lunes, 11 de marzo de 2019

La vida en trece minutos




Esta noche he tenido un sueño muy extraño. Me habían nacido dos alas blancas en la espalda y volaba sobre las cúpulas de las mezquitas de Bagdad. O, quizás, no sea un sueño tan extraño, después de un año escuchando el lema de “No a la guerra” en las bocas de la gente que se manifestaba por las calles desde la Cumbre de las Azores, cuando Bush, Blair, Durao Barroso y Aznar dieron un ultimátum de veinticuatro horas al régimen de Saddam Hussein para que destruyera unas supuestas armas de destrucción masiva que decían que tenían en su poder, aunque nunca han aparecido, bajo la amenaza de declararle la guerra que comenzó cuatro días después.

Parecía que los días de este marzo de 2004 eran eternos y que no iba a llegar nunca este jueves 11, pero ya está aquí. Es un día muy especial en mi vida porque va a ser el último que voy a tener que ir a trabajar ya que me jubilo, y aquí estoy, como todas las mañanas desde hace un porrón de años, a las 7 y 24 minutos de la mañana, esperando en el concurrido andén de la estación de Coslada el tren que dentro de un minuto, puntual y fiel como siempre a la cita, llegará para llevarme hasta la estación de Atocha camino del trabajo del que hoy me despido.

Ahí llega el tren, mamá, –oigo a mi lado la voz de un niño que se aferra a la mano de una chica joven vestida con una bata azul, bajo un abrigo pardo bastante ajado por el uso y el tiempo, que lleva bordado el nombre de una empresa de limpieza en el bolsillo superior- en Atocha ¿me comprarás un bollo para comerlo luego en el recreo?

Y es que este tren, rebosante de pasajeros en las primeras horas de la mañana, nos lleva a muchos desde los barrios obreros del corredor del Henares en el extrarradio de Madrid hasta donde nos ganamos el pan de nuestras familias con el sudor de nuestra frente como parece que fuimos condenados los que poca cosa tenemos.

El tren ya viene casi lleno, pero he tenido la suerte de encontrar un asiento justo al lado de la puerta por donde he accedido a su interior. Abro el periódico que he comprado en el quiosco de Matías. Parecen que son siempre las mismas noticias en los últimos meses: la guerra de Irak, el hundimiento del petrolero Prestige frente a la costa de Galicia, las elecciones generales del domingo… Me voy a la sección de deportes para ver a qué hora jugará mi Atleti el domingo contra la Real Sociedad en San Sebastián, aunque me parece que este año tampoco nos toca ganar la Liga, y más después de haber empatado a uno el otro día en el Manzanares, gracias a una nueva pifia del Mono Burgos, contra el Murcia que es el farolillo rojo. Pero qué más da si hoy por fin me jubilo y a partir de mañana empezaré una nueva vida.

Nací muy pocos días antes de que las radios se llenaran con la voz engolada y triunfal de ese locutor que clamaba eso de: “En el día de hoy, cautivo y desarmado el ejército rojo, han alcanzado las tropas nacionales sus últimos objetivos militares. La guerra ha terminado”. Sí, la guerra había terminado, pero para nosotros no empezaba la paz, sino que íbamos a sufrir amargamente la victoria.

A mi padre, trabajador en una imprenta en la que entró como aprendiz nada más proclamarse la República y en donde se imprimió la cartelería propagandística del Madrid sitiado, se lo llevaron de casa, según tantas veces me contó mi pobre madre, una noche del mes de mayo de 1939 por cinco individuos de camisa azul acusado de rojo y ugetista, como si eso fuese un crimen, y a la mañana siguiente apareció con un tiro en la nuca, despatarrado junto a las tapias de la Almudena. Tenía tan sólo veinticuatro años y su pecado había sido ser sindicalista y socialista de los de Largo Caballero.

Con catorce años, entré a trabajar en un bar de Carabanchel como camarero hasta que un cliente asiduo me dijo en el verano de 1963 que iba a poner un taller de forja y cerrajería en el barrio de Usera y que me ofrecía trabajo. Como el sueldo, aunque pequeño, era mejor que el que me daban en el bar, no lo dudé ni un minuto y empecé al mes siguiente en mi nuevo puesto de trabajo como forjador.

En la calle de Amparo Usera, muy cerca del taller, está el Mercado municipal del barrio, y una tarde, en que mi madre me encargó que comprara un poco de fruta para la cena de la noche, conocí a Toñi que era dependienta de una de las fruterías que allí se ubicaban, seguramente más caras que otras, pero su sonrisa, su pelo moreno recogido con gracia en una cola de caballo y sus profundos ojos marrones me abocaron a comprar en esa bancada de la que ya no era la tarde, al terminar el trabajo, que no visitara. Dos años después, en el mes de mayo de 1967, Toñi y yo nos casamos y ya nunca hemos dejado de estar juntos, siempre muy felices, y nadie podrá separarnos hasta que uno de los dos muera. Con el trabajo de ambos pudimos ahorrar algún dinerillo que dimos de entrada para comprar un piso pequeño en Coslada y nos fuimos a vivir en él después de las navidades de 1972. Desde hace dos años ya es completamente nuestro pues terminamos de pagar la hipoteca al banco.

Mi jefe, en el otoño de 1989 sufrió un infarto y cerró el taller, pero tuve la gran suerte de que me cogieran con cincuenta años ya cumplidos en el hotel Nacional del Paseo del Prado con la plaza de Atocha, hacia donde, como todos los días, me dirijo en este tren atestado de trabajadores como yo y de estudiantes, pasando a engrosar la plantilla de su equipo de mantenimiento.

Hoy, ya lo he dicho antes, es un día muy especial. Ya mañana no tendré que hacer este viaje después de tantos años. Esta tarde me despediré de mis jefes y de todos mis compañeros y llegaré al anochecer a mi casa como un hombre jubilado después de cincuenta y un años sin parar de trabajar. El sábado invitaremos a comer en casa a mis dos hijos, mi nuera y mis tres nietos, dos niñas y un niño a los que adoro, para celebrarlo. El domingo por la mañana iremos a votar con la esperanza de que gane este joven llamado José Luis Rodríguez Zapatero, y por la tarde me bajaré al bar de la esquina a ver qué hace el Atleti contra los donostiarras. Y el lunes, la gran sorpresa para mi Toñi, porque he reservado quince días en Benidorm para disfrutar por fin unas vacaciones en la playa que nunca hemos tenido.

El tren se ha detenido. El reloj marca las 7,38. Estación de El Pozo. Entra más gente al tren de dos pisos y se van colocando como pueden porque no cabe ni una aguja ya. Desde que entré hace trece minutos, al lado de donde estoy sentado, pegada a la pared me he percatado de que hay una mochila negra que alguien se ha debido dejar olvidada y que parece como que nadie le hace caso porque no se han fijado en ella. La voy a recoger y en Atocha la entregaré a algún revisor para que la lleve a objetos perdidos por si alguien la reclama.

Suena el pitido. Se cierran las puertas. El tren comienza de nuevo a andar. Hoy es mi último día de trabajo. Hoy me jubilo. En nada comienza para mí una nueva vida.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega



jueves, 7 de marzo de 2019

¡Ya está bien!



Camino hacia mis habitaciones cuando escucho un murmullo en las de doña Inés que hablaba para sí muy afligida por lo que entiendo sobre mi persona. Imaginen sus señorías que, aunque crean escuchar mi voz, es la de esa por la que me salvé de los infiernos que así se dolía:
Pasa y pasa el tiempo y aquí estoy desde hace ya casi cuatrocientos setenta y cinco años, y lo que me queda, que para eso lo llaman eternidad al sitio donde habito, es decir, la duración que no tiene ni principio ni fin, el tiempo que perdura siempre.

Para que vuestras mercedes estén informadas, e ir poniendo los cimientos de lo que les quiero desvelar, diré que mi nombre es doña Inés de Ulloa. Nací en Sevilla allá por el año 1525 cuando nos gobernaba nuestro Señor, el buen rey don Carlos, que será muy bueno pero que por aquí, en las Españas, se le ha visto poco por estar siempre dando mandobles a diestro y siniestro por toda la faz de la Tierra, y que a la postre llegará a ser coronado como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Ahí, precisamente ahí, es donde empiezan todas mis desgracias que no me han abandonado nunca, salvo unos simples instantes de felicidad en un cortijo al lado del Guadalquivir, una noche del año del Señor de 1545, con tanta monserga de moral cristiana, amor divino ensalzado frente al amor humano, sufrimiento identificado con la pasión de Cristo, adorar a la amada como una virgen mientras todas las demás no paran de divertirse y de gozar, conventos, misas, madres superioras, salvación eterna y demás zarandajas, pamplinas, chuminadas y tonterías que, al menos a mí, me han dejado a dos velas en esto de los placeres carnales.

Y vamos a ver si se me entiende con claridad lo que a vuestras mercedes les quiero explicar y lo disciernen e interpretan en su justo término, que ni por asomo es echar por tierra el precioso y excelente drama, escrito por un autor romántico que nos dio a conocer al mundo entero no sólo a mi humilde persona, sino también a todos los que me rodearon en mi afligida existencia.

Era mi padre el muy cristiano y católico don Gonzalo de Ulloa, Comendador de la muy religiosa y militar Orden de Calatrava, por lo que pertenecí a una familia de rango muy elevado. Huérfana de madre, fui recluida por mi progenitor y criada en un convento del barrio de Santa Cruz donde me sentí ahogada como si se tratase de una cárcel. En el noviciado me encontraba cuando mi criada Brígida me empezó a musitar al oído palabras que me turbaron sobre un tal don Juan Tenorio, burlador, calavera, canalla y mujeriego, para después hacerme leer sus cartas que me dejaron trastornada, por lo que yo, una muchacha joven, bella, inocente, virginal, que no conocía la malicia, el falso fingimiento, ni la hipocresía, comencé a llenar mi cabeza de deseo carnal, antes para mí inconcebible, hasta explotar cuando le tuve frente a mis ojos y de mi boca salió del mismo alma:

-Tu presencia me enajena, tus palabras me alucinan, y tus ojos me fascinan, y tu aliento me envenena. ¡Don Juan!, ¡don Juan! Yo te imploro de tu hidalga compasión: o arráncame el corazón, o ámame porque te adoro.

¡Oh, Dios mío! Allí en ese sofá en el que se me saltaban los pulsos; en ese diván en el que quería yacer con ese hombre y deleitarme por fin con voluptuosidad lujuriosa del sexo siempre vedado para mi persona.

Pero no pudo ser. Tuvo que aparecer por la casa, antes de la consumación, mi señor padre para mandar todo a tomar vientos. ¿Por qué tuvo que presentarse? ¿Por qué no escuchó a mi amado cómo le pedía perdón arrepentido postrado de rodillas ante él? ¿Por qué no lo creyó? ¿Por qué lo despreció, lo provocó y se batió a muerte con él? Don Juan tuvo que huir de España y yo morí de pena y tristeza por motivo de su ausencia, no sin antes ofrecer mi alma al mismo Dios, a cambio de la de él, que en su infinita sabiduría y misericordia aplazó su sentencia si se arrepentía de sus pecados, lo cual sucedió cinco años después cuando, momentos antes de morir, lanzó a los cuatro vientos estas palabras:

-Suéltala, que si es verdad que un punto de contrición da a un alma la salvación de toda una eternidad, yo, Santo Dios, creo en Ti: si es mi maldad inaudita, tu piedad es infinita… ¡Señor, ten piedad de mí!

¡Albricias! Parecieron unas palabras mágicas. Dios no sólo salvó a don Juan de la condenación eterna, sino que también me salvó a mí. ¡Toda una eternidad iba a pasar junto a este hombre al que amé con locura!

Pero la perpetuación infinita ya me está saliendo por las orejas. El llamado Tenorio, que una vez llamó al Cielo y no le oyó cerrándole sus puertas, a la segunda intentona lo consiguió. Ahora se pasa las horas platicando con San Pedro en la puerta, le da la paliza a Jesús con denuedo, pide consejos sin descanso al Espíritu Santo para ser más virtuoso, y hasta el mismo Dios Padre huye despavorido cuando le ve aparecer. A mí, su doña Inés, ni me mira porque se ha hecho un beato y un santurrón.

Desesperada, no hago más que preguntarme qué fue de ese sinvergüenza que tardaba un día en enamorar a una mujer, otro para acostarse con ella, el siguiente para abandonarla, dos para buscarse a otra y una hora para olvidarla. Y aquí sigo aburrida, añorando aquella noche en un sofá donde mi respiración se agitaba porque, por fin, iba a abandonar mi casta pureza y catar la fruición carnal lasciva y lúbrica. ¡Naranjas de la China!. Aquí continúo, tantos siglos después, aún casta y virginal. ¡Ya está bien, hombre! Pero, ¿qué he hecho yo para merecer esto? ¿Tan mal me he portado en mi vida terrenal de la que nunca salí de un convento? Maldito sea mil veces mi padre, don Gonzalo, por meterse donde no le llamaban y maldita sea la beatería y la religión que ha vuelto gilipollas a don Juan, que por mi amor ha salido ganando con su salvación, y a mí, doña Inés de Ulloa, la del eterno hábito blanco con la cruz roja de Calatrava en el pecho, me ha destrozado y me encuentro dando alaridos como una gata en celo por poder algún día saborear las delicias de la carne.

-¡Hay que joderse!”.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega


sábado, 19 de enero de 2019

Las palabras imposibles




Escribe Patxi Andión en el prólogo de Las palabras imposibles que si fuera verdad que combinar palabras es un juego, éste sería un juego de vida y de muerte, pues, recordándolas, podemos construir la letanía de nuestra memoria que es donde termina la vida y, cerramos ese círculo mágico, seguramente sólo nos quedará asirnos a la palabra que son sonidos ganados al silencio. Son como distraídos achaques de lo que no sabemos que somos. Son las bisagras entre el conocimiento y el sentimiento. Son seres vivos que se parecen a lo que son y nos dicen lo que somos. Son lo único que precisamos para estar seguros de que estamos vivos porque solamente ellas, las palabras, son capaces de silenciar la mecánica de la derrota del hombre ante la vida.
Las palabras imposibles es el primer libro que llega a mis manos de Antonio Mata Huete y, después de haberlo releído varias veces, sumergiéndome en él e inundándome de sus palabras y de su lírica, pienso que estamos, qué gran alegría pare el que descubre tal hallazgo, ante un genuino y gran poeta. Las palabras imposibles contiene una poesía de tono muy lírico, con sentimientos y expresiones tenuemente propuestas con un lenguaje muy trabajado que busca provocar en el lector sorpresa con una escritura potente que le hace exprimir cada palabra al máximo en una bocanada de aire puro y limpio.
Le he oído al poeta que quiere recuperar esa poesía social de la década de los años cincuenta del siglo pasado, pero aportando también un contenido intimista. 
La poesía social nació en España en la década de 1950 cuando las cicatrices de la Guerra Civil seguían sin cerrarse y existía una dictadura que ejercía una fuerte represión sobre los vencidos. Tras el periodo conocido como “los años perdidos” (1939-1954) vendrá el fin de la autarquía y el aperturismo y el desarrollo económico de los años sesenta. La poesía social tendrá un importante peso sobre la cultura española tanto a finales del franquismo como durante la Transición. Los integrantes de este movimiento ven la poesía como un instrumento que es capaz de cambiar el mundo, les sirve para denunciar la realidad que les rodea y para concienciar a sus lectores de la injusticia social, pues el objetivo que persigue la poesía social es la búsqueda de la defensa de los débiles y de los desamparados y muestra la dura realidad del país con sus características principales de utilizar el verso libre, la preocupación general por España, la denuncia de la situación, el planteamiento de problemas que afectan a la ciudadanía y su utilización como método de denuncia, testimonio o protesta. Como exponentes principales tenemos a Blas de Otero, con su Pido la paz y la palabra, Gabriel Celaya, con sus Cantos iberos, Leopoldo de Urrutia de Luis, Jorge Guillén, Gloria Fuertes, José Hierro, Claudio Rodríguez o Ángel González, entre otros.
En los años sesenta la poesía deja de ser un instrumento de comunicación y de compromiso social para convertirse en un modo de conocimiento del ser humano. El poeta abandona los temas sociales y se centra en lo que es su propio universo, buscando un nuevo enfoque en temas y estilo, centrándose la atención en el lenguaje y la depuración de las formas y retomando la métrica clásica sin olvidar el verso libre. Son figuras de esta poesía intimista Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo, José Ángel Valente o Carlos Barral.
Para Antonio Mata Huete, la creación artística es como la propia locura vital de sobrevivir que, a su vez, es el más puro de los instintos que un ser vivo tiene. Crear sin descanso y abarcando todo lo que nuestros sentidos advierten y nuestros sentimientos respiran, en un acto de culminación que nace muy dentro para explosionar en las manos que hace temblar el pulso ante la belleza que desfila ante los ojos en una eterna búsqueda del retorno de lo pasado, la sublimación de lo presente y la esperanza de lo que queda aún por suceder. En sus propias palabras el poeta escupe al aire sus estertores de ternura y corre a refugiarse junto al negro cielo de estrellas que destellan sensuales guiños a su pérdida erótica. Busca ojos, manos, pechos, labios, besos… Busca aire para respirarse y no morirse ni asfixiarse. Navega ciego en sus profundidades y estalla en gritos de colores para, después, sentir un ansia infinita por romper su existencia en mil pedazos y lanzarlos, masoquista, a la nada o al negro brillo de unos ojos que no es capaz de ver, sino sólo de sentir.
Antonio Mata Huete se acuna en las palabras, se extasia en su belleza en un incesante juego verbal dentro de un ejercicio premeditado y meticuloso al que ha puesto el título de Las palabras imposibles cuando él mismo sabe que lo imposible no existe porque la misma poesía lo niega. Cualquier poeta que merezca ese nombre, y Antonio Mata Huete lo merece con creces, nos regala esa sensación, la de estar probando por primera vez la fruta que llevamos comiendo toda la vida.
Las palabras imposibles está compuesto por cuarenta y ocho poesías que componen dieciocho capítulos en forma de fotografías poéticas en donde vamos a encontrarnos sensaciones como pueden ser:

El dolor de la ausencia

Tiempo cruel, / tiempo austero, / sin rastros de pasión y sin pecados, / 
sin más luz que el viento que recoge / su pálido lamento en las mañanas.

El recuerdo

Y me sentí solo, desnudo, / en medio de tu playa de flores amarillas, crisantemos, / evocando, con rabia, las noches de noviembre.

La rebeldía y la lucha

No es tiempo, ya, de jugar a dormirse en el silencio / y anhelar la luna en sueños, / quimeras de lo imposible y promesas de lo eterno. /
Es ahora, sí, la hora / de arrancar la hiedra a dentelladas, / de arañar los muros y sangrarlos, / de escupir al sol hasta cegarlo, apostando la piel en cada intento… / o quedarse en el camino a cada paso.

El reencuentro

Dime que no fui la tímida quimera / que danzaba al albur del pliegue de tu falda, / el alba que, marchita, se esfumaba en la niebla / buscando el mortal fuego que tus ojos desgranan.

La entrega 

Me entrego hasta encontrarte en la flor de tu vientre, / la rosa que desnuda florece entre tus carnes, / el lugar de la noche donde acuno tus sueños / con besos de pasiones que levante las almas, / con luz en las miradas que enciendan los minutos, / las horas y los días que de ti me adolezco.

La creencia

Creo en ti por si acaso apareces al final del sensual sueño inacabado.

La pérdida

Fuiste surco y arañaste con las uñas / los frutos que su vientre te negara, / fuiste brío, guerrero en la batalla, / dorada mies que la hoz siembra implacable, / ardiente sangre de rojas amapolas, / martillo impenitente que al yugo doma / y forja el fuego que destella en las miradas.

El caminar por la vida

En el imposible eco que tu voz no recoge / y en el grito que desgranas en arpegios / mientras arrojas el lastre y navegas, sin brújula y sin timón, / sin bitácora que deje los rastros de tu presencia, / amarrado a la besana, sin marcar un rumbo fijo, / intentando evanescerte entre la niebla…

La distancia

Es tanta la distancia / que se esconde entre dos manos, / 
entre dos horas que esperan…

La muerte

Hay cuando anochece, / un instante irrepetible de luces amarillas, / un momento de tiempo y de destiempo, / que no marca la hora en los relojes, / 
ni tañe en la espadaña su campana.

El amor

Porque he vivido la incandescencia, / un tiempo de dolor que abrasa las arterias, / un delirio interminable de amor y concupiscencia, / una lujuria imposible, / de erotismo inalcanzable, / una pasión sin sentido y un deseo incontrolable / partiéndome en dos la angustia / con su vehemencia infalible.

En Las palabras imposibles de Antonio Mata Huete descubrimos un poemario en el que los versos que componen sus poesías te invaden por dentro para transportarte con calma por todo su mundo poético. Experiencia vital plena del que quiere vivir y sabe cómo hacerlo, el tiempo, el sufrimiento, la melancolía, el dolor, la hermosura, la felicidad, el amor, la desmoralización, la emoción… Palabras imposibles que son entendibles con toda la facilidad para ser comprendidas, pues la escritura de Antonio Mata Huete es limpia y clara para que podamos degustar con deleite su discurso en el que hace protagonista al lector, con lo que el poeta consigue que aquel haga un acto de introspección lírica en lo más profundo de su ser y de sus sentimientos. 
Una poesía asombrosa y deslumbrante por su luz y por su singularidad, donde la palabra surge libre, mana fluida y hace brotar en él que la lee una profunda concepción de la vida que, hay que decirlo, impone una lectura observadora de lo que va sucediendo según se avanza y con una medida calma, con pausa, poco a poco, sin prisas, con relectura, que es, en definitiva, como hay que leer la buena poesía, y Las palabras imposibles de Antonio Mata Huete, sin ningún género de dudas, es una muy buena poesía y, por supuesto, lectura.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

martes, 24 de abril de 2018

La invitación de la araña



" Te invito a visitar mi salón, le dijo la araña a la mosca. Es el saloncito más bonito que hayas visto jamás. Hoy no, gracias, señor Zanquilargo, tengo cosas más importantes que hacer".

Este es un fragmento de una canción infantil popular inglesa basada en la fábula escrita por Mary Howitt, una poeta victoriana que le sirve a Mercedes de Diego para dar título a su primera novela, La invitación de la araña, publicada hace unos días por la Editorial Huso.

Mercedes de Diego invita a sus lectores, como hace la araña con la mosca, a entrar que va tejiendo alrededor de Ángela, su protagonista, una profesora universitaria en la sesentena que tiene una personalidad extraña y bastante peculiar, y que, a instancias de una amiga suya, decide hacer para pasar unos días de vacaciones un intercambio de casas a través de una página web, la suya en Madrid y la de un exfarmaceútico desconocido, Ambrose Calvert,que vive en el pueblo de Farncombe en Inglaterra, para que a partir de este suceso casual y nimio se desate una potente intriga.

Ángela es una mujer bastante asocial que no tiene casi ningún amigo, si es que tiene alguno, ni en su vida privada ni en la perteneciente a la profesional, y que después de once años de convivencia ha decidido romper la relación con su pareja. Es una persona a la que le es imposible relacionarse de una manera normal con su entorno y viaja a los idílicos paisajes del condado de Surrey, en el sudeste de Inglaterra, en búsqueda de una paz interior que necesita. En cambio, se encuentra con una casa que desde el principio no le gusta nada, al mismo tiempo que va descubriendo, gracias a su curiosidad morbosa, que mucho menos aún le gusta su propietario. La protagonista va avanzando en la narración y nos va poco a poco desvelando hechos traumáticos de su infancia y juventud que nos permitirán descubrir y entender su personalidad tan oscura dominada por la más absoluta soledad.

Mercedes de Diego crea su historia desde la experiencia cotidiana de Ángela, totalmente anodina y hasta aburrida, en la que únicamente se dedica a leer, pasear un poco, comer muy frugalmente a base de huevos que recoge del pequeño gallinero de la finca y a investigar sobre el propietario de la casa, centrándose en sus sentimientos y en sus rasgos psicológicos, en sus defectos, Bastantes, y en sus virtudes, pocas. Ángela está perfilada como una mujer fuerte, pero que su inseguridad le hace muy vulnerable.

Del argumento sólo voy a decir esto, que es como no decir nada, porque no quiero desentrañar nada de lo que ocurre en la novela. No Obstante, en una historia en la que aparentemente ocurren muy pocas cosas o casi nada, la intriga y el suspense se instalan en las páginas de La invitación de la araña, llegando a ser obsesiva y claustrofóbica. Mercedes de Diego crea un ambiente irrespirable y va describiendo con una maestría difícil de superar las emociones de Ángela y el impacto de los sucesos que le marcaron su difícil personalidad con las palabras justas y precisas y con una gran perspectiva intuitiva, en una novela en que Ángela reina en solitario, siendo el resto de personajes como meros adornos de la trama.

La invitación de la araña dice su autora que es un pequeño homenaje a Agatha Christie y por eso la acción discurre por los lugares de donde la escritora inglesa, hoy bastante caída en el olvido, sacó a tantos personajes para sus novelas, como por ejemplo Miss Marple. Pero a mí su lectura me ha hecho recordar a la que considero como la verdadera figura femenina del suspense, Patricia Highsmith, ya que La invitación de la araña me ha devuelto a los geniales de la magnífica escritora norteamericana en donde sus personajes llegan a puntos álgidos de tensión. Como ella, Mercedes de Diego parece tener muy claro que lo esencial de una novela es el individuo, un individuo que se siente desplazado de la época en la que le ha tocado vivir y que le devoran todos sus demonios, las lujurias, las pasiones, avaricias, envidias, amores, odios, extraños deseos, enemigos reales e irreales, y por un ejército de recuerdos contra los que lucha y que nunca le dan un segundo de descanso. Como Highsmith, Mercedes de Diego busca su inspiración o desconexión en los episodios y personajes mundanos en momentos absurdos y banales, como la tragedia ante un frigorífico vacío, comer sólo huevos o estar obsesionado por si algo se les ha olvidado y son descubiertos.

La invitación de la araña es una novela no excesivamente larga, pero de larga incitación, astuta e imaginativa, práctica, inteligente y honesta, y como las buenas narraciones creo poder asegurar que está escrita con las emociones propias de su autora que, aunque como en todo buen libro de suspense esté todo totalmente calculado, describe escenas y hechos que probablemente la escritora habrá experimentado en primera persona que es como se consigue escribir un buen libro, con experiencias como estas, realmente sentidas, de primera mano.

Mercedes de Diego sabe captar, sentir, comprender y trasladar las emociones sin morir en el intento, y se le nota que disfruta escribiendo y que seguiría haciéndolo aunque viviese en una isla desierta en la que no tuviese la más mínima posibilidad de encontrar un solo lector.. Utiliza muchos de los mandamientos de la literatura de Highsmith: muy poco diálogo, sin trucos, libertad organizada, diversión, el libro es un ser vivo que te va dictando según avanza por lo que mejor no tener preparado nada de antemano y ni un solo juicio moral porque el arte no tiene nada que ver con la moral, los convencionalismos ni los sermones.

"¡Criatura dulce! dijo la araña, eres ingeniosa y eres sabia...". Sus palabras astutas y aduladoras minaron la fortaleza de la mosca que se acercó revoloteando lentamente y se introdujo dentro del pequeño salón de la casa de la araña...

Bienvenida sea esta magistral novela que es La invitación de la araña. Mercedes de Diego se hace un hueco por méritos propios en el panorama literario español de la novela de misterio psicológico y mucho me temo de que, a partir de ahora, se hará imprescindible. Yo, desde luego, ya estoy deseando leer su próximo libro.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

sábado, 10 de marzo de 2018

La poesía es cosa de burros


¿Les gusta leer? ¿Leen a nuestros clásicos? ¿A nuestros autores contemporáneos? ¿A los jóvenes poetas de hoy? Ahí está todo ya dicho y todos podemos encontrar inspiración y, por una vez, ser capaces de hilar un par de frases brillantes.
¿Y por qué no en una canción de un disco? ¿Saben ustedes acaso lo qué es la disforia postcoital? Seguro que si ya tienen una cierta edad como tengo yo y han leído a Paco Umbral saben qué es eso del spleen. Ah, ¿no?¿Qué no han leído nunca a Umbral por sus malas pulgas? Entonces tampoco les voy a preguntar por Camilo José Cela, Fernando Fernán Gómez, José Antonio Labordeta ni Arturo Pérez-Reverte (éste último como aún vive a lo mejor dulcifica su carácter para que los castos oídos y los límpidos ojos no pongan excusas banales, aunque soy escéptico a ambas cosas).
Pero, volvamos a centrarnos y no divaguemos. ¿Han oído alguna vez el término espín? ¿Saben lo que es un palindromo, el cuadro Sator, la hipercrítica del hipervínculo, un fractal, las granulaciones logarítmicas del girasol y la coliflor? 
Ya sé que puede que se estén preguntando si me estoy quedando con ustedes, y si ya les pregunto por la alfombra de Sierpinski o por un palimpesto, definitivamente abandonen mi caótica disertación y recuerden que se han olvidado de recoger el lavavajillas. Aguanten un poco más, se lo ruego. Al final, dentro de unos minutos tan sólo, me lo agradecerán. 
¿No me vengan ahora diciendo que nunca han oído hablar de Pixar, de Federico García Lorca, Pasolini y de Peppa Pig? ¿Quién, Pasolini? No, no es un jugador de la squadra azzurra... A propósito de Pier Paolo Pasolini, ¿han visto una película de principios de los años 70 dirigida por Jaime Chávarri y titulada El desencanto? No se la pierdan porque es poesía pura sobre la familia Panero.
Seguro que de la teoría del caos si que tienen una ligera idea. Y del efecto mariposa también. Otra cosa ya es la poesía cuántica, Erwin Schrödinger o los estados cuánticos (¿otra vez esa palabreja?)
Venga, que ya voy terminando. ¿Les apetece conocer la teoría de las esferas de valor? ¿Quién no ha oído hablar del horror vacui que en arte, hoy en día en estos tiempos en que prima lo minimalista, se ha convertido en amor vacui? ¿Tienen algo que ver Lope de Vega, el Fénix de los Ingenios, con Enrique Bunbury?
Miren, yo ya tengo todas estas preguntas contestadas porque me he embebido (no puedo decir leído porque quedaría pequeño y no me atrevo a poner fagocitado) el último libro de David Acebes Sampedro que tiene el controvertido título de La poesía es cosa de burros, aunque el burro, el asno, vamos, sea un personaje muy poético desde ese magistral Platero ramoniano, ese pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera que se diría todo de algodón, que no lleva huesos.
Lean este increíble libro de David Acebes Sampedro, empápense de la literatura que nos está rodeando siempre, lean compulsivamente todo lo que caiga en sus manos, sorpréndanse, abusen de lo esdrújulo, jueguen con las palabras y déjense embriagar con el dulce veneno de la poesía. Será entonces cuando sólo les gustará morir en mitad de un verso de Quevedo.
Sean curiosos y átense al mástil del barco que les regresa a Ítaca y sean unos privilegiados de poder escuchar el canto seductor de las sirenas. 
Todo, absolutamente todo, está en este asombroso, genial y ameno libro que es La poesia es cosa de burros
Pónganse después de su lectura delante de un cuaderno en blanco y escriban. ¿Les ha salido algo? Puede ocurrir que les pase como a ese burro que sopló una flauta y ésta sonó por casualidad. Sigan intentándolo. No se rindan tan pronto y ya no habrá casualidad ni serán un burro con suerte.
Yo me voy a poner con algo que hoy he aprendido leyendo este libro de David Acebes Sampedro y que él, seguro, entenderá. Va por ti, amigo. ¡Enhorabuena!

Déjate que te invite al final de esta reseña,
no me importa que no me hagas más atención, 
has llegado hasta aquí que es lo que importa, 
así se hacen las cosas cuando escribimos,
así me enseñaron a que las hiciera yo.

Déjame que te escriba la última línea,
no importa que no te guste esta publicación; 
así mi conciencia quedará más tranquila, 
así el hijo de mi madre dice adiós. 

     ... Y al final,
te intentaré atraer con fuerza,
mía letras serán cuerdas al llevarte por ellas,

     ... y al final,
quiero veros contentos de nuevo.
Seguid leyendo a los poetas, 
nunca lo dejéis de hacer.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega


viernes, 12 de enero de 2018

La noche del escaparate



¿Te has parado alguna vez, cuando caminas por la calle de noche, frente al escaparate de una tienda todo iluminado? ¿Te has dado cuenta de que tu figura se refleja en el cristal? Pues ten mucho cuidado porque en él se pueden reflejar muchas más cosas que pueden convertir tu existencia en un verdadero infierno.

Jorge David Alonso Curiel vuelve a un género, el de los relatos, en el que se mueve como pez en el agua y se siente muy cómodo con La noche del escaparate después de su más que interesante Saber moverse.

Este nuevo libro está compuesto por siete relatos, de los que seis son originales y uno fue publicado ya hace unos años en otro volumen, con la temática del desencanto por la vida de una serie de personajes profundamente inadaptados para poder sobrevivir dentro de una sociedad que, como un pérfido monstruo, engulle a todo aquel que es incapaz de entenderla y adaptarse al ritmo frenético que ella marca. Así nos encontramos con unos seres humanos, en su gran mayoría masculinos frente a la preponderancia de mujeres en Saber moverse, que sufren con el abandono de sus parejas, aunque sean incapaces de comprender el motivo, muy claro para el lector, por el que se ha producido, aunque éste sea muy grave y otras situaciones inverosímiles. Los protagonistas de los relatos se muestran, no obstante, poco preocupados por lo que les sucede y son en exceso condescendientes, transigiendo con su infortunio como si fuera algo de lo más natural, aunque tampoco entiendan la causa por la que se ven envueltos en las diversas y diferentes situaciones por las que pasan, convirtiéndose en seres resignados a su suerte, que por cierto siempre no es de lo más afortunada. Son, como dice Jorge David Alonso Curiel en uno de sus relatos, unos buenos chicos, pero que no sirven para la vida de verdad, no valen para nada. Así tenemos una serie de personajes que deambulan como zombis por la noche espectral vallisoletana, abrazados por un frío gélido y abrigados solamente por una densa niebla en unos relatos y en otros por un canicular calor sofocante nocturno, porque así es esta ciudad de radical con su clima y sin término medio, sintiendo el abandono, el miedo, la crisis económica, el fracaso en las relaciones con el otro sexo, producto siempre de esa inmadurez que les precipita al más cruel de los fracasos.

La noche del escaparate es un libro terriblemente curielano con una prosa notable propia del autor, tanto en la misma idea o concepto que la origina, como en las múltiples ramificaciones que se desprenden de su peripecia narrativa, tanto psicológicas como emocionales. Jorge David Alonso Curiel indaga con sorna y mucha mala uva en los impulsos casi esquizofrénicos de sus patéticos personajes como siempre con bastante negrura, que en La noche del escaparate se vuelve mucho más densa, y su humor mucho más salvaje.

El describir su ciudad configura un libro sobre una absurda y rocambolesca noche en Valladolid en el que a unos hombres y a unas pocas mujeres les ocurren las mayores barrabasadas que hubieran resultado menos impactantes si no las hubiese creado Jorge Davis Alonso Curiel que retrata casi una ciudad de pesadilla, pero sin llevar a cabo ninguna crítica social ni nada por el estilo, salvo muy honrosas excepciones. Su dinámica pluma se pone al servicio de las situaciones más extraña y extravagantes con el espíritu subversivo de un niño curioso y algo cruel, de un demiurgo caprichoso que sometiera a sus atormentadas criaturas a una noche excéntrica e inolvidable en unas aventuras a ratos jocosas y en momentos hasta surrealistas.

La noche del escaparate es una comedia urbana que reúne a una pléyade de estrafalarios caracteres, poblando los ambientes más taciturnos y huraños de la ciudad, enfocados desde la gris perspectiva de unos ciudadanos medios. Como lectores observamos su forma de ver y actuar en la vida con las enloquecidas situaciones nocturnas que experimenta este muestrario esperpéntico de personajes, desde un empleado de una gasolinera casi paranoico hasta un pobre hombre secuestrado sin que sepa el motivo, pasando por un corredor que corre para huir de sus fantasmas, por una chica que se independiza de sus padres a los casi cuarenta años, o que no entienden el haber sido abandonados y seguir enamorados, un divorciado en la sala de urgencias de un hospital obsesionado con su pasado o un hombre desilusionado de la vida que regresa al pueblo en el que nació, en un libro con brochazos tragicómicos y de un humor negro desplegados en una atmósfera kafkiana asfixiante y alucinante como una pesadilla en el que cumplen su rol de pringados acosados por una realidad que les supera a todas luces, y cuya única salida es correr y sobrevivir, mientras nosotros, lectores espectadores, sufrimos con ellos y nos reímos de lo absurda que puede resultar la vida.

Jorge David Alonso Curiel se entrega con toda su desenvoltura y atrevimiento narrativo, aunque de la impresión que no le importe demasiado ni le mueva lo que les sucede a sus criaturas en el fondo, que promete a una más que certera plenitud que parece empezar a asomar cada vez más nítida por el horizonte.


En definitiva, Valladolid en invierno es una ciudad desapacible y fría, y en verano, sofocante y abrasadora, pero es un lugar, como cualquier otro, en el que las personas aman y se dejan amar, y en el que también no son amadas. Yo de lo que estoy plenamente convencido es que Jorge David Alonso Curiel ama la literatura y se deja amar por ella. La relación entre los dos es indestructible.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

Sevilla... Gymnopédies y Mujeres descosidas




LA MAGIA DE LA ALEGRÍA


Puede ser que pensemos, incluso que tengamos muy arraigado dentro de lo más hondo de nuestro ser, que en estos tiempos convulsos y tan poco igualitarios de un mundo globalizado en que nos ha tocado vivir, no quede sitio para la alegría de la vida, pero a veces nos sorprendemos muy gratamente con una explosión de ella.

Una de esas explosiones de jubilosa algazara nos la regala la escritora vallisoletana María Ángeles Cantalapiedra con sus dos novelas “Sevilla… Gymnopédies” y “Mujeres descosidas”, publicadas las dos por Sial Pigmalión.

En ambas, las protagonistas son dos mujeres muy diferentes. Ana María, en la primera, es una jovencísima periodista que tras la muerte de su padre, recibe una oferta de trabajo que la lleva hasta Sevilla y su vida sufrirá allí un cambio radical. En la segunda, Juana es una mujer en la cincuentena hundida en su propio caos que también se traslada, esta vez a las montañas de Asturias, para poder descifrar el contenido enigmático de trece cartas que ha descubierto en un olvidado baúl en el desván de la casa de sus padres, para poder salvarse o morir sin alcanzar su liberación del desasosiego en el que se halla sumida su vida debido a tanto desamor y despego que ha recibido siempre de su madre.

Tanto Sevilla… Gymnopédies como Mujeres descosidas tienen una estructura semejante aunque sean novelas muy diferentes: dos historias paralelas que van convergiendo en una única, unas mujeres arrebatadas, un humor contagioso, una intriga y un suspense cuidadosamente dosificados, un lenguaje fresco, coloquial y chispeante delicioso, una ternura sentimental, una sensibilidad afectuosa, un regocijo divertido, y, sobre todas las cosas, unos personajes, tanto protagonistas como secundarios, maravillosos originales, chispeantes y vitales, perfectamente dibujados que alcanzan la cima de lo sublime.

Delicadeza, jovialidad, creencia certera en la bondad del ser humano, positivismo enardecido y ausencia de farsa y superchería son las claves de María Ángeles Cantalapiedra para tejer con hilos de optimismo cautivador y fascinante sus dos primeras novelas, con una habilidad que resulta sorprendente gracias a la escritura potente de la autora que plasma en el papel todo aquello que la conmueve y que no es otra cosa que una visión ilusionada y optimista de la vida, llena de magia, misterio, sutileza, dulzura y paz consigo misma, no exenta de dolor y lucha contra nuestros propios fantasmas.


Ana, María, Lola, Ayumu, Jaime, Bosco, Juana, Regalito, Jesús, Úrsula, Bruno,… te están esperando para contarte todo lo que, posiblemente, podías intuir, pero necesitabas conocerlos para darte cuenta que todo es mucho más bello que lo que nos cuentan. Además, te lo podrán referir de una manera en lo que prime la más cruda realidad o con la más subyugadora fantasía porque ellos son así de especiales e ilusionantes. Ambas maneras, en las manos de María Ángeles Cantalapiedra, se llenan de belleza, pero yo, puesto a elegir y siendo las dos igual de buenas, me quedo con el hechizo de la literatura que te hace volar por mundos fantásticos e imaginarios más allá de la razón. Yo me quedo con la magia de la alegría.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega