miércoles, 6 de julio de 2016

El agujero de la noche



A Máximo Higuera por su amistad y por su generosidad al regalarme este precioso libro editado por su imprescindible Editorial Trifaldi que con tanto amor y acierto dirige.



Escribe Gonzalo Suárez en el prólogo de El agujero de la noche de Joaquín Lledó que tuvo que aceptar un encargo envenenado por parte de éste como fue escribirlo sobre una novela que no lo necesita, y tratar de no desbaratar con supuestamente perspicaz retórica la dosis de inocencia que todo lector requiere.

El agujero de la noche es una novela de desamor y desafecto que camina al borde de un abismo que llega a producir vértigo. Es un periplo atormentado y agobiante que se agarra como al desgaire, que bella palabra que tan frecuentemente usaba Carmen Martín Gaite, a personas y a encuentros con ellas en pasajes cortos que pasean ante nuestros ojos a toda velocidad, conduciéndonos por la memoria de un hombre, donde se cobija lacerante y obstinado el efecto del tiempo que mana palabra a palabra y frase a frase, llevándose en su avance inexorable el discernimiento de las cosas para proporcionarnos la zozobra y la inquietud de la nostalgia, la añoranza y la tristeza, dentro de una crónica brutal e inhumana como son esas que producen ese gran tirano que es el amor.

Un hombre del que no llegamos a saber nunca su nombre camina por la noche de un Madrid fantasmagórico y casi tétrico en esos años que despiden los años de la década de los ochenta en una ciudad, alucinante y espectral, que se prepara para despedirse de la movida que la cambió de arriba a bajo. Es un cineasta y escritor que ha pertenecido a una generación que siempre estuvo en la frontera: divorciados antes de que existiese el divorcio; exiliados muchos años después que lo hiciese la generación republicana de sus padres y abuelos; padres de hijos de diferentes nacionalidades y credos tras haber vivido en una España monolítica y cerrada; frutos de mil revoluciones abortadas y ciudadanos de un desengaño en el que todavía latían los rescoldos de la rabia que les había puesto en pie.

Nuestro hombre ha vuelto a Madrid después de haber tenido que vivir quince años en París a donde tuvo que marchar perseguido por la dictadura. Ahora se gana la vida como free lance y sueña con terminar una nueva novela y realizar un nuevo proyecto cinematográfico, aunque en el fondo sabe muy bien que su sueño no llegará nunca a realizarse. Se ha enamorado perdidamente de una azafata misteriosa que le desdeña y le humilla constantemente. De una mujer que es una red con un corazón que se convierte en lazo y con unos brazos que son como cadenas. Una mujer tan bonita, así, en medio del invierno, en medio de la noche, aureolada por su rubia cabellera y dorada por el sol al que él idealiza como a una Beatriz de Dante. 

Y es que nuestro hombre en el fondo es un romántico. Alquiló un piso en la calle Ibiza, una calle que aún conserva el bulevar de las rondas heroicamente en esta ciudad un punto deshumanizada, porque justo en el portal de enfrente de la acera donde vivía habitó la familia Panero, cuya madre de familia, Felicidad Blanc desde que vio la bellísima película de Jaime Chávarri El desencanto, y los hermanos Suárez, Gonzalo y Carlos, a los que admiraba como cineastas. Los Panero con su idea de la cultura como un veneno en la sangre que a él le ha contagiado, y los Suárez con el Liceo Francés, el cine, el amor, los primeros celos, el primer desengaño... que siempre están patentes en su memoria y sus recuerdos.

Pero es un hombre que vive en realidad en un agujero, un agujero en la noche, en un terruño sin paisaje pues el paisaje es de los otros. Era un refugiado político que había roto en mil pedazos el mundo que había creado durante el exilio para volver al cine de la España democrática. Un refugiado político para el que las fronteras eran el burladero de un ruedo para poder escapar, aunque un refugio en el que era la víctima expiatoria. Es un perdedor que lo único que ha conseguido al volver es colgarse de otra mujer que lo desdeña y juega con él a su antojo como si se tratase de un pelele pero a la que se agarra con desesperación porque ella representa para él la patria, el país del que había estado separado más de quince años. Corre tras ella por la ciudad, de discoteca en discoteca, de copa en copa, de bar en bar, porque eso era vivir el Madrid que no había nunca podido vivir. Se quiere ahogar en la resaca de la transición para demostrarse a sí mismo que el grito  de su ciudad natal, que esa nostalgia que le embarga el alma, que esa fascinación por los ecos de la famosa "movida" que le habían venido a buscar hasta París y que, en definitiva habían sido el origen de su divorcio, era todavía legítima, que el azar y el riesgo eran aún factibles y al que se aferra a ellos para revelarse a sí mismo que el fracaso de su matrimonio anterior no había sido sólo por su culpa porque él aún puede amar, porque tiene derecho a amar y a ser amado, a ser feliz. Pero es consciente que se enganchaba a esta mujer que juega con él porque el mundo, su mundo, es un desorden confuso, un desconcierto anárquico, una vorágine de embrollo desorganizado y que ella era su única posibilidad de salvación, porque no consigue acabar su novela que está estancada, para volver a introducirse en el mundo del cine y poder realizar y montar su siguiente película. Se engancha a su olor que lleva pegado a su piel desde el primer día que la había conocido y que le llevará a penetrar en ese angustioso infierno donde se encuentra condenado y prisionero.

Novela lacerante de un fracaso anunciado escrita por Joaquín Lledó con frase lapidarias que nos penetran como un disparo y nos laceran el alma, ese alma que nuestro desdichado protagonista ha perdido al aproximarse al abismo y despeñarse en él.

Ahora que he terminado el libro y tras varios días de reflexión de como poder escribir una reseña de él, vuelvo a recordar el prólogo de Gonzalo Suárez. Escribir un prólogo de El agujero de la noche es un acto superfluo porque escribir una novela como ésta no debiera necesitar justificación pues es un acto que se justifica por sí mismo. Escribir una reseña sobre esta aventura íntima e improrrogable de una historia cruel como toda historia de amor que, afortunadamente en ocasiones, no volverá, aparte de que no es necesaria para emocionarse en su lectura, es una osadía. Lo que en verdad es imprescindible es leer El agujero de la noche y sumergirse con su protagonista en el más profundo averno con agitación turbadora y enternecimiento agitado.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

lunes, 13 de junio de 2016

El país de los crepúsculos



Hacer un viaje a Madrid para asistir a la presentación de una novela que leí hace unos meses y encontrarte con la grata sorpresa de asistir además la de otro libro desconocido para mi igual que su autor no tiene precio. Y no lo tiene porque las palabras de ese autor, Sebastià Bennasar, me llegaron muy hondo con ese acento mallorquín suyo tan cerrado por su belleza, su coherencia y su contagiosa admiración por todo lo que contaba. El poder de la palabra te hace desear tener en tus manos todo aquello de lo que se está hablando y, claro, no pude resistirme a adquirir El país de los crepúsculos. Ahora ya sólo quedaba sumergirme en sus páginas.

Son los últimos días de noviembre cuando el comisario de los Mossos d’Esquadra de Barcelona, Jaume Fuster, es invitado a impartir un cursillo sobre técnicas de búsqueda criminal a los policías que se desplegaban por la Vall de Boí, donde los Pirineos tocan el cielo, en la comarca de la Alta Ribagorza leridana. Él se lo toma como unas vacaciones pagadas para disfrutar de la buena comida de la zona, de su paisaje incomparable, aire libre a espuertas para las horas libres, visitar sus iglesias románicas que son Patrimonio de la Humanidad y una excursión subacuática por el pantano de Escales para asombrarse con las ruinas sumergidas del monasterio medieval de Santa María de Lavaix. Aún no ha llegado el tremendo frío al valle, pero las previsiones meteorológicas anuncian que lo hará en las próximas horas con las primeras nevadas que lo dejarán prácticamente incomunicado del resto de la humanidad, con un inmenso manto blanco y bajo unas aterradoras temperaturas de unos veinticinco grados bajo cero. Además, con este nuevo invierno llega, para sorpresa de todos, un sanguinario asesino que va dejando el valle sembrado de cadáveres torturados y martirizados de forma muy cruel por sus diferentes iglesias. Las vacaciones del bueno de Jaume Fuster es evidente que se han quedado, digamos, aplazadas.

Todo parece que se están reproduciendo, en pleno siglo XXI, una maldición lanzada por el Obispo de Lleida, Berenguer de Erill, a los familiares de Hug Roger, guerrero en la batalla de las Navas de Tolosa en 1212, por haber violado éste a la sobrina del clérigo, Ermesenda. Un solo hombre o una sola mujer de su estirpe tendría que matar a nueve malas personas en cada una de las nueve iglesias de los principales pueblos del Valle de Boí y antes tendría que torturarlos, pues sólo limpiando el valle de gente mala, las almas futuras de esa familia quedarían liberadas de dicha maldición.

De esta forma, empiezan a aparecer cruentos asesinatos en las iglesias de gente de muy dudoso pasado o presente que, previo a su muerte, han sido despiadadamente torturadas reproduciendo las escenas escalofriantes que aparecen en las impresionantes pinturas y tallas románicas que decoran sus paredes en su interior.

Un valle en la práctica incomunicado por la nieve, de apenas mil habitantes, se ve de repente sacudido por tanta barbarie, aunque Sebastià Bennasar no se queda sólo en eso y, como muy bien él dice, se introduce en otras subtramas como el contrabando, el ecologismo, el lobo, la economía y el turismo como fuente de riqueza de una zona hasta hace muy poco olvidada porque la novela negra  es la verdadera crónica social de lo que ocurre en la actualidad.

Iglesias románicas del Valle de Boí de gruesos muros tras los cuales, en interminables liturgias de horas y horas en latín, se resguardaban sus habitantes para guarecerse del inclemente frío que hacía fuera. Habitantes del Valle de Boí, casi en su mayoría analfabetos en tiempos pasados, que observaban en las bellísimas pinturas románicas que embellecían aún más esos gruesos muros de los templos para conocer lo que se decía en esa lengua aún más ininteligible para ellos. Pinturas románicas que fueron descubiertas al resto del mundo por la Misión Arqueológica-Jurídica a la raya de Aragón, organizada por el Instituto de Estudios Catalanes en 1907, con el objetivo de proteger el patrimonio artístico catalán del expolio y llevarlo al Museo Nacional de Arte de Cataluña en Montjuic y e4l Museo Episcopal de Vich donde se guardan los originales dejando en las iglesias copias idénticas.

Contrabandistas en el franquismo que en los Pirineos habían escondido armas para los maquis de la invasión de la Vall d’Arán de 1944, ayudado a pasar personas la frontera, que habían entrado toneladas de tabaco, alcohol y medicamentos de Andorra y Francia, habían muerto a manos de la Guardia Civil o los gendarmes y habían atracado bancos y el autocar semanal que subía la paga a los pantanos en construcción. Contrabandistas que trasladaron explosivos para ETA y pasaron a sindicalistas y obreros perseguidos por la dictadura y que también ayudaron a pasar a Eric el Belga, el famoso ladrón de arte. Pantanos, en donde ese franquismo, quisieron encarcelar las aguas del Noguera Ribagorzana. Valle de Boí que queda aislado en sus gélidos fríos invernales y en el que la aparición de una loba preñada que vuelve a sus laderas nevadas, después de mucho tiempo exterminada su especie, y que es signo de esperanza para El país de los crepúsculos tan alejado de esa Europa a la que le ha llegado su tercera guerra mundial, pero que ahora no es una guerra de países, sino una guerra hecha directamente contra las personas, contra los más débiles, contra los más vulnerables, contra los que reclaman una muerte rápida y anónima para no tener que seguir arrastrándose por unas calles donde no habían estado nunca, siendo muertos sin lápida, sin historia y sin nombre. Una crisis económica que nos ha traído miseria, hambre, pobreza y desencanto, pero que también nos ha traído resistencia, solidaridad y coraje, creando unas nuevas perspectivas y unos nuevos movimientos de solidaridad.

Fantástico Sebastià Bennasar y fantástica novela negra, negrísima, que es El país de los crepúsculos de la Vall de Boí que nos demuestra que nos demuestra que no hay que irse muy lejos de nuestras fronteras para degustar excelente literatura del género, verdadera crónica social de la época, que entre salpicaduras de sangre y vísceras que cubren de rojo sus invernales nieves que congelan de frío hasta los huesos, nos hace avanzar por su argumento y la Historia. Todo negro, negrísimo. Todo blanco, blanquísimo. Y en medio el horror y el frío.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

lunes, 23 de mayo de 2016

La mirada de Chapman


Ha pasado el tiempo desde que María Médem y Roberto Rial investigaron en Menorca el caso de las ancianas asesinadas por un asesino en serie y parece ser que han cambiado muchas cosas desde entonces. Roberto ha vuelto a Madrid y vive desde hace un tiempo con una compañera de trabajo, Alma. María se ha divorciado de Bruno y vive con su amiga Lola y su hijo preadolescente, mientras su hijo Hugo, que ya tiene tres años, está pasando con su padre una temporada.

En una Menorca que parece haber dejado ser idílica en un crudo invierno en la que una despiadada tramontana azota cada rincón de la isla, se celebra la primera semana de novela negra de Ciutadella a donde acuden los mejores escritores del género nacional, los que aspiran a hacerse un hueco en el mundillo, editores de diferente calaña, periodistas variopintos y políticos cuyo pasado posiblemente es mejor no airear. Hasta María participa porque en estos años ha escrito una novela sobre el suceso de los asesinatos en serie de las ancianas junto su antiguo profesor y amigo, el criminólogo Galván.

El día de la inauguración del evento, con la sala llena de asistentes y mientras habla el editor más poderoso del país, en la pantalla entra de repente un vídeo donde se puede ver el atroz asesinato del hijo del mismo desde la Costa Brava catalana. Horas después, en su habitación del hotel donde se celebran las jornadas, aparece asesinada de la misma manera una joven editora.

La acción está servida y ya sólo nos queda sumergirnos en la historia. Y aquí es donde viene la gran y muy grata sorpresa que me ha deparado la nueva novela de Pere Cervantes. En la reseña que escribí sobre No nos dejan ser niños me preguntaba si vivíamos en una sociedad psicópata en la que no existe ninguna empatía emocional y que es narcisista y exenta de metas, valores, infeliz, manipuladora, carente de gusto por todo, arrogante y amoral, lo que nos hace ser a los que nos ha tocado vivir en ella en seres arrogantes, infelices e incapaces de querer, añadiendo, además por si fuera poco, que nos creemos superiores a los demás, queremos imponer como sea nuestras ideas y no aceptamos las críticas de los demás. Todo esto lo decía sobre esa novela de No nos dejan ser niños a la que consideraba, como su autor Pere Cervantes, como más policial que negra. Pero ahora Pere Cervantes en La mirada de Chapman ha evolucionado de tal manera en su escritura, a incluso mucho mejor claro, que aquí, con los mismos personajes más otros nuevos que aparecen ya nos introduce en una absoluta novela negra no narrando sólo una serie de asesinatos sino ahondando en los perfiles psicológicos de unos protagonistas bastante atormentados con sus pasados y sus vidas actuales en una novela profunda. Unos protagonistas que se añoran pero que se esconden parapetados tras sus dudas y en sus miedos, todo envuelto en una escritura que salpica el libro de escenas y frases memorables, desde esa Ciutadella casi fantasmal e inhóspita como una de esas actrices del cine negro americano, sinuosa como una serpiente, misteriosa, bella a rabiar y, sobre todo, inalcanzable; o esa otra en la que disfrutamos de la última (?) fotografía que le hicieron a John Lennon mientras firmaba un autógrafo sobre la carátula del que sería su último disco, el Double Fantasy, con las gafas inclinadas, sostenidas por la nariz, y ataviado con una cazadora de aviador con el cuello forrado de borrego en la puerta del edificio Dakota de Nueva York donde vivía a su asesino que horas después acabaría con su vida en ese mismo lugar con un revolver del 38; o esos dos protagonistas excelentes, un Roberto Rial, indeciso y taciturno como lo ha sido siempre en su vida privada e implacable en su labor profesional donde es capaz de desobedecer una orden de un superior y la mismísima Constitución, pero jamás negarse a cazar a un asesino, que no ha olvidado a María y que se encuentra de repente con su casa calcinada, sin una familia por la que preocuparse y de la que poder disfrutar, que cree huir de ello junto con su compañera Alma, otro enorme descubrimiento de Pere Cervantes, con las cuentas bancarias bloqueadas por una misteriosa aristócrata, de la que nada sabemos hasta el final, y con ese pasado que quiere olvidar aunque se obstine en querer cambiar su futuro al que tanto teme; o esas impresionante María Médem que tiene como tono de su teléfono móvil la canción de Tal como éramos cantada por Barbra Streisand y que ha cambiado mucho al no ser ya esa mujer inocente cazando asesinos y encajando tantas decepciones en su vida para que deje de ser una soñadora, tiñendo su vida en color sepia que es el color de la nostalgia y la melancolía.

Merecía la pena, y mucho, esperar a La mirada de Chapman y merecía la pena para llevarme la gran alegría de que Pere Cervantes ha escalado muchos escalones para alcanzar la cumbre del género. La mirada de Chapman es una muy bella novela escrita de manera perfecta, donde la trama policial exquisita, gracias a la profesionalidad de Pere Cervantes como policía durante veinticinco años es un mero adorno y vehículo para adentrarme  en unos personajes, todos impecables en su descripción, que dan vida a una novela imprescindible que definitivamente le doctora como un gran escritor y estupendo narrador de historias.

He terminado de leer La mirada de Chapman y vuelvo a la primera página para releer la dedicatoria que Pere Cervantes tuvo el honor de escribirme hace unos días en Cuenca. Yo tampoco nunca olvidaré a María Médem, esperaré con ansiedad la nueva novela de este autor y pienso, una y otra vez en esa mirada de Chapman, esa mirada que transmite el goce del poder que sólo los asesinos conocen, el poder de aniquilar una vida humana cuando ellos decidan y que, aunque sea con cuarenta y tres navajazos, demuestran y acreditan que a veces el odio también es una pasión. Sigo leyendo la dedicatoria y si, Pere, La mirada de Chapman ya siempre formará parte de esa biblioteca emotiva que todos llevamos.

Gracias Pere Cervantes por tu magnífica novela que me ha demostrado con tus dos extraordinarias criaturas por ti imaginadas que cuando el pasado se cuela en nuestro presente sin pedir permiso, sólo nos queda esperar a que el futuro lo eche o venga a alegrar nuestra vida futura. Gracias por tu preciosa dedicatoria y, sobre todo, por tu impagable amistad.

Pdta.: A ti lector, enamorado de la novela negra, no dejes de buscar y encontrar la enorme cantidad de guiños con los que Pere Cervantes homenajea a sus colegas escritores y, sobre todo, deleitate con La mirada de Chapman. Sobre María Médem, Roberto Rial y, ójala, dentro de un tiempo, Alma, no voy a decir nada. Descúbrelo tú y ya no podrás prescindir de ellos nunca más.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

sábado, 7 de mayo de 2016

Madrid, la novela


Gabán que abriga mucho. Improvisación y tenacidad. Deshabitado como mi colchón el verano que me hice mayor. Madrid, que duermes al borde del hoyo y la espada. Allí donde se cruzan los caminos, donde el mar no se puede concebir, donde regresa siempre el fugitivo. Babilonia donde verás confundir en variedades y lenguas el genio más sutil. Maldita ciudad que, aún sin estar en su mejor momento, estás hermosa. Todo apariencia, Carnaval de todos los días en que los pobres se visten de ricos, donde salvo media docena todos son pobres pero viven en la calle aparentando. Amante buenísima pero que como novia es lo peor y te engaña en cuanto te despistas. Madrid que tiene sujetos los cordones de la bolsa con los dientes. Ciudad por donde la gente pasea por sitios inmundos y se asoma a los puentes que cruzan las autopistas como quien se asoma a ver las olas del mar. Sobre agua edificada , sus muros de fuego son. Puente de los Franceses que nadie te pasa. Sus fuentes manan néctar y llueven ambrosía. Castillo famoso que al rey moro alivia el miedo. Donde escribir es llorar, es buscar la voz sin encontrarla, como en una pesadilla abrumadora y violenta. Desenlace de todos los dramas que forman el tejido de nuestra historia. Rompeolas de todas las Españas. Urbe en la que nadie te da la lata con las cuestiones identitarias. Mujer no demasiado guapa, pero que no puedes vivir sin ella. Poblachón manchego convertido en una cosmópolis. Pedazo de la España en la que nací, viendo pasar el tiempo ahí está más chula que un ocho. La que te mata, la que nunca duerme, la que enamora, la suma de todos, la que tiene un aprendiz de río, patria de todos, la que yace envuelta en un sueño y todo al silencio convida. Alma encendida a su espejismo; ciudad nocturna en urna de sus hielo. Excusa para contar historias. Corte de los milagros... pongamos que hablo de Madrid.

Lanzarlo a los cuatro vientos. Madrid ya tiene su novela. Antonio Gómez Rufo la ha escrito y como no puede ser de otra forma, de forma galdosiana, concentra en cerca de novecientas páginas conmovedoras la historia de Madrid desde junio de 1565 al 11 de marzo de 2004 contada a través de las generaciones de tres familias, los Tarazona, los Vázquez-Argote y los Posada-Álvarez que sucediéndose durante casi cuatrocientos años, son espectadores o protagonistas novelescos de los sucesos, incertidumbres y acontecimientos de lo que es el verdadero y omnipresente personaje principal de la obra, Madrid.

Ahora pienso que os estaréis preguntando eso de ¿Y caben en sólo novecientas páginas cuatrocientos años de vida, sus gentes, sus reyes, sus calles, sus barrios, sus políticos, sus artistas, sus monumentos, sus anécdotas? y tengo que contestaros que vaya si caben, aunque al terminar quede un regustillo amargo de que al cerrar el libro no queden novecientas páginas más para seguir deleitándose con la historia de esta ciudad mágica que siempre ha ido desde la euforia a la complicidad y el afecto, desde la alegría a la serenidad de lo conseguido, desde el calor de la victoria a la tolerancia de los desencantados con el destino que creían esperar. Madrid es esa que cuando se levanta, España deja de bostezar; la que marca el camino que, contra toda voluntad, corta abruptamente porque la tiranía y la sublevación contra los pueblos tienen su origen en la miseria intelectual y la incultura. Es una ciudad inventada por varias generaciones de gente que vino de fuera y que convirtieron a sus hijos en madrileños. Es una ciudad sin raíces, sin puntos de referencia y sin patriotismo, pero con ese duende que lleva en sus entrañas que siempre atrapó al que llegó a ella e impidió huir al que pasa mecido en su irracionalidad. Aluvión de nuevas generaciones siglo tras siglo, a la que cuando se la mira desde la distancia, se la añora desde la dolorosa lejanía como solo se añora cuando la nostalgia convierte la pérdida en una mutilación dolorosa. Madrid, esas seis letras que expresan mucho más que una simple palabra, orgullosa de su libertad a la que defiende con uñas y dientes porque está segura de que su dignidad está por encima del miedo y que acoge a todo el que llega desde otros lugares y que pronto, muy pronto, se convertirán en madrileños. Ciudad cosmopolita que siempre quiso ser provinciana frente a tantas otras ciudades españolas que, siendo provincianas, no han cejado nunca en su empeño de ser cosmopolitas.

Novecientas páginas que podrían ser mil ochocientas o dos mil setecientas y no pasaría nada porque siempre se harían cortas, porque cada una homenajea emocionadamente y con la belleza de sus hermosos atardeceres naranjas y blancos, lilas y rosáceos, que tienen el tono caliente de lo mágico y de lo perverso cuando se desnuda por el oeste cada tarde con la inigualable visión del sol cayendo y dejando su cielo, el cielo de Madrid, manchado de colores rojos, rosas y violetas de una belleza sublime teñida de acuarela de trazos largos y encendidos  que dibujan matices calientes para echarse a dormir, pasado el día de nubes blancas, breves y deshilachadas, iluminando su perfil de ciudad ancha, retrepada y marrón; una ciudad encrespada y de paso, mudable, como si nunca hubiese sido nueva, como si nunca se hubiese terminado de hacer.

Y es que Madrid fue siempre así: múltiple y secular. Y laico. Porque Madrid nunca fue de nadie y por eso es de todos y de todos cogió sus señas de identidad donde se mezclaban reyes y reinas, príncipes y princesas, duques y duquesas, majos y manolas, chulos de hacha y petimetres, buhoneros y chamarileros, artesanos y modistillas...

Resulta difícil escribir la reseña de un libro así y por eso me he dejado llevar por la pluma espléndida de Antonio Gómez Rufo. El me lo sabrá perdonar, por paisano y por que mis torpes palabras nunca describirían con acierto toda la belleza que encierran las casi novecientas páginas de Madrid, la novela, un monumento más que añadir a esta ciudad tan hermosa que nunca dejó de reclamar ser engalanada por el placer de sentirse atractiva y que nunca dejó de ser viva, con sus entrañas mudando la piel y sus vísceras reponiéndose del gasto de sí misma.
Si no conoces Madrid corre en conocerla aunque corras el peligro de quedar atrapado en ella. Si ya la conoces o eres madrileño como yo aunque hayas tenido que ir a otra ciudad a vivir, lee sin falta Madrid, la novela. Quedarás también atrapado sin remisión en sus casi novecientas páginas, que desearías que fuesen muchas más, y profundamente emocionado con la historia de esta hermosa ciudad que además es mi ciudad.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

viernes, 22 de abril de 2016

La puerta vacía


¿Una novela con diálogos claros y no enrevesados, de capítulos cortos, entretenidos y fáciles de leer, es literatura de consumo? ¿Es la novela policíaca un género menor? En muchos casos es muy posible que sí, pero también es evidente que si el que escribe es Esteban Navarro nos va a demostrar justamente lo contrario con La puerta vacía, donde vuelve a aparecer la joven y ambiciosa policía Diana Dávila, que ha pasado de ser la policía en prácticas en la comisaría de Huesca de La noche de los peones y de la policía de la escala básica de la Brigada de Delitos Tecnológicos en el cuartel de Canillas en Madrid de Los crímenes del abecedario a la Oficial Dávila de la Brigada de la Policía Judicial de Murcia gracias a que sigue el consejo de estudiar para ascender de su anterior jefa, la Inspectora Arancha Arenzana.

Desde el primer momento nos vamos a ver atrapados en la historia de La puerta vacía. Un periodista, Jorge Lafuente, que se encuentra de vacaciones en Murcia y que consigue las mejores exclusivas para su periódico de Madrid gracias a un don que le hace presentir los desastres y llegar siempre el primero al lugar de los hechos, una preciosa y joven mujer, Alicia Huerto, esposa del empresario textil más importante del país, Rafael Abellán, que aparece muerto de forma violenta en la cama de la habitación del hotel donde se hospeda Jorge que no recuerda nada, un inspector, Eugenio Vidal, de pasado un tanto oscuro, un cuchillo ensangrentado que se descubre en la terraza de una casa a cuatro kilómetros de Murcia, un extraño artilugio destrozado que aparece en el campo, una anciana que se obsesiona con el ascensor de su vivienda o un camarero seducido van formando las piezas dispares de un puzle que Esteban Navarro, después de presentarlas, va encajando de manera perfecta y eficaz sin ocultar al lector en ningún momento pistas y haciéndolo creíble en todo momento.

Sexo, dinero, venganzas,… se van mezclando con absoluto deleite del lector que muy pronto se da cuenta que se encuentra con una gran novela en las manos y que necesita seguir leyendo para descubrir que es lo que va a descubrir a continuación, mientras van apareciendo los diferentes personajes como siempre perfectamente esbozados por Esteban Navarro. Se echan en falta esos inolvidables como son Andrés Hernández, Arancha Arenzana o el inspector jefe Vázquez de las dos novela predecesoras de la saga, pero nos vamos a dar de bruces con otro de los grandes como es Eugenio Vidal que a mí personalmente me ha conseguido deleitar. Y, por supuesto, está Diana Dávila en plena apoteosis que en cada novela da un paso al frente para mejorar porque considero que, siendo excelentes La noche de los peones y Los crímenes del abecedario, La puerta vacía supera a sus antecesoras y se convierte en una magnífica novela que te tiene pegado al sillón disfrutando de su lectura. Es tan buena que hasta su deliciosa nota final del autor por su originalidad te consigue poner una sonrisa de satisfacción en la cara.

Hay que abrir puertas o hay que traspasar esta puerta vacía porque detrás de ella no se encuentra un precipicio que te lleva al abismo más oscuro sino hacia una gran novela y hacia un personaje y un autor que ya, por méritos propios, ocupan uno de los lugares más altos de la novela negra española a la que engrandecen. Atrévete a conocer a Diana Dávila y a Esteban Navarro si es que aún no tienes ese privilegio. Luego no me digas que no te lo he advertido.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

martes, 19 de abril de 2016

Las voces derrotadas

 
Hubo una vez un país en el que unos, que lo tenían que defender al servicio de sus ciudadanos, decidieron por la fuerza derrocar al gobierno elegido democráticamente por el pueblo y, aunque creyeron que sería un paseo triunfal con su horrísono poder, su felonía y deslealtad condujeron a nuestra tierra a una cruenta guerra civil que al terminar convirtieron en victoria para sumirla en una pesadilla de odio, venganza, miedo, hambre y escasez para los vencidos.

Dieciocho años después nacía en el valle de Los Pedroches un niño dentro del seno de una de esas familias perdedoras a las que le hirió el amor y a las que devora el olvido, como sombras cuando la luz se acaba, que con sus ojos curiosos observaba el miedo en los labios y el dolor en sus mayores a los que no hacía más que preguntar para saber para recibir como respuesta silencio.


Ese niño se hizo poeta cuando ya pudo descubrir lo que había ocurrido y escribió más de cuarenta años después un enorme, pese a sus pocas páginas, poemario al que puso el título de Las voces derrotadas y que es un homenaje sentido hacia sus seres más queridos a los que les tocó vivir una época durísima y atroz por la herida del desamor, el odio y la barbarie.


En Las voces derrotadas, Alejandro López Andrada escribe unos versos que hablan de amor, paz y reconciliación, pero nunca de olvido. Son versos emocionados y emocionantes hacia todas esas personas que tuvieron que pasar por eso tiempo tan gris que les segó su vida y su juventud pero que, pese a todo, fueron un modelo de dignidad y de luz para los que les seguimos en la aventura de la vida y que los tenemos que tener como ejemplo al enseñarnos un modelo de convivencia y resistencia que todos, especialmente los jóvenes de la actualidad, deberíamos copiar.


Alejandro López Andrada nos lo deja muy claro desde el mismo comienzo de Las voces derrotadas al citar a todos los hombres que escondió en su corazón, que dormitan bajo el barro y tienen frío, a los que murieron rotos por la paz y debajo del cielo azul claman memoria.
Dentro de sus páginas están la memoria del padre, la sombra del expatriado, la casa herida con sus cicatrices de balas y obuses, las siluetas fantasmales de soldados vagando como ánimas, el eco de una guerra que cruza la dehesa, las trincheras que parecen tumbas de amor bajo el temblor de las estrellas húmedas, el pueblo roto bajo el atroz zumbido de los aviones, las confidencias entre padre e hijo en un paseo sobre una vieja bicicleta, los amigos, los dos viejecitos que, después de la guerra, vuelven a su casa solos, sin nadie de familia, y sólo les queda la orfandad y el miedo de no saber lo que les puede ocurrir por pensar diferente a los vencedores, el rezo sereno del rosario por los padres en el patio en una tarde de estío bajo una higuera, la añoranza de la tierra y el sueño de poder volver de regreso a ella algún día, el miedo de la posguerra en un país absolutamente desolado y gris, el exilio y el desgarro del exiliado en la lejanía de la tierra que le vio nacer y hubo de abandonar, el vigoroso espíritu de unas gentes que perdieron una guerra y sufrieron una victoria, la casa del barrio del Verdinal de su infancia y la de los eucaliptos de sus abuelos, las veredas de los campos, la niebla y la nieve, los pájaros y los insectos, los niños jugando al escondite o uniformados y alineados por la OJE en una hilera humilde, el paseo de la estación, la sombra azul del odio que aletea como una mariposa entre las ruinas, las golondrinas que no regresan, la rendición de los vencidos y el óxido del miedo, el mapa de los pobres en años de soledad y de hambre, la dictadura cruel sin asomo de piedad, las continuas humillaciones por atreverse a enfrentarse y hacer cara a los jinetes del apocalipsis, los desheredados del campo y de la ciudad, los carros que cruzan soñolientos la paz de un verano, la tienda de tejidos donde un retal de muselina sirve de asiento, los hombres fusilados entre los juncos, el arco iris que asciende jubiloso en un silencio lleno de oquedades, el cine de verano en una noche estival bajo las estrellas de San Lorenzo y la caricia de la madre que esconde el temblor de una lágrima que se escapa de sus ojos, las hilanderas de dedos alambicados por el aire, una escalera de agua que vigila el cuerpo sin vida de un preso político, los maestros que despliegan un inmenso mapa bajo los estremecidos y abiertos ojos de los niños en una clase de astronomía llena de magia, …


Las voces derrotadas es un poemario limpio y emociónante cuajado de metáforas increíbles, versos sencillos y emociones a flor de piel en el que cuando su autor habla de memoria histórica se refiere a la memoria íntima y personal en la mirada inocente de un niño que vivió en primera persona el final de una vil posguerra y que conoció la realidad de esas dos Españas, la que venció y la derrotada. Alejandro López Andrada plasma los recuerdos que tiene de sus mayores y de esas palabras apenas susurradas, logrando un fresco que da luz a la historia de muchos españoles que fueron humillados por el franquismo, que perdieron la guerra y que siguen aguardando el perdón. Son las voces derrotadas de un pasado que está aún por cerrar que se pueden leer como una novela por capítulos pues cada poesía es un pequeño relato de versos sinceros, directos y transparentes de hermoso contenido que te hacen temblar, respirar y emocionar con el telón de fondo de un paisaje triste y conmovedor por donde Alejandro López Andrada camina paseando con una linterna de óxido entre los dedos, para buscar despacio, entre las voces segadas por la noche, su niñez.


©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

miércoles, 30 de marzo de 2016

Aduanas de agua



Como fruto de obsesión, escrita como una precisa, exacta y milimétrica imagen, con versos profundos como de crepúsculo oscuro y anochecido, sin poder dejar ni un solo suspiro anodado en su lectura, como un añadido de limón al almíbar justo para que el cóctel sepa tan acogedor y estimulante como las notas del Almost blue en la trompeta de Chet Baker, así me siento tras la lectura de Aduanas de agua de Juana Ríos.
Peces que nacen de las crisálidas de una mariposa, palabras que dibujan emociones en océanos interiores, dos personas escuchándose bajo la noche y sus estrellas, sin prisa, de manera pausada y lenta, suspendida en el tiempo, abrazados sin que se adivine ningún hueco en la forma de sus cuerpos. Deseo inquieto en una calma y una paz cómplices. Magia en la oscuridad atemperada en el sabor húmedo de la sal. Verdad del momento que siente con el alma en melancolía sin pensar en un futuro de incertidumbre que se diluye, queriendo paralizar la nube que sólo responde al capricho del viento. Vida que continúa con cada sol que ilumina los callejones de la ciudad en un naufragio de nostalgia. Búsqueda permanente y ansiosa del mar ámbar de una mirada ansiosa de la aparición para que te atraviese la esencia del ser y que te hace viajar hacia sábanas empapadas por el sudor de dos cuerpos desnudos que se aman abándonándose a la fruición. Miradas a un mar, azul o gris, que todo te lo da y todo se lo lleva, pero con el deseo anhelante de que algún día te lo vuelva a entregar. Sueños que todo lo salvan. Eternidad que la dualidad construye.

Versos largos y sentidos como ese mar Mediterráneo que se abraza con el océano Atlántico, mecidos por aires difíciles de Levante y Poniente, caprichosos y antojadizos en su veleidad. Ríos de tinta azul que hablan de voces que arañan el papel Mordiscos que emergen desde lo más profundo del alma para reanimar un corazón que se ha quedado vacío de latidos por una pérdida y una huida.

Algeciras, ciudad de Juana Ríos, situada en una bahía en pleno estrecho de Gibraltar, donde se encuentran dos mares y se funden en uno y nido de intercambios con África a la que parece que, con sólo tender un brazo, se puede tocar en su lejana cercanía, de precioso nombre como los árabes la bautizaron, Al-Yazira al-Jadrá', isla o península verde, antes llamada por los romanos como Ilulia Traducta, Ilulia la Transportada, es el norte de otro sur que desde sus calles se divisa, desde su fachada de mar, desde sus colinas y desde sus sierras interiores llenas de valles dibujados por ríos y arroyos.

Desde esa ciudad, desde sus playas y calas, desde sus acantilados, desde las puntas Carnero, del Fraile y Acebuche, Juana Ríos escribe un poemario lleno de la luz del Atlántico y de la caliginosa y sombría bruma luminosa del Mare Nostrum con absoluta desnudez y plagado de bellas palabras en unas Aduanas de agua que son frontera hacia el dolor de la ausencia.

Hay un hueco en mi colchón
con la ausencia de tu cuerpo
y en mi almohada duerme tu voz, repite mi nombre cada noche,
una y otra vez,
para espantar el olvido.


Palabras de sentimientos y emociones. Palabras llenas de colores y objetos que discurren entre las calles y callejones de la ciudad, por la arena de la playa y por un mar azul o gris. Palabras que nombran a diferentes animales  como símbolo vital de la autora en sus diferentes estados de ánimo plagados de peces, camaleones , cucarachas, pájaros, mariposas o gaviotas. Olores y sensaciones de emoción desmedida y asilada en una intimidad que te transporta por unas calles de luz y oscuridad  y un mar que hermana a dos culturas y se emborracha en un torrente que habla de voces vacías de latidos y que te devoran a mordiscos el corazón.

Aduana de agua es un viaje a lugares prodigiosos que, con fortuna, siguen existiendo y que perviven muy dentro de Juana Ríos, al escribir y al recitar sus versos, y que son latidos de vida que mueven los relojes en la cárcel de la piel del ausente. Son naufragios vitales en las orillas de una cama y habitaciones donde desembocan todos los mares. Es una colección de instantes en un silencio que grita angustiado como mapas acariciados entre nuestros dedos. Es agua, viento, olor a mojado, sol, luna, hinojo, romero, montañas, balcones, ternura, muerte, vida, palabras, temporales, memoria, vacío, ausencia, recuerdos, sueños, lloros, olvido, tristeza, tiempo, memoria, dolor, esperanza, lágrimas, nostalgia, esperanza, fuerza, espejos, cuerpos desnudos, amor, risa, canción, sudor, amante, locura, angustia, lluvia, miedo, infancia, gozo, recuerdo, abandono, abrazo, huesos, carne, escombro, sumidero, cloaca, estrellas, cielo, señales, ... Aduanas de agua es un canto a la emoción.

y el viento de Poniente
que refresca lo oscuro de este verano en retirada,
me envuelve, posándose sobre mi como un abrazo,
para decirme que no busque con los ojos,
que no espere la voz o la risa con el traje de tu cuerpo
porque vive tu ternura ajena a la muerte,
transitando por lo mortal de mis pulsos.
En mi propia vida, en el rojo de mi sangre.
Y en mi sonrisa.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega