martes, 28 de febrero de 2017

El imperio de los leones



En una sala de cine de Lyon en Francia unos jóvenes de los suburbios de la ciudad, una tarde de 1972 asisten al estreno de El Padrino de Francis Ford Coppola y miran con la boca abierta, mientras sueñan en llegar a ser muy pronto como los protagonistas de la película o como su héroe, ese otro gánster americano de principios de siglo, John Dillinger que murió acribillado por el FBI a la salida de otro cine. Los cinco provienen de familias de clase media que fueron expulsadas de Argelia tras su independencia en 1962; son pieds-noirs, ciudadanos no argelinos que residían en esa colonia francesa del Norte de África. Son hijos de unos ciudadanos que tienen que venir a Francia y que se vuelven muy peligrosos al no tener un futuro claro, porque perdieron muchas cosas en esa guerra con la consecuencia de que se gestó una generación sin ninguna esperanza.

Comienzan su andadura por el mundo del crimen muy pronto asaltando a campesinos payeses a los que les hacen confesar donde guardan sus ahorros mediante el método de quemarles los pies con un soplete. Pero, necesitan más y hace poco han asaltado una sucursal bancaria con el resultado de cargar sobre sus espaldas dos muertos, para convertirse paulatinamente en una de las bandas mafiosas de Francia más peligrosas, bajo el nombre de clan Neige.

Su jefe, Jean Neige, lo tiene muy claro. Él no quiere trabajar para nadie porque ahí reside la gracia de controlar un negocio ilegal. Sabe que se tiene que trabajar mucho y muy duro, pero que no tienes amos ni señores. Sus padres y los de sus amigos se han hartado de trabajar para los demás y los de muchos de los que conoce también, y todos han aprendido una cosa: trabajando para otro nadie se hace rico jamás. Y él y sus amigos quieren hacerse ricos, inmensamente ricos.

Para conseguirlo van a entrar en una espiral de violencia cruel y, como ellos la llaman, justificada, la que es necesaria para conseguir determinados fines siempre y cuando quienes pretendan conseguirlos sean los integrantes de una peligrosa banda criminal, y la suya va a tener con el tiempo un historial brutal de atracos a bancos, asesinatos, tráfico de hachís y marihuana, proxenetismo… que les va a ir haciendo cada vez más ricos al invertir las ganancias de sus fechorías en negocios más o menos legales durante más de tres décadas, primero en Francia y luego saltando a España para terminar exportando su modelo de negocio hasta los emergentes países del Este, decididos a abrazar el capitalismo más salvaje una vez derribado el muro de Berlín el 9 de noviembre de 1989.

El clan Neige se convierte así en un grupo de leones que habían fundado un imperio de la nada. De quemar pies con un soplete a campesinos, en tan sólo quince años controlan todo Lyon y empiezan a extenderse por el resto de Europa, descubriendo un paraíso para invertir el dinero de sus inmobiliarias en un negocio prometedor: el ladrillo en la Costa Brava, en Mallorca, en Valencia y en Andalucía.

El clan Neige, formado por Jean Neige, Michael Aubriot, Luigi Colomba, René, simplemente René, y Sébastien, que empezó de la nada, al llegar los Juegos Olímpicos de Barcelona en 1992 controlaba un auténtico imperio. Aparte de sus intereses en Francia, incluida la propiedad de un periódico de máxima tirada, y en los antiguos países del Este, tenía en España la propiedad de siete hoteles urbanos y cinco en la costa, varias discotecas, pisos de prostitución de lujo, burdeles, multitud de apartamentos y dos urbanizaciones enteras. Pero querían más. Querían ser los jefes de la Mafia europea. Y había llegado la hora de los grandes negocios.

Sebastià Bennasar vuelve a deleitarnos, después de El país de los crepúsculos, con una novela asombrosa y genial: El imperio de los leones. Y no se anda con medias tintas, dejando muy claro de que va ir la narración desde el principio con un arranque impresionante de dos páginas llenas de brutalidad y violencia marca de la casa, con su lenguaje conciso, casi seco como lo puede ser un disparo de pistola, y bestial en las escenas en las que tiene que aparecer la sangre por necesidades del guión y a las que ya nos tiene acostumbrados. Con un estilo, en cierto modo periodístico, muy ágil nos adentramos en la historia y en la evolución de uno de esos clanes franceses que empezaron su trayecto criminal en la ciudad de Lyon, traspasaron la frontera para instalarse en la Costa Brava gerundense en los años setenta y ochenta del siglo pasado para poblarla de apartamentos para uso y disfrute de un turismo que añoraba con tener el privilegio de una segunda vivienda y que no ponían límites para alcanzar sus objetivos de dinero y poder con total impunidad. Una gente que se aprovechó del caldo de cultivo, ellos mismos eran ingredientes de él, de esas familias de clase media expulsadas del norte de África, pero que creen en la cultura y en la información como medio para agrandar la democracia, su democracia particular, en la que se mueven como pez en el agua.

El clan Neige llegará a tener un historial despiadado de diferentes tipos de crímenes, pero con una pátina de legalidad, con la creación de empresas legales y una tela de araña inmensa de agarraderas que permite que, cuando uno de sus miembros entra en la cárcel, sale al poco libre por defecto de forma. Tienen un aura, y así se presentan, de hombres respetables. En sus empresas empezaron dando trabajos a numerosos minusválidos, sobre todo policías y militares heridos en la guerra de Argelia y a aquellos que fueron expulsados y llegaron a Francia para llegar a ser unos pobres desgraciados y convertirse en unos parias al entrar en Francia, pero, que gracias a Neige y su banda, se hicieron partícipes de sus negocios y pudieron abandonar ese baldón y esa afrenta, para pasar a ser respetados y ser ellos los que deciden las cosas. Y también sus hijos, que pueden huir de la miseria a la que estaban abocados gracias a ellos, a su generosidad y al dinero, en un mundo en el que se escucha palabras como libertad, igualdad y fraternidad, pero que, a la hora de la verdad, no es cierto. Sin ellos habrían sido chicos de barrio viviendo en pisos minúsculos a los que se les caerían las paredes, muertos por la droga o en el atraco a una gasolinera, o deslomados en trabajos basura y haciendo cualquier cosa para sobrevivir. Y sus nietos también estarían predestinados a vivir así. Queda muy claro que esta gente hará cualquier cosa, incluso dejarse matar si hiciera falta, por sus benefactores y vivir con la tranquilidad de que si les ocurriese algo, a su familia nunca le faltará nada. Porque ahora ganan mucho dinero, y ese dinero les ha permitido ganar la libertad y el poder escapar del destino de miseria que la vida les tenía preparado.

Jean Neige y sus hombres saben cómo conseguir esas lealtades inquebrantables y nunca juzgan a sus enemigos desde una posición de superioridad porque han descubierto que la vanidad es la peor compañera de viaje de una persona ambiciosa que para llegar a su destino debe comportarse como un soldado. Saben perfectamente también que no se deben fiar nunca de nadie que no esté dispuesto a dar su sangre para protegerte y a cortarse la lengua a mordiscos antes de delatarte. Y pobre de aquel que les sea desleal y rompa el pacto no escrito. Tienen metido en su cabeza ser los jefes de todos los jefes para que nadie les haga sombra. Y tienen paciencia, mucha paciencia, pero ni perdonan ni olvidan.

El imperio de los leones es una novela de tema social, intensa, efectiva, impactante, negra negrísima, violenta, un canto a la amistad, atroz, implacable, genial, imprescindible, majestuosa, perfecta, magnífica, excelente, esplendida,… Sebastià Bennasar se convierte en un puntal de la novela negra nacional y europea. Leer su obra se hace indispensable si queremos entender lo que mueve el mundo. Leer El imperio de los leones es imprescindible para darnos cuenta de que los leones nunca tienen miedo y que todo lo que logran son cosas suyas a las que no van a renunciar ni dejar que se las arrebaten… y todos los demás ya los saben.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

miércoles, 15 de febrero de 2017

La caricia de Tánatos



Es asombrosa la cantidad de temas que puede abarcar la novela negra. Aunque La caricia de Tánatos de María José Moreno, más que novela negra se adentra en el análisis de las zonas oscuras de las personas, aquello que es el motor de muchos de los comportamientos y que, claro está, viene a complicar las relaciones interpersonales.

La caricia de Tánatos cuenta una historia que gira en torno a dos coordenadas fundamentales que van a constituir la razón de ser de la trama, y que las podemos encuadrar en dos frases: “Nada es lo que parece” y “El mal está a tu lado, ¿sabrías reconocerlo?”.

Una coincidente cadena de sucesos viene a enturbiar la rutinaria y tranquila existencia de la psicoterapeuta Mercedes Lozano
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Inquietantes llamadas telefónicas anónimas y cartas; el inicio de una relación afectiva con Miguel Vergara, un psiquiatra que ejerce de médico forense, con una traumática infancia de la que no termina de desprenderse; un complicado tratamiento psicológico de una paciente, Marina Daroca, y la aparición en escena de un hombre que solicita su ayuda profesional y cuya mirada «hiela la sangre», ponen su vida boca abajo y la sitúan al borde del precipicio emocional.

Un thriller psicológico que recrea con gran realismo el escabroso viaje de la psicoterapeuta a través de sí misma y de sus pacientes para identificar el tejido del Mal, su origen y la forma de manifestarse a través de sus múltiples máscaras: la manipulación, la perversidad, la culpa autoimpuesta, el maltrato psicológico… poniendo el acento en las vidas de unos personajes marcados por su infancia, mostrándonos el lado más oscuro de sus mentes.

A estas alturas, los aficionados al género conocen que la Trilogía del Mal de María José está concebida en torno a su protagonista, Mercedes Lozano, una psicóloga adicta al trabajo, muy profesional, pero insegura en muchos otros aspectos de su vida, con una infancia carente del afecto de su madre y una boda abortada poco antes de producirse al ser abandonada por su novio que se fue con su mejor amiga, con el proyecto de recoger en los tres libros distintas perspectivas sobre el Mal, desde la más banal a la más perversa, mostrándonos el viaje a través de la protagonista y de los demás personajes que nos ilumine para poder identificar el tejido del Mal. Su origen y las diferentes formas que tiene de manifestarse, zambulléndonos o, mejor dicho, arrojándonos al lado más vil, infame, despreciable, malvado, cruel, dañino, abyecto y nocivo que una persona puede llevar dentro.

El rechazo y la falta de cariño de una madre hacia su hija, la manera de comportarse y maltratar de un padre a su hijo, de un jefe a sus subordinados, la sobreprotección de una hija única y tardía, los abusos de una madre a su hijo, … pueden desembocar en futuras personalidades de lo más complejas, que van desde la inseguridad hasta la culminación de un narcisista, egocéntrico, egoísta y vampiro psicológico que anula, manipula, desangra y destroza la vida de su víctima en la que ha fijado su mirada.

Convivimos con los demás sin llegar a reconocer a los malvados que comparten la vida con nosotros. Nos creemos que vivimos felices en un mundo seguro y no es real. La realidad sólo la aprehendes bajo estas circunstancias cuando te topas y te das de bruces con el mal. Después te olvidas y sigues con tu vida, por aquello de la capacidad humana de supervivencia. Quien sobreviva, claro.

Las personas tóxicas vampiras es lo más terrorífico con lo que te puedes encontrar, porque te dejan hecho un despojo sin que los esperes y ni siquiera te lo puedas llegar a imaginar. Son personas corrientes; si me apuras, incluso más amables que la mayoría, de los que no puedes sospechar que sean capaces de hacer nada malo. Caes en sus redes y colaboras sin ser consciente de tu propia destrucción.

No esperes disculpas ni remordimientos sinceros de estos seres. No solo no sienten culpa, sino que puede que disfruten con el daño que infligen. Actúan así porque les conviene, porque es el camino más corto para conseguir lo que desean, y porque han descubierto que les compensa dañar a otra persona o saltarse la ley con tal de lograrlo.

El vampiro es experto en volver las cartas a su favor. Extremadamente manipulador, inteligente y astuto, rompe cada pacto o cada límite a su conveniencia. Bajo la excusa del amor, se comportará de manera impulsiva y descontrolada. Aducirá problemas personales (en la novela laborales) para conseguir beneficios y justificar sus altibajos emocionales.

Al ser un consumado hipócrita, la percepción de los que le rodean será la de una persona atenta y atractiva. Está devorando a la víctima, que ni siquiera sabe cuándo ha comenzado todo.

Un vampiro monta en cólera continuamente, aparenta estar indefenso y ser digno de compasión, se muestra rebelde, es narcisista, tiene sentimientos de culpa, es dependiente, manipulador, reservado e insensible.

Nunca hay que perder de vista el poder de la fascinación de los vampiros. Un vampiro emocional no evita una ocasión para hacer el mal. Sabe perfectamente lo que quiere y como lo quiere. Cualquier víctima de un vampiro, en el estado de deslumbramiento en el que se halla, justificará, al menos al principio, su relación y sus reacciones, minimizando los elementos extraños que percibe, aludiendo al amor, a su carácter, a sus circunstancias… o incluso se culparán a sí mismas.

La víctima se enamora como un becerro del vampiro emocional y es capaz de saltar cualquier límite, incluida su propia familia, acabando muerto, arruinado, cornuda y mentalmente inestable, porque la mordedura del vampiro crea adicción y dejar de sentirla supone la mayor decepción de su vida.

Un maltratador psicológico psicópata distingue el bien del mal, pero elige el mal sin dudar si eso es lo que le favorece, carece de empatía emocional, cosifica y percibe a los demás como simples herramientas para alcanzar sus objetivos y nunca aprenden de sus errores debido a su escepticismo y su complejo de superioridad. Se adapta a una vida normal, integrado y pasando inadvertido. Un maltratador maltrata porque tiene el poder, no porque sea más fuerte.

Un narcisista despreciará a quien le ame, y considerará que es muy inferior a él. Aspirará a alguien mejor, alguien que le permita vivir la fantasía de un amor ideal y llevar a cabo su propia fantasía amorosa, que siempre se está renovando y, por lo tanto, no puede lograrse nunca. Es incapaz de amar y cualquier relación girará en torno a él, manteniendo a varios adoradores en distintos estados de agotamiento para alimentarse de su adoración. No importa nada fuera de su esfera inmediata, y no duda en usar a otra persona, explotarla o herirla para sentirse mejor.

La caricia de Tánatos tiene una serie de historias que se entrecruzan según los diferentes personajes, donde se teoriza sobre que el mal tiene sus motivaciones y se adhiere a la conformación de la personalidad, generando desde el principio de una vida cambios, fases, altibajos, transformaciones, alternativas y problemas, donde se puede encontrar el quid de su comprensión sin que implique, ni mucho menos, que esa comprensión sea disculpable. Tenemos a nuestro lado a seres humanos malvados y no nos percatamos de ello, como no nos damos cuenta de las artes que emplean para hacer el mal. En esta novela no hay policías, investigadores ni delincuentes al uso que cometan crímenes sangrientos que hay que descubrir y aclarar, sino que nos adentramos en esa zona oscura y desconocida de la mente de los personajes y en las relaciones interpersonales entre ellos con la asignación de papeles de víctima o de verdugo con el trasfondo del maltrato psicológico en este volumen, para tratar el abuso infantil y la enfermedad mental que causa y la pedofilia, que son el nudo argumental de las otras dos novelas que conforman la trilogía.

El tema tratado en La caricia de Tánatos es lo más importante para mi gusto en la novela, pero el interés que me ha despertado su lectura ha sido consecuencia, por supuesto, de la forma de escribir de María José Moreno. Un lenguaje claro y conciso, con dos narradores en primera persona, Mercedes y Marcos, y multitud de diálogos. Yo que tantos libros leo, me parece que es la primera vez que me encuentro con una novela con tanta cantidad de diálogos, lo que hace que se lea con una agilidad asombrosa.

Y llegados a este punto, tengo que hacer mención especial de Marcos, el malo de la película, con el que la autora se ha lucido de manera impresionante, creando un personaje magnífico al que llegas a odiar con todas tus fuerzas y temer al mismo tiempo. Sólo con él, La caricia de Tánatos ya tendría razón de ser.

Muy buena novela donde no nos vamos a encontrar asesinatos ni asesinos al uso, sino hechos y actuaciones abominables cuyas consecuencias pueden ponerte los pelos de punta y crear en ti un gran desasosiego. Impresionante.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

lunes, 6 de febrero de 2017

Ful



Cuando se dice la frase de “tenemos que hacer algo”, y más en los ambientes lúmpenes de los extrarradios de una ciudad, pequeña, mediana o grande, en este caso la de Lérida, parece ser que la cosa no anda ya excesivamente bien. Esta frase es un signo de que a los que la dicen les va a marcar su destino. Un destino, posiblemente, muy poco esperanzador. Hay que hacer algo y pronto. Maldito lema de perdedores.
Ful, de Fulgencio, aunque bien puede ser una jugada de póker que no garantiza el triunfo o de que algo es chusco (que lo es), es un joven cercano a los cuarenta años que trata de salir de la pobreza y de la marginalidad con lo único que sabe hacer y conoce bien: buscarse la vida en su ciudad. Junto a sus colegas Jose, así sin acento, Jessi, Arturo y el Pelota, intentarán sacar la cabeza a flote y para ello Ful recurre a James para buscar una solución a todos sus problemas. Atracar a un traficante de drogas puede ser muy rentable ya que nunca podrá ir a la Policía a denunciar el robo. Pero a veces hasta los negocios, por muy buenos que parezcan, salen mal. Y éste va a salir muy mal al tropezarse con Salcedo, un capo de un cártel colombiano que manda a España a un sicario a impartir venganza, un hombre que no se ha criado en mansiones ni palacios, sino en una barraca maloliente y sucia que no deja de recordarle la desgracia de su niñez y cuyo poder, enorme, se rige por saber suministrar el miedo, grandes cantidades de miedo que hacen sucumbir al débil con una extrema crueldad con quien le engaña o le molesta.

En Ful, la última novela de Rafa Molero Rojo, viviremos con angustia las andanzas y contrariedades de unos criminales de baja estofa y nivel, unos “pringaos”, de escasa altura delictiva y pocas capacidades para dar un golpe que les haga salir de su mísera vida. Van a sentir como su vida se enreda hasta límites insospechados después de lo que parecía ser un robo efectivo y sencillo que sale rematadamente mal, abocándolos a una realidad mucho más peligrosa de en la que se encontraban que les obligará a buscar una solución endemoniada más complicada aún.

Giro absoluto pues en esta novela negra. Aquí todo está visto desde el punto de mira del delincuente y no se trata de descubrir a un asesino, sino de entenderlo, de comprender su comportamiento y de ver si son capaces de salvar la piel, de manera merecida o no.

Está claro que, desde el principio vamos a tomar partido por nuestros cinco protagonistas, con los que nos aliaremos en su huida desesperada hacia delante que, ingenuamente, quieren dar un último golpe para logar la salvación que les permita dejar de una vez por todas para siempre el mundo del hampa.

Vuelve a salir en esta novela un enorme poso social que subyace por debajo de la trepidante trama, donde se aspira conseguir el anhelo de lo posible para una gente que no ha tenido suerte al nacer donde ha nacido, ni las suficientes agallas para salir del entorno, como otros que si lo consiguieron.

Ful es un muchacho criado en el seno de una familia en la que siempre reinaron los malos tratos de un padre sobre una madre que acabó suicidándose arrojándose por una ventana de su casa, viviendo solo con su padre, el otro hermano cumple condena en el trullo, que se pasa la vida mirando por la ventana sin ninguna comunicación entre ambos; su amigo Jose, de carácter impulsivo y de dedo fácil para apretar el gatillo, tiene unas inclinaciones poco recomendables; Arturo es un pusilánime y un apocado que siempre está en desacuerdo con los demás; el Pelota, más joven que los demás, es un perdedor nato de carácter muy básico rozando la bobería que ha visto como un hermano murió en una refriega; y Jessi, una chica que si hubiera tenido otras oportunidades jamás la habrían visto por el barrio, sino en la tele o de la mano de una estrella del fútbol. Pero las oportunidades pasan en la vida como los trenes, de largo.
Ful es una historia de supervivencia, de unas perspectivas que se desean que estén pintadas con unos colores diferentes a los que decoran la zozobra y el fracaso, de una huida de allí como sea, aunque no sea de la manera correcta, sino equivocándose una vez más.

Rafa Melero Rojo escribe un canto a la amistad, al amor, al coraje y a la valentía en la vida donde sus personajes, todos, absolutamente todos, geniales, no solo desean dinero aunque se mientan a ellos mismos, a través de dos narradores: uno omnisciente en tercera persona y otro, en los capítulos de Ful, en primera persona, para que el lector vaya conociendo los hechos en el primer caso y los sentimientos y traumas del protagonista en el segundo, consiguiendo un excelente relato lleno de agilidad y adrenalina, concienzudamente encadenado donde las últimas palabras de los capítulos son el título del que le sigue a continuación, en el que humaniza a sus personajes, consiguiendo que empaticemos con ellos desde nada más empezar a leer. A todo esto, hay que añadir un final sorprendente que, para mi gusto, me parece todo un acierto por su originalidad y porque lo considero necesario para aclarar ciertos flecos que, sin él, supongo que quedarían muy en el aire y que así cobran toda su magnitud.

Me gusta la novela negra, pero con este tipo de argumentos me gusta aún mucho más. Por eso disfruto tanto con los “pringaillos” de Alexis Ravelo. Ahora ya tengo otro punto de referencia, un gran punto de referencia. Ful, de Rafa Melero Rojo, un tratado de cómo los pobres tienden a subsistir con lo que tienen y no desaprovechan las oportunidades que les da la vida, aunque esas oportunidades, en ciertos barrios, les llegan a muy pocos y, mientras unos las saben explotar, otros sólo pueden e intentan sobrevivir. ¡Qué fácil es quitar una vida! ¡Qué difícil es vivirla!

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

martes, 31 de enero de 2017

La esquina del mundo



Confieso que desde hace unos años, cuando me crucé de manera casi casual con él, al recomendarme la lectura de su obra una amiga, tengo la necesidad de volver a leer y releer los escritos de Alejandro López Andrada de manera asidua. Es de esta forma que he vuelto a abrir las páginas de La esquina del mundo, ese ejercicio de poesía en prosa, diario y memorias en el que el poeta y escritor cordobés indaga nuevos caminos para expresar su humanismo y ternura que a él le caracterizan y que dedica a su Villanueva del Duque, en el Valle de los Pedroches, en el vértice fronterizo de Andalucía con la comarca de La Serena extremeña y la meseta castellana y manchega de Ciudad Real, su rincón de luz.

Confiesa el poeta al principio del libro que el lugar donde ese año de 2012 habitaba está lleno de pasado y que vive, sin darse cuenta, dentro de él; camina, sin prisas, por el tiempo y sus pasos le llevan a un espacio diminuto, un enclave perfecto para oír la soledad y percibir los sonidos de la luz, en ese rincón que su abuelo lo llamó "La esquina del mundo" muy cerca de su casa, al pie de un manojo de retamas y de milenarias encinas que se mueren, y en las que se columpia la virginidad de un sol crucificado entre nubes blancas que parecen ser de caolín.

Caminos de la dehesa donde Alejandro López Andrada transita sin descanso, empapándose de esa naturaleza que inunda toda su obra; el viento; las estrellas que iluminan la noche; la soledad del campo; los porqueros, libres en su pobreza, que soportaban el paternalismo del señorito y que, sin saber leer, descifraban la poesía y el dolor que encerraba la mano del viento al traspasar la bóveda desvaída de su choza y que vareaban con humildad su pobreza, masticando la más pura esencia del silencio con una profunda e inocente dignidad.

La esquina del mundo es la crónica de un hombre que quiere ser Peter Pan y que no desea crecer para ser siempre un niño, una época en la que vivió en los grises años de la década de los años sesenta en la que fue feliz. Por sus páginas desfilan anécdotas, familiares, amigos, recuerdos, árboles, aves, ciudades que a lo largo de su vida ha visitado y los tiempos duros y crueles de injusticia que nos han traído los neoliberales del capitalismo indecente que nos han robado la voz, la libertad y la esperanza en un mundo más solidario mas justo, con el desamparo de los que a sólo nos sostiene la herida blanca del amor frente a un futuro que es un cuervo a la deriva con las alas mojadas por la espuma de la noche.

Alejandro López Andrada avanza, ausente y abstraído, por ese mundo que se derrumba a su alrededor sin que nadie se acuerde del compromiso con los débiles, y es entonces cuando, de pronto, aparecen los recuerdos en su campo, rodeado por la soledad más absoluta, sin amor ni esperanza, que le dicen que no se haya solo para inyectar en su corazón una brújula que le ayude en su camino y una leve alegría que inunda su interior e ilumina sus pasos, acallando las palabras a las que le sucede el lenguaje de el silencio de esa esquina del mundo de su infancia.

La esquina del mundo es un ejercicio contemplativo que, intentando evitar lo descriptivo, nos regala el mensaje esencial de la naturaleza a través de una serie de símbolos: los petirrojos, las piedras, las zarzas, los alcaudones, los eucaliptos, nogales, chopos y encinas, la luz, la noche, los grillos y saltamontes, los espinos o las luciérnagas. Y frente a esos símbolos, la realidad representada por los recuerdos de una bombilla, una báscula, una cicatriz, un trozo de pared, los pupitres de la vieja escuela, unas migas serranas, un nido, una boda o un postigo olvidado, como postales que nos descubren el mundo de este grandísimo poeta, el último hombre que habla con los pájaros, el que susurra al oído de los búhos cuando en el campo ya no queda nadie, el hombre que tiene alas y se esconde en el alma del silencio o en el sigilo de los petirrojos donde descansa el sol de su niñez, donde aún permanece la única verdad de un mundo perdido pero que seguirá de forma imperecedera vivo en lo mas hondo de su interior.


©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

viernes, 27 de enero de 2017

Mal trago



La sociedad actual está llena de unos pocos que son intocables y que campan a sus anchas asolando, cual si se tratase de las hordas de Atila, allá por donde pisan, disfrutando de su impunidad que les permite esparcir por toda la faz de la tierra a su capricho y antojo las bondades del capitalismo neoliberal, con su máxima y filosofía de vida basadas en que el dinero es un simple instrumento para alcanzar lo que de verdad avarician. Un instrumento que les proporciona el bien más preciado que existe: la impunidad. De esta forma, está ya cerrado el círculo: dinero para conseguir impunidad que les permite atesorar más y más dinero para hacerse cada vez más poderosos e impunes.

Hace unos años leí a Petros Markaris que los escritores deben escribir sobre la situación que los rodea y la situación injusta de desigualdad que vivimos por una mal llamada crisis económica que con especial virulencia golpea los países del Sur de Europa y que, paradojas del destino, ha sido provocada por los mismos que pretenden sacarnos de ella a costa del sufrimiento de los ciudadanos a los que, sin ningún pudor, los poderosos, corruptos e impunes culpabilizan de la situación por vivir por encima de sus posibilidades para destruir todos los derechos adquiridos con lucha y sufrimiento y un estado de bienestar social que odian con sus privatizaciones, recortes, reformas laborales y demás tropelías que les sirvan para alcanzar sus objetivos carroñeros.

Pues bien, en España en los últimos tiempos han surgido una serie de escritores, generalmente adscritos al género negro, que es para mí el que mejor retrata esta situación de injusticia e iniquidades, que han recogido el guante del autor griego. De esos jóvenes autores españoles, posiblemente, sea Carlos Bassas de Rey uno de los que mejor se enfrenta al fondo del asunto, y su última novela, Mal trago, junto con la anterior, Siempre pagan los mismos, un excelente exponente de esta situación.

Me vais a permitir que no me centre en el argumento, por otra parte perfectamente hilvanado y narrado, en el que como en toda novela del género que se precie hay crímenes, policías más o menos frustrados, bares, ambiente oscuro, música, chicas, …, ni en el homenaje que Carlos Bassas del Rey hace de sus colegas junta letras, poniendo sus nombres a muchos de los diferentes personajes que aparecen paulatinamente en la novela y que son fácilmente reconocibles para mí al tener la enorme suerte de conocer a la mayoría de forma personal. Considero que lo más importante que se cuenta en Mal trago es ese trasfondo social donde muchos sobreviven y obedecen, mientras unos pocos mandan y les chupan hasta la sangre a los primeros.

El protagonista absoluto de Mal trago, acompañado por una serie de excelentes secundarios, es el inspector de la Policía Nacional en la pequeña ciudad de provincias de Ofidia, donde claramente se percibe Pamplona, Herodoto Corominas al que le gusta lanzar continuos latinajos y cuyo hijo adolescente se hace mayor a la misma velocidad a la que a él se le va jodiendo la próstata y se le van cayendo las carnes. Le han comunicado hace poco el fallecimiento de su padre con el que nunca se había llevado bien, aunque en los últimos meses parecían estar arreglándose las cosas entre ellos dos. Su hijo se ha ido de casa con su novia, su mujer parece que también se va separando de él poco a poco, y una amarga noticia sobre su mejor amigo le termina de rematar. Corominas ha llegado a un punto que la situación le supera y se ve incapaz de afrontarla.

Y toda esta existencia de nuestro hombre se encuentra decorada por clases medias, obreros en estado económico muy apurado que ni tienen 1,50 euros para el autobús de sus hijo por la nueva pobreza, empresarios podridos por la corrupción, arribistas, malhechores, desahucios, demoliciones para engordar más la cuenta corriente, políticos corruptos, inmigración, miseria, penurias y ambiciones desmedidas. ¿Os suena a algo?

Los verdaderos protagonistas de Mal trago son los tormentos que asolan a Corominas que tiene que investigar los secuestros de dos niños en el que uno aparece su cadáver, las miserias de sus personajes, sus espantos y como poder sobrevivir a ellos.

Corominas es un tío normal, lleno de grises más que de blancos y negros, al que le afecta su vida laboral hasta el punto de destruir sus relaciones personales y familiares. Todos los personajes que aparecen tratan de encontrar un lugar en alguna parte en el que poder guarecerse y un equilibrio para soportarlo, para poder seguir tirando para delante y vivir su vida como mejor puedan vivirla, aunque se supone que la gran mayoría de ellos se encuentran más cerca del infierno que de cualquier otra parte, en un país y una sociedad que están podridos y en donde la impunidad se ha convertido en la más terrible enfermedad crónica con la amenaza de llevarnos a todos por delante.

Se han encargado de meternos el miedo en el cuerpo, miedo a que perdamos lo que se han encargado de que acumulemos durante años: coche, hipoteca, plasma y vacaciones. Y los saben muy bien porque con miedo no es posible la revolución, y aunque sea miserable lo que tenemos, todos intentamos como sea proteger el estatus a donde hemos conseguido llegar por muy pequeño y bajo que éste sea.

Corominas observa el mundo desde la perspectiva de comprender que el poder no emana de Dios ni de su obra en la Tierra, ni de los votos electorales, sino del capital que manejan los mercados y de los mezquinos que sientan sus culos en los sangrientos consejos de administración. El dinero es el que otorga el verdadero poder, un poder representado por la corrupción, la especulación, la usura, la codicia, los márgenes de beneficios, los dividendos, la rentabilidad, la ingeniería financiera, las contabilidades falsas, y las tarjetas negras. Mercado, mercado, mercado, todo es puto mercado, omnipresente y asesino mercado.

Corominas duda ya de todo y piensa dejar la Policía, aunque sabe que sólo sabe ser policía. Corominas mira mucho y lo que observa no le gusta nada. Corominas desea que de sus cenizas surja algún día un vengador. Corominas no es un cobarde, ni en lo físico ni en lo profesional, pero se conmueve en los asuntos escabrosos. Corominas siempre piensa en por qué hacemos algunas cosas que hacemos y en por qué hacemos lo que hacemos. Corominas lucha contra sí mismo y sabe que lleva más de treinta años viviendo una mentira, aunque también sabe que no puede huir de quien es, sino sólo engañarse a la espera que salga a flote su verdadero yo y le suponga una auténtica liberación. Corominas se ve como Sísifo arrastrando una enorme piedra cuesta arriba para ver que, una y otra vez, tiene que repetir la acción pues, a punto de alcanzar la meta, la piedra rueda ladera abajo. A Corominas todo esto le va alejando de sus seres queridos y se siente solo, una soledad que le jode vivo, pues se percata de que se va quedando sin nadie y no tiene los huevos de pegarse un tiro, por lo que se va muriendo poco a poco, sufriendo con su inseguridad y con su conciencia que se llena de preguntas para las que no encuentra respuestas.

En Mal trago por supuesto que la trama es muy importante, pero los personajes están por encima de todo, y a fe que Carlos Bassas del Rey, con su efectiva prosa narrativa y su perfecto uso del lenguaje, lo ha conseguido, presentándonos a unos individuos llenos de vida que respiran por sus heridas haciendo que el lector se implique con ellos de manera completa.

Disfruto leyendo novela negra española y disfruto con la buena literatura, y hablando y escribiendo sobre ella, pero ahora que acabo de terminar de leer Mal trago, siento que hacía mucha falta que alguien la escribiese. Y, afortunadamente, como un valor añadido a la novela, el escritor haya sido Carlos Bassas del Rey. A partir de ahora yo no dejaré de hablar de Mal trago y no pararé de recomendarla a quien me pida opinión y a todo aquel que me quiera escuchar.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

miércoles, 25 de enero de 2017

Reflejos en el cristal cotidiano




Jorge David Alonso Curiel, en su nuevo poemario Reflejos en el cristal cotidiano (Playa de Ákaba), título que me hace viajar a la primera escena de Desayuno en Tiffany’s, cuando una bellísima Audrey Hepburn se acerca al amanecer en la ciudad al escaparate de la joyería y su rostro se refleja en el cristal, mientras suena de fondo la envolvente melodía de Moon River, introduce, a modo de prologo, un pequeño poema del Zohar (esplendor), libro hebreo central junto al Séfer letzirá, de la corriente cabalista en el que se dice que todos estamos divididos en dos partes, una visible y otra invisible, siendo lo primero reflejo de lo segundo.


Eso es Reflejos en el cristal cotidiano, una tenue luz casi sombra de la vida que nos toca vivir en el día a día a cada uno, con nuestros sueños y deseos, donde el poeta y el escritor siempre está atento a las pequeñas cosas que van ocurriendo a su alrededor; el amor por el buen cine, en especial por el de Buñuel, o puede que sea por la espléndida Catherine Deneuve de Belle de jour; la tosca cantinela de los ancianos; la poesía para salvarse de lo anodino y rutinario de nuestra existencia; el espejo de parecerse a un Bukowski o, posiblemente, a un Henry Miller en su forma de vivir; la evolución de la vida con optimismo pues se va a mejor según vamos cumpliendo años; la igualdad de todos en la vulgaridad de nuestras acciones y nuestro desamparo, aunque queramos ser diferentes a los demás y así lo pensemos.

Pequeñas cosas cotidianas que realizamos, dándonos cuenta de que nos hacen felices, mirar la vida con ojos positivos, escribir lo que nos salga de dentro sin florituras, tener fantasías, añorar situaciones vividas, pasar las horas al lado de la persona que amas, tener claro lo que quieres ser, rebelarte ante las normas, escuchar caer la lluvia, disfrutar de la naturaleza, amar, leer, escribir, saber…

Reflejos en el cristal cotidiano es la poesía como arte y el arte para hacernos mejores en este mundo despiadado y cruel que nos ha tocado vivir. Jorge David Alonso Curiel escribe de forma directa, clara, realista rozando el naturalismo, sin adornos excesivos, con ese poso que tiene de retranca e ironía. Sus poemas son simple y llanamente unos reflejos de nuestra cotidianidad donde nos asomamos a ver girar el mundo, para salir de la normalidad reinante, de esperanzas de acumular riquezas y bienes materiales, para dedicarse a la literatura y convertirse en una especie de asceta con el premio, gracias a ella, de haber conseguido la salvación frente a la mediocridad. Pero , claro está, esto sólo está destinado a los privilegiados que gozamos de ella y con ella.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

lunes, 2 de enero de 2017

Los perros de la eternidad



Leo la nueva novela de Alejandro López Andrada, Los perros de la eternidad, y necesito volver a escuchar, como tantas veces hacía en mi adolescencia, a Jim Morrison. La habitación se llena de su voz grave y profunda y de los teclados de esa mítica canción en la que tantos jóvenes aprendimos ese inglés de andar por casa: jinetes en la tormenta, en esa casa nos echan al mundo y a ese mundo somos arrojados como un perro sin hueso que morder, un actor sin público, somos jinetes en la tormenta...

Somos los que hemos nacido en esa época del tardofranquismo, como esos perros heridos que escuchábamos sin parar las canciones en inglés de The Doors, Jimmy Hendrix o Janis Joplin y despreciábamos la música en español porque ansiábamos huir de ese mundo gris oscuro, siempre en la memoria en blanco y negro, cabalgando en esos caballos que galopaban bajo la tormenta.

Ahí queda la historia de Los perros de la eternidad, el recuerdo del tiempo pasado, el tiempo de la adolescencia que se recupera en una constante en nuestra memoria. La imagen de una mujer muerta en un lago y la de un hombre que cae desmadejado, justo al pie de la tumba en la que entierran a su padre para que, en estado de coma, empiece a recordar su vida mientras que está recluido en la habitación de un hospital, su infancia, en un poblado minero al que debe regresar a cuidar a su padre muy enfermo y su existencia a la actualidad en la ciudad de Córdoba.

Leer a Alejandro López Andrada es leer siempre lo mismo, pero con la sensación de que siempre estás leyendo algo diferente. Ese mundo rural hoy casi extinguido, una sociedad urbana que está herida por el desencanto de una crisis que ojalá fuese solamente económica, su lirismo poético que no puede obviar ni olvidar ni escribiendo novela, los paisajes de sobrecogedora belleza de su Valle de los Pedroches, la emoción que vierte en su texto, sus pájaros, la naturaleza, el agua, el enternecimiento conmovido, la ternura, el odio y el amor... y sus personajes que se convierte por arte de magia ya en inolvidables como estos nuevos: Genoveva, el Poeta, Ángela, el Sota, Barrabás, Elvira, Anastasia, Hugo, Bernal, Vasili, Alicia, ...

Encierra muchas cosas Los perros de la eternidad, pero una de las más importantes es que se convierte en la novela de la Córdoba de nuestros días, una Córdoba que se alza como uno más de sus protagonistas. Dice Alejandro López Andrada que es una novela para enamorarse de Córdoba, y yo añado y afirmo que es una novela para enamorarse, además de Córdoba, de la literatura de este escritor y poeta cordobés, si es que no lo estás ya como yo lo estoy desde la primera vez que leí algo por él escrito. Una Córdoba que es contraposición del mundo rural que el autor vivió hace cuarenta o cincuenta años con su paisaje urbano actual en donde aparecen sus tabernas, barrios y calles, así como su vida social. Una Córdoba viva. Una Córdoba recreada en los ojos y en los rostros que su protagonista ha dejado atrás y que echa de menos, una ciudad sencilla y amable, con sus cosas buenas y no tan buenas, con sus muchas virtudes y también con sus defectos, con sus huellas históricas y sus modernidades, con el fulgor que barniza el alma de sus piedras, los patios y los puentes, el río y sus molinos, inmortalizando el cielo, el sol, la brisa que alegran su carne soñolienta de dama, con su Ribera y su Mezquita, la Judería de calles laberínticas, el Alcázar, los cálidos jardines y el patio de los Naranjos, con sus rincones atractivos y entrañables de sabor popular. Una Córdoba de alma romántica, a veces provinciana, y otras, en cambio, elegante y displicente, escondiéndose secretos de amores y desamores, de citas furtivas, de negocios sucios, umbríos, y, también, de actos hermosos, solidarios, de barrios alegres, azules, campechanos, y bulevares solemnes, adinerados, por donde pasean gente enamorada y feliz, parejas tristes, algunas señoras elegantes, de alta alcurnia, y algún que otro anciano hundido en la mendicidad. Sus calles, sus plazas, sus parques poblados de vuelos de palomas y de bellas mujeres que pasean indiferentes a lo que sucede a su alrededor, sus luces y sus sombras, sus pequeñas, medianas y grandes historias íntimas, ocultas en los ojos comunes de personas que, a diario, se hallan a su alrededor que hacen de ella como una gran mujer gestada en el vientre de lo universal.

Es Los perros de la eternidad una novela que encierra muchas historias, todas entrañables y emocionantes, donde se reflexiona sobre el pasado del tiempo, sobre lo que hemos sido en otro tiempo, con amor, intriga y actualidad, y donde se contraponen el constante mundo rural de Alejandro López Andrada con el mundo urbano en una muy certera recreación de ambos. Los perros de la eternidad es una novela que nos enseña que la vida está repleta de absurdas paradojas donde se mezclan la verdad y la mentira, lo imposible y lo real, los sueños que parecen convertirse en auténticos por la alegría y la luz que nos conceden y otros, hipnóticos y tangibles, que cuando se viven y se sienten parecen realidad a pesar de que nunca lleguen a ser, llenándonos de esa angustia  que es el vértigo de la realidad, y a los que nos aferramos en nuestras caídas, cuando nuestro ánimo ya roza el suelo, en un mundo injusto en el que la Naturaleza no siempre es selectiva y, a veces, quita de en medio a quienes siembran la ternura, la paz, la armonía y el amor, en una oscuridad perenne y un silencio en el que nos sumimos por no quebrar las normas oxidadas y mugrientas de un mundo hipócrita en el que pagan siempre los más débiles y triunfan los machistas y los avaros, mientras se castiga el sentido del perdón, la paz, el amor, la ternura y la piedad. Un mundo que los de nuestra generación, la de Alejandro López Andrada y la mía, vivimos de jóvenes y ahora, desencantados, volvemos a ver que se repite mientras nuestra vida se aleja de manera irremediable y empezamos a estar cansados para hacer ya algo para evitarlo. Pero nos queda la memoria como los peldaños de una escalera fantasmal que sube a un desván donde ya no habita nadie y en donde ya no entrará el sol que refulgía en nuestra niñez, en nuestra adolescencia y en nuestra juventud, donde nos sostenía la firme convicción de que podríamos cambiar la realidad de un país lastrado por el franquismo y su posterior herencia moral con nuestra rebeldía y nuestra lucha. Los de nuestra generación luchamos por ello y ahora observamos desolados que conseguimos muy poco pues, hoy mismo, políticos retrógrados, empresarios voraces y banqueros sin alma siguen oponiéndose con todas sus fuerzas , artimañas y mentiras a todo lo que huela a avance social en nuestra tierra, en donde aún ladran, como lo hacían entonces, exactamente cuando éramos niños, los perros malditos de la eternidad.

Levanto la pluma del papel, En la habitación ya no suena la melodía de Jinetes en la tormenta, pero Jim Morrison sigue cantando es de duele dejarte libre, pero tú nunca me seguirás; el final de las carcajadas y las mentiras piadosas, el final de las noches que tratamos de morir, este es el final...

Me he quedado absorto mirando el papel mientras me envuelve la canción y mis ojos se empañan de emoción. En los próximos días releeré Los perros de la eternidad porque Alejandro López Andrada siempre me hace recordar, y la memoria y los recuerdos son los que nos permiten seguir viviendo.


©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega