Confieso que desde hace unos años, cuando me crucé de manera casi casual con él, al recomendarme la lectura de su obra una amiga, tengo la necesidad de volver a leer y releer los escritos de Alejandro López Andrada de manera asidua. Es de esta forma que he vuelto a abrir las páginas de La esquina del mundo, ese ejercicio de poesía en prosa, diario y memorias en el que el poeta y escritor cordobés indaga nuevos caminos para expresar su humanismo y ternura que a él le caracterizan y que dedica a su Villanueva del Duque, en el Valle de los Pedroches, en el vértice fronterizo de Andalucía con la comarca de La Serena extremeña y la meseta castellana y manchega de Ciudad Real, su rincón de luz.
Confiesa el poeta al principio del libro que el lugar donde ese año de 2012 habitaba está lleno de pasado y que vive, sin darse cuenta, dentro de él; camina, sin prisas, por el tiempo y sus pasos le llevan a un espacio diminuto, un enclave perfecto para oír la soledad y percibir los sonidos de la luz, en ese rincón que su abuelo lo llamó "La esquina del mundo" muy cerca de su casa, al pie de un manojo de retamas y de milenarias encinas que se mueren, y en las que se columpia la virginidad de un sol crucificado entre nubes blancas que parecen ser de caolín.
Caminos de la dehesa donde Alejandro López Andrada transita sin descanso, empapándose de esa naturaleza que inunda toda su obra; el viento; las estrellas que iluminan la noche; la soledad del campo; los porqueros, libres en su pobreza, que soportaban el paternalismo del señorito y que, sin saber leer, descifraban la poesía y el dolor que encerraba la mano del viento al traspasar la bóveda desvaída de su choza y que vareaban con humildad su pobreza, masticando la más pura esencia del silencio con una profunda e inocente dignidad.
La esquina del mundo es la crónica de un hombre que quiere ser Peter Pan y que no desea crecer para ser siempre un niño, una época en la que vivió en los grises años de la década de los años sesenta en la que fue feliz. Por sus páginas desfilan anécdotas, familiares, amigos, recuerdos, árboles, aves, ciudades que a lo largo de su vida ha visitado y los tiempos duros y crueles de injusticia que nos han traído los neoliberales del capitalismo indecente que nos han robado la voz, la libertad y la esperanza en un mundo más solidario mas justo, con el desamparo de los que a sólo nos sostiene la herida blanca del amor frente a un futuro que es un cuervo a la deriva con las alas mojadas por la espuma de la noche.
Alejandro López Andrada avanza, ausente y abstraído, por ese mundo que se derrumba a su alrededor sin que nadie se acuerde del compromiso con los débiles, y es entonces cuando, de pronto, aparecen los recuerdos en su campo, rodeado por la soledad más absoluta, sin amor ni esperanza, que le dicen que no se haya solo para inyectar en su corazón una brújula que le ayude en su camino y una leve alegría que inunda su interior e ilumina sus pasos, acallando las palabras a las que le sucede el lenguaje de el silencio de esa esquina del mundo de su infancia.
La esquina del mundo es un ejercicio contemplativo que, intentando evitar lo descriptivo, nos regala el mensaje esencial de la naturaleza a través de una serie de símbolos: los petirrojos, las piedras, las zarzas, los alcaudones, los eucaliptos, nogales, chopos y encinas, la luz, la noche, los grillos y saltamontes, los espinos o las luciérnagas. Y frente a esos símbolos, la realidad representada por los recuerdos de una bombilla, una báscula, una cicatriz, un trozo de pared, los pupitres de la vieja escuela, unas migas serranas, un nido, una boda o un postigo olvidado, como postales que nos descubren el mundo de este grandísimo poeta, el último hombre que habla con los pájaros, el que susurra al oído de los búhos cuando en el campo ya no queda nadie, el hombre que tiene alas y se esconde en el alma del silencio o en el sigilo de los petirrojos donde descansa el sol de su niñez, donde aún permanece la única verdad de un mundo perdido pero que seguirá de forma imperecedera vivo en lo mas hondo de su interior.
La sociedad actual está llena de unos pocos que son intocables y que campan a sus anchas asolando, cual si se tratase de las hordas de Atila, allá por donde pisan, disfrutando de su impunidad que les permite esparcir por toda la faz de la tierra a su capricho y antojo las bondades del capitalismo neoliberal, con su máxima y filosofía de vida basadas en que el dinero es un simple instrumento para alcanzar lo que de verdad avarician. Un instrumento que les proporciona el bien más preciado que existe: la impunidad. De esta forma, está ya cerrado el círculo: dinero para conseguir impunidad que les permite atesorar más y más dinero para hacerse cada vez más poderosos e impunes.
Hace unos años leí a Petros Markaris que los escritores deben escribir sobre la situación que los rodea y la situación injusta de desigualdad que vivimos por una mal llamada crisis económica que con especial virulencia golpea los países del Sur de Europa y que, paradojas del destino, ha sido provocada por los mismos que pretenden sacarnos de ella a costa del sufrimiento de los ciudadanos a los que, sin ningún pudor, los poderosos, corruptos e impunes culpabilizan de la situación por vivir por encima de sus posibilidades para destruir todos los derechos adquiridos con lucha y sufrimiento y un estado de bienestar social que odian con sus privatizaciones, recortes, reformas laborales y demás tropelías que les sirvan para alcanzar sus objetivos carroñeros.
Pues bien, en España en los últimos tiempos han surgido una serie de escritores, generalmente adscritos al género negro, que es para mí el que mejor retrata esta situación de injusticia e iniquidades, que han recogido el guante del autor griego. De esos jóvenes autores españoles, posiblemente, sea Carlos Bassas de Rey uno de los que mejor se enfrenta al fondo del asunto, y su última novela, Mal trago, junto con la anterior, Siempre pagan los mismos, un excelente exponente de esta situación.
Me vais a permitir que no me centre en el argumento, por otra parte perfectamente hilvanado y narrado, en el que como en toda novela del género que se precie hay crímenes, policías más o menos frustrados, bares, ambiente oscuro, música, chicas, …, ni en el homenaje que Carlos Bassas del Rey hace de sus colegas junta letras, poniendo sus nombres a muchos de los diferentes personajes que aparecen paulatinamente en la novela y que son fácilmente reconocibles para mí al tener la enorme suerte de conocer a la mayoría de forma personal. Considero que lo más importante que se cuenta en Mal trago es ese trasfondo social donde muchos sobreviven y obedecen, mientras unos pocos mandan y les chupan hasta la sangre a los primeros.
El protagonista absoluto de Mal trago, acompañado por una serie de excelentes secundarios, es el inspector de la Policía Nacional en la pequeña ciudad de provincias de Ofidia, donde claramente se percibe Pamplona, Herodoto Corominas al que le gusta lanzar continuos latinajos y cuyo hijo adolescente se hace mayor a la misma velocidad a la que a él se le va jodiendo la próstata y se le van cayendo las carnes. Le han comunicado hace poco el fallecimiento de su padre con el que nunca se había llevado bien, aunque en los últimos meses parecían estar arreglándose las cosas entre ellos dos. Su hijo se ha ido de casa con su novia, su mujer parece que también se va separando de él poco a poco, y una amarga noticia sobre su mejor amigo le termina de rematar. Corominas ha llegado a un punto que la situación le supera y se ve incapaz de afrontarla.
Y toda esta existencia de nuestro hombre se encuentra decorada por clases medias, obreros en estado económico muy apurado que ni tienen 1,50 euros para el autobús de sus hijo por la nueva pobreza, empresarios podridos por la corrupción, arribistas, malhechores, desahucios, demoliciones para engordar más la cuenta corriente, políticos corruptos, inmigración, miseria, penurias y ambiciones desmedidas. ¿Os suena a algo?
Los verdaderos protagonistas de Mal trago son los tormentos que asolan a Corominas que tiene que investigar los secuestros de dos niños en el que uno aparece su cadáver, las miserias de sus personajes, sus espantos y como poder sobrevivir a ellos.
Corominas es un tío normal, lleno de grises más que de blancos y negros, al que le afecta su vida laboral hasta el punto de destruir sus relaciones personales y familiares. Todos los personajes que aparecen tratan de encontrar un lugar en alguna parte en el que poder guarecerse y un equilibrio para soportarlo, para poder seguir tirando para delante y vivir su vida como mejor puedan vivirla, aunque se supone que la gran mayoría de ellos se encuentran más cerca del infierno que de cualquier otra parte, en un país y una sociedad que están podridos y en donde la impunidad se ha convertido en la más terrible enfermedad crónica con la amenaza de llevarnos a todos por delante.
Se han encargado de meternos el miedo en el cuerpo, miedo a que perdamos lo que se han encargado de que acumulemos durante años: coche, hipoteca, plasma y vacaciones. Y los saben muy bien porque con miedo no es posible la revolución, y aunque sea miserable lo que tenemos, todos intentamos como sea proteger el estatus a donde hemos conseguido llegar por muy pequeño y bajo que éste sea.
Corominas observa el mundo desde la perspectiva de comprender que el poder no emana de Dios ni de su obra en la Tierra, ni de los votos electorales, sino del capital que manejan los mercados y de los mezquinos que sientan sus culos en los sangrientos consejos de administración. El dinero es el que otorga el verdadero poder, un poder representado por la corrupción, la especulación, la usura, la codicia, los márgenes de beneficios, los dividendos, la rentabilidad, la ingeniería financiera, las contabilidades falsas, y las tarjetas negras. Mercado, mercado, mercado, todo es puto mercado, omnipresente y asesino mercado.
Corominas duda ya de todo y piensa dejar la Policía, aunque sabe que sólo sabe ser policía. Corominas mira mucho y lo que observa no le gusta nada. Corominas desea que de sus cenizas surja algún día un vengador. Corominas no es un cobarde, ni en lo físico ni en lo profesional, pero se conmueve en los asuntos escabrosos. Corominas siempre piensa en por qué hacemos algunas cosas que hacemos y en por qué hacemos lo que hacemos. Corominas lucha contra sí mismo y sabe que lleva más de treinta años viviendo una mentira, aunque también sabe que no puede huir de quien es, sino sólo engañarse a la espera que salga a flote su verdadero yo y le suponga una auténtica liberación. Corominas se ve como Sísifo arrastrando una enorme piedra cuesta arriba para ver que, una y otra vez, tiene que repetir la acción pues, a punto de alcanzar la meta, la piedra rueda ladera abajo. A Corominas todo esto le va alejando de sus seres queridos y se siente solo, una soledad que le jode vivo, pues se percata de que se va quedando sin nadie y no tiene los huevos de pegarse un tiro, por lo que se va muriendo poco a poco, sufriendo con su inseguridad y con su conciencia que se llena de preguntas para las que no encuentra respuestas.
En Mal trago por supuesto que la trama es muy importante, pero los personajes están por encima de todo, y a fe que Carlos Bassas del Rey, con su efectiva prosa narrativa y su perfecto uso del lenguaje, lo ha conseguido, presentándonos a unos individuos llenos de vida que respiran por sus heridas haciendo que el lector se implique con ellos de manera completa.
Jorge David Alonso Curiel, en su nuevo poemario Reflejos en el cristal cotidiano(Playa de Ákaba), título que me hace viajar a la primera escena de Desayuno en Tiffany’s, cuando una bellísima Audrey Hepburn se acerca al amanecer en la ciudad al escaparate de la joyería y su rostro se refleja en el cristal, mientras suena de fondo la envolvente melodía de Moon River, introduce, a modo de prologo, un pequeño poema del Zohar (esplendor), libro hebreo central junto al Séfer letzirá, de la corriente cabalista en el que se dice que todos estamos divididos en dos partes, una visible y otra invisible, siendo lo primero reflejo de lo segundo.
Eso es Reflejos en el cristal cotidiano, una tenue luz casi sombra de la vida que nos toca vivir en el día a día a cada uno, con nuestros sueños y deseos, donde el poeta y el escritor siempre está atento a las pequeñas cosas que van ocurriendo a su alrededor; el amor por el buen cine, en especial por el de Buñuel, o puede que sea por la espléndida Catherine Deneuve de Belle de jour; la tosca cantinela de los ancianos; la poesía para salvarse de lo anodino y rutinario de nuestra existencia; el espejo de parecerse a un Bukowski o, posiblemente, a un Henry Miller en su forma de vivir; la evolución de la vida con optimismo pues se va a mejor según vamos cumpliendo años; la igualdad de todos en la vulgaridad de nuestras acciones y nuestro desamparo, aunque queramos ser diferentes a los demás y así lo pensemos.
Pequeñas cosas cotidianas que realizamos, dándonos cuenta de que nos hacen felices, mirar la vida con ojos positivos, escribir lo que nos salga de dentro sin florituras, tener fantasías, añorar situaciones vividas, pasar las horas al lado de la persona que amas, tener claro lo que quieres ser, rebelarte ante las normas, escuchar caer la lluvia, disfrutar de la naturaleza, amar, leer, escribir, saber…
Reflejos en el cristal cotidiano es la poesía como arte y el arte para hacernos mejores en este mundo despiadado y cruel que nos ha tocado vivir. Jorge David Alonso Curiel escribe de forma directa, clara, realista rozando el naturalismo, sin adornos excesivos, con ese poso que tiene de retranca e ironía. Sus poemas son simple y llanamente unos reflejos de nuestra cotidianidad donde nos asomamos a ver girar el mundo, para salir de la normalidad reinante, de esperanzas de acumular riquezas y bienes materiales, para dedicarse a la literatura y convertirse en una especie de asceta con el premio, gracias a ella, de haber conseguido la salvación frente a la mediocridad. Pero , claro está, esto sólo está destinado a los privilegiados que gozamos de ella y con ella.
Leo la nueva novela de Alejandro López Andrada, Los perros de la eternidad, y necesito volver a escuchar, como tantas veces hacía en mi adolescencia, a JimMorrison. La habitación se llena de su voz grave y profunda y de los teclados de esa mítica canción en la que tantos jóvenes aprendimos ese inglés de andar por casa: jinetes en la tormenta, en esa casa nos echan al mundo y a ese mundo somos arrojados como un perro sin hueso que morder, un actor sin público, somos jinetes en la tormenta...
Somos los que hemos nacido en esa época del tardofranquismo, como esos perros heridos que escuchábamos sin parar las canciones en inglés de The Doors, Jimmy Hendrix o Janis Joplin y despreciábamos la música en español porque ansiábamos huir de ese mundo gris oscuro, siempre en la memoria en blanco y negro, cabalgando en esos caballos que galopaban bajo la tormenta.
Ahí queda la historia de Los perros de la eternidad, el recuerdo del tiempo pasado, el tiempo de la adolescencia que se recupera en una constante en nuestra memoria. La imagen de una mujer muerta en un lago y la de un hombre que cae desmadejado, justo al pie de la tumba en la que entierran a su padre para que, en estado de coma, empiece a recordar su vida mientras que está recluido en la habitación de un hospital, su infancia, en un poblado minero al que debe regresar a cuidar a su padre muy enfermo y su existencia a la actualidad en la ciudad de Córdoba.
Leer a Alejandro López Andrada es leer siempre lo mismo, pero con la sensación de que siempre estás leyendo algo diferente. Ese mundo rural hoy casi extinguido, una sociedad urbana que está herida por el desencanto de una crisis que ojalá fuese solamente económica, su lirismo poético que no puede obviar ni olvidar ni escribiendo novela, los paisajes de sobrecogedora belleza de su Valle de los Pedroches, la emoción que vierte en su texto, sus pájaros, la naturaleza, el agua, el enternecimiento conmovido, la ternura, el odio y el amor... y sus personajes que se convierte por arte de magia ya en inolvidables como estos nuevos: Genoveva, el Poeta, Ángela, el Sota, Barrabás, Elvira, Anastasia, Hugo, Bernal, Vasili, Alicia, ...
Encierra muchas cosas Los perros de la eternidad, pero una de las más importantes es que se convierte en la novela de la Córdoba de nuestros días, una Córdoba que se alza como uno más de sus protagonistas. Dice Alejandro López Andrada que es una novela para enamorarse de Córdoba, y yo añado y afirmo que es una novela para enamorarse, además de Córdoba, de la literatura de este escritor y poeta cordobés, si es que no lo estás ya como yo lo estoy desde la primera vez que leí algo por él escrito. Una Córdoba que es contraposición del mundo rural que el autor vivió hace cuarenta o cincuenta años con su paisaje urbano actual en donde aparecen sus tabernas, barrios y calles, así como su vida social. Una Córdoba viva. Una Córdoba recreada en los ojos y en los rostros que su protagonista ha dejado atrás y que echa de menos, una ciudad sencilla y amable, con sus cosas buenas y no tan buenas, con sus muchas virtudes y también con sus defectos, con sus huellas históricas y sus modernidades, con el fulgor que barniza el alma de sus piedras, los patios y los puentes, el río y sus molinos, inmortalizando el cielo, el sol, la brisa que alegran su carne soñolienta de dama, con su Ribera y su Mezquita, la Judería de calles laberínticas, el Alcázar, los cálidos jardines y el patio de los Naranjos, con sus rincones atractivos y entrañables de sabor popular. Una Córdoba de alma romántica, a veces provinciana, y otras, en cambio, elegante y displicente, escondiéndose secretos de amores y desamores, de citas furtivas, de negocios sucios, umbríos, y, también, de actos hermosos, solidarios, de barrios alegres, azules, campechanos, y bulevares solemnes, adinerados, por donde pasean gente enamorada y feliz, parejas tristes, algunas señoras elegantes, de alta alcurnia, y algún que otro anciano hundido en la mendicidad. Sus calles, sus plazas, sus parques poblados de vuelos de palomas y de bellas mujeres que pasean indiferentes a lo que sucede a su alrededor, sus luces y sus sombras, sus pequeñas, medianas y grandes historias íntimas, ocultas en los ojos comunes de personas que, a diario, se hallan a su alrededor que hacen de ella como una gran mujer gestada en el vientre de lo universal.
Es Los perros de la eternidad una novela que encierra muchas historias, todas entrañables y emocionantes, donde se reflexiona sobre el pasado del tiempo, sobre lo que hemos sido en otro tiempo, con amor, intriga y actualidad, y donde se contraponen el constante mundo rural de Alejandro López Andrada con el mundo urbano en una muy certera recreación de ambos. Los perros de la eternidad es una novela que nos enseña que la vida está repleta de absurdas paradojas donde se mezclan la verdad y la mentira, lo imposible y lo real, los sueños que parecen convertirse en auténticos por la alegría y la luz que nos conceden y otros, hipnóticos y tangibles, que cuando se viven y se sienten parecen realidad a pesar de que nunca lleguen a ser, llenándonos de esa angustia que es el vértigo de la realidad, y a los que nos aferramos en nuestras caídas, cuando nuestro ánimo ya roza el suelo, en un mundo injusto en el que la Naturaleza no siempre es selectiva y, a veces, quita de en medio a quienes siembran la ternura, la paz, la armonía y el amor, en una oscuridad perenne y un silencio en el que nos sumimos por no quebrar las normas oxidadas y mugrientas de un mundo hipócrita en el que pagan siempre los más débiles y triunfan los machistas y los avaros, mientras se castiga el sentido del perdón, la paz, el amor, la ternura y la piedad. Un mundo que los de nuestra generación, la de Alejandro López Andrada y la mía, vivimos de jóvenes y ahora, desencantados, volvemos a ver que se repite mientras nuestra vida se aleja de manera irremediable y empezamos a estar cansados para hacer ya algo para evitarlo. Pero nos queda la memoria como los peldaños de una escalera fantasmal que sube a un desván donde ya no habita nadie y en donde ya no entrará el sol que refulgía en nuestra niñez, en nuestra adolescencia y en nuestra juventud, donde nos sostenía la firme convicción de que podríamos cambiar la realidad de un país lastrado por el franquismo y su posterior herencia moral con nuestra rebeldía y nuestra lucha. Los de nuestra generación luchamos por ello y ahora observamos desolados que conseguimos muy poco pues, hoy mismo, políticos retrógrados, empresarios voraces y banqueros sin alma siguen oponiéndose con todas sus fuerzas , artimañas y mentiras a todo lo que huela a avance social en nuestra tierra, en donde aún ladran, como lo hacían entonces, exactamente cuando éramos niños, los perros malditos de la eternidad.
Levanto la pluma del papel, En la habitación ya no suena la melodía de Jinetes en la tormenta, pero Jim Morrison sigue cantando es de duele dejarte libre, pero tú nunca me seguirás; el final de las carcajadas y las mentiras piadosas, el final de las noches que tratamos de morir, este es el final...
Me he quedado absorto mirando el papel mientras me envuelve la canción y mis ojos se empañan de emoción. En los próximos días releeré Los perros de la eternidad porque Alejandro López Andrada siempre me hace recordar, y la memoria y los recuerdos son los que nos permiten seguir viviendo.
Gabriel Desalvo es un gris empleado de una gran empresa en la que pasa sus interminables horas de trabajo encasillando notas y correspondencia en los casilleros de un sótano del edificio de los diferentes empleados de la misma, aunque ostente el rimbombante título de Jefe del Departamento de Correo Interno. Tiene dos compañeros, Aída Besares, que está profundamente enamorada de él que la ignora y quiere ser escritora, y Celso. Gabriel también tiene a su padre ingresado en una residencia con demencia, y esas son sus dos únicas ocupaciones en la vida: su absurdo y aburrido trabajo y visitar a su padre para contarle lo bien que le va en la vida.
Una noche, volviendo a su casa del trabajo por las calles de la ciudad donde vive, La Isla, se produce un terremoto y entonces Gabriel reconoce que la leyenda que su padre le contaba de niño era auténtica y ve que en las calles del sur, cuando La Isla duerme, en ciertas noches la tierra cruje de dolor y se resquebraja y se abre una grieta profunda donde él se precipita, para aparecer en una biblioteca enterrada en unas catacumbas donde antes hubo una basílica, y donde un monje de nombre Milo le dirá antes de morir que en esa biblioteca todo lo guardaba y todo lo protegía. Los libros que se atesoran en ella pueden no solo enlazar con el pasado a todos los que la visiten sino también proyectarlos hacia el futuro, pues una biblioteca contiene el universo entero y, con el correr de los años, se descubrirá que el tiempo fluye en sus estanterías, por lo cual hay que protegerla y cuidar pues ella nos instruye. Una biblioteca que contiene el tiempo en sí misma. Contiene el universo entero y enseña. Y allí pasa Gabriel los próximos cuarenta y cuatro años bajo tierra, cuidando, ordenando y protegiendo esa biblioteca sumergida en el subsuelo de La Isla convencido que es una biblioteca viva, que une pasado, presente y futuro. Pero la leyenda también decía que del vientre de la tierra surgirá un espectro envuelto en lodo y un perro sucio y flaco, y eso es lo que ocurre cuando Gabriel, vestido con unos harapos de monje, vuelve a la superficie después de tantos años ya muy viejo. Nadie le prestará la más mínima atención pues los muertos suelen pasar desapercibidos. En su deambular por La Isla todo ha cambiado. En un ambiente oscuro y apocalíptico se va revelando la antigua ciudad en la que vivió Gabriel: una chapa oxidada que señalaba el nombre de una calle de antaño, los balcones de hierro forjado de una casa centenaria que resistía el tiempo, los restos de las vías del antiguo tranvía, un callejón que mostraba su empedrado, se le ofrecían como jirones de un pasado y que él volvía a acariciar al recordarlos. La nueva ciudad se había construido sobre la antigua y ahora se levantaban edificios enormes de cristal y acero donde se instalaban las oficinas de bancos colosales. Una ciudad donde a los vagabundos los tienen escondidos y alejados de ella porque esa es la mejor manera de creer que no existen. Una ciudad en la que la noche puede ser muy peligrosa para Gabriel. Una ciudad donde los libros, fuente de cultura, son elementos inquietantes y no son permitidos para que el sistema siga fagocitando a los ciudadanos.
Pablo Di Marco nos regala un bellísimo libro con Las horas derramadas transportándonos a un mundo diferente y fantástico con ciertas dosis de distopía, donde se encuentran el miedo, la incertidumbre, la cobardía, la pusilanimidad, la carencia de voluntad, pero también el amor, la amistad y el destino en un mundo habitado por dos clases irreconciliables: los sensibles que tienen el mundo como una idea, una hipótesis; y los poderosos que lo consideran como una masa maleable con la que trabajan y atesoran riquezas y para ello necesitan para que funcione orden y disciplina aborregando a la gente y aniquilando a quien transgrede esa disciplina como un dios bíblico.
La vida de Gabriel, desde joven a viejo, debido a su sensibilidad le hace convertirse en un ser vulnerable y cobarde, perdiéndose en el tiempo para cuando vuelva de viejo se encontrará una sociedad sumida en el desprecio a lo que el más ama para tocarle contemplar todo lo que no pudo llegar a ser y llegar a comprender que su ausencia de décadas es un signo de cobardía. Se da cuenta que se le pasa la vida, pero cuando puede y empieza a ver la luz que pudiera cambiarlo todo no lo hace porque él nunca ha hecho nada ni tomado una decisión y ya no le quedan años para remediar todo lo que perdió en el camino como la fe, el arte, la amistad y el amor de una mujer que siempre le siguió esperando. Aída y Gabriel ya son viejos, y él confiesa además que está cansado y sigue teniendo miedo porque siempre ha estado paralizado y ha vivido en el miedo y por el miedo a no poder, a perder, a fracasar, no percatándose nunca que se necesita la atención, el afecto y el amor de los demás y a los demás pues necesitamos del otro para llegar a ser nosotros mismos en plenitud.
Aída es el contrapunto a Gabriel. Aída no ve flores sino mariposas dormidas que servirán para adornar su casa con las más bonitas. Aída es ese ser inalcanzable para los representantes de esos dos mundos en litigio, el pensador sensible representado por Gabriel y el hacedor encarnado por Celso, y la perderán irremediablemente. Aída es como esa niña del cuento que escribe que espera eternamente a su amado en medio del bosque.
Los libros como Las horas derramadas de Pablo Di Marco, permiten acortar distancias convirtiéndose en un milagro el que caiga en manos de un lector como me ha ocurrido a mí, gracias a Editorial Trifaldi que me lo ha enviado, además de publicarlo en España antes que en la Argentina, patria del autor, con una muy cuidada y precisa edición, además que con una bellísima portada de Ariel Olivetti, como es norma de la casa.
Pablo Di Marco es un hacedor de magias en la historia que relata en Las horas derramadas, logrando que unos jeroglíficos, que llamamos palabras, garabateados en un papel en blanco se vuelvan reales en la mente del lector que tiene la fortuna de disfrutarlos en su lectura.
Pablo Di Marco es un autor distinto que nos da una historia mórbida aunque cuajada del amor más grande que pueda existir jamás, violenta, implacable, enérgica, feroz, vehemente y arrebatada, con un gran trasfondo poético, sociológico, psicológico y filosófico, plena de intriga, suspense y emoción que nos conduce a la conclusión de que hay que vivir sin temor ni desconfianza porque, si así se hiciera, desmoronaremos la vida de otros que el destino nos ha marcado para que se crucen en nuestra existencia, ya que nada es fruto del azar, para que nuestras vidas no se nos escapen vacías y nuestras horas no se derramen en la nada. Todos tenemos en algún lugar a esa persona que está destinada para nosotros, y nosotros para ella.
No vivas como un cobarde ni des la espalda a la vida y a la muerte. Míralas a ambas a los ojos. Todos y cada uno de los encuentros, los desencuentros, los atajos y los retrasos de nuestra realidad ocurren cuando tienen que suceder y no son fruto del azar, sino de un orden maravilloso y cruel que, probablemente, jamás llegaremos a comprender, ya que sólo debemos ser mejores día a día y no aguardar nada del destino.
Ricardo Piglia dice que “un cuento siempre cuenta dos historias”, hay una historia 1 que aparece en la superficie y una historia 2 que el autor construye en secreto. Parejas que se masturban en solitario al perder la chispa y la atracción sexual en la monotonía de la convivencia; una viuda que por dinero se mete a prostituta y chantajea a sus clientes; una mujer que cuando fallece prematuramente su marido en un accidente descubre que nunca ha estado verdaderamente enamorada de él pero le falta su compañía y su presencia y decide embarcarse en un crucero por los fiordos noruegos para rehacer su vida, pero el viaje le deprime y está siempre encerrada en su camarote; un escritor que se acerca a gente que está a punto de suicidarse lanzándose al vacío para que antes de hacerlo le cuenten su historia; una abuela que sabe el motivo por el cual su nieto, un niño aún, se ha suicidado; una madre que confiesa a su bebé de pocos meses mientras duerme quién es su padre; una mujer que nunca elige bien a los hombres de su vida; Un hombre y una mujer que se sienten totalmente atraídos el uno del otro con solo mirarse en un velatorio para que el pase las únicas navidades inolvidables de su vida; una periodista que odia a los escritores y a la que encargan hacer una entrevista a uno muy famoso; un hombre que consigue dejar de estar solo; una mujer que está convencida que la única buena suerte que puede tener es la de morirse; un viaje angustioso camino de la destrucción de la ya roto; y un hombre enamorado de una chica que no lo está de él y le hace sufrir sin que pueda escapar de ella nunca.
En los trece cuentos de Saber moverse, un título que está muy bien puesto aunque nunca se nos dice el cómo sino las consecuencias de no saber hacerlo, de Jorge David Alonso Curiel, se nos ofrece la soledad, la incapacidad para enfrentarse al mundo, trenes que pasan por nuestra vida y no cogemos, el amor como sufrimiento en vez de goce, sufrimiento, poca suerte en la vida, afectos, desesperanza de unos personajes quizás desarbolados por la realidad que les acorrala y son incapaces de saber o entender como poder afrontarla cuando aparecen las grietas en la vida o cuando siempre hemos vivido dentro de una de ellas.
Jorge David Alonso Curiel me recuerda en los relatos de Saber moverse a Carver o a Bukowski, pero sobre todo me recuerda a Quim Monzó, pues como Quim Monzó, Jorge David Alonso Curiel es un escritor que mezcla dos registros: uno que voy a llamar realista y lírico; y otro fantástico y puede que hasta grotesco.
Jorge David Alonso Curiel no desperdicia palabras sino que más bien nos las lanza como dardos o pedradas en un deseo de vivir y, sobre todo, deseo de poder ser feliz en el mundo que es incomprensible para los que aparecen en los relatos. Cuando las palabras necesarias han terminado y pueden aparecer las superfluas e innecesarias, el cuento ha llegado a su fin, dejándonos un regusto en el pensamiento al terminar su lectura de que su obra está dedicada a ti aunque la situación no se parezca en nada a las que tienes en tu vida. En los trece relatos rebosa el humor negro por todas partes y la pregunta que se hacen sus protagonistas de cómo hacen los demás para encontrar lo que quieren encontrar todos tienen su manera de moverse y cada uno tiene la suya, aunque ellos parece que no saben cómo hacerlo y piensan que casi todo el mundo que está cerca de ellos son mejores que ellos mismos, cuando nos asaetan con mensajes por todos lados que ahí fuera está esperándonos nuestra felicidad, iluminada por la luz de las calles, luz que parece que no ilumina en ningún momento sus vidas.
Jorge David Alonso Curiel nos ofrece un crisol de comportamientos donde el deseo es el vínculo de unión entre los relatos, un inexplicable para los hombres funcionamiento del anhelo para las mujeres, y lo mismo para las mujeres el de los hombres. Y lo hace explicando cómo funciona y cómo se toman las riendas del comportamiento, sin mensajes machistas, ni feministas, ni subliminales, ni más ornamentos que los necesarios e imprescindibles. Y habla de sexo, porque el sexo es importante en Saber moverse, sin trompazos, con nula sensualidad, nula pretensión de divinizarlo. La gente folla, amor desde luego no parece que sea, en sus relatos como se lava los dientes o como desayuna tomando una taza de café, cuando toca o cuando puede. Y se desespera porque no les sale nada bien y se aferran a la vida como un clavo ardiendo en una prosa de total naturalidad, desenvoltura, desenfado, descaro, atrevimiento, insolencia, osadía, soltura y destreza, con una ironía que a veces roza en lo socarrón y un sentido del humor muy particular. Los personajes de Jorge David Alonso Curiel se muestran perplejos incluso hacia ellos mismos en situaciones rayanas con lo absurdo que nos acaban dibujando un fresco actual de las relaciones entre las personas en su vínculo sexual y emocional, sobre el que el autor no se cansa de satirizar con el recurso de esa última frase siempre brillante, siempre punzante, sin que nunca suene a moraleja o conclusión.
En Saber moverse no hay lugar para la esperanza ni para el romanticismo, pero si para el sarcasmo en frases que florecen en las páginas de los relatos como “no hay asunto más incomprensible que el amor” o “hay heridas que parecen no cerrarse jamás. Qué complicado es todo”. No son recetas para aprender a vivir y alcanzar esa felicidad tan esquiva que nos amenaza, pero una de sus mujeres parece dárnosla: “La felicidad es eso: no esperar nada y reírse de todo, porque al final uno se da cuenta de que no vale la pena preocuparse por nada, ya que todo es transitorio, y que lo único que merece la pena es disfrutar de los placeres que puedas tener a mano, desde los más costosos a los más pequeños, incluyendo el amor de los que amas y a los que amas”. Fácil, ¿verdad? Lo complicado es no esperar nada porque esperamos todo, reírnos de todo poco lloramos con demasiadas cosas, nos preocupamos hasta de lo que no nos ha ocurrido aún y es posible que no nos ocurra ni siquiera nunca, no disfrutamos de lo que tenemos y hemos alcanzado y del amor casi será mejor ni hablar.
¿Raymond Carver? ¿Charles Bukowski? ¿Quim Monzó? ¿Quizás Paul Auster? Por supuesto que sí. Pero por favor, no dejen en el olvido a Jorge David Alonso Curiel. Un gran escritor.
Espero que estén al recibo de ésta vuestras mercedes bien:
Después de todo este tiempo de no haberme puesto en contacto por escrito con todos ustedes, yo el doctor don Fernando de Zúñiga y Ayala, vizconde del Castañar, creo que es menester y tengo el deseo de ponerme en relación con todos los que leísteis mi anterior misiva para poder contarles los hechos acaecidos desde la finalización de mi anterior aventura por tierras vascas y castellanas en el año del Señor de 1683 y las que acontecieron en las del siguiente de 1684 sobre mi humilde persona y sobre las de mi fiel asistente, Pelayo Urtiaga.
Pero antes de sumergirme en estos procelosos acontecimientos, os debo de comunicar que en finalizando mi anterior carta, hacía una humilde petición a mi muy querido biógrafo oficial, don Félix G. Modroño, ilustre y entusiasta escritor de pluma certera y eficaz que en el futuro siglo XXI tuvo a bien disponer que mi vida y mis cuitas fuesen conocidas por sus coetáneos. Recuerden vuestras mercedes que allí le pedía encarecidamente que tuviera a bien retomar mis andanzas, después de haber escrito dos magnificas novelas sobre otros apasionantes personajes ajenos a mi persona, para desentrañar y cerrar tantas incógnitas que había dejado abiertas en la vida de mis seres más queridos.
Os he de confesar que desconozco de que manera le habrá podido llegar a don Félix G. Modroño esa carta que yo ya suponía perdida, pero me consta que llegó a sus manos y la leyó con tanto cariño como por mi fue escrita, aunque no tengo la certeza de que haya sido el motivo para que retomara mi triste y sacrificada vida a raíz de su lectura o ya lo tuviese en mente y proyecto con anterioridad.
El caso es que el relato ha sido escrito y lo ha titulado con un bello nombre como es el de Sombras de agua y en donde narra el encargo que me hace la Reina Madre de nuestro señor el Rey don Carlos II, que Dios guarde muchos años pese a su muy precaria salud que no vaticina nada bueno.
El último trimestre del año de 1683, después de nuestra vuelta desde las planicies vallisoletanas de Trigueros y Corcos del Valle, tras poder resolver el misterio con mi innata intuición, que otros osan llamarla suerte, y que me ha elevado al trono del mas alto investigador de la época en España hasta traspasar las fronteras y llegar a toda Europa, sobre la muerte en extrañas circunstancias por envenenamiento del pendenciero, jugador de naipes, amante del buen vino y gran amigo mío, don Pedro Urtiaga, Pelayo y yo volvimos de regreso a mi querida Salamanca. Los días transcurrían plácidos. Mi hija Leonor había decidido volver a ingresar en el convento de Santa Clara donde le esperaba mi otra hija, Cristina, dejando a Pelayo en un estado melancólico que aliviaba leyendo los versos amorosos de Lope de Vega y las Novelas ejemplares de don Miguel de Cervantes. Fue hacia el final del año cuando recibí la notificación de doña Mariana de Austria para que acudiese al viejo Alcázar de Madrid, pues tenía un encargo de vital importancia que hacerme y que no permitía dilación.
Partimos prestos Pelayo y yo hacia la Corte a lomos de las yeguas árabes de capa negra, Azabache y Zafir, regalos que doña Mariana me había hecho, y el agua nieve nos recibió, tras tres jornadas en silencio en las que tan sólo hablábamos con nuestros respectivos fantasmas, al cruzar el río Manzanares por el puente de Segovia de la villa madrileña la última tarde del año.
Mientras esperaba la llegada de mi benefactora, de la que sigo presintiendo de que sus donaires hacia mi persona encierran sentimientos secretos, esperé en un despacho de la planta baja del Alcázar solazándome en el magnífico lienzo que don Diego de Velázquez pintó para retratar a la infanta Margarita y a sus meninas que decoraba majestuosamente una de sus paredes. Doña Mariana, tras agradable conversación me encomendó partir hacia la Serenísima República de Venecia para intentar convencer al Dogo a que entrase en la Liga Santa contra el turco porque nuestra triste España, otrora poderosa e imperial, se encontraba en bancarrota y me despidió diciéndome las hermosas palabras de que yo era una persona de bien y que no conocía a nadie con tal templanza como la mía, ni con mi sabiduría y que le inspiraba confianza a todo quien estuviese a mi alrededor, confesándome que entendiese que sólo podía encomendarse a Dios y a mi persona al pedirme esta delicada misión por su familia, por España y por toda la cristiandad.
Prestos partimos hacia Valencia en la que permanecimos el tiempo indispensable para terminar de avituallar el galeón que nos debía llevar hacia Venecia a cumplir el encargo diplomático encomendado. Allí celebramos la Epifanía y mientras tanto el arzobispo me pidió que ayudara a la resolución del robo de la reliquia del Santo Grial que se veneraba en la catedral de la ciudad levantina, y Pelayo se metió en un enredo sobre la venta de una esclava del que, como bien pude, tuve que sacarle.
Navegamos unas cuantas jornadas y tras la niebla de invierno que difuminaba su estampa, avistamos la enigmática ciudad nacida de las aguas y asentada sobre una laguna. Nos recibía Venecia, una ciudad tan inhóspita como subyugante, donde se respiraba una niebla tensa que impregnaba la noche cerrada, tan larga como fría, mientras el candil de una de las barcazas que navegan por sus canales intentaba abrirse paso entre la espesura como algo efímero, como un espejismo en medio del canal y que al amanecer, esa niebla comienza a acicalarse de gris claro. Una Venecia llena de espías e inmersa en los fastos de sus famosos carnavales en el que sus habitantes van vestidos con amplios ropajes y sus rostros, ocultos tras máscaras, no permiten poder distinguir si se trata de un hombre o de una mujer.
Notificada a las autoridades de la ciudad la petición de la reina madre de España que me había traído hasta allí, en espera a la decisión al respecto de estas sobre la conveniencia o no de aceptarla, me imploraron que investigara sobre una amenazante nota que han recibido en la que está escrito un misterioso mensaje anónimo que dice que Venecia se hundirá en sus aguas para desaparecer para siempre, comunicándome al mismo tiempo que me ayudará en lo que hay detrás de todo ello una dama, Elena Corner Piscopia, la primera mujer reconocida con un doctorado universitario, quien a su vez ha organizado en la ciudad una reunión a la que asisten los más sabios científicos de la época sobre el debate de si sigue vigente el pensamiento de Aristóteles.
Lo que aconteció durante el mes que estuve en Venecia se lo dejo a vuestras mercedes para que lo lean con visión propia en Sombras de agua de don Félix G. Modroño, pues él sabe narrar con su maestría habitual mucho mejor que yo tantos sucesos extraordinarios que me tocó vivir allí, llenos de robos de reliquias, muertes extrañas, asesinatos espeluznantes, calles por las que transito y las disquisiciones de los científicos que Elena Corner Piscopia me relataba en los innumerables paseos en góndola que hice con ella, en un relato donde se cruzan variopintos personajes como los músicos Stradivari y un Vivaldi niño cuyo padre, barbero de profesión, tiene el empeño de que alcance la gloria, y los filósofos como Newton, Halley o Leibniz entre otros muchos, hasta poder descubrir con mi famosa intuición todos los enigmas, además de otra de las virtudes que la edad me ha ido dando para dominar la crispación cuando esta me invade, guardando silencio que no hagan excederme en comentarios de los que después pueda llegar a arrepentirme y no perder nunca la compostura, pues no ofender a nadie redunda en mi propio beneficio, aunque también estoy convencido que cuanto más razono y cuanto más utilizo el sentido común o la prudencia, más se me cruzan pensamientos intempestivos.
Pero si es mi deseo detenerme en la persona de Elena Corner Piscopia , con la que disfruté de su conversación inteligente y me estremecí en sus silencios, con sus miradas ahogadas de curiosidad y sus sonrisas sutiles. Con Elena Corner Piscopia he conseguido por fin pensar en otra mujer que no sea mi adorada esposa Pilar Maldonado cuyo fallecimiento, tan cruel e inesperado como prematuro, me sumió en mi carácter taciturno y en mis ropajes y golillas negras. Es tanta la admiración que he ido cogiendo por ella que cada vez que aparecía se me difuminaba todo cuanto la rodeaba, de manera que su figura parecía emerger magnética sobre un entorno borroso.
Escribo estas líneas en el verano de 1684 desde mi mansión de Salamanca, seis meses después de haber regresado de la ciudad de Venecia. Hace unas horas mi ama de llaves, Isabel, me ha traído para cenar un suculento plato de la deliciosa olla podrida que ella sólo sabe cocinar y una carta que ha traído un mensajero. He cenado de forma pausada, pensando y cavilando sobre todo lo acaecido durante mi estancia en la Serenísima República de Venecia, sobre Pelayo, mi fiel asistente zamorano al que quiero como a un hijo, que sé que algo me oculta en los acontecimientos allí sucedidos aunque crea que no me he percatado de ello y sobre el agradecimiento que le profeso a don Félix G. Modroño del que también sé que me profesa a mi y que siempre me tiene en sus pensamientos, aunque no esté escribiendo sobre mi persona. Si así no fuese, ¿cómo explicar esa sublime Pietá, Signore de Stradella que escuché a una niña interpretar como si se tratase de un ángel y él plasmarla en una de sus bellas novelas que transcurre en su querido Bilbao donde otra niña de coletas y hermosos ojos grises escuchará en la iglesia de San Nicolás y alzará sus preciosos ojos hacia el cielo porque cree que está cantando un ángel mientras un niño la observa maravillado desde un banco situado detrás de ella?
He terminado de cenar y me he acercado a la ventana. La he abierto para que la brisa de la noche refresque la estancia y he abierto el sobre que me trajo Isabel y las noticias son tan terribles y tristes que he roto a llorar y a gritar de forma desgarrada maldiciendo mi vida que parece haber sido señalada por la mala suerte. Pero es mi ilusión que descubran todo esto en la gran novela que es Sombras de agua que les aseguro que no les dejará indiferentes.
Me despido igual que ya lo hice en mi anterior epístola, rogándole a don Félix G. Modroño que continúe pensando en mí, y en cuanto pueda y tenga un hueco en sus múltiples asuntos y responsabilidades siga contando mi vida, mis aventuras y mi historia.
Queden vuestras mercedes con Dios y atiendan mi ruego de leer Sombras de agua y las dos novelas anteriores sobre mis cuitas. Y comentenlo con sus conocidos y, sobre todo, con don Félix G. Modroño, al que vuelvo a agradecer su tiempo y dedicación hacia mi humilde persona, porque a mí ya no pueden hacerlo al llevar varios siglos muerto y existir solo en la prodigiosa imaginación de tan magnífico autor y en la memoria de sus emocionados lectores.
En Salamanca, un día de finales de agosto del año del Señor de 1684
Doctor Don Fernando de Zúñiga y Ayala, Vizconde del Castañar.