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viernes, 22 de abril de 2016

La puerta vacía


¿Una novela con diálogos claros y no enrevesados, de capítulos cortos, entretenidos y fáciles de leer, es literatura de consumo? ¿Es la novela policíaca un género menor? En muchos casos es muy posible que sí, pero también es evidente que si el que escribe es Esteban Navarro nos va a demostrar justamente lo contrario con La puerta vacía, donde vuelve a aparecer la joven y ambiciosa policía Diana Dávila, que ha pasado de ser la policía en prácticas en la comisaría de Huesca de La noche de los peones y de la policía de la escala básica de la Brigada de Delitos Tecnológicos en el cuartel de Canillas en Madrid de Los crímenes del abecedario a la Oficial Dávila de la Brigada de la Policía Judicial de Murcia gracias a que sigue el consejo de estudiar para ascender de su anterior jefa, la Inspectora Arancha Arenzana.

Desde el primer momento nos vamos a ver atrapados en la historia de La puerta vacía. Un periodista, Jorge Lafuente, que se encuentra de vacaciones en Murcia y que consigue las mejores exclusivas para su periódico de Madrid gracias a un don que le hace presentir los desastres y llegar siempre el primero al lugar de los hechos, una preciosa y joven mujer, Alicia Huerto, esposa del empresario textil más importante del país, Rafael Abellán, que aparece muerto de forma violenta en la cama de la habitación del hotel donde se hospeda Jorge que no recuerda nada, un inspector, Eugenio Vidal, de pasado un tanto oscuro, un cuchillo ensangrentado que se descubre en la terraza de una casa a cuatro kilómetros de Murcia, un extraño artilugio destrozado que aparece en el campo, una anciana que se obsesiona con el ascensor de su vivienda o un camarero seducido van formando las piezas dispares de un puzle que Esteban Navarro, después de presentarlas, va encajando de manera perfecta y eficaz sin ocultar al lector en ningún momento pistas y haciéndolo creíble en todo momento.

Sexo, dinero, venganzas,… se van mezclando con absoluto deleite del lector que muy pronto se da cuenta que se encuentra con una gran novela en las manos y que necesita seguir leyendo para descubrir que es lo que va a descubrir a continuación, mientras van apareciendo los diferentes personajes como siempre perfectamente esbozados por Esteban Navarro. Se echan en falta esos inolvidables como son Andrés Hernández, Arancha Arenzana o el inspector jefe Vázquez de las dos novela predecesoras de la saga, pero nos vamos a dar de bruces con otro de los grandes como es Eugenio Vidal que a mí personalmente me ha conseguido deleitar. Y, por supuesto, está Diana Dávila en plena apoteosis que en cada novela da un paso al frente para mejorar porque considero que, siendo excelentes La noche de los peones y Los crímenes del abecedario, La puerta vacía supera a sus antecesoras y se convierte en una magnífica novela que te tiene pegado al sillón disfrutando de su lectura. Es tan buena que hasta su deliciosa nota final del autor por su originalidad te consigue poner una sonrisa de satisfacción en la cara.

Hay que abrir puertas o hay que traspasar esta puerta vacía porque detrás de ella no se encuentra un precipicio que te lleva al abismo más oscuro sino hacia una gran novela y hacia un personaje y un autor que ya, por méritos propios, ocupan uno de los lugares más altos de la novela negra española a la que engrandecen. Atrévete a conocer a Diana Dávila y a Esteban Navarro si es que aún no tienes ese privilegio. Luego no me digas que no te lo he advertido.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

miércoles, 29 de octubre de 2014

Los crímenes del abecedario


Diana Dávila, la jovencísima policía en prácticas de La noche de los peones ha jurado el cargo y ya es policía nacional, destinada en Madrid a patrullar las calles. Su madre, Xía, quisiera tenerla cerca, destinada en Barcelona, pero con la policía autonómica, las plazas para la Policía Nacional en la capital catalana se han acabado. Tampoco salió ninguna plaza en Huesca o Zaragoza, por lo que tiene que aceptar el destino en Madrid. Pero allí no se encuentra a gusto. No le agrada estar todo el día conduciendo por la ciudad en jornadas agotadoras ya que ella es muy ambiciosa y ese puesto es poco enriquecedor para sus anhelos. Ella sueña con entrar en la Brigada de la Policía Judicial.


Al poco tiempo, se le presenta la oportunidad de acudir a una entrevista de selección para optar a un puesto en la Brigada de Delitos Tecnológicos en el Cuartel General de Canillas, y elige presentarse a la misma utilizando las "armas" que ya conocemos por la anterior novela, mientras recuerda a Andrés Hernández, el veterano policía que consiguió que se fiara de los hombres "añosos" por ser buena persona. Andrés le explicó todo sobre la Policía Nacional en el periodo de prácticas que pasó junto a él en la comisaría de Huesca y se dio cuenta que no todos los hombres son iguales. Lo echa de menos pero no ha vuelto a ponerse en contacto con él desde que se despidieron meses atrás.

De esta forma da comienzo la nueva novela de Esteban Navarro, Los crímenes del abecedario, en donde un asesino lleva matando a parejas de chicas, cuyos nombre comienzan con la misma letra, con idéntica manera de actuar y, al parecer, siguiendo un patrón basado de la obra Justine del Marqués de Sade. La Policía se encuentra totalmente desorientada hasta que entran en juego la inspectora Arancha Aranzana, el inspector jefe Vázquez y la propia Diana Dávila, pues el asesino utiliza las redes sociales para ponerse en contacto con sus futuras víctimas y ellos están en la Brigada de Delitos Tecnológicos.

Esteban Navarro, con Los crímenes del abecedario, ha escrito una novela completamente diferente a La noche de los peones. Si, como ya escribí en la reseña de la primera, la acción de ésta transcurre con un ritmo a cámara lenta donde los minutos pasan lentamente durante una noche de guardia, en un espacio cerrado y claustrofóbico, con dos únicos personajes principales que tienen pensamientos introspectivos, y sin crímenes ni asesinos, en Los crímenes del abecedario todo cambia radicalmente. Acción desenfrenada, muchos personajes y ciudades diferentes, viajes a contrarreloj, ritmo endiablado, un asesino implacable y horrendo y diálogos por doquier.

¿Cuál es mejor de la dos novelas? Imposible decidirlo porque ambas son estupendas y no se entendería la segunda en su totalidad sin haber disfrutado de la primera con anterioridad.

Esteban Navarro vuelve a demostrarnos que, como policía, sabe perfectamente de lo que habla y de que se cuece dentro del cuerpo policial, y nos explica con minuciosidad todos los entresijos de una investigación criminal, no eludiendo guiños jugosos a la posible rivalidad que pueda existir entre la Policía Nacional, la Guardia Civil y los Mossos d'Esquadra, en una lectura que no da un momento de respiro.

Capítulo aparte, hay que mencionar otro gran acierto como son los personajes. Diana Dávila aparece ante nuestros ojos tal cual es y no como el simple boceto de La noche de los peones, donde el mayor peso se lo llevaba Andrés Hernández, que en Los crímenes del abecedario aparece poco pero que resulta primordial en su argumento al no ser perdonado por sus jefes por ciertas declaraciones suyas efectuadas ante un juez en la novela precedente. Y la muy grata sorpresa que me han deparado los nuevos, Arancha Aranzana y, en especial, el inspector jefe Vázquez que, pese a un comienzo algo titubeante,  va ganando peso y credibilidad con el paso de las páginas, convirtiéndose en un personaje magistral.

Los crímenes del abecedario es una buena novela, con un muy buen final muy bien resuelto y conseguido, aunque yo, por poner algún pero, echo en falta que Andrés y Diana no se encuentren, pero no espero equivocarme cuando tengo la suposición de que Esteban Navarro nos deleitará dentro de unos meses con una nueva aventura, donde quizá estos policías vuelvan a estar de nuevo juntos para ver si de una vez por todas, pese a que la policía haya cambiado tanto sus usos en los últimos treinta y cinco años, se consiga eliminar ese aparente tufillo a podrido que aún parece darse en su cúpula. Con policías como Andrés y Vázquez, y con las nuevas generaciones representadas por Diana y Arancha la esperanza desde luego cabe.


©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

jueves, 23 de octubre de 2014

La noche de los peones


Volveremos a Macondo se sigue llenando de autores españoles más o menos recientes en el panorama literario de nuestro país que se dedican al fascinante género de la novela negra. Como ya he dicho varias veces por aquí, este género goza de muy buena salud, y ahora me ha llegado el turno de leer La noche de los peones de Esteban Navarro.


Había oído y leído mucho y bien de Esteban Navarro pero nunca me había acercado a ninguna de sus obras.

Este escritor que ya ha publicado varios libros en su casi recién estrenada carrera, ha tocado, además del género policíaco/negro, el de ciencia ficción y el de fantasía, optando al Premio Nadal de 2013 con esta La noche de los peones, con la que consiguió ser finalista.

Andrés Hernández es un veterano policía nacional destinado en la comisaría de Huesca que está realizando el turno de noche el día en que cumple cuarenta y cinco años junto a una joven policía en prácticas de ventiún años, Diana Dávila. Al principio del servicio recibe la noticia de que un amigo suyo de la infancia, Miguel Ángel Urquijo, ha fallecido en el hospital de la ciudad y que estuvo preguntando por él insistentemente desde que se produjo su ingreso tres días atrás, sin que nadie le hiciera ningún caso. ¿Qué quería Miguel Ángel después de veinte años sin verse? ¿Por qué viene a Huesca desde la zona del Maresme catalán un delincuente drogadicto?

La acción transcurre en esa sola noche con un ritmo a cámara lenta donde los minutos transcurren con total parsimonia en esa comisaría de una ciudad de provincias en extremo tranquila en una madrugada de un día entre semana a las puertas del invierno.

Y aquí viene una cierta polémica. En la novela no ocurre nada o muy poco. Pero todo lo que se narra es muy intenso y no precisamente el rellenar los partes de hospedería en los hoteles de ese día, el servicio de la patrulla que tiene que acudir a una pelea sin importancia entre dos personas en un bar del polígono industrial o la visita que hace Andrés al hospital para intentar obtener información sobre las causas que han llevado a Miguel Ángel a viajar a Huesca preguntando por él de forma obsesiva antes de morir sin que nadie le preste ningún caso. Su intensidad está en los pensamientos que tienen Andrés y Diana sobre lo que ha sido su vida. Así vamos a conocer una historia viva de lo que fue España en esa época en que empezaba a despertar después de tantos años de dictadura. Esos años de niñez y de juventud de Andrés y de Miguel Ángel en los que derivaron en que uno ingresara en la policía nacional mientras que el otro fuera absorvido en una espiral de delincuencia y drogas. Una España que se sacudía sus miedos pero que aún en sus instituciones campaban los franquistas a sus anchas y delincuentes como el Vaquilla o el Torete eran encumbrados a la categoría de héroes y de gente condenada a vivir en un submundo.



Diana también nos cuenta con sus pensamientos la historia de lo que han sido sus años anteriores a ingresar en la policía de los que no se siente personalmente orgullosa precisamente. Hija de madre soltera que no la ha revelado nunca la identidad de su padre del que solo sabe de él que  murió en el extranjero y que su cuerpo allí se quedó según le contó su joven madre a la que no quiere nunca parecerse.


Diana y Andrés, después de unos recelos mutuos preliminares, llegan a congeniar en sus conversaciones monótonas y repetitivas a lo largo de la noche que no parece acabar nunca y en sus continuos viajes a la máquina de café, en una trama que me ha sorprendido pues según avanzaba en su lectura me parecía estar leyendo, en vez de una novela, una obra de teatro donde sus personajes, peones en la noche, hacen sus réplicas y contrarréplicas, realizan sus entradas y sus mutis y pasean en un escenario claustrofóbico como es la sala del 091.

¿Estamos ante una novela negra o ante una novela histórica? Yo creo que nos encontramos ante las dos cosas. La noche de los peones es una gran novela negra, escrita desde dentro a fuera y no al revés que es lo normal, no porque aparezcan policías y delincuentes sino porque nos relata las situaciones en donde están sumergidos unos personajes atormentados que guardan sus miserias y secretos para sí. Unos personajes al principio borrosos y que van apareciendo ante nosotros con claros trazos que tienen que avanzar sin descanso porque son peones y si se detienen serán cazados. Y es una novela histórica porque nos cuenta hechos recientes que ocurrieron hace años y que he vuelto a recordar pues fueron protagonistas de mi juventud. Un libro que mezcla sabiamente ambos géneros y que, pese a su inacción, se desliza en los tres últimos capítulos en un desenlace original donde una vieja fotografía polaroid y un desastrado teléfono móvil son las claves.

Una novela muy interesante que, sin ninguna duda, me hará seguir leyendo la obra de Esteban Navarro que entra para mi en el club de los grandes autores nacionales de este género y que han tenido la valentía de lanzarse a escribir para que los demás conozcamos mejor el mundo que nos ha tocado vivir. Desde luego, Esteban Navarro tiene muchas cosas diferentes que contar.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega