el río y anunciando que el otoño llega a mi vida.




MAPA FÍSICO

 
De tu región de sal tengo delirio,
del valle de tu espalda
                                    aroma
de clorofila verde,
de tu boca de luz quiero los labios
como antorchas preñadas
que alumbren los caminos de mi cuerpo.

En tu pecho brevísimo
                                    imagino
un campo de lunares escogidos
y un mapa sin atisbos de batalla.

De tus esquivos pies, la paz de Marzo,
de tu frente rizada de mar
deseo más que nada un veredicto
que permita el atraque de mis naves
y acariciar la orilla
                             de tu región de sal
tengo delirio. 




Cuando conocí a Pandora Groovesnore recuerdo que escribí al principio de mi primera aventura lo siguiente: "Soy el Océano Pacífico. El mayor de todos. Me llaman así desde hace mucho. Pero no es cierto que esté siempre así. A veces me enfado y la emprendo con todo y con todos. Hoy mismo acabo de calmarme de la última rabieta. Creo que barrí tres o cuatro islas y destrocé otras tantas cáscaras de nuez, de esas que los hombres llaman barcos".
En ese inmenso océano me encontraba flotando, crucificado como un San Andrés, atado a una chalupa lanzada a la deriva por la tripulación amotinada de la nave pirata que capatineaba, cuando me descubrió mi amigo Rasputín con su catamarán, salvándome la vida y haciéndome conocer a la mujer que desde entonces siempre quise, camino de la isla de La Escondida en las vísperas y comienzo de la Primera Guerra Mundial.
Esta inglesita, casi una niña, me movió toda mi estantería sentimental y ya nunca pude olvidarme de ella porque me enamoré profundamente desde la primera vez que la vi.
Todas mis aventuras amorosas desde entonces han sido fugaces pues vivo siempre en la búsqueda de algo como si quisiera escapar de otra cosa, pero siempre apareces en mis recuerdos en los que tú, Pandora, ocupas el lugar más privilegiado, aunque ni siquiera te busque cuando sé que te encuentras en la misma ciudad donde yo me hayo. Me abandonaste y te casaste con otro hombre, mi joya romántica, al decirme que no te quedarías conmigo esa tarde que vestías una falda larga blanca, una camisa del mismo color y una corbata y una chaqueta negra que empalidecían con tu pelo y esos ojos verdes azulados que empalidecían el color y la luz del mar. Adiós Pandora, te dije al ponerte un collar de flores mirando extasiado tu cara. No intenté persuadirte porque sabía que sería imposible. Luego vino el resto de mi vida. Quisiera decir muchas cosas, hablar de grandes amores, de sentimientos hondos, de otras mujeres... pero fuiste la primera y ya no volví a caer en el amor de otras.
Te conocí en el mar y de tu región de sal tengo delirio, huelo el aroma de tu piel, deseo tus labios caminando sobre mi cuerpo. Me pierdo en tu pecho adolescente aún no asaltado y muero por acariciar la orilla de tu cuerpo. A las estatuas de la isla de Pascua les pregunto hoy: "¿Miráis las estrellas? ¡También yo miro las estrellas! ... Quizás también ella mira las estrellas".
Después todo lo demás es un misterio en mi vida después de este último viaje. Dicen que existe una carta de Pandora en la que afirma que un hombre viejo llamado Corto Maltés vive en su casa y que sus hijos lo llaman tío; pero al mismo tiempo, otros cuentan que mis huellas se pierden en la Guerra Civil española, donde parece que he desaparecido. Sólo podéis hacer dos cosas.O transitar entre un sueño y vuestra imaginación o, si os encontráis algún día en vuestro devenir con Pandora Groovesnore, preguntarle a ella. Preguntarle si amó a un tipo cínico y romántico que se llama Corto Maltés. Preguntarle por la historia de ambos y, al terminar, no le digáis adiós Pandora, como yo hice al comienzo de la Gran Guerra en medio del Pacífico, dejándome el corazón maltrecho y deseando siempre navegar por el mapa físico de su piel con delirio.






DONDE LA TIERRA ACABE

 
Sí te dijera que esta habitación
guarda el aroma tibio de tu sueño,
que es de noche en Florencia
y provoca la luz en su artificio
mariposas de cera.

Si te dijera que tienen las calles
el poroso destello de unos pasos
iguales a los tuyos,
y en las puertas hay
corazones pintados y llamadas urgentes
a una revolución.

Si te dijera que el mar, tan lejano,
ha subido a las torres para verte...

Pero nada te digo que no sea
Donde la tierra acabe yo he de amarte y el eco
como un racimo abierto me responde
tierra,
yo,
amarte.




Me he puesto a caminar por las calles. Paseo por callejuelas. Cruzo los canales, me detengo en los puentes y escucho en la lejanía unos pasos que me recuerdan el sonido leve de los tuyos como si vinieras de nuevo hacia mi. Despierto de mi ensoñación y me doy cuenta de que en las orillas ya no se ven esos cangrejos que por la tarde holgazoneaban al sol.
He venido a Venecia porque sé que esta ciudad será mi fin, y así lo grito al viento teniendo la basílica de San Marcos al fondo, porque Venecia es una sorpresa. Ella ha sido las puertas de la aventura, del mar, de Oriente, del oro, del amor, del color y del viaje. Has sido admirada por grandes personajes como Lord Byron, Casanova, Thomas Mann, Wagner o Henry James.
Es 1921 y he llegado a Venecia para descifrar un acertijo que por carta me ha mandado Barón Corvo y que resolviéndolo me permitirá encontrar esa esmeralda tan pura y tan bella a la que llaman la "Clavícula de Salomón". Me adentro en el barrio de Cannaregio, donde los niños juegan con sus cosas y los mayores cuentan viejas historias en voz baja sentados en los bancos de las plazas. Me maravillo con las piedras de sus casas de celosos muros y patios evocadores habitados por innumerables gatos silenciosos. Y pienso en ti, Pandora. Ahora que estoy inmerso en disputas entre masones y un grupo de esos recién aparecidos fascistas de camisas negras, pienso en ti. Yo que soy un vividor aventurero, un viajero impenitente, un agnóstico irredento que no entro ni en las iglesias de la ciudad, un anticolonialista, un anarquista vocacional y un apátrida convencido, pienso en ti mientras paseo por esta vieja ciudad inundada que tiene en sus puertas corazones pintados y llamadas urgentes a una revolución.
Ciudad misteriosa y volátil, casi etérea, llena de mitos y leyendas, de leones de piedra y de gatos y ratones, reservada, intrigante y fundada en una mezcla de culturas, como así soy yo, y que tiene tres lugares mágicos y secretos: uno en la "Calle del amor de los amigos", otro cerca del "Puente de las maravillas" y otro en la "Calle dei marrani", cerca de San Geremía, en el viejo Ghetto donde paseo. Todo el mundo sabe que cuando los venecianos se cansan de las autoridades, van a esos lugares secretos y, tras abrir las puertas al fondo de sus patios, se van para siempre hacia países y hacia otra historias, como hicieron Bellini, Tiziano, Veronese y Canaletto o Marco Polo y Goldoni.
En esta ciudad de símbolos y juegos, de reliquias y órdenes religiosas, de escritores y artistas, de barcazas llenas de frutas y verduras, y de niños diestros en contar las cosas antiguas y en escalar los muros de los cercados prohibidos, yo voy paseando mientras pienso con nostalgia que en la tierra, en el mar, en donde sea que estés, amor mío, yo he de amarte porque soy preso de ti.


 DEL AMOR Y SU RENTA


Y llegado el final,
no conviene hacer balance
del amor:
               se pierde candidez y luz
en cada cálculo.
Porque un cuerpo que gira en su desnudo
no merece
la sombra desmayada de los números
ni el sustantivo seco
ni la moneda verde.

De nada vale buscar
un palmo de ventaja en el delirio
si sabemos que la fuerza de un soplo
desvanece
las ataduras del agua.

Tan solo el usurero -riguroso y taimado- oculta
la inocencia del lirio que se abre.
Y a pesar de la astucia
siempre pierde.




Llegando ya el inevitable final, sólo queda pensar en lo vivido. Los recuerdos se vuelcan como un torrente en la noche de la memoria y a mi cabeza, como una película velada, viene de nuevo, en la sombría taberna de ese puerto perdido, allí, al fondo de la barra de desgastada madera, sentada en un taburete, alzaba su cabeza esa muchacha de pelo dorado y piel tostada por el aire yodado del mar, como el mascarón de proa de una goleta. El vuelo de su melena brillante y áurea esparcía espuma y salitre sobre los rostros que clavaban sus ojos en ella, asperjaba los vasos de pajizo ron y bañaba de melancolía nostálgica mi cansada mirada.
Se encontraba de perfil charlando con sus amigas y no se había percatado de que la observaba con codicia y deseo añorado de mi juventud. Vestía una vaporosa falda que se pegaba a los muslos como la vela se pega al mástil en las noches sin viento y una blusa de listas horizontales azules y blancas que resaltaban la brevedad de sus pechos adolescentes y que, en aquella postura se subía y la cintura de la falda se bajaba, quedando desnuda y abierta una cinta de carne ribereña, la orilla donde irrumpía la curva de sus caderas repletas y tirantes.
Me parecía entonces que nunca antes de esa cálida tarde de aquel verano tropical hubiera visto el resplandor de una piel morena, la comba de una espalda de mujer ni la elegancia exquisita y sutil de aquella pelusa escapular como de melocotón que la luz esplendorosa que atravesaba el ventanal iluminaba como la brisa ladea el trigo.
De repente ella volvió la vista hacia mi esquina de la barra con una mirada tan intensa y fugitiva como algunas primaveras de La Valeta y yo, perezoso e impaciente, guiñé los ojos como si saliese de la oscuridad de un túnel cegado por la intensa luz de esa mirada tan azul como rutilante que hizo sentirme de pronto separado de mi propia vida como por un golpe de viento de una galerna en medio del mar.
No sé cuánto tiempo pasó. Si fueron horas o segundos. Sólo sé que desde que salí a la calle traspasando la puerta de la taberna que al abrirse lanzó al aire el sonido de unas campanillas, pese a que ha pasado tanto tiempo, nunca he podido olvidar ese sonido que martillea mi cerebro ni esa cabellera dorada que iluminaba la tarde, ni esa falda enredada en sus rotundos muslos, ni esa blusa que acariciaba sus pechos, ni esa franja de piel desnuda que adivinaba unas caderas tan apetecibles, ni ese vello suave de la cintura, ni esa mirada ígnea que se cruzó con la mía condenándome para el resto de mis días a un delirio del que no puedo huir pese a saber que la fuerza de un soplo desvanece las ataduras del agua ese día en que mi corazón se abrió con la inocencia de un lirio.


 ELOGIO DE LA ESPERANZA

 
Siempre habrá una estación
que recoja la suerte de los solos
y una cueva poblada
                                 de líquenes
y ensoñaciones verdes
donde nutran su fe los viejos eremitas.

Siempre hallará un resquicio la mañana
oara hacerse evidente
en las provincias sucias del ocaso.

Pues queda la esperanza,
esa hermosa dorada zanahoria
que nos hace, queridos animales, caminar.




He tenido una vida plena. Disfruté de una infancia feliz, primero en La Valeta y después en Córdoba. Siempre fui una persona con decisión y cuando esa gitana al leerme la mano y decirme que en la palma no aparecía la línea de la fortuna, no dudé ni in segundo en grabármela con la navaja. He conocido a grandes personajes. He viajado por todo el mundo. Algún amigo leal he tenido y, supongo, varios enemigos también. He amado y me han amado mujeres excepcionales. He intentado ser benévolo y justo, y no resisto los bancos de madera encerrados entre cuatro paredes porque prefiero los horizontes lejanos y las hamacas al aire libre. El océano no es tierno compañero pues hace que las ausencias sean más definitivas, destruye la complacencia del lamento y da a la lucidez su auténtica dimensión. He puesto gran interés en seguir los caminos que me llevarían a las islas de la fortuna y he dejado escapar entre mis dedos el oro y la plata o se lo he dado a aquellos o aquellas que creí pertinente. Muchas veces he perdido todo por una idea o por un presentimiento, a veces por una mujer, otras por simple aburrimiento o por un placer un poco perverso. Siempre soñé con ser la culminación de muchas reencarnaciones, desde los magos de Babilonia, los sabios de Alejandría o los caballeros del Santo Grial, y con el paso de los siglos, mis motivaciones se han ido reduciendo a mi corta vida pues he olvidado mi motivación de eternidad. He presumido de solitario, de mentiroso, de fabulador y de incurable romántico. A base de no tomarme nada trágicamente, a veces acabo tomándome en serio. Me considero valiente y buen hombre, en algunas ocasiones débil, pero puedo ser también malo y cínico. En algún momento tengo la actitud de un aristócrata de alta alcurnia; en otros aire de marinero pícaro vagabundo. Busco la compañía de las mujeres y al mismo tiempo las evito. Añoro la tranquilidad y el silencio y me aturden el ruido y la furia. Tengo una mirada brumosa y la sonrisa irónica. Me muevo con un aire de indiferencia por los caminos que he recorrido con mi aire de marinero desgarbado. Siempre creí en el destino pero sólo en la medida que éste sea algo que yo pueda tallar a mi antojo y odio a quien me pueda descubrir el futuro, por lo que he pasado mi vida tomando nuevos rumbos aunque siempre intento hacer escala en los puertos en los que me espera gente a la que quiero.
Siempre existirá esa ensenada donde atracar el barco que pilota un solitario y una isla que acoja a un anacoreta ermitaño como yo. Siempre seré mercenario de mis sueños más que esclavo de mis vicios y mis sueños. Siempre me quedará la esperanza que me hace seguir mi camino.


 
 A MODO DE EPÍLOGO *


Cuentan que el primer impostor de la Historia fue un aldeano de las montañas navarras que en cierta noche de luna contempló aterrado como un grupo de mujeres ahítas de belladona y estramonio se dejaba cubrir por un gran macho
cabrío.
Días después, buscó al animal por cuadras y riscos hasta que dio con él y lo tumbó de tres hachazos. Le sacó la cabeza, la vació y la puso a secar. En la siguiente luna llena se presentó en el aquelarre coronado con la testa del animal. Ellas entendieron el engaño al instante pero le dejaron hacer y se emparejó con cuanta hembra quiso. Le dijeron "vuelve, pues".
Cada mañana, en la soledad de sus tareas, el montañés balaba entre solemne y fanfarrón para mejor vivir su fantasía.


* Extracto del libro Ipuin zaharrak del autor romántico José de Aramburu.


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