martes, 9 de agosto de 2016

Cartas a Palacio


Una hija única de unos marqueses que rompe moldes en su tiempo. Un amigo de juergas reales que se transforma y pasa de ser un libertino a una persona responsable por su trabajo humanitario. Un canalla odioso que es plantado ante el altar por la que iba a convertirse en su esposa el día de su boda. Un pintor francés afincado en Sevilla que se enamora perdidamente de una bella gitana cuyo nombre, al igual que la heroína de su paisano músico, Carmen antes de tener que ser reclutado para ir al frente de batalla. Un diplomático alemán destinado en Madrid que visita un antro de costumbres libertinas situado en una callejuela y donde piden de contraseña el nombre del santo del día para darse de bruces con el amor de su vida. Una amiga que enloquece por un amor equivocado. Un periodista homosexual repudiado por su padre, general de un ejército que ha sido masacrado en África, y que es enviado a París para sustituir a su antecesor que ha caído en una vorágine de opio y que será clave para su futuro. Un anarquista al que le gusta escribir obras de teatro y que aborrece la violencia. Un marqués enamorado de su jardín y de las flores. Un atentado en Sarajevo que encenderá la mecha para dar paso al horror y a la destrucción. Un Madrid elegante lleno de fiestas y dinero y otro Madrid miserable en barrios donde anidan las penurias y la desgracia. Unas trincheras infectadas de ratas, miedo, dolor y hambre donde la única esperanza es continuar con vida un día más y para eso es necesario que mates antes de que te maten. Un cartero al que le han amputado una pierna y ya no sabe qué va a poder hacer el resto de su vida porque ya no podrá montar nunca más en bicicleta. Unos soldados que van a la guerra cantando himnos patrióticos, con cara de felicidad porque están convencidos de que la justicia y Dios están de su parte. Unas madres que no les regalan flores en la estación de tren al marchar como otras mujeres cuando se dirigen al frente y lloran porque son las únicas que se dan cuenta de que van al infierno y de que muchos de ellos no volverán o volverán con el cuerpo destrozado. Una Europa en manos de generales incompetentes que pasean sus uniformes de opereta y beben champán después de la arenga mientras envían a millones de jóvenes a la muerte. Una niña francesa que envía una carta en Navidad al Rey de España y le hace dar a éste el que seguramente sea el único paso bueno que quizás diera en su vida. Millones de familias rotas por la atrocidad repugnante de la conflagración. Un Palacio Real inmenso que acondiciona un trastero en su último piso para dar cabida a un deseo noble y a una labor humanitaria admirable y entusiasta. Un rey, Alfonso XIII, apodado “El Africano”, causante de muchas desgracias a su pueblo como la Semana Trágica, la guerra de Marruecos, los desastres del barranco del Lobo y de Annual o la dictadura de Primo de Rivera, pero que tuvo el gran acierto de mantener neutral a España en la Primera Guerra Mundial, la llamada Gran Guerra aunque se quedara hasta pequeña con la siguiente por venir, ante las presiones de su madre alemana y de su esposa inglesa y la habilidad de crear la Oficina Pro-Cautivos, la primera acción humanitaria gubernamental registrada en la Historia, para dar respuesta a los familiares que no sabían nada de sus seres queridos, militares o civiles, en zona de guerra, proponiendo y mediando para que los submarinos no atacaran y hundieran a los buques hospitales, , instaurando una inspección neutral de militares españoles de esos barcos en su salida y entrada de los puertos, y consiguiendo además el compromiso por las dos partes en litigio el intercambio y liberación de prisioneros de guerra y unas condiciones al menos dignas de estos mientras durase su cautiverio. Una Europa que vio truncada de raíz el que seguramente fuera su momento de mayor esplendor y que quedó arrasada por la intransigencia y la avaricia de sus dirigentes y una España que intentaba despegar hacia la modernidad y el desarrollo, ignorante ambas del apocalipsis infernal aún mayor en el que se verían abocadas veinte años después. Un sueño que puso en pie un hombre en un desván de su palacio y que llegó a tener 54 empleados, colaboraron 60 agregados militares y más de 300 diplomáticos y que lograron con su trabajo, extenuante y sin descanso, algo tan grande como la atención de 200.000 prisioneros, la repatriación de 20.000 soldados heridos y de 60.000 desplazados por la contienda bélica.

Ante tanta literatura pseudo-histórica banal y mediocre que asalta las librerías, están novelas como Cartas a Palacio de Jorge Díaz, porque todo está lleno de historias, sólo hay que seleccionar la que merezca la pena contarse. Jorge Díaz ha seleccionado una gran historia, posiblemente olvidada o que no se le ha dado el suficiente brillo que se merece, que era necesario que fuese conocido y narrado porque merecía la pena, y la ha plasmado en una historia bonita, evocadora, cuidadosa y exquisita con sus escenarios y sus detalles muy bien documentados y elaborados en una labor impecable de documentación, con un ritmo narrativo de capítulos y subcapítulos cortos en los que se entrelazan las diferentes tramas que componen este impresionante mosaico de personajes y situaciones que emocionan y que te incitan a seguir leyendo y no abandonar el libro como le ocurre a uno de sus protagonista cuando dice eso de: “Venga, vamos a leer una carta más antes de irnos a casa”.

Maravillosa novela Cartas a Palacio. ¿La lees?

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

martes, 2 de agosto de 2016

El camino de tus sueños



Península Valdés es un accidente costero sobre el Mar Argentino en la costa Este de la estepa patagónica en la provincia del Chubut, y es parte del Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Es una porción de tierra cuadrangular que se une al continente por el istmo Carlos Ameghino. En sus aguas habita la mayor población reproductora de ballenas francas australes, así como orcas, leones marinos y diversas aves acuáticas, en sus seis reservas naturales, considerándose uno de los principales y más importantes destinos de avistamiento de ballenas en el planeta, donde sobre un mármol azul, celoso del color del cielo de la Patagonia norte argentina, las embarcaciones se deslizan para encontrarlas en un paraje natural único desde los albores del invierno austral hasta agosto. El agua permanece inmutable hasta que, de repente, la superficie líquida se rompe en mil pedazos de espuma y cuarenta toneladas de grasa, músculo y piel se elevan en una parábola imposible asomando la cabeza, rotando sobre sí misma en el aire para volver a su refugio acuático, mientras los ojos extasiados de la gente que observa maravillada y boquiabierta se emocionan por lo que ven tan fuerte y tan único.

En esta región habita Roberto “Beto” Bubas, de oficio guarda fauna, que nada y se comunica con las orcas desde hace veinticinco años en los que la Naturaleza echó raíces muy profundas dentro de él en lo que ha conseguido ir mucho más allá del ecologismo o la mera conservación de la fauna, pues tiene algo de búsqueda de un extraño equilibrio perdido entre las especies, algo espiritual, algo místico quizá.

Roberto Bubas también ha querido plasmar en sus libros ese equilibrio entre la naturaleza y el hombre. Una naturaleza que nunca deja de hablarnos y darnos señales mientras nosotros, el género humano, no escuchamos a ese profesor universal y seguro para todo aquel que es capaz de observarla. Una naturaleza que encierra unos secretos que deberían ser descubiertos para convertirse en una guía vital y en norma de conducta para todos. Una naturaleza que muestra al hombre que es un microcosmos donde el mundo es su cuerpo ampliado dentro de una visión panteísta del universo.

En El camino de tus sueños, Roberto Bubas reflexiona e invita a un proceso de depuración de nuestro propio yo a través de la contemplación de la naturaleza en donde se refleja, o debería reflejarse más bien, nuestro carácter en su lado luminoso, pacífico, paciente y compasivo, frente a la cara oscura, densa, rebelde, de defectos y soberbia sin límites, en un equivocado empeño en combatir sin conocer o identificar correctamente al enemigo, que, al fin y a la postre, somos nosotros mismos nada más.

El camino de tus sueños nos propone en seis textos, formados a su vez por una serie de breves subtextos, un proceso de depuración personal dirigido a valorar nuestra vida como un tesoro único, irrepetible e intransferible en el seno de la naturaleza en cuyo contacto nos enseña a aceptarnos y a luchar contra el desánimo, a buscar una realidad más profunda y estable que nos permita vivir en armonía con nuestro ser más verdadero.

Así va discurriendo, como si de una escala musical se tratara, este breve y bello libro buscando la paz, continuando el camino en las razones del corazón por el camino de nuestros sueños para sanar el alma y que nos permita conseguir a ser nosotros mismos, porque sólo nuestra acción personal nos traerá la calma en la borrasca que solamente tú has desatado. De este modo descubrimos que somos nosotros quienes desatamos la tormenta y traemos la calma y has descubierto que la paz añorada no se encuentra en la claudicación ni en la lucha, sino en el conocimiento pleno de Quién eres, De dónde vienes y Hacia dónde te diriges. Hay que aguzar el oído y escuchar el acorde que en cada cosa hay subyacente actuando como piensas para no tener que volver una y otra vez a confirmar lo que ya sabes que es cierto porque la Naturaleza no estudia cada mañana su libreto, De esta forma descubrirás que lo importante es el fin y que el paso por la vida ha nutrido tierras olvidadas y vuelto fértiles áridas estepas sin percatarnos que has sido sin saberlo río lejano de esperanza y acequia irrigadora de prolíficos cultivos. Detén la crítica feroz y valora el camino que hasta aquí el caudal de tu río ha transitado porque ahora eres un lago en tiempos de crecer y desbordar, un estanque que se ha negado a ser pantano. No mires hacia atrás, ya habrá tiempo de volver, Siempre se vuelve, aunque ya no serás el mismo que ha partido. Enfrenta decidido las cuestas empinadas y las cuestas escarpadas y verás que no lo son tanto al enfrentarlas con decisión para dejarlas tras de ti. Indaga, busca, explora. Vuela ya pues no es otra tu naturaleza ni es otro tu destino.

Me niego a encuadrar a El camino de tus sueños como un libro de auto ayuda, como en algún lugar he leído, porque es, nada más ni nada menos, un libro poético en prosa que ha sido editado de forma preciosa por la Editorial Trifaldi en un volumen exquisito y admirable, lleno de cariño, que mi amigo y director de ella, Máximo Higuera Molero, tuvo a bien hacer llegar a mis manos como un regalo que guardaré en mi cofre de los más preciados. Esto es la belleza de la vida, de la poesía, de la literatura que nos hace descubrir la alegría de ser parte integrante del mundo.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

miércoles, 6 de julio de 2016

El agujero de la noche



A Máximo Higuera por su amistad y por su generosidad al regalarme este precioso libro editado por su imprescindible Editorial Trifaldi que con tanto amor y acierto dirige.



Escribe Gonzalo Suárez en el prólogo de El agujero de la noche de Joaquín Lledó que tuvo que aceptar un encargo envenenado por parte de éste como fue escribirlo sobre una novela que no lo necesita, y tratar de no desbaratar con supuestamente perspicaz retórica la dosis de inocencia que todo lector requiere.

El agujero de la noche es una novela de desamor y desafecto que camina al borde de un abismo que llega a producir vértigo. Es un periplo atormentado y agobiante que se agarra como al desgaire, que bella palabra que tan frecuentemente usaba Carmen Martín Gaite, a personas y a encuentros con ellas en pasajes cortos que pasean ante nuestros ojos a toda velocidad, conduciéndonos por la memoria de un hombre, donde se cobija lacerante y obstinado el efecto del tiempo que mana palabra a palabra y frase a frase, llevándose en su avance inexorable el discernimiento de las cosas para proporcionarnos la zozobra y la inquietud de la nostalgia, la añoranza y la tristeza, dentro de una crónica brutal e inhumana como son esas que producen ese gran tirano que es el amor.

Un hombre del que no llegamos a saber nunca su nombre camina por la noche de un Madrid fantasmagórico y casi tétrico en esos años que despiden los años de la década de los ochenta en una ciudad, alucinante y espectral, que se prepara para despedirse de la movida que la cambió de arriba a bajo. Es un cineasta y escritor que ha pertenecido a una generación que siempre estuvo en la frontera: divorciados antes de que existiese el divorcio; exiliados muchos años después que lo hiciese la generación republicana de sus padres y abuelos; padres de hijos de diferentes nacionalidades y credos tras haber vivido en una España monolítica y cerrada; frutos de mil revoluciones abortadas y ciudadanos de un desengaño en el que todavía latían los rescoldos de la rabia que les había puesto en pie.

Nuestro hombre ha vuelto a Madrid después de haber tenido que vivir quince años en París a donde tuvo que marchar perseguido por la dictadura. Ahora se gana la vida como free lance y sueña con terminar una nueva novela y realizar un nuevo proyecto cinematográfico, aunque en el fondo sabe muy bien que su sueño no llegará nunca a realizarse. Se ha enamorado perdidamente de una azafata misteriosa que le desdeña y le humilla constantemente. De una mujer que es una red con un corazón que se convierte en lazo y con unos brazos que son como cadenas. Una mujer tan bonita, así, en medio del invierno, en medio de la noche, aureolada por su rubia cabellera y dorada por el sol al que él idealiza como a una Beatriz de Dante. 

Y es que nuestro hombre en el fondo es un romántico. Alquiló un piso en la calle Ibiza, una calle que aún conserva el bulevar de las rondas heroicamente en esta ciudad un punto deshumanizada, porque justo en el portal de enfrente de la acera donde vivía habitó la familia Panero, cuya madre de familia, Felicidad Blanc desde que vio la bellísima película de Jaime Chávarri El desencanto, y los hermanos Suárez, Gonzalo y Carlos, a los que admiraba como cineastas. Los Panero con su idea de la cultura como un veneno en la sangre que a él le ha contagiado, y los Suárez con el Liceo Francés, el cine, el amor, los primeros celos, el primer desengaño... que siempre están patentes en su memoria y sus recuerdos.

Pero es un hombre que vive en realidad en un agujero, un agujero en la noche, en un terruño sin paisaje pues el paisaje es de los otros. Era un refugiado político que había roto en mil pedazos el mundo que había creado durante el exilio para volver al cine de la España democrática. Un refugiado político para el que las fronteras eran el burladero de un ruedo para poder escapar, aunque un refugio en el que era la víctima expiatoria. Es un perdedor que lo único que ha conseguido al volver es colgarse de otra mujer que lo desdeña y juega con él a su antojo como si se tratase de un pelele pero a la que se agarra con desesperación porque ella representa para él la patria, el país del que había estado separado más de quince años. Corre tras ella por la ciudad, de discoteca en discoteca, de copa en copa, de bar en bar, porque eso era vivir el Madrid que no había nunca podido vivir. Se quiere ahogar en la resaca de la transición para demostrarse a sí mismo que el grito  de su ciudad natal, que esa nostalgia que le embarga el alma, que esa fascinación por los ecos de la famosa "movida" que le habían venido a buscar hasta París y que, en definitiva habían sido el origen de su divorcio, era todavía legítima, que el azar y el riesgo eran aún factibles y al que se aferra a ellos para revelarse a sí mismo que el fracaso de su matrimonio anterior no había sido sólo por su culpa porque él aún puede amar, porque tiene derecho a amar y a ser amado, a ser feliz. Pero es consciente que se enganchaba a esta mujer que juega con él porque el mundo, su mundo, es un desorden confuso, un desconcierto anárquico, una vorágine de embrollo desorganizado y que ella era su única posibilidad de salvación, porque no consigue acabar su novela que está estancada, para volver a introducirse en el mundo del cine y poder realizar y montar su siguiente película. Se engancha a su olor que lleva pegado a su piel desde el primer día que la había conocido y que le llevará a penetrar en ese angustioso infierno donde se encuentra condenado y prisionero.

Novela lacerante de un fracaso anunciado escrita por Joaquín Lledó con frase lapidarias que nos penetran como un disparo y nos laceran el alma, ese alma que nuestro desdichado protagonista ha perdido al aproximarse al abismo y despeñarse en él.

Ahora que he terminado el libro y tras varios días de reflexión de como poder escribir una reseña de él, vuelvo a recordar el prólogo de Gonzalo Suárez. Escribir un prólogo de El agujero de la noche es un acto superfluo porque escribir una novela como ésta no debiera necesitar justificación pues es un acto que se justifica por sí mismo. Escribir una reseña sobre esta aventura íntima e improrrogable de una historia cruel como toda historia de amor que, afortunadamente en ocasiones, no volverá, aparte de que no es necesaria para emocionarse en su lectura, es una osadía. Lo que en verdad es imprescindible es leer El agujero de la noche y sumergirse con su protagonista en el más profundo averno con agitación turbadora y enternecimiento agitado.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

lunes, 13 de junio de 2016

El país de los crepúsculos



Hacer un viaje a Madrid para asistir a la presentación de una novela que leí hace unos meses y encontrarte con la grata sorpresa de asistir además la de otro libro desconocido para mi igual que su autor no tiene precio. Y no lo tiene porque las palabras de ese autor, Sebastià Bennasar, me llegaron muy hondo con ese acento mallorquín suyo tan cerrado por su belleza, su coherencia y su contagiosa admiración por todo lo que contaba. El poder de la palabra te hace desear tener en tus manos todo aquello de lo que se está hablando y, claro, no pude resistirme a adquirir El país de los crepúsculos. Ahora ya sólo quedaba sumergirme en sus páginas.

Son los últimos días de noviembre cuando el comisario de los Mossos d’Esquadra de Barcelona, Jaume Fuster, es invitado a impartir un cursillo sobre técnicas de búsqueda criminal a los policías que se desplegaban por la Vall de Boí, donde los Pirineos tocan el cielo, en la comarca de la Alta Ribagorza leridana. Él se lo toma como unas vacaciones pagadas para disfrutar de la buena comida de la zona, de su paisaje incomparable, aire libre a espuertas para las horas libres, visitar sus iglesias románicas que son Patrimonio de la Humanidad y una excursión subacuática por el pantano de Escales para asombrarse con las ruinas sumergidas del monasterio medieval de Santa María de Lavaix. Aún no ha llegado el tremendo frío al valle, pero las previsiones meteorológicas anuncian que lo hará en las próximas horas con las primeras nevadas que lo dejarán prácticamente incomunicado del resto de la humanidad, con un inmenso manto blanco y bajo unas aterradoras temperaturas de unos veinticinco grados bajo cero. Además, con este nuevo invierno llega, para sorpresa de todos, un sanguinario asesino que va dejando el valle sembrado de cadáveres torturados y martirizados de forma muy cruel por sus diferentes iglesias. Las vacaciones del bueno de Jaume Fuster es evidente que se han quedado, digamos, aplazadas.

Todo parece que se están reproduciendo, en pleno siglo XXI, una maldición lanzada por el Obispo de Lleida, Berenguer de Erill, a los familiares de Hug Roger, guerrero en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, por haber violado éste a la sobrina del clérigo, Ermesenda. Un solo hombre o una sola mujer de su estirpe tendría que matar a nueve malas personas en cada una de las nueve iglesias de los principales pueblos del Valle de Boí y antes tendría que torturarlos, pues sólo limpiando el valle de gente mala, las almas futuras de esa familia quedarían liberadas de dicha maldición.

De esta forma, empiezan a aparecer cruentos asesinatos en las iglesias de gente de muy dudoso pasado o presente que, previo a su muerte, han sido despiadadamente torturadas reproduciendo las escenas escalofriantes que aparecen en las impresionantes pinturas y tallas románicas que decoran sus paredes en su interior.

Un valle en la práctica incomunicado por la nieve, de apenas mil habitantes, se ve de repente sacudido por tanta barbarie, aunque Sebastià Bennasar no se queda sólo en eso y, como muy bien él dice, se introduce en otras subtramas como el contrabando, el ecologismo, el lobo, la economía y el turismo como fuente de riqueza de una zona hasta hace muy poco olvidada porque la novela negra  es la verdadera crónica social de lo que ocurre en la actualidad.

Iglesias románicas del Valle de Boí de gruesos muros tras los cuales, en interminables liturgias de horas y horas en latín, se resguardaban sus habitantes para guarecerse del inclemente frío que hacía fuera. Habitantes del Valle de Boí, casi en su mayoría analfabetos en tiempos pasados, que observaban en las bellísimas pinturas románicas que embellecían aún más esos gruesos muros de los templos para conocer lo que se decía en esa lengua aún más ininteligible para ellos. Pinturas románicas que fueron descubiertas al resto del mundo por la Misión Arqueológica-Jurídica a la raya de Aragón, organizada por el Instituto de Estudios Catalanes en 1907, con el objetivo de proteger el patrimonio artístico catalán del expolio y llevarlo al Museo Nacional de Arte de Cataluña en Montjuic y e4l Museo Episcopal de Vich donde se guardan los originales dejando en las iglesias copias idénticas.

Contrabandistas en el franquismo que en los Pirineos habían escondido armas para los maquis de la invasión de la Vall d’Arán de 1944, ayudado a pasar personas la frontera, que habían entrado toneladas de tabaco, alcohol y medicamentos de Andorra y Francia, habían muerto a manos de la Guardia Civil o los gendarmes y habían atracado bancos y el autocar semanal que subía la paga a los pantanos en construcción. Contrabandistas que trasladaron explosivos para ETA y pasaron a sindicalistas y obreros perseguidos por la dictadura y que también ayudaron a pasar a Eric el Belga, el famoso ladrón de arte. Pantanos, en donde ese franquismo, quisieron encarcelar las aguas del Noguera Ribagorzana. Valle de Boí que queda aislado en sus gélidos fríos invernales y en el que la aparición de una loba preñada que vuelve a sus laderas nevadas, después de mucho tiempo exterminada su especie, y que es signo de esperanza para El país de los crepúsculos tan alejado de esa Europa a la que le ha llegado su tercera guerra mundial, pero que ahora no es una guerra de países, sino una guerra hecha directamente contra las personas, contra los más débiles, contra los más vulnerables, contra los que reclaman una muerte rápida y anónima para no tener que seguir arrastrándose por unas calles donde no habían estado nunca, siendo muertos sin lápida, sin historia y sin nombre. Una crisis económica que nos ha traído miseria, hambre, pobreza y desencanto, pero que también nos ha traído resistencia, solidaridad y coraje, creando unas nuevas perspectivas y unos nuevos movimientos de solidaridad.

Fantástico Sebastià Bennasar y fantástica novela negra, negrísima, que es El país de los crepúsculos de la Vall de Boí que nos demuestra que nos demuestra que no hay que irse muy lejos de nuestras fronteras para degustar excelente literatura del género, verdadera crónica social de la época, que entre salpicaduras de sangre y vísceras que cubren de rojo sus invernales nieves que congelan de frío hasta los huesos, nos hace avanzar por su argumento y la Historia. Todo negro, negrísimo. Todo blanco, blanquísimo. Y en medio el horror y el frío.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

lunes, 23 de mayo de 2016

La mirada de Chapman


Ha pasado el tiempo desde que María Médem y Roberto Rial investigaron en Menorca el caso de las ancianas asesinadas por un asesino en serie y parece ser que han cambiado muchas cosas desde entonces. Roberto ha vuelto a Madrid y vive desde hace un tiempo con una compañera de trabajo, Alma. María se ha divorciado de Bruno y vive con su amiga Lola y su hijo preadolescente, mientras su hijo Hugo, que ya tiene tres años, está pasando con su padre una temporada.

En una Menorca que parece haber dejado ser idílica en un crudo invierno en la que una despiadada tramontana azota cada rincón de la isla, se celebra la primera semana de novela negra de Ciutadella a donde acuden los mejores escritores del género nacional, los que aspiran a hacerse un hueco en el mundillo, editores de diferente calaña, periodistas variopintos y políticos cuyo pasado posiblemente es mejor no airear. Hasta María participa porque en estos años ha escrito una novela sobre el suceso de los asesinatos en serie de las ancianas junto su antiguo profesor y amigo, el criminólogo Galván.

El día de la inauguración del evento, con la sala llena de asistentes y mientras habla el editor más poderoso del país, en la pantalla entra de repente un vídeo donde se puede ver el atroz asesinato del hijo del mismo desde la Costa Brava catalana. Horas después, en su habitación del hotel donde se celebran las jornadas, aparece asesinada de la misma manera una joven editora.

La acción está servida y ya sólo nos queda sumergirnos en la historia. Y aquí es donde viene la gran y muy grata sorpresa que me ha deparado la nueva novela de Pere Cervantes. En la reseña que escribí sobre No nos dejan ser niños me preguntaba si vivíamos en una sociedad psicópata en la que no existe ninguna empatía emocional y que es narcisista y exenta de metas, valores, infeliz, manipuladora, carente de gusto por todo, arrogante y amoral, lo que nos hace ser a los que nos ha tocado vivir en ella en seres arrogantes, infelices e incapaces de querer, añadiendo, además por si fuera poco, que nos creemos superiores a los demás, queremos imponer como sea nuestras ideas y no aceptamos las críticas de los demás. Todo esto lo decía sobre esa novela de No nos dejan ser niños a la que consideraba, como su autor Pere Cervantes, como más policial que negra. Pero ahora Pere Cervantes en La mirada de Chapman ha evolucionado de tal manera en su escritura, a incluso mucho mejor claro, que aquí, con los mismos personajes más otros nuevos que aparecen ya nos introduce en una absoluta novela negra no narrando sólo una serie de asesinatos sino ahondando en los perfiles psicológicos de unos protagonistas bastante atormentados con sus pasados y sus vidas actuales en una novela profunda. Unos protagonistas que se añoran pero que se esconden parapetados tras sus dudas y en sus miedos, todo envuelto en una escritura que salpica el libro de escenas y frases memorables, desde esa Ciutadella casi fantasmal e inhóspita como una de esas actrices del cine negro americano, sinuosa como una serpiente, misteriosa, bella a rabiar y, sobre todo, inalcanzable; o esa otra en la que disfrutamos de la última (?) fotografía que le hicieron a John Lennon mientras firmaba un autógrafo sobre la carátula del que sería su último disco, el Double Fantasy, con las gafas inclinadas, sostenidas por la nariz, y ataviado con una cazadora de aviador con el cuello forrado de borrego en la puerta del edificio Dakota de Nueva York donde vivía a su asesino que horas después acabaría con su vida en ese mismo lugar con un revolver del 38; o esos dos protagonistas excelentes, un Roberto Rial, indeciso y taciturno como lo ha sido siempre en su vida privada e implacable en su labor profesional donde es capaz de desobedecer una orden de un superior y la mismísima Constitución, pero jamás negarse a cazar a un asesino, que no ha olvidado a María y que se encuentra de repente con su casa calcinada, sin una familia por la que preocuparse y de la que poder disfrutar, que cree huir de ello junto con su compañera Alma, otro enorme descubrimiento de Pere Cervantes, con las cuentas bancarias bloqueadas por una misteriosa aristócrata, de la que nada sabemos hasta el final, y con ese pasado que quiere olvidar aunque se obstine en querer cambiar su futuro al que tanto teme; o esas impresionante María Médem que tiene como tono de su teléfono móvil la canción de Tal como éramos cantada por Barbra Streisand y que ha cambiado mucho al no ser ya esa mujer inocente cazando asesinos y encajando tantas decepciones en su vida para que deje de ser una soñadora, tiñendo su vida en color sepia que es el color de la nostalgia y la melancolía.

Merecía la pena, y mucho, esperar a La mirada de Chapman y merecía la pena para llevarme la gran alegría de que Pere Cervantes ha escalado muchos escalones para alcanzar la cumbre del género. La mirada de Chapman es una muy bella novela escrita de manera perfecta, donde la trama policial exquisita, gracias a la profesionalidad de Pere Cervantes como policía durante veinticinco años es un mero adorno y vehículo para adentrarme  en unos personajes, todos impecables en su descripción, que dan vida a una novela imprescindible que definitivamente le doctora como un gran escritor y estupendo narrador de historias.

He terminado de leer La mirada de Chapman y vuelvo a la primera página para releer la dedicatoria que Pere Cervantes tuvo el honor de escribirme hace unos días en Cuenca. Yo tampoco nunca olvidaré a María Médem, esperaré con ansiedad la nueva novela de este autor y pienso, una y otra vez en esa mirada de Chapman, esa mirada que transmite el goce del poder que sólo los asesinos conocen, el poder de aniquilar una vida humana cuando ellos decidan y que, aunque sea con cuarenta y tres navajazos, demuestran y acreditan que a veces el odio también es una pasión. Sigo leyendo la dedicatoria y si, Pere, La mirada de Chapman ya siempre formará parte de esa biblioteca emotiva que todos llevamos.

Gracias Pere Cervantes por tu magnífica novela que me ha demostrado con tus dos extraordinarias criaturas por ti imaginadas que cuando el pasado se cuela en nuestro presente sin pedir permiso, sólo nos queda esperar a que el futuro lo eche o venga a alegrar nuestra vida futura. Gracias por tu preciosa dedicatoria y, sobre todo, por tu impagable amistad.

Pdta.: A ti lector, enamorado de la novela negra, no dejes de buscar y encontrar la enorme cantidad de guiños con los que Pere Cervantes homenajea a sus colegas escritores y, sobre todo, deleitate con La mirada de Chapman. Sobre María Médem, Roberto Rial y, ójala, dentro de un tiempo, Alma, no voy a decir nada. Descúbrelo tú y ya no podrás prescindir de ellos nunca más.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

sábado, 7 de mayo de 2016

Madrid, la novela


Gabán que abriga mucho. Improvisación y tenacidad. Deshabitado como mi colchón el verano que me hice mayor. Madrid, que duermes al borde del hoyo y la espada. Allí donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo. Babilonia donde verás confundir en variedades y lenguas el genio más sutil. Maldita ciudad que, aún sin estar en su mejor momento, estás hermosa. Todo apariencia, Carnaval de todos los días en que los pobres se visten de ricos, donde salvo media docena todos son pobres pero viven en la calle aparentando. Amante buenísima pero que como novia es lo peor y te engaña en cuanto te despistas. Madrid que tiene sujetos los cordones de la bolsa con los dientes. Ciudad por donde la gente pasea por sitios inmundos y se asoma a los puentes que cruzan las autopistas como quien se asoma a ver las olas del mar. Sobre agua edificada , sus muros de fuego son. Puente de los Franceses que nadie te pasa. Sus fuentes manan néctar y llueven ambrosía. Castillo famoso que al rey moro alivia el miedo. Donde escribir es llorar, es buscar la voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Desenlace de todos los dramas que forman el tejido de nuestra historia. Rompeolas de todas las Españas. Urbe en la que nadie te da la lata con las cuestiones identitarias. Mujer no demasiado guapa, pero que no puedes vivir sin ella. Poblachón manchego convertido en una cosmópolis. Pedazo de la España en la que nací, viendo pasar el tiempo ahí está más chula que un ocho. La que te mata, la que nunca duerme, la que enamora, la suma de todos, la que tiene un aprendiz de río, patria de todos, la que yace envuelta en un sueño y todo al silencio convida. Alma encendida a su espejismo; ciudad nocturna en urna de sus hielo. Excusa para contar historias. Corte de los milagros... pongamos que hablo de Madrid.

Lanzarlo a los cuatro vientos. Madrid ya tiene su novela. Antonio Gómez Rufo la ha escrito y como no puede ser de otra forma, de forma galdosiana, concentra en cerca de novecientas páginas conmovedoras la historia de Madrid desde junio de 1565 al 11 de marzo de 2004 contada a través de las generaciones de tres familias, los Tarazona, los Vázquez-Argote y los Posada-Álvarez que sucediéndose durante casi cuatrocientos años, son espectadores o protagonistas novelescos de los sucesos, incertidumbres y acontecimientos de lo que es el verdadero y omnipresente personaje principal de la obra, Madrid.

Ahora pienso que os estaréis preguntando eso de ¿Y caben en sólo novecientas páginas cuatrocientos años de vida, sus gentes, sus reyes, sus calles, sus barrios, sus políticos, sus artistas, sus monumentos, sus anécdotas? y tengo que contestaros que vaya si caben, aunque al terminar quede un regustillo amargo de que al cerrar el libro no queden novecientas páginas más para seguir deleitándose con la historia de esta ciudad mágica que siempre ha ido desde la euforia a la complicidad y el afecto, desde la alegría a la serenidad de lo conseguido, desde el calor de la victoria a la tolerancia de los desencantados con el destino que creían esperar. Madrid es esa que cuando se levanta, España deja de bostezar; la que marca el camino que, contra toda voluntad, corta abruptamente porque la tiranía y la sublevación contra los pueblos tienen su origen en la miseria intelectual y la incultura. Es una ciudad inventada por varias generaciones de gente que vino de fuera y que convirtieron a sus hijos en madrileños. Es una ciudad sin raíces, sin puntos de referencia y sin patriotismo, pero con ese duende que lleva en sus entrañas que siempre atrapó al que llegó a ella e impidió huir al que pasa mecido en su irracionalidad. Aluvión de nuevas generaciones siglo tras siglo, a la que cuando se la mira desde la distancia, se la añora desde la dolorosa lejanía como solo se añora cuando la nostalgia convierte la pérdida en una mutilación dolorosa. Madrid, esas seis letras que expresan mucho más que una simple palabra, orgullosa de su libertad a la que defiende con uñas y dientes porque está segura de que su dignidad está por encima del miedo y que acoge a todo el que llega desde otros lugares y que pronto, muy pronto, se convertirán en madrileños. Ciudad cosmopolita que siempre quiso ser provinciana frente a tantas otras ciudades españolas que, siendo provincianas, no han cejado nunca en su empeño de ser cosmopolitas.

Novecientas páginas que podrían ser mil ochocientas o dos mil setecientas y no pasaría nada porque siempre se harían cortas, porque cada una homenajea emocionadamente y con la belleza de sus hermosos atardeceres naranjas y blancos, lilas y rosáceos, que tienen el tono caliente de lo mágico y de lo perverso cuando se desnuda por el oeste cada tarde con la inigualable visión del sol cayendo y dejando su cielo, el cielo de Madrid, manchado de colores rojos, rosas y violetas de una belleza sublime teñida de acuarela de trazos largos y encendidos  que dibujan matices calientes para echarse a dormir, pasado el día de nubes blancas, breves y deshilachadas, iluminando su perfil de ciudad ancha, retrepada y marrón; una ciudad encrespada y de paso, mudable, como si nunca hubiese sido nueva, como si nunca se hubiese terminado de hacer.

Y es que Madrid fue siempre así: múltiple y secular. Y laico. Porque Madrid nunca fue de nadie y por eso es de todos y de todos cogió sus señas de identidad donde se mezclaban reyes y reinas, príncipes y princesas, duques y duquesas, majos y manolas, chulos de hacha y petimetres, buhoneros y chamarileros, artesanos y modistillas...

Resulta difícil escribir la reseña de un libro así y por eso me he dejado llevar por la pluma espléndida de Antonio Gómez Rufo. El me lo sabrá perdonar, por paisano y por que mis torpes palabras nunca describirían con acierto toda la belleza que encierran las casi novecientas páginas de Madrid, la novela, un monumento más que añadir a esta ciudad tan hermosa que nunca dejó de reclamar ser engalanada por el placer de sentirse atractiva y que nunca dejó de ser viva, con sus entrañas mudando la piel y sus vísceras reponiéndose del gasto de sí misma.
Si no conoces Madrid corre en conocerla aunque corras el peligro de quedar atrapado en ella. Si ya la conoces o eres madrileño como yo aunque hayas tenido que ir a otra ciudad a vivir, lee sin falta Madrid, la novela. Quedarás también atrapado sin remisión en sus casi novecientas páginas, que desearías que fuesen muchas más, y profundamente emocionado con la historia de esta hermosa ciudad que además es mi ciudad.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

viernes, 22 de abril de 2016

La puerta vacía


¿Una novela con diálogos claros y no enrevesados, de capítulos cortos, entretenidos y fáciles de leer, es literatura de consumo? ¿Es la novela policíaca un género menor? En muchos casos es muy posible que sí, pero también es evidente que si el que escribe es Esteban Navarro nos va a demostrar justamente lo contrario con La puerta vacía, donde vuelve a aparecer la joven y ambiciosa policía Diana Dávila, que ha pasado de ser la policía en prácticas en la comisaría de Huesca de La noche de los peones y de la policía de la escala básica de la Brigada de Delitos Tecnológicos en el cuartel de Canillas en Madrid de Los crímenes del abecedario a la Oficial Dávila de la Brigada de la Policía Judicial de Murcia gracias a que sigue el consejo de estudiar para ascender de su anterior jefa, la Inspectora Arancha Arenzana.

Desde el primer momento nos vamos a ver atrapados en la historia de La puerta vacía. Un periodista, Jorge Lafuente, que se encuentra de vacaciones en Murcia y que consigue las mejores exclusivas para su periódico de Madrid gracias a un don que le hace presentir los desastres y llegar siempre el primero al lugar de los hechos, una preciosa y joven mujer, Alicia Huerto, esposa del empresario textil más importante del país, Rafael Abellán, que aparece muerto de forma violenta en la cama de la habitación del hotel donde se hospeda Jorge que no recuerda nada, un inspector, Eugenio Vidal, de pasado un tanto oscuro, un cuchillo ensangrentado que se descubre en la terraza de una casa a cuatro kilómetros de Murcia, un extraño artilugio destrozado que aparece en el campo, una anciana que se obsesiona con el ascensor de su vivienda o un camarero seducido van formando las piezas dispares de un puzle que Esteban Navarro, después de presentarlas, va encajando de manera perfecta y eficaz sin ocultar al lector en ningún momento pistas y haciéndolo creíble en todo momento.

Sexo, dinero, venganzas,… se van mezclando con absoluto deleite del lector que muy pronto se da cuenta que se encuentra con una gran novela en las manos y que necesita seguir leyendo para descubrir que es lo que va a descubrir a continuación, mientras van apareciendo los diferentes personajes como siempre perfectamente esbozados por Esteban Navarro. Se echan en falta esos inolvidables como son Andrés Hernández, Arancha Arenzana o el inspector jefe Vázquez de las dos novela predecesoras de la saga, pero nos vamos a dar de bruces con otro de los grandes como es Eugenio Vidal que a mí personalmente me ha conseguido deleitar. Y, por supuesto, está Diana Dávila en plena apoteosis que en cada novela da un paso al frente para mejorar porque considero que, siendo excelentes La noche de los peones y Los crímenes del abecedario, La puerta vacía supera a sus antecesoras y se convierte en una magnífica novela que te tiene pegado al sillón disfrutando de su lectura. Es tan buena que hasta su deliciosa nota final del autor por su originalidad te consigue poner una sonrisa de satisfacción en la cara.

Hay que abrir puertas o hay que traspasar esta puerta vacía porque detrás de ella no se encuentra un precipicio que te lleva al abismo más oscuro sino hacia una gran novela y hacia un personaje y un autor que ya, por méritos propios, ocupan uno de los lugares más altos de la novela negra española a la que engrandecen. Atrévete a conocer a Diana Dávila y a Esteban Navarro si es que aún no tienes ese privilegio. Luego no me digas que no te lo he advertido.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega