lunes, 13 de junio de 2016

El país de los crepúsculos



Hacer un viaje a Madrid para asistir a la presentación de una novela que leí hace unos meses y encontrarte con la grata sorpresa de asistir además la de otro libro desconocido para mi igual que su autor no tiene precio. Y no lo tiene porque las palabras de ese autor, Sebastià Bennasar, me llegaron muy hondo con ese acento mallorquín suyo tan cerrado por su belleza, su coherencia y su contagiosa admiración por todo lo que contaba. El poder de la palabra te hace desear tener en tus manos todo aquello de lo que se está hablando y, claro, no pude resistirme a adquirir El país de los crepúsculos. Ahora ya sólo quedaba sumergirme en sus páginas.
Son los últimos días de noviembre cuando el comisario de los Mossos d’Esquadra de Barcelona, Jaume Fuster, es invitado a impartir un cursillo sobre técnicas de búsqueda criminal a los policías que se desplegaban por la Vall de Boí, donde los Pirineos tocan el cielo, en la comarca de la Alta Ribagorza leridana. Él se lo toma como unas vacaciones pagadas para disfrutar de la buena comida de la zona, de su paisaje incomparable, aire libre a espuertas para las horas libres, visitar sus iglesias románicas que son Patrimonio de la Humanidad y una excursión subacuática por el pantano de Escales para asombrarse con las ruinas sumergidas del monasterio medieval de Santa María de Lavaix. Aún no ha llegado el tremendo frío al valle, pero las previsiones meteorológicas anuncian que lo hará en las próximas horas con las primeras nevadas que lo dejarán prácticamente incomunicado del resto de la humanidad, con un inmenso manto blanco y bajo unas aterradoras temperaturas de unos veinticinco grados bajo cero. Además, con este nuevo invierno llega, para sorpresa de todos, un sanguinario asesino que va dejando el valle sembrado de cadáveres torturados y martirizados de forma muy cruel por sus diferentes iglesias. Las vacaciones del bueno de Jaume Fuster es evidente que se han quedado, digamos, aplazadas.
Todo parece que se están reproduciendo, en pleno siglo XXI, una maldición lanzada por el Obispo de Lleida, Berenguer de Erill, a los familiares de Hug Roger, guerrero en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, por haber violado éste a la sobrina del clérigo, Ermesenda. Un solo hombre o una sola mujer de su estirpe tendría que matar a nueve malas personas en cada una de las nueve iglesias de los principales pueblos del Valle de Boí y antes tendría que torturarlos, pues sólo limpiando el valle de gente mala, las almas futuras de esa familia quedarían liberadas de dicha maldición.
De esta forma, empiezan a aparecer cruentos asesinatos en las iglesias de gente de muy dudoso pasado o presente que, previo a su muerte, han sido despiadadamente torturadas reproduciendo las escenas escalofriantes que aparecen en las impresionantes pinturas y tallas románicas que decoran sus paredes en su interior.
Un valle en la práctica incomunicado por la nieve, de apenas mil habitantes, se ve de repente sacudido por tanta barbarie, aunque Sebastià Bennasar no se queda sólo en eso y, como muy bien él dice, se introduce en otras subtramas como el contrabando, el ecologismo, el lobo, la economía y el turismo como fuente de riqueza de una zona hasta hace muy poco olvidada porque la novela negra  es la verdadera crónica social de lo que ocurre en la actualidad.
Iglesias románicas del Valle de Boí de gruesos muros tras los cuales, en interminables liturgias de horas y horas en latín, se resguardaban sus habitantes para guarecerse del inclemente frío que hacía fuera. Habitantes del Valle de Boí, casi en su mayoría analfabetos en tiempos pasados, que observaban en las bellísimas pinturas románicas que embellecían aún más esos gruesos muros de los templos para conocer lo que se decía en esa lengua aún más ininteligible para ellos. Pinturas románicas que fueron descubiertas al resto del mundo por la Misión Arqueológica-Jurídica a la raya de Aragón, organizada por el Instituto de Estudios Catalanes en 1907, con el objetivo de proteger el patrimonio artístico catalán del expolio y llevarlo al Museo Nacional de Arte de Cataluña en Montjuic y e4l Museo Episcopal de Vich donde se guardan los originales dejando en las iglesias copias idénticas.
Contrabandistas en el franquismo que en los Pirineos habían escondido armas para los maquis de la invasión de la Vall d’Arán de 1944, ayudado a pasar personas la frontera, que habían entrado toneladas de tabaco, alcohol y medicamentos de Andorra y Francia, habían muerto a manos de la Guardia Civil o los gendarmes y habían atracado bancos y el autocar semanal que subía la paga a los pantanos en construcción. Contrabandistas que trasladaron explosivos para ETA y pasaron a sindicalistas y obreros perseguidos por la dictadura y que también ayudaron a pasar a Eric el Belga, el famoso ladrón de arte. Pantanos, en donde ese franquismo, quisieron encarcelar las aguas del Noguera Ribagorzana. Valle de Boí que queda aislado en sus gélidos fríos invernales y en el que la aparición de una loba preñada que vuelve a sus laderas nevadas, después de mucho tiempo exterminada su especie, y que es signo de esperanza para El país de los crepúsculos tan alejado de esa Europa a la que le ha llegado su tercera guerra mundial, pero que ahora no es una guerra de países, sino una guerra hecha directamente contra las personas, contra los más débiles, contra los más vulnerables, contra los que reclaman una muerte rápida y anónima para no tener que seguir arrastrándose por unas calles donde no habían estado nunca, siendo muertos sin lápida, sin historia y sin nombre. Una crisis económica que nos ha traído miseria, hambre, pobreza y desencanto, pero que también nos ha traído resistencia, solidaridad y coraje, creando unas nuevas perspectivas y unos nuevos movimientos de solidaridad.
Fantástico Sebastià Bennasar y fantástica novela negra, negrísima, que es El país de los crepúsculos de la Vall de Boí que nos demuestra que nos demuestra que no hay que irse muy lejos de nuestras fronteras para degustar excelente literatura del género, verdadera crónica social de la época, que entre salpicaduras de sangre y vísceras que cubren de rojo sus invernales nieves que congelan de frío hasta los huesos, nos hace avanzar por su argumento y la Historia. Todo negro, negrísimo. Todo blanco, blanquísimo. Y en medio el horror y el frío.

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