jueves, 26 de noviembre de 2015

Los besos en el pan


Si tienes en tus manos, que espero que lo tengas, Los besos en el pan podrías ir directamente a su tercera parte, titulada Después, y disfrutarías de todo lo que hay dentro de ella ya que es un magnifico resumen de todo lo que encierran sus páginas. Pero, siempre hay un pero, te perderías la gran maravilla que encierran sus dos partes anteriores, tituladas Antes y Ahora, cosa que ya desde el principio, te comunico que no debes perderte para deleitarte con la increíble palabra de Almudena Grandes y no quedarte tan solo con esas apenas quince página finales.

Los besos en el pan empieza y acaba igual:

"La familia Martínez Salgado vuelve de las vacaciones y parece que de pronto se llena el barrio de gente.
Aquí les despedimos, en este barrio de Madrid que es el suyo, distinto pero semejante a muchos otros barrios de esta o de cualquier ciudad de España, con sus calles anchas y sus calles estrechas, sus casas buenas y sus casas peores, sus plazas, sus árboles, sus callejones, sus héroes, sus santos, y su crisis a cuestas.
Aquí se quedan sus vecinos, familias completas, parejas con perro y sin perro, con niños, sin ellos, y personas solas, jóvenes, maduras, ancianas, españolas, extranjeras, a veces felices y a veces desgraciadas, casi siempre felices y desgraciadas a ratos, pero iluminadas ya por la luz de otro septiembre".

Entre medias vamos a vivir las historias, grandes y pequeñas, de una serie de personajes, muchos, que intentan vivir como intentamos vivir todos en esta época de crisis que nos ha tocado vivir a todos. Desahucios, privatizaciones, recortes, pérdida de nivel adquisitivo, amor, angustia, juventud que tiene que emigrar como hace años lo hacían nuestros padres y abuelos, reformas laborales que únicamente benefician a los poderosos que siguen forrándose para hundir al pueblo llano... donde los adultos que no están en el paro vuelven al trabajo, los niños a la escuela, y la vida sigue pasando.

Cheung y Guan-yin serán felices, aunque pronto serán obligados a volver a mudarse a otra habitación, en un piso para parejas con niño, que seguirá siendo propiedad de su jefe común. Amalia seguirá como puede con su peluquería con esfuerzo y dedicación, a la que volverá Diana que sigue con la incertidumbre sobre el Centro de Salud donde trabaja donde se van consiguiendo pequeñas y grandes victorias en los tribunales siempre recurridas por el neoliberalismo. Pascual seguirá detrás de mostrador de su bar ayudando en lo que pueda a sus clientes y amigos. Andrés volverá a Madrid. La sede de Soluciones Inmobiliarias Prisma seguirá estando en el mismo edificio, pero no con la misma plantilla. Sebastián no acaba de salir de una, cuando se mete en otra, aunque su futuro parece ser un poco mejor. Charo ve como su esfuerzo va dando poco a poco sus frutos. Unos amores empiezan y otros acaban. Marisa escribe su libro, aunque a las editoriales no les guste que sea una historia real. Su madre ayuda a los suyos poniendo el árbol de Navidad en la temporada que más hace falta la ilusión de sus seres queridos, aunque sea agosto. Toni empieza a estudiar sin descanso. Jaime conoce a Adriana y empieza una nueva historia de amor. Begoña trabaja en el vivero. Tiene días buenos y días malos. Pepe Martínez, un hombre dispuesto a cumplir sus promesas, va al Calderón con su hijo Pablo desde el primer partido de la Liga, aunque ya se verá lo que dura. María Gracia se arrepiente de haberse cortado el pelo. Sigue trabajando como una burra, limpiando casas por horas y desayunando en el mismo bar del metro, aunque vivir ya no le hace demasiada ilusión. Laura, después de emigrar a Alemania, si que ha recuperado la ilusión. Adela y su nieto José siguen con su actividad, aunque ella intuye que pronto alguien se cruzará en su camino. Sofía Salgado recuerda todas las mañanas a Luna, aunque se siente culpable pese a haber intentado todo lo posible. En cambio, a Marita no le consuelan sus éxitos. Las cajas que conceden hipotecas quiebran, los bancos que las absorben no se hacen responsables de la gestión. 

Tras cinco años de saturación informativa sobre la crisis, novelarla conlleva ciertos riesgos. Almudena Grandes nunca fue ajena a la concepción de la novela como crónica histórica y épica menor, especialmente en el reciente ciclo de los Episodios de una Guerra Interminable, pero ahora se aparta provisionalmente de ese marco y se detiene a mirar el presente. En su nueva novela, Los besos en el pan, narra las historias de una apretada gavilla de gentes que habitan un barrio del centro de Madrid. A modo de pórtico se presentan las grandes coordenadas de ese espacio con figuras, así como las grietas abiertas recientemente. También se explicita ahí el propósito y el enfoque que amarran estas páginas, a modo de un directo alegato contra el olvido ¿impuesto?, contra el miedo paralizante, y a favor de recuperar la rabia y la dignidad perdidas.

Los besos en el pan es una novela coral, llena de noticias del aquí y ahora, que, como en un gran fresco, pinta un año en la vida de estas gentes que se reparten en tres generaciones, ofreciendo así el contraste del tiempo. En su mayoría pertenecen a las clases medias y populares, con predominio de las figuras femeninas y perfiles que permiten a la autora desarrollar sucesos o situaciones representativas: el hambre infantil en las aulas, el desmantelamiento de la sanidad pública, las estafas bancarias (hipotecas o preferentes), la burbuja inmobiliaria, la amenaza de las competidoras chinas explotadas por las mafias, la tentación yihadista desde la miseria y la desesperación en que viven algunos… Hay además periodistas, policías, emigrantes de variada procedencia, adolescentes combativos, universitarios, amas de casa, una asistenta, parados de larga duración… La ligazón entre las numerosas piezas de este puzzle está muy bien resuelta a partir de los lazos familiares, la amistad, las relaciones laborales o la frecuentación de espacios como el bar, la peluquería o el edificio ocupado, si bien más de un percance o situación se fía en exceso a la casualidad y la coincidencia.

Los besos en el pan es una novela que avanza en superficie, ramificándose, donde no todas las ramas tienen el mismo alcance ni similar peso. Es una historia de muchas historias.

Para la Almudena Grandes, esta situación actual se puede calificar de posguerra, donde los combatientes son, por un lado, los ciudadanos y por otro, los grandes lobbys financieros. Se destaca el papel que juegan las asociaciones vecinales en el ámbito de la solidaridad y la lucha. De la misma manera que destaca también el papel de los abuelos; esos abuelos que precisamente son los protagonistas jóvenes de su serie, Episodios de una guerra interminable en la que ha tenido que tomarse un descanso para relatarnos lo que nos está ahora casi ochenta años después.


Los besos en el pan es una novela sobre el hoy .Y es una novela circular, literalmente hablando. La empieza un narrador que pasea su mirada por las calles, casas y tiendas de un barrio donde viven los personajes que luego iremos conociendo. Y él termina la historia. 

La crisis es la atmósfera que respiran los personajes, pero Los besos en el pan no es un libro truculento o panfletario. La crisis trajo más paro e inestabilidad laboral, pero la gente sigue enamorándose, divorciándose, estudiando, naciendo o muriendo. En ese sentido y en otros, Almudena Grandes ha logrado capturar la vida real y narrarla en esta novela. Almudena Grandes describe, narra, crea un mundo, mantiene el ritmo y la atención del lector. Logra que sonría, o llore. O afirme con la cabeza porque él es quien sale en la novela o alguna vez lo ha sido. Con Los besos en el pan, Almudena Grandes vuelve, como siempre ha dejarnos con un buen sabor de boca. El buen sabor de boca que deja la gran literatura que ella lleva ya tantos años ejerciendo.

©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

domingo, 22 de noviembre de 2015

Presentación de la novela El jardín vertical en Valladolid



Valladolid, 20 de noviembre de 2015

Alejandro López Andrada nace en 1957, o sea, es tan joven como yo, en Villanueva del Duque (Córdoba), localidad de la que es hijo predilecto. A los 35 años fue elegido miembro de la Real Academia de las Letras de Córdoba. Su fuente de inspiración está en su Valle de Los Pedroches.

Es autor de una veintena de poemarios, casi otras tantas novelas y recopilaciones periodísticas y ensayos.

Ha recibido innumerables premios como, entre otros muchos, el Nacional San Juan de la Cruz, el Rafael Alberti, el José Hierro, el Ciudad de Badajoz, el Andalucía de la Crítica, el Ciudad de Salamanca, el Fray Luis de León y el Ciudad de Córdoba.

Su novela El libro de las aguas fue llevada al cine, dirigida por Antonio Giménez Rico, en el año 2008 y rodada en ese increíble Valle de Los Pedroches.

Alejandro López Andrada es un hombre tan polifacético que hasta ayer me enteré que también ha sido letrista de canciones de grupos como Los Iberos, los Módulos y del cantautor y amigo personal Pablo Guerrero.
En su pueblo, su nombre rotula una plaza, Plaza de Alejandro López Andrada, donde se encuentra la casa donde nació.




Alejandro López Andrada y yo no nos hemos conocido personalmente hasta esta tarde, aunque llevamos casi cuatro meses teniendo una amistad en las redes sociales. Yo desde hace ya un tiempo, en mi página de Facebook, tengo la rareza u osadía de poner una poesía de un poeta durante un mes. Empecé con La voz a ti debida de Pedro Salinas, y como tuvo éxito me permití continuar con esta sana costumbre. Por ella han pasado diversos poetas como Luis Cernuda, José Ángel Valente, José Agustín Goytisolo o Miguel Hernández, con el que estoy este mes. Acabando julio, pensé que todos los poetas que ponía estaban ya muertos. ¿no habría en el panorama de nuestras letras algún poeta vivo del que yo no conociera su obra? Comentando el asunto con otra gran amiga mía, aunque aún sólo virtual, Mamen Romero Muñoz, me dijo que por qué no ponía a un paisano suyo que tenía una obra muy interesante, y me dio el nombre de Alejandro López Andrada. Empecé a buscar por esa fuente inagotable de inspiración que es Internet y me di cuenta enseguida que se trataba de un gran poeta y en ese caluroso mes de agosto, ese poeta que hoy tengo el placer de tener a mi izquierda sentado a mi lado, diariamente empezó a embellecer mi muro con sus increíbles poesías y textos. Como Alejandro López Andrada es un hombre en extremo generoso y afable a diario me comentaba cada poema que de él iba apareciendo mostrando una infinita gratitud hacia mi persona por difundir su obra, cosa que yo hacía con el maravilloso placer de poder conocer su fabulosa manera de escribir. Hace algo más de un mes me comentó que quería presentar en nuestra ciudad de Valladolid su última novela, El jardín vertical, y que se sentiría muy orgulloso de que fuera yo el que fuera su anfitrión y presentador. Por supuesto, su propuesta me llenó de orgullo y acepté de manera inmediata. Y me puse al trabajo de organizar con una gran ilusión el evento en la mítica Librería Sandoval donde nos encontramos todos reunidos.

Hoy es 20 de noviembre de 2015. Hace cuarenta años decidió dejarnos, por fin, uno que jodió la vida a mi familia y a tantas y tantas familias, para dar paso a la esperanza y a la luz en esa España oscura y cercenada por su mitad. Pero, hoy también, se cumplen cuatro años en que los españoles decidimos dar mayoritariamente el poder a los herederos del dictador que nos mintieron a todos, a mi desde luego no porque ya se de que van, como lo han hecho siempre. sobre todo lo que prometieron, dejando otra vez nuestra tierra como un erial en este periodo de tiempo en que llevan en el poder. Hoy 20 de noviembre, que fecha tan paradójica, se presenta en nuestra ciudad El jardín vertical que habla precisamente de todo esto.

Alejandro López Andrada ha confesado que escribe con la realidad ética de forma estética en toda su obra, la cual es muy comprometida. Para sus poesías y textos se basa en lo que sus ojos admiran en sus interminables paseos por el campo de su valle y están muy ligados a la Naturaleza.

En un poema suyo, Hombre raro, que él me reveló que era su poema que quizás mejor le define dice que ama las ortigas, en su pecho duermen los pastores, es la luz que a los gañanes muertos le da agua, ama el dolor de los nogales, a veces es espiga enamorada de las estrellas últimas del cielo, vive en el vientre antiguo de las nubes, los mirlos le saludan y le abrazan las collalbas, es el hombre último que habla con los pájaros.

Como ya he dicho, en su ya muy importante obra en prosa, también está siempre presente su sentido poético del que le es muy difícil desprenderse, si no le es imposible. Sus novelas son muy líricas y poéticas. Alejandro López Andrada es un hombre sencillo, un poeta que encuentra su equilibrio espiritual en la soledad y en la armonía de su tierra natal de Los Pedroches, al norte de la provincia de Córdoba, plagada de las dehesas, lindando con ese sur de Extremadura que él elige para poner el pueblo de Aguanís, en el valle de La Serena, donde vive su infancia Daniel, el protagonista de El jardín vertical. Alejandro López Andrada es un escritor que llena de luz sus palabras.

Tiene muy claro que la misión de la Literatura, ahora mismo, debe servir, además de embellecer la realidad, para transformar esa realidad, cambiarla.

En esta época tan materialista en la que un neoliberalismo capitalista está hundiendo a los seres más humildes, a las personas más desprotegidas, a los obreros, a los trabajadores... la Literatura tiene que ser un arma para luchar contra esa ignominia degradante para cambiar el mundo.

Alejandro López Andrada tiene un espíritu poético que es capaz de atravesar la realidad para extraer de su corazón la esencia de la vida, del alma y palpar lo que es inasible. A Alejandro López Andrada le gusta escribir para la gente, para los demás, y entiende la literatura como un acto de entrega y de generosidad. Es tan generoso que casi todo lo que escribe lo vierte en su página de Facebook y en su Blogg que llevan su propio nombre y que os invito desde aquí que los visitéis.

En su defensa continua de los más pobres le lleva a escribir El jardín vertical que hoy estamos presentando y donde entra de lleno en el momento tan difícil que nos ha tocado vivir.

El jardín vertical lleva el subtítulo de La novela de un indignado, porque, efectivamente, se trata de un texto escrito desde la indignación que corroe a muchos de los que venimos sufriendo los desmanes de un Gobierno que, en sus cuatro años de gobernanza, se ha caracterizado por eliminar muchos años de derechos conquistados y a hundir en la pobreza a grandes sectores de la población.


El jardín vertical tiene un tono poético. melancólico, reflexivo y justo en Daniel, su protagonista, con una eficaz construcción de la trama en la que se contrasta la vida rural y la vida urbana dentro de los movimientos sindicales y sociales, quedando perfectamente retratados los más débiles (ancianos, inmigrantes, pobres, los grandes olvidados de la Historia), aunque la novela nunca cae en lo panfletario gracias a esa gran voz narrativa que sitúa en un contexto personal un problema global.
En la reseña que hace unos días publiqué sobre El jardín vertical en mi blogg Volveremos a Macondo escribo lo siguiente:

"Palabras, duras y bellas palabras, como luz, con la que empieza y termina el libro, miedo, desolación , incertidumbre, bastardo, hijo de puta, tristeza, temblor, lloro, humillación, aberración, amor, solidaridad, hipocresía, corrupción, idealismo, conciencia, fuego, dolor, muerte, vida, olvido, orfandad, dignidad. Palabras que le sirven a un mago de las palabras, Alejandro López Andrada, componer en su sabia y poética prosa esta breve y bella novela que es El jardín vertical.

Pero como decía su abuelo, el fascismo puede cambiar de traje, o de camisa, pero que, al final, sus hechos siempre lo delatan y, aunque algún día se marcharán, volverán vestidos de corderos. Y finalmente volvieron, gracias a esa democracia los hijos y los nietos de los que decapitaron, muchas décadas antes, el progreso y la igualdad. Y de repente Daniel pierde al amor de su vida, su trabajo en una residencia de ancianos que es privatizada, su casa y sus amigos. Pierde todo menos el honor y la dignidad que si han perdido ya muchos y que no encuentran ni un minúsculo asidero al que aferrarse para sobrevivir antes de que los arrastre la tormenta de la crisis que sirve para un Gobierno autoritario de ideas neoliberales que la han auspiciado para hacer saltar por los aires principios y pisotear derechos elementales para volver la patria plomiza que de niño conoció y que pensaba que ya nunca más volvería a ver, protagonizada por un equipo de políticos pertenecientes a un Gobierno represor de miserables que en muy poco tiempo han acabado cercenando todo lo que exhala un tufo a libertad y que se llaman demócratas, mintiendo en todo y creando un futuro que es un horizonte muerto, la pared de una casa olvidada por el sol, que no sienten nada por el prójimo y que pasan su vida jodiendo a los demás. Un Gobierno de torpes que superan a su ignorancia. Un Gobierno lleno de maldad e insensato cuyos peores defectos son el orgullo y la mentira, además de ser tercamente ineptos. Un  Gobierno aliado con las mafias del poder, con la Iglesia comprometida con los ricos, que hace desahucios umbríos apoyando a una Banca corrupta, carroñera e insaciable en una España sumida de nuevo en la pura oscuridad.

El jardín vertical es un grito de desesperación en el caos en el que ninguno debe resignarse sin lucha constante para desenmascarar tanta patraña. Alejandro López Andrada es un valiente escribiendo claramente la historia de los últimos cincuenta años de nuestros pueblos y de nuestras ciudades, y eso es lo que tenemos que ser todos nosotros, valientes, y luchar sin desmayo ni descanso desde el lugar que ocupemos porque cuando una persona lo ha perdido todo, cuando pierde el amor de su vida, cuando pierde su casa, cuando pierde su trabajo, cuando hasta le abandonan sus amigos, únicamente le queda la dignidad y se convierte en un animal herido que arremete contra todo con furia, aunque lo hace convencido de que lo hace por amor hacia los demás, por la dignidad y la revolución.

Alejandro López Andrada es un poeta sensible y un hombre de paz que ha tenido la osadía y el coraje de escribir El jardín vertical que es una bomba de relojería directa a la línea de flotación de la impudicia tan absoluta de quienes nos gobiernan en este momento. Él tiene la fuerza de sus palabras. ¿De qué fuerzas dispones tú para acabar con la pesadilla?"

El jardín vertical hoy, cuando hace pocos meses acaba de salir, es una novela contestataria, pero mañana será una novela histórica y su vigencia literaria estará siempre ahí. Por fin ya era hora que, un autor con una sólida carrera literaria, haya dado un golpe en la mesa en cuanto a lo que está sucediendo en España.

Muchas gracias, Alejandro, por escribir El jardín vertical y por venir a visitarnos de nuevo a Valladolid. Muchas gracias por haberme invitado a que te de paso a tu increíble palabra de forma tan generosa.

Antes de dar la palabra a Alejandro López Andrada, me vais a permitir que os hable de una persona que hoy no ha podido estar con nosotros, aunque estoy seguro que le habría gustado mucho hacerlo. Él me ha recordado al pastor de cabras, amigo de Daniel, del primer capítulo de El jardín vertical porque él, en su juventud también era pastor en esa España tétrica y rural. Pero ese muchacho tuvo la gran suerte de encontrarse  con una maestra que, por lo que fuera, le cogió cariño y gran afecto y, como seguramente era una maestra de esa II República segada por el fascismo, le enseñó a leer y a escribir. Y ese muchacho, en este campo castellano de los Montes Torozos, cuyas cunetas siguen hoy llenas de fusilados perdidos sin que les podamos llevar una triste flor porque no sabemos donde están, que tanto ama y que le vio nacer siempre llevaba en su zurrón un libro. Y un libro siempre me pide para leer. Éste ya no podrá hacerlo y estoy convencido que le gustaría mucho leerlo. Después, como Daniel, abandono su pueblo y el campo y se vino a la ciudad para dar un futuro mejor a su familia. Hoy se está despidiendo de todos nosotros con una gran dignidad, la misma con la que siempre vivió. Alejo, mi suegro, el padre de mi compañera, doy las gracias por haberte podido conocer.

Ahora si. Os dejo con Alejandro López Andrada. Nos tiene que decir muchas cosas con su maravillosa palabra.
Muchas gracias a todos por vuestra asistencia.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

lunes, 16 de noviembre de 2015

El jardín vertical




Palabras, duras y bellas palabras, como luz, con la que empieza y termina el libro, miedo, desolación , incertidumbre, bastardo, hijo de puta, tristeza, temblor, lloro, humillación, aberración, amor, solidaridad, hipocresía, corrupción, idealismo, conciencia, fuego, dolor, muerte, vida, olvido, orfandad, dignidad. Palabras que le sirven a un mago de las palabras, Alejandro López Andrada, componer en su sabia y poética prosa esta breve y bella novela que es El jardín vertical

Existe en Madrid un edificio, la Caixa Forum que es un centro cultural, dedicado principalmente a exposiciones temporales. Se integra dentro del llamado Triángulo del Arte, en el Paseo del Prado de Madrid, situado en la mitad sur del citado Paseo, enfrente del Real Jardín Botánico colindante con el Museo del Prado. Se encuentra en un lugar intermedio entre dos grandes museos de la zona, el Museo Thyssen - Bornemisza y el Museo Reina Sofía. En su fachada se encuentra un jardín vertical que es contemplado por Daniel, el protagonista de la novela, en una noche lluviosa sentado en un banco frente a él y esto le sirve a Alejandro López Andrada para componer su metáfora de esta crisis que nos asola, originada precisamente por la Banca, por ellos, por los ricos, que, al final se ha cebado solamente con los débiles y los más vulnerables de la sociedad y nos dice que es necesario poner ese jardín vertical en posición horizontal, pues el jardín en su verticalidad es un antagonismo a todo lo que en nuestra vida tiene que caminar en un recorrido de dignidad y desarrollo personal que sean codiciables y gratos, Esa verticalidad es una pared contra la que colisionan las esperanzas de los españoles que estamos viviendo hoy en día y es ese muro impenetrable de las actitudes de los que nos gobiernan que, mientras deberían facilitar la vida de los ciudadanos, nos la pisotean y masacran como lo estamos día a día observando y sufriendo.


El jardín vertical comienza con la confesión de Daniel, encerrado en su domicilio, de que ha hecho algo que no sabemos, asume las consecuencias de lo realizado y acepta lo que ha hecho aunque le parezca duro admitirlo, sin tener demasiado claro si su acción al final ha servido para algo aunque piensa que no ha sido en balde. Y es ahí, en esa casa en la que está encerrado donde nos empieza a contar su historia, en primera persona, desde su niñez en un pueblo de la comarca de La Serena, al sur de Extremadura, durante los años sesenta del siglo pasado hasta nuestros días donde descubriremos ese plan muy arriesgado y demencial que ha cometido, en un Madrid casi espectral y dentro de un país derrumbado social y éticamente, acosado por la crisis económica, el paro y la corrupción política.

Daniel salió de su pueblo, Aguanís, homenaje a otras ciudades míticas como Mágina, Macondo o Comala, tras un hecho trágico en su familia en una comarca deprimida en un rincón de Extremadura en esa España franquista oscura y gris para venir a Madrid con trece años a vivir a casa de unos tíos que viven en un barrio obrero poco antes de que muera el Dictador. Nos cuenta esa etapa de la Transición y el triunfo socialista de 1982 en un ambiente casi revolucionario y de alegría, años luminosos donde empezó a expandirse la cultura y la libertad creció por todas partes, de su vida universitaria, de los cines y de los cantautores de la época, Luis Eduardo Aute, Pablo Guerrero y Luis Pastor, el encuentro con su futura mujer, Marieta, una progre tan bella que se parece a Serena Grandi y que huele el día que la conoce a jazmines mezclados con frambuesas en la noche que fue para Daniel la más feliz de su vida, pero con una cultura que, en el fondo, aunque ella lo negara, tiene su raiz en las bases de un clasismo exclusivista, radical, soberbio, instalado en ambientes de la alta sociedad a la que pertenece su familia frente a la de Daniel que viene de la realidad opuesta, la de los perdedores y los vasallos de una derecha rural, siniestra y torva, su afiliación a las Juventudes Comunista del PCE y su militancia dentro de ese partido, su amor por el medioambiente, la lectura, la ternura y su empatía con los que sufren. Unos finales de los años setenta de aire fresco imposible de comparar con el ambiente rural, pobre y atávico, asfixiado por la beatería y el franquismo de su niñez.

Pero como decía su abuelo, el fascismo puede cambiar de traje, o de camisa, pero que, al final, sus hechos siempre lo delatan y, aunque algún día se marcharán, volverán vestidos de corderos. Y finalmente volvieron, gracias a esa democracia los hijos y los nietos de los que decapitaron, muchas décadas antes, el progreso y la igualdad. Y de repente Daniel pierde al amor de su vida, su trabajo en una residencia de ancianos que es privatizada, su casa y sus amigos. Pierde todo menos el honor y la dignidad que si han perdido ya muchos y que no encuentran ni un minúsculo asidero al que aferrarse para sobrevivir antes de que los arrastre la tormenta de la crisis que sirve para un Gobierno autoritario de ideas neoliberales que la han auspiciado para hacer saltar por los aires principios y pisotear derechos elementales para volver la patria plomiza que de niño conoció y que pensaba que ya nunca más volvería a ver, protagonizada por un equipo de políticos pertenecientes a un Gobierno represor de miserables que en muy poco tiempo han acabado cercenando todo lo que exhala un tufo a libertad y que se llaman demócratas, mintiendo en todo y creando un futuro que es un horizonte muerto, la pared de una casa olvidada por el sol, que no sienten nada por el prójimo y que pasan su vida jodiendo a los demás. Un Gobierno de torpes que superan a su ignorancia. Un Gobierno lleno de maldad e insensato cuyos peores defectos son el orgullo y la mentira, además de ser tercamente ineptos. Un  Gobierno aliado con las mafias del poder, con la Iglesia comprometida con los ricos, que hace desahucios umbríos apoyando a una Banca corrupta, carroñera e insaciable en una España sumida de nuevo en la pura oscuridad.

Alejandro López Andrada escribe con su escritura poética de siempre sin dejar de lado la violencia en su lenguaje que el argumento necesita. Como es un auténtico enamorado de la cultura y de la literatura hace a lo largo de las páginas de El jardín vertical diferentes homenajes a diferentes obras y autores. Daniel nos recuerda al Meursault de El extranjero de Albert Camús, obra donde advierte sobre el hombre que está siendo creado. Es una denuncia frente a una sociedad que olvida al individuo y le priva de un sentimiento de pertenencia activa en la comunidad y escribe una obra provocadora en cuyo trasfondo aparece el rostro desgarrado de una España herida y violentada por un Gobierno y una Europa neoliberal. Pinta una historia gris donde el paisaje está oscurecido por la extirpación de cualquier pasión o voluntad del hombre. Daniel, como Meursault, es el personaje que encarna ese sentimiento de profunda apatía por todo lo que le rodea haciéndose de manera más ostensible en la actitud ante la situación que vive. Daniel, al contrario que Meursault, si tiene valores, aunque esté degradado por el absurdo de su propio destino, el matrimonio fracasado, la amistad perdida, la superación personal... le preocupan. No soporta y le produce un asco inmenso la gente egoista que no se preocupa por el débil, ni tampoco soporta al que se refugia en la resignación. Pero su ateísmo está justificado, la vida no tiene ningún sentido en este escenario, la confianza en fuerzas externas a él mismo le produce una sensación de caída hacia el abismo de lo incierto. La búsqueda de la felicidad no se hallaba en esa religión, ni en la confianza en una sociedad cuyos mecanismos y leyes son desconocidos al individuo, la felicidad se encontraba en uno mismo, en la seguridad de la propia existencia, en la conciencia de ser y cuyo fin es el mismo conocimiento del ser. Daniel, como Meursault, se transforma así en un extranjero que juzga y remueve los fantasmas de una sociedad angustiada, cuya moral, carente de sentido, regula la vida de un todo social. Esa moral que condena a muerte de igual manera a un hombre que no llora la muerte de una persona desesperada que ha perdido todo, hasta su dignidad por unos mal nacidos.

Daniel también recuerda al Juan Preciado de Pedro Páramo de Juan Rulfo. Se pasea por un Madrid casi fantasmagórico, oscuro y lluvioso en el que parece que sus habitantes están muertos y habla con ellos.

Y también quiere hacer un homenaje a La familia de Pascual Duarte de Camilo José Cela. Pascual Duarte, habitante de la Extremadura rural como Daniel que nos cuenta su vida y que recurre a menudo a comparaciones con la naturaleza. Su vida y la realidad-política española está marcada por un clima de profunda inestabilidad. El protagonista de la obra, como Pascual Duarte, naturalmente también se ve influenciado, condicionado e impregnado por el clima social reinante en el momento, pero. al contrario de la novela de Cela, las referencias explícitas son fáciles de deducir y el autor está refiriéndose implícitamente a las mismas.

No hace muchos años, ya iniciada la crisis que se ha cebado principalmente con el Sur de Europa y con los más débiles, el escritor griego Petros Márkaris decía que la literatura debía denunciar lo que está ocurriendo. Alejandro López Andrada parece que ha recogido ese guante y escribe El jardín vertical una novela muy arriesgada y muy comprometida que habla de una época muy difícil que recuerda a otra muy cruenta que dejamos hace cuarenta años. Una España, la de antes y la de ahora mismo, en la que quien está en el poder en vez de estar con el pueblo, gobierna contra el pueblo, pisoteando y arrancando sus derechos y libertades con total indignidad, corrupción, chulería y desprecio hacia la gente que sufre y paga una crisis que ellos mismos provocaron con su avaricia y desmesura. Daniel va extrayendo a lo largo de las páginas de El jardín vertical el dolor, la ignominia, el fracaso y el desprecio que le azotó al final del franquismo en su pueblo durante su niñez en un medio rural lleno de señoritos, falangistas chulos de medio pelo y de sus pelotas aduladores a una época ya de madurez, en la que ya no le queda nada porque lo ha perdido todo y que la pesadilla de su niñez vuelve por estos que parecen haber descubierto y fabricado la democracia, cuando todos los de su especie y condición sólo han luchado contra ella a lo largo de nuestra Historia.

Daniel y, como muchos, este gran poeta y escritor que es Alejandro López Andrada amamos las cosas limpias, horizontales, aunque este mundo este repleto de objetos verticales, de escalas militares, de oposiciones a cargos relevantes, de puestos políticos de un rango elevadísimo que, aún habiendo sido votados por el pueblo, no miran jamás al suelo; muy al contrario, quienes disfrutan en la altura de esos cargos gustan de que la gente se arrodille solicitando limosnas y protección. El miedo en estos tiempos es la cera que da pábulo al poder. Todo esto es lo que ha pasado en todo el Sur de Europa, y más que en ningún otro sitio aquí, en nuestro país, en nuestras calles, en España, donde nos rodea un sistema capitalista injusto en el que su alumno más aventajado como es quien la mayoria de los españoles le votaron el 20 de noviembre de 2011 nos quiere llevar hacia un Nuevo Orden Mundial destrozando derechos y libertades y esclavizando la luz que antes había en el ambiente. Las normas austericidas que se aprueban en Bruselas desangran países hundidos por el paro y la miseria por mucho que se pavoneen de que gracias a ellas estemos sacando a flote la cabeza.

El jardín vertical es un grito de desesperación en el caos en el que ninguno debe resignarse sin lucha constante para desenmascarar tanta patraña. Alejandro López Andrada es un valiente escribiendo claramente la historia de los últimos cincuenta años de nuestros pueblos y de nuestras ciudades, y eso es lo que tenemos que ser todos nosotros, valientes, y luchar sin desmayo ni descanso desde el lugar que ocupemos porque cuando una persona lo ha perdido todo, cuando pierde el amor de su vida, cuando pierde su casa, cuando pierde su trabajo, cuando hasta le abandonan sus amigos, únicamente le queda la dignidad y se convierte en un animal herido que arremete contra todo con furia, aunque lo hace convencido de que lo hace por amor hacia los demás, por la dignidad y la revolución.

Alejandro López Andrada es un poeta sensible y un hombre de paz que ha tenido la osadía y el coraje de escribir El jardín vertical que es una bomba de relojería directa a la línea de flotación de la impudicia tan absoluta de quienes nos gobiernan en este momento. Él tiene la fuerza de sus palabras. ¿De qué fuerzas dispones tú para acabar con la pesadilla?


©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

viernes, 30 de octubre de 2015

Hotel Mediterráneo



A veces te hablan de libros u de autores para ti desconocidos. A veces tienes la suerte de abrir el buzón de tu casa y encontrar que una gran amiga te regala un libro. A veces tienes la gran suerte de tener entre tus manos y leer un libro como Hotel Mediterráneo de Alejandro Pedregosa.

Hotel Mediterráneo es un libro absolutamente fresco, plagado de personajes estrambóticos, una historia que roza el surrealismo mágico pero que te identificas desde el principio con lo que en él se narra, un libro en el que te deslumbra su luz.

El Hotel Mediterráneo no es un hotel y ni siquiera, pese a su nombre, no tiene vistas a ese mar que pinta de azul sus largas noches de invierno ni que se acerca y se va después de besar tu aldea. En el Hotel Mediterráneo, situado en un barranco de un bosque de un lugar indeterminado donde habitan una serie de personajes sublimes que huyen de sus vidas anteriores. Unos y otros se refugian en él por si un día para su mal les viene a buscar la parca, en un paisaje tranquilo en medio de la naturaleza donde llueve y llueve detrás de los cristales, para refugiarse y comenzar una nueva vida, más plácida, más reflexiva: más humana.

La fundadora es Amparo, la abuela vasca a la que Joan Manuel Serrat le escribió cuando era joven eso de que como al viento, la lluvia y el trueno la parieron al sereno a la sombra de un nogal... y creció viendo a sus pies Tolosa... para cobijar a gente que no puede ver su cielo y su mar, y Maite, su amiga, seria e imperturbable psicóloga. Ambas, de personalidad fuerte, fueron conscientes de que debían fundar esa casa de acogida para mujeres en peligro de muerte por sufrir el acoso de sus maltratadores que ejercieron sobre ellas violencia de género.

También vive allí el Presidente, malhablado pero bonachón, antiguo político corrupto de las tierras del Sur que expía escondido sus delitos y ejerce de cocinero entre interminables noches de porros, botellas de vino y jugosas conversaciones con Francesc, Fransés para el Presidente, un joven pianista enamorado de la música de Serrat, que huye de Barcelona al morir su abuela que le crió y darse cuenta que la ciudad se le queda pequeña y le vacía el alma, que nos cuenta en primera persona la historia. Y Tamara, joven y bonita, extraña, arisca y cohibida, que un día huyó de su pueblo alejándose del maltrato de su marido porque cree firmemente que quiere asesinarla.

Para subsistir entre todos regentan un restaurante que tiene más éxito que el mismo hotel. Todos viven como una familia en un presente confortable exento de lujos pero de buena calidad frente a la que gozaban en sus anteriores vidas. Tamara, la última huésped que ha llegado al hotel, enamora perdidamente a Francesc que intenta ayudarla encubriendo hasta el infringimiento de las normas de la institución. Tamara para Francesc es la gloria vestida de tul con la mirada lejana y azul... porque yo amaba a esa mujer de cartón piedra.

Hotel Mediterráneo es un libro especial, notable, sorprendente, raro, distinto, pero extraordinario que se empieza a leer sin saber muy bien a dónde va a ir a parar, pero que mantiene la atención, por varios motivos, entre ellos el particular y sano sentido del humor que Alejandro Pedregosa imprime en él. En cuanto uno se da cuenta, ya han aparecido, de forma espontánea y natural, los elementos clave del relato, por lo que ya se está enganchado, y no se puede parar hasta el desenlace. Quizás acaba sabiendo a poco, pues se trata de una novela de corta extensión, pero desde luego deja mejor regusto así que si se hubiera hecho pesada. Desde el principio es un libro bonito, pero para mi es a partir de su mitad cuando se convierte en precioso. Hotel Mediterráneo es un canto a la libertad, a romper con el pasado y empezar de nuevo que pone en juego una trama realista contada sin melindres ni remilgos.


Hotel Mediterráneo habla de muchas más cosas que de la violencia de género. Es una historia llena de historias asombrosas y espectaculares y, sobre todo, es un libro de amor, con mayúsculas, desinteresado y desmedido, donde la prosa de Alejandro Pedregosa, plagada de poesía, parajes sugerentes, metáforas alusivas, palabras imaginativas y ensoñadoras, nos arrinconan en un oasis de buena literatura para poder refugiarte y abstraerte del mundo durante unas horas.


Las palabras de amor que Alejandro Pedregosa vuelca en su Hotel Mediterráneo me han hecho soñar y su estupenda banda sonora original de Joan Manuel Serrat me ha lanzado a lugares recónditos, sublimes y únicos que ya creía olvidados cuando de joven rayaba sus discos de tanto escucharlos y volver a recordar nombres que me saben a yerba.
Hotel Mediterráneo hace volar la imaginación. Y para eso sirve la literatura, para hacerte volar en un ensueño.


©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

miércoles, 14 de octubre de 2015

¡Ay, Carmela!



Leer teatro quizás esté bastante olvidado entre el publico cuando es una de las experiencias más gratificantes que pueden existir, y más si se trata de un texto tan magnífico como es el de ¡Ay, Carmela! de José Sanchis Sinisterra.

José Sanchis Sinisterra (Valencia, 1940) es uno de los dramaturgos españoles más comprometidos con el teatro de su tiempo. Su actividad como profesor, investigador, director, promotor y autor de teatro le ha mantenido en una continua búsqueda y experimentación de nuevas formas de expresión. Sobre la base de la tradición clásica y de la renovación formal (que sigue los pasos de Kafka, Beckett y Brecht), Sanchis Sinisterra pretende con su teatro sorprender y estimular la conciencia del espectador desde un punto de vista ético y estético.

Con ¡Ay, Carmela!, que pertenece a su etapa inicial, el autor obtuvo un rotundo éxito de crítica y público. Planteada como una crónica sentimental de la guerra civil desde la memoria republicana, tiene mucho de ajuste de cuentas con la historia, pero también con nuestra propia época, con el teatro español y con la trayectoria personal de su autor.

¡Ay, Carmela! es un texto singular; construido con materiales irrisorios, tomados en préstamo de los géneros más ínfimos del espectáculo, tiene en cambio una factura compleja, elaboradísima, que suministra al espectador los datos para reconstruir con fragmentos, a veces febriles, de la memoria los hechos que atormentan a los personajes. Muchos temas se cruzan sobre el nudo aparentemente anecdótico de su argumento: sobre el gran teatro de operaciones de la guerra civil española, el irrisorio tablado de unos cómicos ambulantes, la ridícula afrenta del teatro cometida ante el poderío obsceno de la muerte. El teatro como escenario de la memoria, donde vuelven a cobrar vida, aguijoneados por el castigo de la conciencia, fragmentos de una traición o de una cobardía.

¡Ay, Carmela! es uno de los textos de la dramaturgia contemporánea española que más se ha representado por todo el mundo. El interés que despierta, a pesar de sus casi treinta años, es de una vigencia abrumadora. Es una elegía de una guerra civil en dos actos y un epílogo, aunque tal vez sea esta ultima parte de la obra la menos conocida. Y ello porque la fabulosa historia de José Sanchis Sinisterra la conocemos fundamentalmente por la versión cinematográfica de Carlos Saura.


Un epílogo fascinante que supone una reivindicación de la memoria histórica como atributo de la dignidad. Un excelente colofón para el sugerente final del segundo acto que, tras el sonido de una descarga de fusilería, deja a oscuras el escenario en el que Paulino y Carmela llevan a cabo sus interpretaciones. La acción transcurre en Belchite (Zaragoza), que acaba de ser "liberado" por las tropas nacionales y los dos artistas de variedades hacen un espectáculo para homenajear al ejército victorioso y humillar a los vencidos, que asisten a la representación antes de ser fusilados. Aunque el tema de la obra es el del "teatro bajo la guerra", y nos muestra la visión del autor sobre el hecho dramático (reflexiones del teatro dentro del teatro) no deja de ser significativo que el contexto marque irremediablemente la acción, lo cual nos lleva a la reivindicación de Sanchis Sinisterra de la función social del teatro. Frente al tono fundamentalmente realista y verosímil de los dos primeros actos, el epílogo es magia. En estas últimas líneas el autor nos lleva a un mundo de sueños e imaginación, a la fantasía que quedó sustituida en la película por un epílogo mucho más convencional y realista: la visita a la tumba de Carmela. El epílogo de ¡Ay, Carmela! en realidad retoma el principio de la obra, donde se le aparece a un confuso Paulino, Carmela recién muerta. Tras mostrarnos en el segundo acto con una nueva regresión temporal cómo sucedieron los hechos la noche de la muerte de Carmela, en el epílogo el tiempo se ha detenido, el desenlace ha sucedido y el teatro impone su libertad que le permite hacer de lo ilógico algo natural. No tiene por qué ser un sueño de Paulino (de hecho, Sanchis Sinistierra afirma que escribió estas escenas para que el público no pensara que eran fantasías de Paulino). Así, naturalmente, vuelve Carmela de entre los muertos y se produce un magistral cruce de tiempos, una demostración de que cualquier cosa puede suceder en el escenario. El epílogo por tanto no es un añadido trivial, una manera de alargar innecesariamente la obra. En él se cierra el ciclo abierto en los dos actos con las apariciones de Carmela y se desarrollan temas fundamentales que invitan a la reflexión al espectador. La dignidad artística, la dignidad vital de vivos y muertos, la supervivencia a costa de la dignidad y el olvido frente a la reivindicación de la memoria para salvar esa dignidad. ¿Es mejor ser un fantasma digno o un vivo convertido en pelele? Como dice Carmela, hay muchas formas de estar muerto... y muchas formas de estar vivo. En definitiva, ¡Ay, Carmela! merece una lectura para apreciar la riqueza de la obra y este magistral epílogo que me ha emocionado cuando Carmela ve en el patio de butacas a los milicianos que la vieron actuar por última vez y que también fueron fusilados tras ella. Pero, sobre todo, cuando ella reivindica los "clubs" de la memoria allá en la otra vida...


"Para recordarlo todo (...) Porque los vivos, en cuanto tenéis la panza llena y os ponéis corbata, lo olvidáis todo. Y hay cosas que.."

En estricto sentido, la obra cuenta la historia de Carmela y Paulino, dos actores de revista de variedades que, en plena Guerra Civil, actúan en la España republicana, como podrían haber actuado en la España nacional, si así les hubiera “pillado” el conflicto. A causa de un error cruzan las líneas y son hechos prisioneros por los nacionales. Allí son obligados a realizar la representación de una velada cómica para un público compuesto de militares (nacionales) vencedores y algunos brigadistas internacionales (rojos) que van a ser fusilados al siguiente amanecer. El espectáculo incluye una parodia burlesca contra la República, un número ideado para humillar a los prisioneros republicanos, que acabará desencadenando la tragedia. Carmela, indignada, subvierte espontáneamente dicha parodia, pese a los intentos del apocado Paulino para sacarla del atolladero, y acaba siendo fusilada también. Paulino queda solo y no tiene más consuelo que emborracharse y recibir las visitas del espíritu de Carmela.

Aún así, con estos mimbres, la historia no es de guerra, es cruel, dramática, emocional, pero no es de bandos ideológicamente enfrentados con la ferocidad de las armas. El mensaje sobre el que gira es de valores, contravalores, emociones y la lucha por la vida. No se puede leer como una historia puramente cronológica. Realmente está construida como un flash back a partir de los recuerdos de Paulino y la presencia fantasmal y metafórica de la Carmela muerta. Nos encontramos ante un tiempo cambiante que se repite, y en un espacio donde se confunde lo vivo y lo muerto, y donde convive el miedo y la rabia, la injusticia y la búsqueda de la supervivencia.

Sin embargo, no podemos obviar que ¡Ay, Carmela! es una obra con mensaje claro. Es la historia de la humillación y el grito de la dignidad. La humillación la representa Paulino, a sabiendas de que ésta es menos si pensamos que lo primero es poder comer cada día. Pero humillación es, al fin y al cabo, someterse a las exigencias del poder y a las maromas con las que atenaza el miedo. El grito de la dignidad humana, con la veracidad que trasmite el candor y la fuerza de la ilusión y a la vez la inocencia infantil se encarna en Carmela, que canta, baila, enseña su medio cuerpo desnudo, se salta el guión establecido y se deja guiar por el corazón, para ponerse del lado emocional de las víctimas, de quien sufre, de los inocentes. Ella será también víctima y símbolo de lo que el poder brutal ejecuta contra todo aquel que se rebela. 

Si desde el punto de vista del contexto de guerra, el texto de Sanchis Sinisterra me parece que ha envejecido, desde esta otra perspectiva simbólica de personajes y valores universales, considero que sigue teniendo perfecta actualidad en una sociedad en crisis.
El texto pretende resucitar, por encima de la “memoria histórica”, la tragedia humana en cualquier situación de conflicto, emoción que, por momentos, se consigue y por momentos se diluye.


"Tres colores tiene el cielo de
España al amanecer.
Tres colores, la bandera
que vamos a defender.

CARMELA. (Desprendiéndose violentamente de PAULINO.) ¡Vete a darle por detrás a tu madre! (Y se une al canto de los milicianos, al tiempo que abre y despliega la bandera alrededor de su cuerpo desnudo, cubierto sólo por unas grandes bragas negras. Su imagen no puede dejar de evocar la patética caricatura de una alegoría plebeya de la 
República.)
PAULINO. (Aterrado.) ¡Carmela! ¡Los… el… las… las tetas!
Todo ha sucedido muy rápidamente, al tiempo que la luz ha comenzado a oscilar y a adquirir tonalidades irreales. También el canto —y otros gritos y golpes que intentan acallarlo— suena distorsionado. PAULINO, tratando desesperadamente de degradar la desafiante actitud de CARMELA, recurre a su más humillante bufonada: con grotescos movimientos y burdas posiciones, comienza a emitir sonoras ventosidades a su alrededor, para intentar salvarla haciéndola cómplice de su parodia.
PAULINO. (Improvisa, angustiado y falsamente jocoso.) ¡Éstos son los aires… que a usted le convienen…! ¡Y estas melodías… las que se merece! ¡Tome por aquí…! ¡Tome por acá…! ¡Do, mi, re, la, sol, si, re, do, mi, fa!
La luz se extingue, excepto una vacilante claridad sobre la figura de CARMELA. También decrecen las voces y sonidos de escena, al tiempo que se insinúan, inquietantes, siniestros, los propios de un fusilamiento: pasos marciales sobre tierra, voces de mando, una cerrada descarga de fusilería. Mientras se apagan los ecos, se hace totalmente el OSCURO.






©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

miércoles, 7 de octubre de 2015

Puerto escondido


¿Qué hace a un escritor o a una escritora empezar a escribir una historia? ¿Qué pasa en esos momentos por su mente? Quizás se encuentra paseando por las calles de un pueblo medieval de calles y casas de piedras milenarias que te hacen viajar a tiempos remotos en pleno siglo XXI, lleno de rincones repletos de vida arcaica cuando su mirada se queda absorta en un escudo adosado a una pared que le resulta anacrónico y que no debería encontrarse allí, y, de repente, en su cabeza se dibuja el primer esbozo de una posible novela que se irá alimentando y creciendo con leyendas, lugares, conversaciones al calor de la lumbre o paisajes espléndidos. Quizás ocurra así. Quizás ocurra de otra manera. Pero lo que está claro, supongo, es que la imaginación y la curiosidad privilegiada de ese escritor o de esa escritora, atentos a todo lo que les rodea, es el detonante para que unos folios en blanco se empiecen a poblar de letras, de palabras, de frases, de párrafos y de diálogos que meses o años más tarde conducirán a unos lectores a convivir, a soñar y a viajar con lo que esa mente despierta ha imaginado.

Todo esto es lo que he pensado mientras disfrutaba, no podéis saber de que manera, de la lectura de Puerto escondido de María Oruña. Mis pies han hoyado esos paisajes de Cantabria de una belleza tal que se filtra en nuestros ojos teñidos del verde de sus prados inagotables, del gris de sus peñas, del azul intenso de su mar Cantábrico que refleja el de su cielo profundo y con destellos y chispazos de nieblas altas que perduran con obstinación insistente en el aire.

Imaginación desbordada de María Oruña reuniendo en un texto apasionante un dios azteca de la lluvia y la fortuna, el cadáver de un bebé emparedado en una casona veraniega, un anciano asesinado de un tiro en el estómago y tirado al agua de la ría de Suances, otro envenenado, un intento de homicidio de un demente que solo habla de un zorro, de un saco lanzado al mar con restos humanos, de maquis que se tiraron al monte hace más de setenta años para seguir luchando contra el fascismo de Franco que acabó con la República en una guerra cruenta y fratricida, de una teniente de la Guardia Civil de ojos bicolores, de monjas de clausura, de un hombre en peligro de muerte, de miserias y pobreza en un tiempo oscuro, de ambiciones desmedidas, de señoritos hacendados y crápulas y de criadas a su servicio que quieren seducirlos en busca de una vida mejor que les aleje de las penurias y necesidades de las vidas que les ha tocado vivir y de amores en peleas incomprensibles entre instintos básicos y poderosos.

Puerto escondido, ese que todos tenemos o queremos algún día encontrar para poder refugiarnos de nuestros temores, es una historia de ambición, de pánico y de pura maldad que nos viene a decir que el futuro es un lugar inmenso aunque siempre nos persiga nuestro pasado y que no es indecente el pecado, sino el escándalo. Puerto  escondido también es una historia de amor y de pasión. De amores cobardes a veces donde los personajes no se atreven a continuar sin mirar atrás porque si lo hacen saben que no podrán abandonarlo y necesitan dar reposo a sus sentidos.

La novela se estructura en dos momentos narrativos paralelos e intercalados a lo largo de la historia, uno actual y otro que tuvo lugar en la guerra y la posguerra de la guerra civil, este último contado por un narrador misterioso que nos relata en primera persona un diario que nos habla de Jana y de su familia. Jana es una chiquilla pequeña, casi diminuta, delgada, de cabello castaño ondulado, largo y brillante, ni siquiera es arrebatadoramente hermosa pero tiene una sonrisa y una mirada hipnóticas y seductoras, que dispone de una elegancia natural con esa belleza secreta que los demás admiran en silencio mientras intentan escudriñar su pensamiento tras sus enormes ojos verdes y gatunos, con un toque de animalillo salvaje con bravura en esa mirada. Una muchacha que sin ser extraordinariamente bella enciende el deseo porque es bonita, muy bonita.

Puerto escondido se inicia con el descubrimiento del cadáver de un bebé en un caserón al lado del mar que lleva colgado una pequeña figura azteca, un Tlaloc. Oliver, un británico que ha heredado la casa y está reformándola llama a la policía tras el macabro descubrimiento, momento en el que aparece en escena otro de los protagonistas, la teniente de la policía judicial de la Guardia Civil Valentina Redondo, quien con su equipo,y con el mismo Oliver, tendrán que averiguar el nexo que hay entre esta aparición, otros dos asesinatos más en la zona y la historia de Jana y de su hermana Clara en los años cuarenta. 

La teniente Redondo es serena, emana cordura y calma, tiene una conversación interesante a pesar de su evidente obsesión por el orden de todo aquello que la rodea, indaga sin descanso rascando la superficie, es recta, profesional, aséptica y trabaja sin descanso. Es independiente, activa y nada dada a los sentimentalismos. Pero es templada y cordial. Tiene los ojos de diferente color que le hacen misteriosa y que hechizan más por su forma de mirar que por su mirada en si.

Del argumento no voy a decir nada más porque atrapa al lector que irá de sorpresa en sorpresa descubriendo las claves que María Oruña va dosificando magistralmente con la ayuda de las citas que encabezan cada capítulo y que son un verdadero acierto, pero nos cuenta que todas las personas tenemos un lado oscuro controlado por el medio social donde vivimos y por la educación recibida que puede explotar llegando a una situación límite.

Puerto escondido es un libro atípico que mezcla varios géneros. Es un libro misterioso y, como decía Albert Enstein, el misterio es la cosa más bonita que se puede experimentar ya que es la fuente de todo arte y ciencia verdaderos. María Oruña ha escrito una gran novela. Una preciosa novela perfectamente escrita. Como dice ella ha y que dar las gracias a los que creen en la literatura, la difunden, la sueñan, le imprimen pasión y tiempo, ese oro líquido que se desliza sin remedio. Yo, María Oruña, te doy las gracias por todo esto, porque crees en la literatura, porque escribes muy bien, porque la sueñas, porque le pones pasión y dedicas tu tiempo a plasmar esta bellísima historia, porque sueñas e imaginas ficciones y porque haces soñar con ellas a quien tiene la suerte de que tu Puerto escondido haya caído en sus manos como la he tenido yo. Te confieso, que al terminar tu novela he podido visitar durante horas, puede que sin quererlo, mi propio y secreto puerto escondido. Pero la vida sigue y hay que seguir leyendo. Espero que muy pronto venga esa segunda parte que sé que ya está en camino.



©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega

sábado, 3 de octubre de 2015

El secreto de Vesalio




Me gustan, ¿qué digo?, me fascinan las novelas sobre ciudades. siempre que viajo a una de ellas mi principal objetivo es visitar los lugares y los escenarios donde los escritores han ambientado sus novelas. Y de todas y variadas ciudades en las que me ha tocado vivir en ellas a lo largo de mi vida, Barcelona quizás sea la que más me atrae en este aspecto. Pasear por sus calles y barrios y rememorar mis lecturas. Calles y barrios donde leyendo sus páginas me llevaban con la imaginación hacia esos lugares y que, después cuando las pisas, descubres toda la magia que es la literatura y crees ver a esos personajes que te han hecho soñar. La Barcelona de Últimas tardes con Teresa, la de La sombra del viento o la de El juego del Ángel, la de El amante bilíngüe, la de La ciudad de los prodigios, la de La catedral del mar, la de La plaza del Diamante. Marsé, Ruiz Zafón, Mendoza, Falcones, Moix, Vázquez Montalbán, Torres, Monzò... Barrios del Eixample, Universidad, calle Pelayo, las Ramblas, la Plaza Real, la ciudad Vella, el Raval, Colom, las Atarazanas, el Paralelo, la Vía Layetana, el Born, la Barceloneta, el Puerto, el Guinardó, Poble Nou, la Ciudadela, Vallvidriera, Parc Güell, Sagrada Familia, Paseo de Gracia, barrio de Gracia, calle Verdi... 


Y ahora cae en mis manos una pequeña joya como es El secreto de Vesalio de Jordi Llobregat y me vuelvo a situar en la plaza de Cataluña para ir bajando hacia el mar por la Rambla de las flores hacia la estatua de Colón girando a la izquierda por el paseo de su nombre para adentrarme en el Born y seguir hacia el barrio de la Barceloneta para descubrir como en 1888 surgía esa nueva Barcelona que enterraba a la vieja ciudad para descubrir el progreso con la inauguración de la Exposición Universal.


Presiento esa ciudad que vive una actividad febril, preparándose para mostrar los prodigios de la tecnología y recibir a gobernantes y reyes de toda Europa, donde, días antes, aparecen los cadáveres mutilados de algunas mujeres jóvenes y eso hace que se reavive una vieja leyenda sobre un monstruo asesino que ya estaba casi olvidada. En esos días es cuando vuelve a su ciudad natal un joven profesor de Oxford, Daniel Amat, para asistir al funeral de su padre. El protagonista cumple los requisitos del héroe moderno: carga con la culpa de un drama familiar en el que murieron su prometida y su hermano, se ha alejado de su padre, es inteligente pero frágil y se ve arrastrado por las circunstancias a una investigación en la que estará acompañado por un periodista de sucesos en horas bajas, Bernat Fleixat, y un brillante aunque problemático estudiante de Medicina que guarda un gran secreto, Pau Guilbert. A su alrededor estarán también un antiguo amor, Irene, un policía corrupto, Sánchez, un empresario más corrupto aún, Bertomeu Adell, una prostituta con buen corazón, Dolors, y varios delincuentes de distinto tipo, además de unos misteriosos habitantes de las cloacas de la ciudad condal. Todo esto además está complementado por una fantasía científica con Andrés Vesalio, el autor de un libro clásico de anatomía, "De humani corporis fabrica", como gran protagonista. La búsqueda de ese libro termina por ser el motor de un relato que navega entre el thriller, el costumbrismo y el relato de aventuras.

El argumento de El secreto de Vesalio es absolutamente fascinante porque Jordi Llobregat vuelca en él pasión y todo lo que es bueno hay que hacerlo con pasión. No voy a decir nada más sobre él porque, lector, tienes que zambullirte en él para que te frotes los ojos con todas las increíbles sorpresas que te vas a encontrar dentro de sus páginas y con sus perfectos personajes, por no hablar de uno de los finales más trepidantes y geniales que he leído nunca.

Pero no puedo dejar de hablar de la que para mi es esa verdadera protagonista, Barcelona, una ciudad que vive un momento de luz y de esplendor días antes de la primera inauguración de una Exposición Universal en nuestro país como fue la de 1888. Son los primeros pasos para la modernidad y de apertura hacia Europa. Al mismo tiempo, Barcelona es en esa época una ciudad muy oscura, muy gótica, donde aún no ha llegado la electricidad y sus calles no están empedradas y no existen los automóviles, la miseria recorre parte de sus barrios, la superstición rige muchas de las conductas de sus habitantes, el espiritismo y lo esotérico vive un gran momento, la ciencia se percibe como algo mágico en un momento de contrastes, de sombras y de luces, donde se vive de día porque hacerlo de noche supone un gran peligro. Barcelona se constituye así en un escenario fantástico y acaba por convertirse casi en el gran personaje de la novela sin desmerecer a todos los que salen en ella que son fantásticos.

Leyendo El secreto de Vesalio vas recorriendo la historia de la literatura. De repente crees que estás con Jack el Destripador, de pronto te introduces en las cloacas de El tercer hombre, ahora parece que te codeas con El fantasma de la Ópera y de repente caes en brazos de Frankenstein. No te va a dejar en ningún momento ni indiferente ni aburrido, y leerás y leerás sin poder parar. En sus páginas hay amor, pasión, aventura, ciencia, historia, rebeldía, perfecta ambientación, exhaustiva documentación, donde al final se encierra la moraleja que durante el transcurso de nuestra vida, todos nos vemos obligados a tomar una serie de decisiones en, las que la más de las veces, cometemos errores. Pero en ocasiones, una de esas decisiones erróneas tiene consecuencias que afectan profundamente nuestra vida y a los que con nosotros se encuentran. Según pasa el tiempo pensamos que deberíamos haber hecho las cosas de forma diferente pero ya no puede ser y siempre recordamos ese momento en que tomamos la decisión porque nuestro pasado no nos abandona y siempre va a nuestro lado.

Genial novela El secreto de Vesalio. Me gustan las buenas historias y esta es una buenísima historia. Las hay que entretienen, pero esta no se para ahí y avanza muchos pasos más metiéndonos de pleno en esa ciudad de luz como es Barcelona en esos tiempos que estaba plagada de rincones oscuros en una pintura victoriana. Sigue lector las pistas que Jordi Llobregat te va poniendo a tu alcance, adéntrate con cautela y cuidado en la trama no despiertes algún ser maligno que te haga daño, pero no te dejes engañar y ten prudencia. Abre las páginas de El secreto de Vesalio y trasládate en el tiempo ciento veintisiete años atrás. No tendrás nada que hacer desde ese momento. Desde la primera página quedarás preso. Ya no podrás cerrar el libro hasta su final. Yo te recomiendo fervorosamente que lo hagas pero tú sabrás a lo que te expones. Quedas avisado.





©Juan Pedro Martín Escolar-Noriega